No me había dado cuenta, pero ahora que hago memoria, lo he visto en otros lugares, en otros países. En algunos restaurantes, si pides el vino barato te ponen una copa pequeña, la normal de diario. Si pides un vino caro te ponen una copa enorme, de vidrio mucho más fino.
Lo hablaba el otro día con un escritor al que conocí en la inauguración de una exposición. Me contó que él interrogó al dueño de un restaurante caro del centro de Buenos Aires, y éste, como avergonzado, le dijo que las copas grandes son caras y se rompen con facilidad, así que sólo las arriesgan con un cliente que paga. Aquí la clave es esa vergüenza al contestar; apunta que hay otra razón.
La que a mí se me ocurre es la presión social. Si vas a cenar y pides el vino barato, y en la mesa de al lado piden otro más caro, notarás la diferencia enseguida, la verás en las copas. Así, la próxima vez, para no ser menos, te pedirás un vino de mayor precio: para no quedar mal frente a los demás. Una especie de publicidad subliminal; una forma de sacarle dinero a los inseguros; una horterada si lo haces y otra si dejas que te lo hagan.
Hortera, creo, se traduce al argentino como “grasa”. Y sí, es muy grasa caer en este juego. Lo que sería divertido sería empezar a pedir copas pequeñas. Que cambien las grandes, tan molestas, que se meten entre uno y la persona con quien se cena, por pequeñas, y así dejar de anunciarle los vinos caros al restaurante.
Carolina dice que a los del restaurante les daría igual. Que el juego no surtiría efecto. Y es posible que incluso se sientan aliviados de no tener que arriesgar las copas caras. Pero si es así, entonces ¿por qué tienen esas copas y por qué diferencian?
Por último debo añadir que a mí las copas grandes me molestan. Ocupan demasiado espacio en la mesa, que no suele ser demasiado grande. Estorban cuando uno pide platos para compartir, molestan durante la conversación. Además, no me hago ilusiones de catador, el paladar no me da para tanto, no necesito la copa grande.
Ahora que lo pienso, las copas de los catavinos son pequeñas, de boca estrecha. ¿De dónde salió, entonces, esta moda de las copas hiperinfladas?