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El otro día me llegó un mail de la agencia de prensa de Weber-Iggam, que está poniendo materiales y personal para reparar, restaurar, reacondicionar algunas de esas placitas que se ven por toda la ciudad en solares antes ocupados por algún edificio. Inauguran uno ahora y querían que les ayudara a difundirlo.
Si viviera en otra ciudad, haría un blog que se llamara Otra Ciudad Ideal, y la idea general sería la misma: ir encontrando los lugares, las personas, las actividades que hacen de una ciudad, la que sea, un sitio donde vale la pena vivir. Y muchas veces, las cosas que mejoran la vida en la ciudad, por muy pequeñas e insignificantes que parezcan. Aunque eso de “pequeño e insignificante” yo ya no sé qué significa. Las nuevas teorías de redes y de sistemas emergentes nos han mostrado que el acto más pequeño puede tener efectos incalculables sobre el todo. De repente, nos damos cuenta de que si bien no todo vale, sí es cierto que todo cuenta.
Y ese es el caso de la pequeña plaza de Independencia y Perú, en San Telmo. Estoy de acuerdo con Nushi Muntaabski, que diseño y construyó el mural junto con Stella Blanchart, de que la cultura y la belleza ayudan a mejorar la vida. Es cierto que no dan de comer a los hambrientos, pero sí que ayudan a crear una ciudad más amable, más humana, como en la canción de la Cabra Mecánica, y esa amabilidad, en suficiente cantidad sí que puede empezar a encarrilarnos hacia la solución de problemas más graves.

El mural es pequeño y bonito, con cuatro árboles típicos de esta zona del mundo: el sauce, el palo borracho, la yerba mate y el ceibo que, como me contó Nushi es la flor nacional de la Argentina. Nushi se pasó varios años en Brasil estudiando paisajismo urbano, algo en lo que los brasileiros nos llevan bastante ventaja. Así como la Weber-Iggam donó recursos para el mural, Nushi, que acaba de vender una obra al Malba, donó su trabajo.
En otra cosa estamos de acuerdo ella y yo: no se trata simplemente de que las empresas pongan dinero para cuestiones cívicas, la cosa va más bien de que pongan otro tipo de recursos: tiempo, ganas, gente. Así se crean redes de colaboración, y es eso lo que va a ayudar a cambiar las cosas.
Ahí en la plaza conocí también a Sergio Isaza, de la ONG Cambio y Futuro. Fue él, que se encarga de mantener la plaza por puro gusto, quien juntó a la gente y las entidades (Weber-Iggam y el Club de Capitanes y Oficiales de la Marina Mercante, que está al lado) que han hecho posible la renovación de la plaza. Sergio es uno de esos tipos incansables que hace de todo, desde colaborar con una iglesia para dar de comer a los pobres en navidad hasta producir un programa de radio sobre asuntos cívicos por el que han pasado todos los políticos relevantes de la ciudad y la nación. Algunos pueden pensar que eso de los políticos no sirve para nada, a mí se me ocurre que hay que seguir insistiendo.
Esa radio donde Sergio hace su programa está en una fábrica recuperada, la antigua Conforti, hoy Gráfica Patricios, donde, antes de que la empresa fuera abandonda por los que fueron sus dueños, se imprimían los diarios Página 12 y El País. Ahí, los trabajadores, a parte de mantener sus empleos, han creado una escuela secundaria, donde se da formación técnica a chavales con “problemas de conducta“—así me lo dijo Sergio—, un pequeño centro médico, con ayuda de la Fundación Argerich, y la radio.
La pregunta está clara, ¿no? Por si alguien no la ha pillado, la hago yo mismo: ¿Cómo se hace ciudad, cómo se construye un lugar en el que se pueda vivir, y vivir bien?


Elecciones

jun 29, 18:59

El nombre de este blog incluye la palabra Ideal. Eso es porque cuando empecé a hacerlo, tenía la idea de ir descubriendo la ciudad que más me gusta, ir haciendo listas de todo aquello que me ilusiona, que hace mejor la vida en Buenos Aires.
Descubrir la ciudad no sólo ha sido cosa de recorrer sus calles, sus plazas, los comercios, cafés y restaurantes; también ha sido importante estudiar algo de su historia, a menudo en la forma en la que se manifiesta en el presente, a través de su arquitectura.
Tratando de elucidar esta ciudad ideal, he evitado siempre la queja. En una gran ciudad, con los problemas que son típicos de esa estructura (transporte, seguridad, limpieza, salud, educación, trabajo, etc.), lo normal es que sus habitantes se quejen y protesten. Y no es que cueste mucho más hacer las cosas bien, es que hay que hacer esas cosas y no otras.
La democracia es eso: decidir entre todos qué es lo que hay que hacer. Ayer hubo elecciones legislativas en la ciudad (y en otras partes del país, y para el Congreso de la Nación, pero aquí me refiero más que nada a lo que ocurre en la Capital).
Al no ser ciudadano no puedo votar, pero me alegré mucho del segundo puesto, viniendo casi de la nada, de Proyecto Sur, cuyo principal candidato es el cineasta Pino Solanas.
Unos meses atrás, vi su película, La próxima estación, acerca de los ferrocarriles argentinos, el desastre planificado en que han caído. Su historia es muy parecida a la de los ferrocarriles norteamericanos, ambas estructuras han tenido enemigos en común: General Motors (que fue clave en el desmantelamiento de los tranvías aquí, en Los Ángeles y en muchas otras ciudades de todas las Américas, además de los ferrocarriles) y los políticos que fueron cómplices. Hoy los efectos se ven y se sufren por todas partes, tanto en el Hemisferio Sur como en el Norte.
Entre las ideas de Solanas está la de reconstruir esa gran empresa nacional que fue Ferrocarriles Argentinos; y no sólo eso: al reconstruir esa empresa también se vuelve a poner en marcha la vertebración del país, un proyecto verdaderamente federal que afecta a todos los ciudadanos.
Ha dicho Solanas que, vistos los resultados en está elección, se presentará para gobernador de la ciudad en 2011. Siendo un hombre que viene de la cultura, y siendo Buenos Aires una de las grandes capitales de la cultura a nivel mundial, no veo por qué no puede haber ahí algo positivo. que Buenos Aires ocupe el lugar en el mundo que le corresponde. No es fácil eso, hay mucha competencia, pero tampoco es imposible.


Hora de descanso

abr 22, 22:36


El taller de Ral Veroni

mar 27, 15:13


A Ral Veroni lo conozco desde el 2005, cuando cuando vivíamos los dos en Valencia. Ahí empezó nuestra conversación, que perdura. Al año siguiente, cuando vine a Buenos Aires con la Internacional Melancólica, Veroni me cedió su taller como vivienda y refugio. En esa época, el lugar era cómodo pero no estaba arreglado, claramente se trataba de un lugar de trabajo, más que de un sitio donde vivir a la burguesa.
Veroni y su compañera volvieron a Buenos Aires para instalarse en el 2006, pero no viven en el taller, que ha vuelto a su función primordial de lugar para los viajes intersticiales de este artista, que no sé si tildar de dibujante conceptual. Los souvenirs traídos de estos viajes son arte del más potente que se produce en la actualidad en este país.
De vez en cuando lo llamo y me paso por su taller a tomar algo, charlar y echar un vistazo a sus últimos trabajos. La última vez que estuve me mostró una libreta llena de los dibujos que estuvo haciendo durante el verano. Otra no me quedó que sentirme impresionado por la calidad y fuerza de ese material.

El taller, que Veroni ha ido arreglando en el último par de años es un departamento tipo PH (aunque está en el segundo piso) con un pasillo a cielo abierto y dos ambientes, además de baño y cocina. En uno de los ambientes, está la biblioteca, llena de poesía, filosofía, historia y libros de arte. Siempre me ha hecho gracia que Veroni no lea novelas. Es como un prejuicio extraño, ¿no? Yo tampoco leo muchas, pero no tengo una moratoria personal en su contra.
En el otro ambiente, está el taller propiamente dicho. En otros momentos, desde que Veroni lo ocupa, éste fue un taller de pintura, de serigrafía, según el medio al que le estuviera dedicando más atención. Ahora es un taller principalmente de dibujo, medio al que Veroni ha dedicado toda su energía poética y política. Sus dibujos no están exentos de un discurso moral que enseguida se vuelve político. Esto no quita que sean divertidos; lo que hay que saber es que cualquier arte serio siempre deriva en algo más que el puro entretenimiento.

Me contaba Veroni que él ocupa este espacio desde 1997. Sus vecinos más antiguos llevan en el edificio uno desde 1977, y otro desde 1947. Todo sietes. Al parecer los dos recuerdan una noche de finales de los ’70 en que el departamento donde ahora está el taller fue allanado por la policía, que arrestó a un hombre que se alojaba ahí, no saben si porque era montonero, o un estudiante, nadie está seguro. Veroni me mostró la puerta, derribada y rota aquella noche, hoy todavía ahí pero reconstruida y reforzada. Provoca un escalofrío que una historia terrible haya tenido lugar en un sitio que uno conoce de manera cotidiana.
Veroni tiene una especie de adicción a la tranquilidad. Sus viajes, las crisis económicas y otros avatares de la vida supongo que lo habrán predispuesto a ello. Y en su taller se ha armado un espacio tranquilo, donde poder estar con sus libros y sus trabajos. De vez en cuando, también vienen los amigos y les ofrece un ambiente en el que se puede charlar y tomar algo lejos del alboroto de la ciudad a pocos metros del taller. Siempre he pensado que no se puede dividir la vida y el trabajo, el riesgo es la alienación. Espacios como éste, lo confirman de manera positiva.

[Las tres fotos que aparecen en este post son de Bruno Dubner]


Julia en el Margot

feb 11, 15:46


Siempre me ha gustado trabajar en equipo, de ahí mis aventuras teatrales. Llevar adelante un blog tiene su parte de puesta en escena, sólo que en el caso de Buenos Aires Ideal, sin equipo. O por lo menos hasta ahora, hasta hace poco, cuando empecé a hacer los trabajos previos de cada post con Andrés Prieto, el dibujante.
Poco a poco hemos desarrollado una conversación constante que nos ha llevado a diversos lugares de la ciudad. Yo hablo por los codos, Andrés escucha; pero cuando habla, yo también escucho: sus historias de Bogotá me han llamado la atención, la curiosidad, las ganas de conocerla más a fondo.
Hay otra cosa, otro punto de complicidad. Andrés lleva unos seis meses en Buenos Aires, yo unos 18. Al ser extranejros, nuestra mirada es necesariamente exterior, aunque hemos desarrollado un cariño grande por la ciudad, y nuestras interpretaciones de lo que vemos tienden a coincidir. Ese cariño por la ciudad no nos prohibe emitir juicios a veces negativos o irónicos… la mayor parte de las veces admirativos. Poder hablar con alguien así, con esa libertad, sin la sensación de que uno se está metiendo entre las patas de los caballos del chovinismo, es refrescante.
Este post es para darle la bienvenida a Andrés a esta Ciudad Ideal. Por ahora sólo ha colaborado con fotos; no sé si querrá escribir, dice que lo hace mal, pero con suerte podremos ver pronto alguno de sus dibujos, que seguramente aportarán otra dimensión, no sólo al blog, sino a la manera en que vemos y entendemos esta ciudad impresionante y fascinante.

Así que, bienvenido a BAI, Andrés.

(Por cierto, hay que repetir las fotos de la Casa de las Abejas.)


Gastronomía de a pie

sep 11, 19:26

Últimamente me he dedicado a trabajar, a cocinar y a hablar con los amigos que han venido de fuera aprovechando las vacaciones del verano boreal. Como ya va siendo felizmente obligatorio, los sábados son para ir al mercado, luego a tomar el aperitivo y por fin de nuevo en casa, a cocinar y a sentarse a la mesa unas buenas horas. Juli Highfill aportó una botella de brandy español del bueno y eso prolongó la conversación un buen rato.
El domingo, estando aquí Juli, mi gran amiga de Estados Unidos y siempre aficionada a todo lo que tenga que ver con el campo, volvimos a ir a la Feria de Mataderos. Ahí entablamos conversación con Arturo Minetti, nuestro ya provedor oficial de dulce de cayote y otras fantasías envasadas artesanalmente. Interrogándolo, nos contó que su manera favorita de comer ese dulce es con quesillo (queso suave de cabra, proveniente del noroeste argentino), pero con nueces. Ese era el elemento que me faltaba, aunque puedo omitirlo y disfrutar igual.
Mientras charlábamos, aprovechamos para preguntar por una mermelada amarga, y Arturo nos sugirió algo que él llama “mermelada inglesa”, de varios cítricos, y, como luego pudimos comprobar, excelente. También nos interesó el locoto en vinagre, uno de los mejores picantes del cono sur (con o sin vinagre).
Una cosa que me gustó de Arturo es que contó que a través de los años ha ido aprendiendo a cocinar de gente de diversas procedencias, de profesionales, de amateurs y de personas que cocinan para su casa. Este tipo de curiosidad es lo que a mí me mueve en la cocina: esa mezcla de tradiciones es verdaderamente americana y particularmente argentina.
Diego Ortíz, otro de nuestros visitantes, nos contó de un amigo suyo de Valencia que viaja por todo el mundo y ha ido amasando una colección de picantes variada y extensa. Si hay razones para envidiar a alguien, esa colección es una de ellas.
Bueno, habrá que poner manos a la obra e ir probando ideas, ingredientes, cocciones, y después, el resultado con amigos, largas horas a la mesa.


Robert Wright se ha ido

jul 29, 18:27

Carolina, porteña de toda la vida, me afea que yo conozca mejor las calles de Buenos Aires que ella; o más bien me afea que lo demuestre, que me enorgullezca de mis conocimientos. Yo le contesto que al haber venido a la ciudad hace relativamente poco, me he visto obligado a armarme un mapa mental, por pura supervivencia, y por curiosidad, esas dos patas del entusiasmo.

Y creo que es más fácil para un extranjero llegar a conocer, con el tiempo, una ciudad, de lo que lo es para los que han vivido en ella toda la vida. Y es porque al llegar se abre una ventana de tiempo en la que no tienen costumbres fijas, ni rutas preestablecidas, y porque todavía hay mucho que les llama la atención. Lo difícil, claro, es mantener ese nivel de curiosidad: seguir siendo un extranjero, en el mejor sentido de la palabra, sin dejar de adaptarse a las maneras de la ciudad de adopción.

Pero ese título, de haberlo, se lo tendríamos que dar a Robert Wright, sin duda el mejor bloguero sobre Buenos Aires. Vivió ocho años en la ciudad, pasando incluso por la crisis del 2001, y la contó con cariño, con alegría y con una sorprendente constancia en Line of Sight. Creo que nadie se ha caminado las calles de Buenos Aires como él, fotografiando todo lo que le llamaba la atención, documentando todo lo que le provocaba la menor curiosidad. Y aunque deje de escribir, su blog sigue existiendo, y sigue siendo una fuente de información que no tiene precio.

Ayer salió de Ezeiza su avión para Australia. Con Robert dentro, espero. Voy a echar de menos a este viajero empedernido. No porque tuviera mucho contacto con él, en persona, sino porque dejará de escribir sobre la ciudad en su blog.


Lo bueno de este blog, y de la red, es que me ha permitido contactar con gente que quizá no hubiera conocido jamás en una ciudad tan grande y, a veces, tan dispersa como Buenos Aires. Hace unos meses, por mail y después en persona, tuve la buena fortuna de conocer a Alejandro Machado, guionista de profesión y, como yo, aficionado a la arquitectura. Esa es una afición que le nació a Machado mientras se recuperaba de una pancreatitis; es innumerable la gente que ha descubierto su creatividad en la convalecencia. Para despejarse la mente y no teniendo coche, Machado se dedicó a pasear a pie por la ciudad. Muy pronto empezó a prestar a los edificios, a sus particularidades, singularidades. Haciendo una lista de los que más le gustaban, se dio cuenta que un buen número pertenecían al arquitecto italiano, Virginio Colombo.

Machado se compró una cámara y empezó a coleccionar Colombos. Poco después, un amigo le enseñó a manipular un blog y colgó las fotos en él. De ahí surgieron otros blogs, dedicado cada uno a un arquitecto singular en la historia de la ciudad. Y fue gracias al blog sobre Colombo que Machado contactó con la Subsecretaria de Patrimonio de la Legislatura de Buenos Aires, la arquitecta Laura Weber. Machado le entregó un trabajo de 60 páginas en el que detallaba la obra de Colombo, y con él, la diputada Teresa de Anchorena, Secretaria de Patrimonio de la Legislatura elevó un proyecto para la catalogación de 81 edificios representativos de la obra de Colombo, entre los que hay 22 que no están catalogados.

Este proyecto es de suma importancia porque nos pone a nivel europeo. Tradicionalmente se han catalogado los edificios individualmente por su valor histórico o estético. Esta es la primera vez que se cataloga la obra entera de un arquitecto en Buenos Aires. Y otra cosa importante: este proyecto surge por la iniciativa de un ciudadano común, interesado en su ciudad, y de personas dedicadas a la política que también están dispuestas a pensar de otra manera e innovar.

Colombo murió joven (se disputa si a los 42 ó 43 años) y nunca fue reconocido por la Sociedad de Arquitectos. Una de las razones era que construía “demasiado”. Y es que aprovechaba hasta el último metro cuadrado construible en un un terreno; no había patios. Diseñó muchas casas de renta, como las de la calle Hipólito Yrigoyen, y en esas casas se juntaban los tres estratos sociales: en la parte delantera, en departamentos grandes, señoriales, de hasta 8 ambientes, vivía la clase alta; en el segundo cuerpo, con departamentos más pequeños y baratos, la clase media; y en el tercero, la clase menos pudiente… cada cuerpo con su propia entrada al edificio, como era la costumbre (socio-económica) de la época.

A Colombo nadie todavía le ha dedicado un libro, como sí a Palanti, a Giannotti y a otros italianos que llegaron al país para el Centenario. La pasión de Alejandro Machado por este arquitecto está dando sus frutos. Incluso, gracias a su blog, descendientes de gente que vivió en casas construidas por Colombo le han escrito y le han agradecido su esfuerzo, que tiene que ver, claro, con la historia estética y social de Buenos Aires, y también con su historia emocional.

Legislación sobre patrimonio

Blogs de Alejandro Machado

Fotos de Buenos Aires
Virginio Colombo
Mario Palanti
Francesco Gianotti
Luis BRoggi
Prins y Razenhofer
Guillermo Álvarez
Benjamín Pedrotti
Julián García Núñez
Vinent, Maupas y Jáuregui
Andrés Kalnay
Francisco Salamone


Jorge Fantoni

mar 1, 23:30

Hace un par de noches, Ral Veroni, Pepe Martín y yo le hicimos una visita (botellas de vino bajo el brazo) al dibujante Jorge Fantoni. La conexión es la siguiente: ellos tres se conocen desde hace un montón de años, de los ochenta-noventa y la movida del cómic underground, las revistas experimentales, los fanzines, esa que se dio a nivel mundial y yo vi desaparecer en España (no por completo, es verdad) con el advenimiento de internet, que absorbió buena parte de las iniciativas de este tipo. Aquí, me cuentan, también tuvo mucho que ver que todo se fuera al garete con la crisis de principios de los dosmil. Pero Fantoni es un resistente. Se ha buscado la vida como bien ha podido, y todo para no dejar de dibujar. Una impresión que tengo es que Argentina sufre una crisis de valores que viene de lejos—una instancia de esto queda clara cuando comparamos el reconocimiento que reciben muchos dibujantes del underground (comenzando por R. Crumb), mientras que aquí, a sus pares se les deja languidecer en el olvido. Así se mueren los países y las culturas—con esos olvidos—y admito que lo digo con un poco de rabia…

En fin, vuelvo a la tertulia con Fantoni. El tío me dio la impresión, desde un principio, de que considera que la exactitud en el dibujo coincide con la exactitud en la expresión (una versión del perfeccionismo). Esto puede parecer evidente, y si lo es, que alguien vaya y se lo explique a unos cuantos. A lo largo de los años, he tenido la suerte de conocer a esta clase de obsesivos por la exactitud en muchos campos del arte, y creo que son esa clase de artistas que prefieren hacer lo que tienen que hacer antes que perder el tiempo en busca de la fama (y la pasta). Me inspiran un gran respeto estos artistas (y muchas veces también como personas), aunque a veces no esté de acuerdo con sus ideas o su estilo.

Fantoni es, además, una especie de recluso, tímido y callado. Casi tuvimos que recurrir a la extorsión para que nos mostrara sus trabajos. Los primeros que vi son unos discos de vinilo, inútiles ya (más por la música que llevan grabada que por la cuestión tecnológica) sobre los que fantoni pinta, añadiendo al final el mecanismo de un reloj. Se me ocurre que se podría haber ahorrado el reloj, dejándolos simplemente con la pintura, pero creo que esta mentalidad utilitaria encaja bien con la de un dibujante de historietas; al fin y al cabo, en el cómic, el dibujo está al servicio del guión, y viceversa, lo cual tiende a proscribir esa clase de idealismo que los puristas, como exigiendo una esterilidad general, tanto defienden. Porque si la escritura y el dibujo están al servicio uno del otro, ambos son utilitarios con respecto al otro—aunque el trabajo final no lo sea.

Fantoni es, también, el autor de un cómic por entregas que se puede ir leyendo por internet: El Chorinauta, la historia (semiautobiográfica) de un hombre-cerdo que viaja a través del tiempo y entre mundos paralelos. La referencia al Eternauta resulta clara, pero el Chorinauta tiene su propia originalidad… sus propios recursos. Vale la pena echarle un vistazo, seguro que os engancháis y os convertís en fans (como me ha sucedido a mí).

[ Nota: Veroni me contó por teléfono que Fantoni vende los discos, claro, pero sin hacer esfuerzo comercial ninguno. Esa timidez que tiene, su preocupación más por su arte que por el comercio. Buenos Aires necesita buenos empresarios del arte, uno de los grandes recursos naturales que tiene la Argentina, y que está infraexplotado. (Lo digo por si alguien anda en busca de ideas para poner en marcha un negocio.) Una de las cosas que me hizo gracia de Fantoni es que entrega sus discos en cajas de pizza. En la reunión también hablamos del libro que Pepe Martín está preparando sobre estos discos. Cuando salga, escribiré un post para hacerle publicidad.]


Anoche conocí a Robert Wright, un enamorado de Buenos Aires y autor de Line of Sight, un blog lleno de información curiosa sobre la ciudad que atravesamos a diario y a menudo ni siquiera vemos.

Yo tenía que pasar por el Casal de Catalunya, así que nos encontramos a pocas cuadras en El Federal, que los lectores de este blog conocerán ya como uno de mis favoritos. Ahí estuvimos contándonos historias de viajes, de nuestras experiencias en México, en Estados Unidos y España, y dándonos toda esa información que uno da cuando recién conoce a alguien.

Luego llamamos a Carolina y nos fuimos a cenar a Pan y Arte, un sitio realmente especial en la Avenida Boedo. Estuvimos muy cómodos en una de las mesas que había afuera, en la vereda, y la comida mendocina resultó para mí una novedad más que agradable. Cuando entré para ir al baño me di de bruces con un piano de cola (de los pequeños, pero da igual) que me dejó a las claras que en Pan y Arte se toman lo del arte en serio. Que se toman en serio lo del pan, ya lo tenía claro.

Bueno, algo más sobre Robert. Un viajero lleno de curiosidad y, aunque sólo sea mi opinión, incansable. Durante la cena sugirió un tipo de paseo que me parece muy interesante: recorrer una calle de principio a fin, o hasta que cambie de nombre. Robert dice que las que van de norte a sur cambian más que las que van de este a oeste, pero todas cambian, y ese tipo recorrido ayuda a entender el alma de la ciudad, su historia y su presente. No sobra decir que estoy completamente de acuerdo con él: hace tiempo que planeo (y no he llevado a cabo por falta de tiempo) una serie de posts en Buenos Aires Ideal sobre la Avenida Rivadavia, que quiero recorrer desde su principio en Puerto Madero hasta por lo menos la Avenida General Paz.

Otra demostración, para mí definitiva, del amor que Robert siente por Buenos Aires se da en su labor cartográfica. Ha hecho un mapa del cementerio de la Recoleta (y también un blog), donde viene señalado todo lo que hay que ver, y otro de las cúpulas de la ciudad. También está haciendo un mapa de Barracas, barrio por el cual, espero no tener que recordárselo demasiado, Robert me debe un paseo.

De nuevo, vale la pena entrar en sus blogs a echar un vistazo: Line of Sight y AfterLife.


El amor en San Telmo

dic 12, 17:54

Últimamente paso mucho tiempo delante de la pantalla leyendo/escribiendo, o lejos de la pantalla leyendo/escribiendo: en todo caso, es mucho tiempo sentado. Me hace falta ejercicio, y mi ejercicio es caminar. En extremo proclive al aburrimiento, mi cerebro no aguanta mucho sin estímulo. Eso me impide acudir a los gimnasios, donde está claro que se requiere un apagamiento de las funciones intelectuales de lo que va dentro del cráneo. Incluso (iba a decir “Y todavía más”) cuando te ponen un televisor delante de la máquina de no ir a ninguna parte.

Toda la vida he sido lector y caminante, como si ambas fueran la misma actividad, o por lo menos paralelas. De hecho, me cuesta mucho escribir sin salir a pasear un poema. Es como si el ritmo del andar tuviera que llegar al poema, como si fuera imposible pensar sin adentrarme en el ritmo de la ciudad. Esta vez me apetecía andar despacio, parando ante los escaparates, mirando los edificios y las casas, y me fui a San Telmo, donde se junta la ruina con la antigüedad, con lo simplemente viejo, con lo nuevo, y muy de vez en cuando, con lo vanguardista.

Al cabo de unas horas, paré en El Federal a comer. Es mi bar de referencia en San Telmo, porque es como si fuera el barrio dentro del mismo barrio, y claro, porque tiene salón fumador. Y ahí estaba yo, después de comer, con mi café, escribiendo, único cliente, cuando entró Jaqueline, la camarera de las mañanas y me preguntó qué escribía. Normalmente respondo con evasivas para volver a lo mío cuanto antes, pero esta vez fui cortés y respondí que estaba apuntando ideas para mi blog sobre Buenos Aires.

Jacqueline me sorprendió: “Deberías escribir sobre los que no creen en el amor.” Al parecer ella se incluye en ese grupo. La música no le remite a un tiempo de emoción y romance; los olores la llevan a su infancia, pero no al recuerdo de un amante; lleva el nombre de su hija y el del padre de su hija tatuados en los hombros, pero ya no está con él. Me dijo que tiene pareja pero que no viven juntos, ella elige cómo maneja los tiempos de su vida. Jacqueline me contó que nunca ha sentido ese terremoto que llega con el enamoramiento.

En eso llegó un grupo de unas veinte señoras a ocupar la gran mesa de la habitación de al lado. Jacqueline tuvo que salir a atenderlas. Pagué mi cuenta y unas cuadras más tarde pensé: esta mujer es una resistente: a toda esa babosidad sentimental de la música, de la televisión, de las novelas. A toda esa sobre-estimulación, a ese otro opio del pueblo que es el mito del amor.

(Por cierto: yo sí creo en ese mito.)