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Robert Wright se ha ido

jul 29, 10:27

Carolina, porteña de toda la vida, me afea que yo conozca mejor las calles de Buenos Aires que ella; o más bien me afea que lo demuestre, que me enorgullezca de mis conocimientos. Yo le contesto que al haber venido a la ciudad hace relativamente poco, me he visto obligado a armarme un mapa mental, por pura supervivencia, y por curiosidad, esas dos patas del entusiasmo.

Y creo que es más fácil para un extranjero llegar a conocer, con el tiempo, una ciudad, de lo que lo es para los que han vivido en ella toda la vida. Y es porque al llegar se abre una ventana de tiempo en la que no tienen costumbres fijas, ni rutas preestablecidas, y porque todavía hay mucho que les llama la atención. Lo difícil, claro, es mantener ese nivel de curiosidad: seguir siendo un extranjero, en el mejor sentido de la palabra, sin dejar de adaptarse a las maneras de la ciudad de adopción.

Pero ese título, de haberlo, se lo tendríamos que dar a Robert Wright, sin duda el mejor bloguero sobre Buenos Aires. Vivió ocho años en la ciudad, pasando incluso por la crisis del 2001, y la contó con cariño, con alegría y con una sorprendente constancia en Line of Sight. Creo que nadie se ha caminado las calles de Buenos Aires como él, fotografiando todo lo que le llamaba la atención, documentando todo lo que le provocaba la menor curiosidad. Y aunque deje de escribir, su blog sigue existiendo, y sigue siendo una fuente de información que no tiene precio.

Ayer salió de Ezeiza su avión para Australia. Con Robert dentro, espero. Voy a echar de menos a este viajero empedernido. No porque tuviera mucho contacto con él, en persona, sino porque dejará de escribir sobre la ciudad en su blog.


Lo bueno de este blog, y de la red, es que me ha permitido contactar con gente que quizá no hubiera conocido jamás en una ciudad tan grande y, a veces, tan dispersa como Buenos Aires. Hace unos meses, por mail y después en persona, tuve la buena fortuna de conocer a Alejandro Machado, guionista de profesión y, como yo, aficionado a la arquitectura. Esa es una afición que le nació a Machado mientras se recuperaba de una pancreatitis; es innumerable la gente que ha descubierto su creatividad en la convalecencia. Para despejarse la mente y no teniendo coche, Machado se dedicó a pasear a pie por la ciudad. Muy pronto empezó a prestar a los edificios, a sus particularidades, singularidades. Haciendo una lista de los que más le gustaban, se dio cuenta que un buen número pertenecían al arquitecto italiano, Virginio Colombo.

Machado se compró una cámara y empezó a coleccionar Colombos. Poco después, un amigo le enseñó a manipular un blog y colgó las fotos en él. De ahí surgieron otros blogs, dedicado cada uno a un arquitecto singular en la historia de la ciudad. Y fue gracias al blog sobre Colombo que Machado contactó con la Subsecretaria de Patrimonio de la Legislatura de Buenos Aires, la arquitecta Laura Weber. Machado le entregó un trabajo de 60 páginas en el que detallaba la obra de Colombo, y con él, la diputada Teresa de Anchorena, Secretaria de Patrimonio de la Legislatura elevó un proyecto para la catalogación de 81 edificios representativos de la obra de Colombo, entre los que hay 22 que no están catalogados.

Este proyecto es de suma importancia porque nos pone a nivel europeo. Tradicionalmente se han catalogado los edificios individualmente por su valor histórico o estético. Esta es la primera vez que se cataloga la obra entera de un arquitecto en Buenos Aires. Y otra cosa importante: este proyecto surge por la iniciativa de un ciudadano común, interesado en su ciudad, y de personas dedicadas a la política que también están dispuestas a pensar de otra manera e innovar.

Colombo murió joven (se disputa si a los 42 ó 43 años) y nunca fue reconocido por la Sociedad de Arquitectos. Una de las razones era que construía “demasiado”. Y es que aprovechaba hasta el último metro cuadrado construible en un un terreno; no había patios. Diseñó muchas casas de renta, como las de la calle Hipólito Yrigoyen, y en esas casas se juntaban los tres estratos sociales: en la parte delantera, en departamentos grandes, señoriales, de hasta 8 ambientes, vivía la clase alta; en el segundo cuerpo, con departamentos más pequeños y baratos, la clase media; y en el tercero, la clase menos pudiente… cada cuerpo con su propia entrada al edificio, como era la costumbre (socio-económica) de la época.

A Colombo nadie todavía le ha dedicado un libro, como sí a Palanti, a Giannotti y a otros italianos que llegaron al país para el Centenario. La pasión de Alejandro Machado por este arquitecto está dando sus frutos. Incluso, gracias a su blog, descendientes de gente que vivió en casas construidas por Colombo le han escrito y le han agradecido su esfuerzo, que tiene que ver, claro, con la historia estética y social de Buenos Aires, y también con su historia emocional.

Legislación sobre patrimonio

Blogs de Alejandro Machado

Fotos de Buenos Aires
Virginio Colombo
Mario Palanti
Francesco Gianotti
Luis BRoggi
Prins y Razenhofer
Guillermo Álvarez
Benjamín Pedrotti
Julián García Núñez
Vinent, Maupas y Jáuregui
Andrés Kalnay
Francisco Salamone


Jorge Fantoni

mar 1, 14:30

Hace un par de noches, Ral Veroni, Pepe Martín y yo le hicimos una visita (botellas de vino bajo el brazo) al dibujante Jorge Fantoni. La conexión es la siguiente: ellos tres se conocen desde hace un montón de años, de los ochenta-noventa y la movida del cómic underground, las revistas experimentales, los fanzines, esa que se dio a nivel mundial y yo vi desaparecer en España (no por completo, es verdad) con el advenimiento de internet, que absorbió buena parte de las iniciativas de este tipo. Aquí, me cuentan, también tuvo mucho que ver que todo se fuera al garete con la crisis de principios de los dosmil. Pero Fantoni es un resistente. Se ha buscado la vida como bien ha podido, y todo para no dejar de dibujar. Una impresión que tengo es que Argentina sufre una crisis de valores que viene de lejos—una instancia de esto queda clara cuando comparamos el reconocimiento que reciben muchos dibujantes del underground (comenzando por R. Crumb), mientras que aquí, a sus pares se les deja languidecer en el olvido. Así se mueren los países y las culturas—con esos olvidos—y admito que lo digo con un poco de rabia…

En fin, vuelvo a la tertulia con Fantoni. El tío me dio la impresión, desde un principio, de que considera que la exactitud en el dibujo coincide con la exactitud en la expresión (una versión del perfeccionismo). Esto puede parecer evidente, y si lo es, que alguien vaya y se lo explique a unos cuantos. A lo largo de los años, he tenido la suerte de conocer a esta clase de obsesivos por la exactitud en muchos campos del arte, y creo que son esa clase de artistas que prefieren hacer lo que tienen que hacer antes que perder el tiempo en busca de la fama (y la pasta). Me inspiran un gran respeto estos artistas (y muchas veces también como personas), aunque a veces no esté de acuerdo con sus ideas o su estilo.

Fantoni es, además, una especie de recluso, tímido y callado. Casi tuvimos que recurrir a la extorsión para que nos mostrara sus trabajos. Los primeros que vi son unos discos de vinilo, inútiles ya (más por la música que llevan grabada que por la cuestión tecnológica) sobre los que fantoni pinta, añadiendo al final el mecanismo de un reloj. Se me ocurre que se podría haber ahorrado el reloj, dejándolos simplemente con la pintura, pero creo que esta mentalidad utilitaria encaja bien con la de un dibujante de historietas; al fin y al cabo, en el cómic, el dibujo está al servicio del guión, y viceversa, lo cual tiende a proscribir esa clase de idealismo que los puristas, como exigiendo una esterilidad general, tanto defienden. Porque si la escritura y el dibujo están al servicio uno del otro, ambos son utilitarios con respecto al otro—aunque el trabajo final no lo sea.

Fantoni es, también, el autor de un cómic por entregas que se puede ir leyendo por internet: El Chorinauta, la historia (semiautobiográfica) de un hombre-cerdo que viaja a través del tiempo y entre mundos paralelos. La referencia al Eternauta resulta clara, pero el Chorinauta tiene su propia originalidad… sus propios recursos. Vale la pena echarle un vistazo, seguro que os engancháis y os convertís en fans (como me ha sucedido a mí).

[ Nota: Veroni me contó por teléfono que Fantoni vende los discos, claro, pero sin hacer esfuerzo comercial ninguno. Esa timidez que tiene, su preocupación más por su arte que por el comercio. Buenos Aires necesita buenos empresarios del arte, uno de los grandes recursos naturales que tiene la Argentina, y que está infraexplotado. (Lo digo por si alguien anda en busca de ideas para poner en marcha un negocio.) Una de las cosas que me hizo gracia de Fantoni es que entrega sus discos en cajas de pizza. En la reunión también hablamos del libro que Pepe Martín está preparando sobre estos discos. Cuando salga, escribiré un post para hacerle publicidad.]


Anoche conocí a Robert Wright, un enamorado de Buenos Aires y autor de Line of Sight, un blog lleno de información curiosa sobre la ciudad que atravesamos a diario y a menudo ni siquiera vemos.

Yo tenía que pasar por el Casal de Catalunya, así que nos encontramos a pocas cuadras en El Federal, que los lectores de este blog conocerán ya como uno de mis favoritos. Ahí estuvimos contándonos historias de viajes, de nuestras experiencias en México, en Estados Unidos y España, y dándonos toda esa información que uno da cuando recién conoce a alguien.

Luego llamamos a Carolina y nos fuimos a cenar a Pan y Arte, un sitio realmente especial en la Avenida Boedo. Estuvimos muy cómodos en una de las mesas que había afuera, en la vereda, y la comida mendocina resultó para mí una novedad más que agradable. Cuando entré para ir al baño me di de bruces con un piano de cola (de los pequeños, pero da igual) que me dejó a las claras que en Pan y Arte se toman lo del arte en serio. Que se toman en serio lo del pan, ya lo tenía claro.

Bueno, algo más sobre Robert. Un viajero lleno de curiosidad y, aunque sólo sea mi opinión, incansable. Durante la cena sugirió un tipo de paseo que me parece muy interesante: recorrer una calle de principio a fin, o hasta que cambie de nombre. Robert dice que las que van de norte a sur cambian más que las que van de este a oeste, pero todas cambian, y ese tipo recorrido ayuda a entender el alma de la ciudad, su historia y su presente. No sobra decir que estoy completamente de acuerdo con él: hace tiempo que planeo (y no he llevado a cabo por falta de tiempo) una serie de posts en Buenos Aires Ideal sobre la Avenida Rivadavia, que quiero recorrer desde su principio en Puerto Madero hasta por lo menos la Avenida General Paz.

Otra demostración, para mí definitiva, del amor que Robert siente por Buenos Aires se da en su labor cartográfica. Ha hecho un mapa del cementerio de la Recoleta (y también un blog), donde viene señalado todo lo que hay que ver, y otro de las cúpulas de la ciudad. También está haciendo un mapa de Barracas, barrio por el cual, espero no tener que recordárselo demasiado, Robert me debe un paseo.

De nuevo, vale la pena entrar en sus blogs a echar un vistazo: Line of Sight y AfterLife.


El amor en San Telmo

dic 12, 08:54

Últimamente paso mucho tiempo delante de la pantalla leyendo/escribiendo, o lejos de la pantalla leyendo/escribiendo: en todo caso, es mucho tiempo sentado. Me hace falta ejercicio, y mi ejercicio es caminar. En extremo proclive al aburrimiento, mi cerebro no aguanta mucho sin estímulo. Eso me impide acudir a los gimnasios, donde está claro que se requiere un apagamiento de las funciones intelectuales de lo que va dentro del cráneo. Incluso (iba a decir “Y todavía más”) cuando te ponen un televisor delante de la máquina de no ir a ninguna parte.

Toda la vida he sido lector y caminante, como si ambas fueran la misma actividad, o por lo menos paralelas. De hecho, me cuesta mucho escribir sin salir a pasear un poema. Es como si el ritmo del andar tuviera que llegar al poema, como si fuera imposible pensar sin adentrarme en el ritmo de la ciudad. Esta vez me apetecía andar despacio, parando ante los escaparates, mirando los edificios y las casas, y me fui a San Telmo, donde se junta la ruina con la antigüedad, con lo simplemente viejo, con lo nuevo, y muy de vez en cuando, con lo vanguardista.

Al cabo de unas horas, paré en El Federal a comer. Es mi bar de referencia en San Telmo, porque es como si fuera el barrio dentro del mismo barrio, y claro, porque tiene salón fumador. Y ahí estaba yo, después de comer, con mi café, escribiendo, único cliente, cuando entró Jaqueline, la camarera de las mañanas y me preguntó qué escribía. Normalmente respondo con evasivas para volver a lo mío cuanto antes, pero esta vez fui cortés y respondí que estaba apuntando ideas para mi blog sobre Buenos Aires.

Jacqueline me sorprendió: “Deberías escribir sobre los que no creen en el amor.” Al parecer ella se incluye en ese grupo. La música no le remite a un tiempo de emoción y romance; los olores la llevan a su infancia, pero no al recuerdo de un amante; lleva el nombre de su hija y el del padre de su hija tatuados en los hombros, pero ya no está con él. Me dijo que tiene pareja pero que no viven juntos, ella elige cómo maneja los tiempos de su vida. Jacqueline me contó que nunca ha sentido ese terremoto que llega con el enamoramiento.

En eso llegó un grupo de unas veinte señoras a ocupar la gran mesa de la habitación de al lado. Jacqueline tuvo que salir a atenderlas. Pagué mi cuenta y unas cuadras más tarde pensé: esta mujer es una resistente: a toda esa babosidad sentimental de la música, de la televisión, de las novelas. A toda esa sobre-estimulación, a ese otro opio del pueblo que es el mito del amor.

(Por cierto: yo sí creo en ese mito.)


Notas de un caminante

oct 23, 09:59

Empecé a conducir en 1980, a los 16 años. En 1989 dejé de tener coche. Vivía en Estados Unidos, en una ciudad universitaria, pequeña, donde todo me quedaba cerca para ir a pie o en bicicleta. En el 92 me mudé a España en cuyas ciudades el transporte público no está mal, aunque prefiero caminar.

En todo ese tiempo he vivido en nueve ciudades, pasado tiempo en bastantes otras y conocido muchas. Mis amigos se maravillan de lo rápido que me ubico en una ciudad: conozco las calles, sé donde conseguir lo que necesito, hablo con la gente… gracias a que prefiero ir a pie a todas partes.

Caminando, se llega a conocer una ciudad. En el coche todo pasa demasiado rápido, no es fácil determinar las distancias, absorber el ambiente; y resulta prácticamente imposible dar con esos encuentros que a veces llamamos epifanías: el descubrimiento de un sitio especial, el alumbramiento de una idea. Si mis poemas tienen ritmo, por ejemplo, es porque los camino, los llevo conmigo mientras los pienso, los reescribo, los respiro. Tengo casa, pero para mí La Ciudad es el sitio donde vivo, viajo e intento comprender el mundo.

Anoche fui al Teatro San Martín a ver Línea Sur, un documental de Fabián Fattore sobre la Patagonia, siguiendo los pasos de Osvaldo Soriano. La fotografía, parecida a la de las películas caseras, con Súper 8, tiene todos los elementos de la nostalgia (el grano, el color algo lavado, las imágenes ligeramente fuera de foco), pero sin llegar a esa nostalgia; lo que le da una limpieza de mirada que invita a viajar. Tiene humor en los personajes, belleza en los paisajes, la desolación de un mundo casi abandonado: el de los trenes que iban al Sur.

Sin embargo, fue vuelta a casa, andando, que vino la gran sorpresa de la noche. Iba por Avenida La Plata cuando me crucé con una mujer de unos cuarenta años, con el desgaste marcado en las ojeras, en la comisura de los labios. Llevaba una minifalda blanca, zapatos de tacón también blancos y una especie de levita que por atrás le llegaba hasta las pantorrillas; tenía el pelo teñido de rubio, con flequillo y recogido atrás con una trenza o una coleta, no alcancé a ver. Lo que me llamó la atención de esta mujer fue que en la mejilla derecha llevaba, muy claras, las marcas de una mordida. Y se trataba claramente de una dentadura humana, se veían bien claras las marcas de los dientes, los de arriba y los de abajo.

La mujer pasó, yo pasé, y me quedé con la impresión. No la juzgo, sólo la describo. Las calles son mi hábitat natural, y en ellas encuentro cosas que me maravillan y sorprenden.


Hace unos días se me ocurrió un proyecto poético que no sé si dará resultado. Es un poco extraño, y lo consulté con Roberto Padilla, artísta plástico y jurídico, que dijo que le gustaba la idea y que la echara para adelante.

Creo que la idea se explica sola en la siguiente carta:

Estimado Sr, Estimada Sra
Usted no me conoce, y yo a usted tampoco. No sabe nada de mí, yo tampoco de usted. He tomado su nombre y dirección del directorio telefónico, al azar, abriéndolo en cualquier página y poniendo un dedo en cualquier sitio.
La razón por la que le escribo esta carta es, precisamente, que ya casi nadie escribe cartas. Existen otros medios, más inmediatos. No tengo gran cosa que contarle. Quizá le interese saber que soy poeta; que llevo cinco meses viviendo en Buenos Aires, que soy español (catalán) aunque crecí y viví muchos años en México y Estados Unidos.
Se me ocurrió lo de escribir cartas al azar a un número de personas desconocidas como una forma de establecer conexiones nuevas en una ciudad extraña. No se preocupe, no estoy interesado en un encuentro cara a cara, ni le voy a pedir dinero, ni se lo voy a dar si usted me lo pide a mí. Lo que me gustaría es que usted me respondiera, si tiene ganas y tiempo; que me escribiese y me contara algo de usted. No tiene por qué ser ninguna información esencial, nada que pueda comprometerle o que usted considere que de alguna forma pone en peligro su intimidad.
Quisiera acumular un grupo de cartas a y de personas a las que no conozco para hacer un libro, una especie de collage de encuentros fortuitos. De llegar a tomar una forma interesante este proyecto, el libro se publicaría con el nombre de todos los corresponsales, a menos de que alguno prefiriese mantener el anonimato.
Espero que no me considere un intruso en su hogar por escribirle de esta manera. No es mi intención, aunque entiendo que puede ser interpretada de esa manera. Si usted no responde a esta carta, no recibirá más noticias mías. Yo sé su dirección, pero usted también sabe la mía; esto es un acto de confianza mutua, algo que veo que no existe entre los habitantes de la ciudad. Y no es sólo esta ciudad, podríamos estar hablando de casi cualquier sitio del mundo. Sin embargo, creo que a los porteños esta situación de desconfianza les es muy dolorosa.
Yo, como viajero, más bien disfruto del anonimato, y tiendo a utilizar la desconfianza a mi favor. He notado que cuando entro en un comercio de Buenos Aires, la gente me trata bien, al parecer debido a mi acento extranjero. O eso me dicen algunas personas con quienes he hablado del asunto. Esta carta es un intento de abrir y comprender otra forma de comunicación: ¿cómo nos comunicamos con nuestros conciudadanos, extraños?, ¿qué hacemos con esa comunicación? ¿qué esperamos de ella, de ellos, de nosotros mismos mientras nos comunicamos?
Espero que este proyecto de cartas al azar me ayude, nos ayude, a responder a estas preguntas. Si a usted le parece bien, escríbame; si no, ya lo dije antes, no volverá a saber de mí.
Le manda un saludo atento
Roger Colom

Lo que sí me comentó Roberto es que incluyera un sobre estampillado, para ayudar a la gente a superar su tacañería y ver si así escriben.

[Visible también en Paseante Extranjero ]