¿Otra casa de Virginio Colombo?
ago 3, 13:49


En todo caso, parece que faltan pruebas. ¿Se pueden conseguir?




Hice algunas fotos con el móvil que me parece que vale la pena colgar aquí. No sé si logro, con ellas, transmitir la espectacularidad del edificio.



Me acaba de llegar un mail de Basta de demoler, en el que cuentan que hay un plan para demoler el viejo hospital, cuando existe la posibilidad y la capacidad para mantener un edificio histórico a la vez que se mantiene la función hospitalaria. Es lo que pego aquí:
LEER TODO EL ARTÍCULOSorpresa nos causa la noticia aparecida en el diario La Nación del sábado 21, donde se informa sobre la demolición del Hospital Rivadavia y la construcción de un centro asistencial de alta complejidad.
Queremos destacar que el edificio tiene un alto valor patrimonial y su demolición implicaría una pérdida irrecuperable para la ciudad, no solamente por el valor del arquitectónico del edificio en sí, sino porque conserva las características peculiares de la arquitectura hospitalaria del fines del 1800, que contempla una integración entre la salud y la naturaleza para formar un todo que armoniza un concepto integral de salud de la persona.
El edificio está enmarcado dentro de un bellísimo parque de cinco hectáreas diseñado por el paisajista Eugene Courtois, y donado por Torcuato de Alvear, el primer intendente de la Capital Federal.
Desconocemos qué organismo especializado o profesional competente ha realizado la evaluación del estado del edificio para determinar que “es irrecuperable” , según se declara en la nota. Sí podemos afirmar que el edificio se encuentra en un grado de deterioro que es consecuencia de décadas de falta de inversión edilicia, situación que se repite en gran cantidad de edificios públicos (hospitales, escuelas, sedes de organismos del gobierno porteño) y que no por esta razón deberían demolerse.
Frente a esta circunstancia en que se propone la construcción de un centro asistencial, lo que se debería contemplar es la restauración del edificio existente, y, si fuera necesario, adecuarlo, adaptarlo y ampliarlo, conforme a las necesidades de la medicina actual, respetando y poniendo en valor el edificio y el parque actualmente en funcionamiento.
Por las razones expuestas, Basta de demoler solicitará a la Comisión de Patrimonio Arquitectónico de la Legislatura la catalogación para proteger al edificio y el parque del Hospital Rivadavia de cualquier intervención que atente contra la integridad de los mismos.
Reseña histórica del Hospital Rivadavia (por arq. Marcelo Magadán)
El Hospital General de Agudos “Bernardino Rivadavia”, con el nombre “Hospital de Mujeres”, fue inaugurado oficialmente en 1774, en la calle Piedad (actual Bartolomé Mitre al 800), en la misma cuadra donde se encuentra la Iglesia de San Miguel Arcángel.
Fue denominado Hospital de la Caridad en 1801 y Hospital de la Caridad de Mujeres en 1807. Por 1811 se lo conocía también como Santo Hospital de San Miguel, por contar con el patrocinio de dicho arcángel. La Sociedad de Beneficencia tuvo a su cargo el hospital desde 1852 hasta 1946 en que se lo nacionalizó.
En 1887 se lo trasladó al actual emplazamiento, pasando a denominarse “Hospital General de Mujeres Rivadavia”. Ocupa desde entonces un predio equivalente a cinco manzanas. La piedra fundamental se había colocado a fines de 1880, con la presencia de Fray Mamerto Esquiú, obispo electo de Córdoba.


Como dije el viernes me enteré del punto más alto de la capital sobre el nivel del mar en el libro de Zigiotto. Está en Villa Devoto, en la esquina de Mercedes y Francisco Beiró. La altura es de 38,05 metros. Pero tengo una duda. En otra parte del libro Zigiotto dice que el punto cero está en la estrella de ocho puntos que se encuentra en la Catedral, pero esa estrella está a 30,48 metros por encima del nivel del mar. El punto de Villa Devoto, entonces, ¿está a 38 metros de la estrella, o del mar? ¿Está a 68 metros o a 38?

Lo bueno de este blog, y de la red, es que me ha permitido contactar con gente que quizá no hubiera conocido jamás en una ciudad tan grande y, a veces, tan dispersa como Buenos Aires. Hace unos meses, por mail y después en persona, tuve la buena fortuna de conocer a Alejandro Machado, guionista de profesión y, como yo, aficionado a la arquitectura. Esa es una afición que le nació a Machado mientras se recuperaba de una pancreatitis; es innumerable la gente que ha descubierto su creatividad en la convalecencia. Para despejarse la mente y no teniendo coche, Machado se dedicó a pasear a pie por la ciudad. Muy pronto empezó a prestar a los edificios, a sus particularidades, singularidades. Haciendo una lista de los que más le gustaban, se dio cuenta que un buen número pertenecían al arquitecto italiano, Virginio Colombo.
Machado se compró una cámara y empezó a coleccionar Colombos. Poco después, un amigo le enseñó a manipular un blog y colgó las fotos en él. De ahí surgieron otros blogs, dedicado cada uno a un arquitecto singular en la historia de la ciudad. Y fue gracias al blog sobre Colombo que Machado contactó con la Subsecretaria de Patrimonio de la Legislatura de Buenos Aires, la arquitecta Laura Weber. Machado le entregó un trabajo de 60 páginas en el que detallaba la obra de Colombo, y con él, la diputada Teresa de Anchorena, Secretaria de Patrimonio de la Legislatura elevó un proyecto para la catalogación de 81 edificios representativos de la obra de Colombo, entre los que hay 22 que no están catalogados.
Este proyecto es de suma importancia porque nos pone a nivel europeo. Tradicionalmente se han catalogado los edificios individualmente por su valor histórico o estético. Esta es la primera vez que se cataloga la obra entera de un arquitecto en Buenos Aires. Y otra cosa importante: este proyecto surge por la iniciativa de un ciudadano común, interesado en su ciudad, y de personas dedicadas a la política que también están dispuestas a pensar de otra manera e innovar.
Colombo murió joven (se disputa si a los 42 ó 43 años) y nunca fue reconocido por la Sociedad de Arquitectos. Una de las razones era que construía “demasiado”. Y es que aprovechaba hasta el último metro cuadrado construible en un un terreno; no había patios. Diseñó muchas casas de renta, como las de la calle Hipólito Yrigoyen, y en esas casas se juntaban los tres estratos sociales: en la parte delantera, en departamentos grandes, señoriales, de hasta 8 ambientes, vivía la clase alta; en el segundo cuerpo, con departamentos más pequeños y baratos, la clase media; y en el tercero, la clase menos pudiente… cada cuerpo con su propia entrada al edificio, como era la costumbre (socio-económica) de la época.
A Colombo nadie todavía le ha dedicado un libro, como sí a Palanti, a Giannotti y a otros italianos que llegaron al país para el Centenario. La pasión de Alejandro Machado por este arquitecto está dando sus frutos. Incluso, gracias a su blog, descendientes de gente que vivió en casas construidas por Colombo le han escrito y le han agradecido su esfuerzo, que tiene que ver, claro, con la historia estética y social de Buenos Aires, y también con su historia emocional.
Blogs de Alejandro Machado
Fotos de Buenos Aires
Virginio Colombo
Mario Palanti
Francesco Gianotti
Luis BRoggi
Prins y Razenhofer
Guillermo Álvarez
Benjamín Pedrotti
Julián García Núñez
Vinent, Maupas y Jáuregui
Andrés Kalnay
Francisco Salamone
Toda la información que aparece en este post proviene de Rasacielos Porteños: Historia de la edificación en altura en Buenos Aires, de Leonel Contreras.

En la época, “hotel internacional” significaba un establecimiento de lujo que tuviera todas las comodidades que la tecnología del momento y el arte de la hotelería pudieran ofrecer. Baños en cada habitación, por ejemplo, y ascensores rápidos. También tenía que haber un lobby amplio, donde la gente se pudiera encontrar; el bar debía ser cómodo y ofrecer licores de todo el mundo, además de las mezclas de moda; y el restaurante debía ofrecer cocina francesa (la más conocida) y postres espectaculares.

El que sí entra en definición de Contreras, que es la más o menos oficial, sería el Railway Building, de 13 pisos, en Paseo Colón y Alsina. Este edificio fue construido para albergar las oficinas de las distintas empresas ferroviarias, todas inglesas, como su nombre indica. Se construyó siguiendo lineamientos más o menos clásicos: basamento, desarrollo y coronamiento, este último en mansardas, como era la moda del momento en Buenos Aires.





Me llega un mail de Alejandro Machado en el que cuenta que están por demoler un edificio de Virginio Colombo, uno de los arquitectos más importantes del Art Noveau porteño.
Es un edificio industrial en pleno San Cristobal y no dudo de que existen excelentes razones económicas y urbanísticas para su demolición. Sin embargo, tampoco dudo de que Buenos Aires puede estar a la altura de las grandes ciudades del mundo, tanto en materia arquitectónica como urbanística. No hace falta trabajar más—con la misma cantidad de trabajo es suficiente—lo que hace falta es usar más la imaginación: imaginar esa ciudad de calibre mundial y poner lo que haya de parte de cada uno para convertirla en realidad.
Este es el link a la página de Machado donde explica lo que está ocurriendo: Virginio Colombo Arquitecto: Alerta: van a demoler la fachada del Depósito de la Ex Fabrica Anda.


Fue, con una de las primeras estructuras de hormigón armado que se construyeron en Buenos Aires, diseñado por el arquitecto danés Morten Rönnow, autor también de la Iglesia Dinamarquesa en San Telmo. Las figuras del exterior son todas de cemento, no de piedra, como cabía esperar: supongo que ya que estaban con las últimas tecnologías de la construcción, decidieron utilizarlas para todo. De esas figuras, las más llamativas son los ocho atlantes que están casi a nivel de calle. Cada uno representa uno de los artes y oficios relacionados con la construcción: herrero, carpintero, albañil, forjador, aparejador, escultor, y en la ochava, el arquitecto y el jefe de obras.
Más arriba, en el fuste, hay unas esculturas de cóndores de 5 metros de altura. Lorenzi dice que estaba fascinado con la fauna que encontró en la Argentina, así que también incluyó osos, loros, pingüinos y lechuzas. En el mismo nivel, más o menos, se pueden ver unos indios. Hoy eso parecería extraño, pero en la época todavía tenía vigencia el mito del buen salvaje (bueno, todavía la tiene, pero en otro sentido), y les habrá parecido normal representar naturaleza y figuras indígenas una junto a otra.

Cuando se construyó, con casi 60 metros de altura, y durante algunos años, este edificio fue el más alto de Buenos Aires.
Por cierto, Robert Wright cuenta un encuentro fortuito con el nieto, también arquitecto, de Rönnow; y una oportunidad que tuvo de entrar en el edificio y subir a uno de los últimos pisos.
También, más adelante escribiré sobre la casa que ocupó este mismo solar y sus ilustres moradores.

En la Guía de Patrimonio Cultural del Gobierno de Buenos Aires pone que la casa de María Josefa Ezcurra, de 1836, es uno de los escasos ejemplos de arquitectura civil que quedan de esa época. La casa está en ruinas y la guía indica que no tiene un uso previsto (aunque pertenece al Museo de la Ciudad). Me interesaba verla, y fui a la dirección que da la guía, Defensa 455-463. Pero ahí sólo encontré un edificio de Luz y Fuerza y el Edificio Calmer, racionalista, quizá de los años 40, emplazado en el solar donde nació Manuel Belgrano.
Al no encontrar la casa Ezcurra en la dirección dada, pensé que el error era mío; recorrí varias cuadras por Defensa y alrededores, pero nada. Entonces llamé a Carolina para que me lo buscara en la red. Mientras hablaba con ella iba por Defensa hacia la Plaza de Mayo; me dijo que me volvería a llamar en unos minutos con la información y cortamos. Doblé por Alsina y, de repente, vi la casa. Estaba junto a los Altos de Elorriaga, frente al Museo de la Ciudad y La Puerto Rico. En eso me llamó Caro y me lo confirmó.
En la guía viene esta información:
Durante la época de María Josefa Ezcurra, hermana de Encarnación, esposa de Juan Manuel de Rosas, se celebraban en la casa reuniones y encuentros políticos, como relata José Mármol en su obra Amalia.
No había leído esa novela, así que decidí ir a buscarla. Fui hasta Corrientes. Mi memoria visual me avisaba de que había visto un ejemplar en una librería de viejo la semana anterior. Incluso recordaba exactamente dónde estaba el libro. Compré la edición de Estrada (Buenos Aires, 1944), en dos volúmenes, con prólogo y notas de Adolfo Mitre: por $10, un regalo.
Esta mañana me reía de mí mismo: hace 20 años hubiera leído la novela, 800 páginas, en tres tardes. Pero a los 43 años ya no tengo la paciencia lectora de entonces, han pasado las tres tardes y sólo he leído 300 páginas. También tengo otras muchas ocupaciones, claro.
María Josefa Ezcurra fue amante de Belgrano y tuvo un hijo suyo, que fue criado en una de las estancias de su hermana y su cuñado. Al parecer María Josefa era una mujer de gran belleza.
Pero lo interesante es que en el libro encontré a María Josefa Ezcurra en precisamente en polo opuesto de todo su esplendor. La visión que tenemos de ella es la que permite Mármol, que al estar contra los federales, y al ser esta novela una diatriba contra el régimen de Rosas, la señora Ezcurra aparece como una especie de monstruo.
En la novela, el protagonista envía a su bella novia a casa de María Josefa como espía. Copio fragmentos de lo que escribe Mármol. En la casa hay…
... una multitud de negras, de mulatas, de chinas, de patos, de gallinas, de cuanto animal ha creado Dios, incluso una porción de hombres vestidos de colorado de los pies a la cabeza con toda la apariencia y las señales de estar, más o menos tarde, destinados a la horca… [En la sala estaban] dos mulatas y tres negras que, cómodamente sentadas, y manchando con sus pies enlodados la estera de esparto blanca con pintas negras que cubía el piso, conversaban familiarmente con un soldado de chiripá punzó, y de una fisonomía en que no podía distinguierse dónde acababa la bestia y comenzaba el hombre… seis personajes que, por una ficción repugnante de los sucesos de la época, osaban creer, con toda la clase a la que pertenecían, que la sociedad había roto los diques en que se estrella el mar de sus clases obscuras, y amalgamándose la sociedad entera en una sola familia… [Se va viendo por dónde corren los prejuicios sociales de Mármol] Entretanto, doña María Josefa [...] ponía una sobre otra veintitantas solicitudes que habían entrado ese día, acompañadas de sus respectivos regalos, en los que hacían no pequeña parte los patos y las gallinas del zaguán, para que por su mano fuesen presentadas a Su Excelencia el Restaurador, aun cuando Su Excelencia estaba seguro de no ser importunado con ninguna de ellas… Baste decir, por ahora, que en la hermana política de don Juan Manuel de Rosas estaban refundidas muchas de las malas semillas, que la mano del genio enemigo de la humanidad arroja sobre la especie, en medio de las tinieblas de la noche, según la fantasía de Offmann. Los años 33 y 35 no pueden ser explicados en nuestra historia sin el auxilio de la esposa de don Juan Manuel de Rosas que, sin ser malo su corazón, tenía, sin embargo, una grande actividad y valor de espíritu para la intriga política: y los 39, 40, y 42 no se entenderían bien si faltase en la escena histórica la acción de doña María Josefa Ezcurra…
Procede a pintarla como una mujer vieja, fea, desdentada, con pelo de estropajo, mal aliento, mentirosa e intrigante. Hace todo lo posible para que el lector se ponga en contra de esta mujer. Pero es que Mármol escribió una novela contra Rosas, y claro, nadie que tuviera algo que ver con él podía quedar bien.