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No tengo mucho tiempo, pero a veces cuando me harto de estar delante del ordenador (muchas horas, últimamente) salgo a dar una vuelta. La clave de las vueltas, claro, es evitar los caminos que se recorren a diario, los que se borran a la vista porque ya no hay nada nuevo que ver. Un problema con los paseos breves, los que son para aliviar un poco la mente del trabajo, es que no pueden ser en el otro extremo de la ciudad, hay que darlos cerca o dejarán de ser breves. Y con eso uno corre el riesgo de volver a los caminos habituales, los de la ceguera.

Por esa razón me reservo zonas, evito lugares y calles, para recorrerlos cuando me hace falta de verdad ese paseo. Así por Pedro Goyena, que no queda lejos de mi casa y que hacía mucho que no caminaba.

Agarré por ahí el otro día hacia Puán con la triple idea de estirar las piernas, descansarme los ojos y comprar un libro en la librería Biblos, que al estar cerca de la Facultad de Letras tiene una excelente selección de material serio—cero bestsellers, poco ruido. En Biblos me dejaron hacer una foto de un cartel que tienen que me hace gracia porque para un valenciano indica que los libros sólo se pueden cambiar del 1 al 19 de marzo.

Saliendo, me fui a tomar un café a la confitería Sócrates, esquina de Goyena y Puán, que aunque es un sitio bien porteño lo tiene todo para aliviarme de la nostalgia de mis bares favoritos: una buena terraza y ¡precios altos! (Uno de mis bares habituales era exactamente lo opuesto, y eso que la clientela era de postín). Ahí me estuve un buen rato con un café bastante potable, aprendiendo a leer el libro nuevo, Materia y memoria, de Henri Bergson, que me viene muy bien para una conversación prolongada en el tiempo y a través del océano que mantengo con mi buen amigo Pep Izquierdo


Hace un montón de años en Santiago de Compostela, llegué a frecuentar un café viejo, descascarado, mugriento con el polvo de años mezclado con la nicotina que los fumadores íbamos (como un daño colateral) adhiriendo a las paredes nada más exhalar. Estaba en el casco antiguo y se llenaba de universitarios, artistas y una buena tribu de jubilados que hacían el mayor ruido posible golpeando las fichas del dominó contra el mármol de las mesas. Solía estar lleno, y a menudo había que tomarse el café o el vino de pie ante el mostrador, cosa que prefiero de todas maneras.

Pero el dueño se jubiló y traspasó el negocio a unos jóvenes que lo mantuvieron cerrado unas semanas para limpiarlo y remodelarlo. Cuando abrieron, la parroquia desertó. Los precios no habían variado, pero la seguridad que muchos encontrábamos en la vetustez—y la mugre—del local había desaparecido. La mayoría nos buscamos otro bar que cumpliera los requisitos: tradición, historias (más que Historia), la posibilidad de que ahí hubiera pasado algo—cualquier cosa—, pero sobre todo la idea de un encuentro con el pasado vivo, tan importante en una ciudad y una sociedad en la que ya se notaban los estragos de la museificación/disneylandización que ahora definen tantos lugares de Europa. Luego también estaban los estragos de la remodelación… por más que ésta le hiciera falta al local, o a sus dueños.

Sigo buscando esos bares viejos. Evito los nuevos—y más esos minimalistas hiperlimpios en las formas que siguen ese estilo internacional-europeo que prefiere la frialdad desacogedora a la calidez de que tiene como efectos el encuentro y la conversación. También evito aquellos bares remodelados en los noventa con un exceso hortera de latón y espejos; Buenos Aires y muchas ciudades españolas parecen haber sufrido esta plaga, esta pequeña desgracia—o pérdida de gracia, ese don de Dios.

De los bares viejos, prefiero los viejos de verdad, aunque soy bien capaz de frecuentar un bar recuperado (puesto en valor, que dicen aquí), si retien algo de la mugre de los años, de las huellas de una clientela de décadas, un aire a ruina que, por un milagro del comercio, sigue en pie. Eso sí, la cocina limpia como un quirófano, ¿eh?

Si quieren, pueden dejar en un comentario aquí abajo el nombre y la dirección de algún bar favorito. Haremos una lista. No hace falta que sean locales históricos: sólo que cumplan los requisitos que mencioné arriba.


Café Aragón

ene 24, 07:20


A veces salgo simplemente a pasear, sin rumbo; pero las más prefiero tener una misión, un punto de llegada. A partir de ahí ya me puedo perder. Mirando la lista de cafés notables me di cuenta de que los que me falta visitar quedan todos bastante alejados del centro. Uno es el Café Aragón, en las siete esquinas: cruce de Donizetti, Juan B. Alberdi, Escalada y Bruix.

Así que tomé el 2 en Avenida La Plata y me bajé en el 9200 de Rivadavia, pasé por debajo del puente de Juan B. Justo, donde hay dos gasolineras abandonadas (se ven varias por la zona) y doblé por Donizetti para caminar las 6 cuadras hasta Alberdi. Cuando llegué me encontré con que el Aragón estaba cerrado; no vi un cartel con el horario, ni otro que indicara que cerraban por vacaciones. Sin embargo, viéndolo desde afuera parece toda una institución. La fechada, que da a la esquina, está toda pintada con filetes, publicidades antiguas (Geniol, Fernet, Vascolet), un tranvía del año de la sopa y letras de tangos. Encima de la puerta principal, sobre un fondo azul, hay pintado un medallón de oro con dos lazos, uno con los colores de Argentina, otro con los de España. Y por encima de eso, se puede leer un verso de Discépolo (De chiquilín te miraba de afuera) y la fecha de fundación del café: 1893.

Por las vidrieras pude comprobar que el salón es bastante grande y que lo que prometen los neones (probablemente de los años 50)—BAR BILLARES—es cierto: tendré que venir una noche a practicar mi juego y perder contra el peor de los jugadores del Aragón.

Después, como tenía algo de tiempo, caminé por los alrededores para hacerme una idea del barrio. Las calles son plácidas, con poco tráfico. Hay varias torres de apartamentos bastante altas y un tanto absurdas en el contexto, pero la mayoría de las casas son bajas. Pude ver unas cuantas de finales del XIX en bastante buen estado, pero la mayoría son más modernas o incluso nuevas. Vi una casa racionalista que me llamó la atención, y otra de los años 60 que me dejó perplejo: parece una mezcla de varias ideas confusa que no ha mejorado
con el tiempo, pero tiene una pinta divertida (no pongo la foto aquí porque no me salió bien). También hay varias industrias menores por la zona y alguna que otra fábrica que ya no cumple su función original, incluido un edificio de ladrillo que ocupa toda una cuadra y en cuya fachada, escrito en piedra como si fuera para siempre, el nombre de la empresa: La Hispanoargentina, curtiembre.

Se me hacía tarde y en poco llegué de nuevo a Rivadavia, donde tomé el 2, que tiene la gentileza de parar a media cuadra de mi casa.


Mar Azul

ene 10, 07:12

Carlos Encina trabajó durante años en el antiguo Británico, uno de los bares emblemáticos de San Telmo (uno que, cabe decir, con la renovación perdió buena parte de su alma). Carlos es un camarero profesional, de los de toda la vida, y eso se nota tanto en la calidad de servicio que aporta a su nuevo bar, como en su iniciativa de comprar ese bar y así devolvernos a los asiduos a los cafés de Buenos Aires uno que valía la pena mantener: el Mar Azul.

El otro día iba yo por Tucumán, a la altura de Rodríguez Peña, cuando me llamó la atención en letrero de la fachada del bar; era la hora de comer así que entré. El nombre me sonaba, saqué mi libreta y vi que, en efecto, el Mar Azul está en la lista de cafés notables. La comida es sencilla: milanesas, supremas, hamburguesas, costilletas, pero los precios son buenos, sobre todo para un café en pleno centro. (Espero que Carlos, al leer esto ¡no los suba!)

En las paredes del bar hay una buena colección de fotos antiguas de Buenos Aires, incluida una que no había visto antes del Obelisco en construcción. Del techo cuelgan ventiladores antiguos y las ventanas son de madera, de guillotina, lo cual ayuda a mantener el local bien ventilado.

Es una lástima que la ley no permita fumar. Si tuviéramos esa libertad, el bar se acercaría bastante a la perfección. De todas maneras, ya lo tengo en mi lista mental de los lugares donde vale la pena parar a descansar del ajetreo del centro y tomar algo.

Carlos conoce el negocio de los cafés, lleva en él muchos años. Estoy seguro de que si no fuera rentable, no habría reabierto el Mar Azul. Es una clase de esfuerzo que hay que celebrar e imitar, en estos tiempos en que tantos lugares emblemáticos de la ciudad están desapareciendo.


Fumo, ¿se nota?

ago 14, 09:07

En España la ley que prohibía fumar en los bares no prosperó, debido a la dura oposición de las asociaciones de hosteleros. La que aprobaron venía deslavazada, era una ley que en realidad permitía fumar en todas partes; lo que sí hizo, sin embargo, y me parece muy bien, es darle respaldo jurídico a todos aquellos que quisieran montar un bar, un café o un restaurante donde no estuviera permitido fumar. Y eso está muy bien, sobre todo en los restaurantes.

En Buenos Aires la ley entró en vigor en plan calvinista norteamericano: se prohibe fumar en todas partes. Pero se dejó un resquicio: los establecimientos más grandes pueden montar un salón aparte para fumadores. También se puede fumar en las terrazas, muchas de ellas con calefacción y todo.El otro día fui al Café Jonathan (JM Moreno y Formosa) y me encontré con que la terraza estaba llena y el interior vacío. ¡Y eso que hacía un frío tremendo!

Creo que muchos cafés se están dando cuenta de que los que permiten fumar se están llevando buena parte de la clientela, y están montando salones para fumadores. Pero claro, esto sólo lo pueden hacer los que tienen más de 100 metros cuadrados. Los famosos cafetines de Buenos Aires, sobre todo los que no ofrecen algo bonito para los turistas (bueno, y también para los porteños), son los que sufren.

El caso es cada vez son más los que tienen salón fumador; lo que viene a continuación es una lista cortita de los que he visitado.

  • Tortoni (Avenida de Mayo 825)
  • Plaza del Carmen (Rivadavia y La Plata)
  • La Perla (Rivadavia y Jujuy)
  • La Biela (Quintana 596)
  • Sweet Café (Córdoba 1735)
  • La Paz (Corrientes y Montevideo)
  • La Confitería de la Estación Retiro
  • El Federal (Carlos Calvo y Perú)
  • Salisbury (25 de Mayo 238)
  • Margot (Boedo y San Ignacio)

Como sé que hay muchos, y cada vez habrá más, ustedes pueden poner la dirección en la sección de comentarios aquí abajo y los añadiré a la lista.