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Que se expulse de ciertas zonas de la ciudad a la gente con menos recursos, ya no sorprende a nadie; pero la tendencia ahora es también expulsar a la clase media. Eso es lo que ha ocurrido en las grandes ciudades europeas (convertidas muchas en museos donde sólo viven los ricos), en Nueva York, en San Francisco…

Se adaptan edificios industriales para lofts o para hoteles de 5 estrellas. Eso significa que la zona circundante tiene que cambiar, y normalmente el cambio se convierte en expulsión. Si eso ocurre en Puerto Madero, no pasa nada. ¿Cuánta gente vivía ahí? ¿Qué infraestructuras sociales, ciudadanas, quedaban? Pero que ocurra en los barrios o en el centro, ya es otra cosa.

Por suerte existen asociaciones como Basta de demoler, que por lo que veo, por el momento se preocupan principalmente de la conservación del patrimonio de la ciudad. Pronto, sin embargo, se van a ver obligadas por las circunstancias y las presiones económicas, a ofrecer otra idea de ciudad… y de ciudadanía: otra versión que se aparte de los hechos consumados.

Jane Jacobs puede ser una buena guía en esto. Según ella, las ciudades se autodestruyen cuando dejan de lado la diversidad, tanto en la población, como en el uso de los espacios. No interesa que una zona sea sólo para oficinas, y que quede muerta a partir de las 8 de la noche. O que sea sólo para una clase social, o para una actividad económica. Eso conduce a la destrucción del tejido, de la red que es una ciudad.

He visto hoy, la noticia de que quieren construir un hotel en el viejo Colegio La Salle de la calle Riobamba. No se trata sólo de proteger este edificio e institución histórica. Se trata de proponer otro modelo de ciudad: uno para todos.


El Casal de Catalunya

dic 19, 08:11

El otro día me contaba Robert Wright que no por ser norteamericano tiende a asociarse con norteamericanos aquí, en Buenos Aires. Yo soy catalán, crecí en México y Estados Unidos, viví un montón de años en España y es verdad, tampoco tiendo a juntarme con catalanes, españoles, mexicanos o norteamericanos simplemente porque lo sean. En otras palabras, me considero más un viajero, un nómada, que un expatriado o un emigrante (bueno, si lo fuera sería un emigrante perpetuo). Así que sería algo bastante raro que yo me asociara al Casal de Catalunya en Buenos Aires.
Sin embargo fui porque oí que tenía un buen restaurante, y un día, pasando por ahí, vi que tienen un menú de mediodía a $20, que no está nada mal si se come bien. Hace un par de semanas invité a Carolina a comer en el Casal y nos pegamos un festín de los buenos. De primero nos trajeron un escabeche de cabrito, asunto que nunca antes había probado, y que me impresionó de manera muy positiva. De segundo pedimos el bacalao al horno, y eso fue como llegar por fin al oasis que uno lleva muchos días buscando entre las dunas. No es fácil encontrar buen pescado (a buen precio) en Buenos Aires; por más que sea una ciudad portuaria, parece que hace tiempo que vive de espaldas al puerto y al mar (o río). En defensa de Buenos Aires, cabe decir que conozco un buen número de ciudades que padecen de un síndrome de negación de sí mismas parecido. Bueno, esa excelente comida iba regada con un “San Felipe malbec Roble” bastante decente (y barato, comparado con el resto de la carta de vinos). Después, postre y café, aunque creo que el menú pone postre O café.
El edificio del Casal también tiene su interés. Es de 1890, aunque la fachada, en un estilo modernista catalán, diseñada por Eugeni Campllonch y Julián García Núñez, es de 1936. Sobre ella dijo Manuel Iricíbar, entonces intendente de Buenos Aires: “¡Es una combinación de Gótico, Gaudí y Confitería El Molino!”
Por cierto, Julián García Nuñez (1875-1944) estudió en Barcelona con “Lluís Domènech i Montaner”:http://es.wikipedia.org/wiki/Lluís_Domènech_i_Montaner, uno de los grandes arquitectos del modernismo catalán.
Antes de irnos, echamos un vistazo al Teatro Margarida Xirgu y pasamos por la oficina del Casal. Ahí nos informaron que hacerse socio cuesta sólo $11 al mes, que no es caro. Además los socios pueden pedir libros prestados de la excelente biblioteca. Creo que me apuntaré como socio (si me admiten, claro), y lo primero que haré será sacar L’Aperitiu, una colección preciosa de los artículos semanales que escribió Josep Maria de Sagarra en la revista La Publicitat y Mirador en los años 20 y 30. Lo segundo será un libro que me apetece mucho releer, uno de mis favoritos de todos los tiempos: El que hem menjat, de Josep Pla.

Sobre la biblioteca escribiré más adelante, cuando la haya explorado con mayor detenimiento, en la serie sobre bibliotecas singulares.