Go to content Go to menu

Urondo Bar

ago 15, 19:53

Cuando uno encuentra que varios días después de haber comido en un restaurante sigue hablando de él, y siempre de manera positiva, esa es la señal de que la experiencia fue profunda, o mucho más de lo que uno imaginaba al pagar la cuenta.
El martes fue el cumpleaños de Fernando Villavert, que está de visita en Buenos Aires junto con su compañera, Imma Cano, y fuimos a cenar a Urondo. Este es, y con mucha diferencia, el restaurante más serio que he conocido en la ciudad. Es el más profesional. El mejor.
Desde que entras, te tratan con amabilidad, no con esa clase de altanería estúpida que uno encuentra tan a menudo. En Urondo te invitan a relajarte y entrar en el ambiente del local a base de atención y buenas caras. No se les escapa nada. Me quedé con impresión de que, para ellos, que uno vaya a su restaurante es un priviliegio, y no a la inversa.
El menú es limitado: cinco entrantes y cinco principales. Lo cual indica que no incluyen cualquier cosa, sino sólo lo que les parece digno de ofrecer a su clientela. Los entrantes que pedimos para compartir nos sorprendieron de la mejor manera: unas alubias con chorizo colorado, morcilla de Asturias y batatas crocantes; y un queso de oveja tibio con dátiles, panceta y almendras. Estaba todo tan bueno que daban ganas de cancelar el pedido de los principales y quedarse ahí.
Por suerte no lo hicimos. Imma y Carolina pidieron el mero con polenta grillada y tomate aromatizado con tomillo, ajo y aceite de oliva. Fernando escogió el confit de conejo con garbanzos condimentado con cítricos y radiccio salteado. Y yo, más conservador, me quedé con el solomillo de cerdo caramelizado con ciruela y col salteada con soja. No había fallos, ni en la cocción ni en la selección de ingredientes. Todo estaba medido, en su punto.
También me gustó la buena coordinación entre la cocina, la bodega y el salón, algo que he echado de menos en otros lugares. Aquí todo llegaba a tiempo a la mesa.
En la carta de vinos tienen una sección de bodegas con producción limitada y de ahí escogimos un excelente malbec de Sur de los Andes Reserva 2006. El dueño y somelier, cuando me vio sonreír al probarlo, me dijo: Invita a comer, ¿no? Y eso me encantó, porque me dice que entiende el vino como parte de un ambiente, un proceso, un contexto que es la comida. La comida como lugar. El vino te invita a ese lugar. ¿Qué mejor que eso?


Carne

mar 5, 17:09


Anoche llegué a casa tarde y agotado. Cometí el error de ponerme la Converse, pensando que no caminaría demasiado, y todavía me duelen los pies. Lo bueno fue que al revisar el correo me encontré con esta foto, regalo de Alejandro Machado.

Machado tiene un montón de blogs dedicados cada uno a un arquitecto de Buenos Aires (el enlace es a uno de ellos, y de ahí se puede viajar a los demás). Tengo que escribir un post sobre él y sus blogs… se lo he dicho pero no me hace caso (sonrisas).

El caso es que en el post de ayer, hablaba de un taxista que me recomendó varios restaurantes, y uno era El Español; precisamente es de ahí la foto que me envía Machado… ¡me encantó esa casualidad! Hoy he quedado a comer con unos amigos de Nueva York e intentaré que el festín sea en ese sitio.

Iba a escribir que esto de la carne en Argentina es extraordinario y brutal, pero eso lo sabe todo el mundo. Lo diré igual: Esto de la carne en Argentina es extraordinario y brutal. Lo que más me gusta es la institución del asado con amigos. Una celebración instantánea. Sólo hace falta juntarse 3 ó 4 personas alrededor de una parrilla, vaso de vino en mano, y ¡ya estamos! Yo que soy un amante de la conversación (Carolina dice que, más bien, del monólogo), y de la comida, encuentro en estas reuniones alegría para el cuerpo y para el espíritu. Suena como un lugar común y lo es: el asado es un lugar de comunidad.

En su mail Machado dice lo siguiente: “No sé, me pareció que te podía servir, por la relación de los argentinos con la carne, porque el lugar se llama “El Español” y está en Rincón y Alsina, porque la foto rebosa carne, el detalle de la balanza, el segundo plano…” Sí, como dije arriba: extraordinario y brutal.


El Casal de Catalunya

dic 19, 17:11

El otro día me contaba Robert Wright que no por ser norteamericano tiende a asociarse con norteamericanos aquí, en Buenos Aires. Yo soy catalán, crecí en México y Estados Unidos, viví un montón de años en España y es verdad, tampoco tiendo a juntarme con catalanes, españoles, mexicanos o norteamericanos simplemente porque lo sean. En otras palabras, me considero más un viajero, un nómada, que un expatriado o un emigrante (bueno, si lo fuera sería un emigrante perpetuo). Así que sería algo bastante raro que yo me asociara al Casal de Catalunya en Buenos Aires.
Sin embargo fui porque oí que tenía un buen restaurante, y un día, pasando por ahí, vi que tienen un menú de mediodía a $20, que no está nada mal si se come bien. Hace un par de semanas invité a Carolina a comer en el Casal y nos pegamos un festín de los buenos. De primero nos trajeron un escabeche de cabrito, asunto que nunca antes había probado, y que me impresionó de manera muy positiva. De segundo pedimos el bacalao al horno, y eso fue como llegar por fin al oasis que uno lleva muchos días buscando entre las dunas. No es fácil encontrar buen pescado (a buen precio) en Buenos Aires; por más que sea una ciudad portuaria, parece que hace tiempo que vive de espaldas al puerto y al mar (o río). En defensa de Buenos Aires, cabe decir que conozco un buen número de ciudades que padecen de un síndrome de negación de sí mismas parecido. Bueno, esa excelente comida iba regada con un “San Felipe malbec Roble” bastante decente (y barato, comparado con el resto de la carta de vinos). Después, postre y café, aunque creo que el menú pone postre O café.
El edificio del Casal también tiene su interés. Es de 1890, aunque la fachada, en un estilo modernista catalán, diseñada por Eugeni Campllonch y Julián García Núñez, es de 1936. Sobre ella dijo Manuel Iricíbar, entonces intendente de Buenos Aires: “¡Es una combinación de Gótico, Gaudí y Confitería El Molino!”
Por cierto, Julián García Nuñez (1875-1944) estudió en Barcelona con “Lluís Domènech i Montaner”:http://es.wikipedia.org/wiki/Lluís_Domènech_i_Montaner, uno de los grandes arquitectos del modernismo catalán.
Antes de irnos, echamos un vistazo al Teatro Margarida Xirgu y pasamos por la oficina del Casal. Ahí nos informaron que hacerse socio cuesta sólo $11 al mes, que no es caro. Además los socios pueden pedir libros prestados de la excelente biblioteca. Creo que me apuntaré como socio (si me admiten, claro), y lo primero que haré será sacar L’Aperitiu, una colección preciosa de los artículos semanales que escribió Josep Maria de Sagarra en la revista La Publicitat y Mirador en los años 20 y 30. Lo segundo será un libro que me apetece mucho releer, uno de mis favoritos de todos los tiempos: El que hem menjat, de Josep Pla.

Sobre la biblioteca escribiré más adelante, cuando la haya explorado con mayor detenimiento, en la serie sobre bibliotecas singulares.



Por ejemplo, que no pongan el menú en la entrada. Y luego encontrarme con la sorpresa de que los precios son más altos de lo que esperaba. Llevo dinero, tarjetas, lo de siempre, pero me encuentro con precios que considero altos y ya no lo paso tan bien. Puedo ir a un sitio y considerar que ahí es justo pagar $15 por unos ravioles al pesto, o ir a otro donde haya que pagar $25 y todo bien; pero en otros sitios pagar $20 o $12 por lo mismo me puede parecer desajustado. Tiene mucho que ver con el aspecto y el ambiente del lugar, con el trato, con el precio de los vinos, con si cobran o no el cubierto, con el tipo de pan que ponen en la mesa. El caso es que si el menú está a la vista antes de entrar me puedo hacer una idea no sólo del gasto, sino de la actitud con la que hay que afrontar la comida. Pongamos un sitio que me cobra $50 por los ravioles. El camarero puede esperar que lo observe con detenimiento y que cualquier error por su parte ya me parece caro. Y la cocina más vale que saque los mejores ravioles del mundo. Además, los vinos no pueden venir de un supermercado (donde los maltratan casi con placer) y el pan tiene que ser de primera. El ambiente del local está obligado a ser distinto y mejor que el de otros. Por algo pago, ¿no? Lo extraño es que las reglas son exactamente las mismas para el restaurante que cobra los ravioles a $15, con la salvedad de que los errores se perdonan y no pondré demasiadas objeciones al camino que haya seguido el vino desde la bodega mendocina hasta la mesa. La cuestión es que si veo el menú antes de entrar, lo que hago es predisponer mi actitud a las condiciones del juego propuesto por el restaurante. Y aún así hay sorpresas.

LEER TODO EL ARTÍCULO