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Redirección temporal

ene 22, 11:27



Tengo problemas con la conexión donde vivo/trabajo. Significa que tendría que andar con el ordenador arriba y abajo, y la verdad es que no me apetece.
Lo que sí puedo hacer es ir posteando con el iPod en un blog auxiliar que abrí hace tiempo pero nunca usé. Ahora me viene bien. Es éste: PEX2.

(Lo bueno de Wordpress como editor de blogs es que tiene una aplicación para iPod Touch, que facilita la cuestión de escribir cuando uno anda errante, itinerante o, como es el caso conmigo en este momento, cabreado).

Volveré a este blog en cuanto se solucione el problema.


Pasa en todas partes, que llega el verano y mucha gente se larga de vacaciones. El vacacionismo es nuestra verdadera religión, una que promete el paraíso en la Tierra, aunque sólo sea por unos días. Con una parte importante de la población en busca del Edén, Buenos Aires se ha quedado si no vacía, sí muy tranquila, excluido el ajetreo malhumorado del resto del año. Casi me veo tentado (seguramente por el demonio de la ironía) a decir que Buenos Aires por estas fechas es cuando está más cerca de su propio ideal.

Hay menos humos de colectivos y camiones; y es como si también se hubiera reducido el nivel de contaminación publicitaria y futbolística. Por Buenos Aires siempre se puede pasear, pero ahora más y mejor. En las zonas comerciales, la clientela, no toda emigrada a las playas y otras zonas de placer espiritual, no escasea pero tampoco se aglomera, así que a quien le guste ir de compras o de escaparates, encontrará mayor comodidad e incluso amabilidad en el personal de ventas. Esto no es más que una suposición por mi parte, ya que soy una especie de anti-consumidor. Nunca he considerado salir de compras una opción de ocio, sino un trabajo en el que uno paga por trabajar. Por ejemplo, la gente que usa ropa con la marca bien visible, ¿no está pagando por hacerle publicidad a otro?

Hace casi un año que no veo la tele. Este verano espiritual prolongado, si tengo suerte, durará indefinidamente. Ayer, el calor y la humedad fueron tan agobiantes como un programa de Tinelli, con la diferencia de que en la tele hay muchas menos tormentas que reduzcan la temperatura ambiente, y rara es la brisa que proporcione un alivio, algo fresco que ayude a sobrellevar el tedio estival en el que siempre vive la caja lista. Ahora voy a ponerme lírico, o por lo menos hudsoniano: ¡ojalá y en la tele hubiera algún ombú bajo el cual sentarse a disfrutar de la sombra y unos mates con gente interesante y conversadora! Fin del lirismo.

Unos amigos tuvieron la extrema buena voluntad de invitarme a su casa en Pinamar a pasar unos días. Yo mostré mi habitual reticencia ante toda religión ajena. Además, ¿por qué salir de la ciudad cuando mejor se está en ella? Pero me evangelizaron con eficacia, diciendo que comeríamos bien, conversaríamos y podía llevarme varios libros y no sentir la necesidad de salir de ellos por mostrarme cortés. Iré en febrero.

He aquí una lista provisional de mis lecturas vacacionales:

  • Mansilla, Lucio V. Una excursión a los indios ranqueles
  • McGrath, Cambell. Seven Notebooks
  • Ortiz, Juan L. El Gualeguay
  • Rivera, Andrés. Cuentos escogidos
  • Schuyler, James. Collected Poems
  • Shell, Marc. The Economy of Literature
  • Warhol, Andy. Popism

Paseo del 2 de enero

ene 5, 08:32

En la fiesta de fin de año, ya como a las 6 de la mañana tuve una buena conversación con Fermín Kehoe, cantante del grupo de rock Nenas, y como descubrí, un tipo de gran sensibilidad, creativo en serio, culto hasta sorprender. Digo esto último así porque hoy sorprende encontrarse con gente culta; lo que suele ocurrir es que uno se topa con especialistas que todo lo filtran for su deformación profesional, y si esa profesión les ha traído el éxito, entonces no hay otro filtro que su ego, hinchado como si retuviera líquidos.
Fermín me recomendó que me diera una vuelta por el Museo Sívori a ver la exposición de Joaquín Ezequiel Linares (1927-2001); lo hizo con tanto entusiasmo que no me quedó otra más que ir.
El mejor día del año para darse un paseo por donde sea que uno viva o se encuentre es el 1 de enero. Poca gente, casi todo cerrado, las calles vacías se abren al caminar largo y a la reflexión. Buenas condiciones para repensarse los propósitos de año nuevo, pero mejor, para perderse de la manera recomendada por Walter Benjamin.
Sin embargo, como me acosté a las 8 de la mañana, el día 1 apenas salí de casa—no tanto por la resaca, que no tenía, sino por la falta de sueño, el cansancio acumulado y muchas ganas de estar solo y quieto. Así que dejé el paseo para el día 2.
A melldia mañana de ese día, tomé el subte hasta Plaza Italia y de ahí fui andando por Avenida Sarmiento hasta el Rosedal. No he sido nunca muy aficionado a dar paseos por los bosques y jardines de Palermo, y este paseo, aunque bonito, no sirvió para hacerme cambiar de opinión. Los jardines alrededor del Rosedal y éste mismo estaban llenos de turistas, gente que sale a correr, gente que se tumba en el pasto a tomar el sol o el freso, puestos de bebidas, gente que alquila carritos a pedales para no dar el paseo a pie, gente que alquila botes a pedales para dar un paseo por el laguito. Me siento más solo entre el gentío de cualquier día de semana en el Microcentro que en lugares así.
Por suerte, no tardé gran cosa en llegar al Sívori. La entrada es gratis. La exposición de Linares ocupa casi todo el espacio expositivo y, cuadro tras cuadro, no dejó de sorprenderme. Me queda muchísimo por ver y aprender de arte argentino, y cada vez que veo algo nuevo para mí, se me renueva el entusiasmo.
Después de darme las primeras dos vueltas por la exposición (si hay tiempo, vale la pena darse unas cuantas), encontré un espacio privilegiado. Desde uno de los pasillos del museo, o desde la cafetería, se llega al jardín del museo. Hay bancos para el que simplemente quiera sentarse a consumir tranquilidad, y mesas para el que quiera tomar o comer algo. Los árboles, grandes, frondosos, echan buena sombra. y aunque pasan los trenes de la línea San Martín por un lado, el ruido no es molesto; a mí me gustó mucho verlos pasar—también soy esa especie de bicho que ama lo urbano, lo que construimos, lo que vamos tejiendo y luego (o ya desde siempre) llamamos ciudad. Ahí me pasé un buen rato, la hora de más calor, tomando un agua con gas, leyendo el catálogo de la exposición, anotando algunas ideas.
Después me di otra vuelta por la muestra y salí de nuevo al parque. Lo atrevesé a toda prisa y me metí por las calles de Palermo hasta Avenida Santa Fe, donde tomé el subte de nuevo en casa.
Con el calor y la humedad, con el cansancio acumulado de las fiestas, me tumbé a echar un sueño. No está mal para el primer sábado del año, me parece a mí.


Un paseo de sábado

dic 10, 11:48

Salí a las 7:30 de la Barraca Vorticista, donde estoy viviendo temporalmente, y agarré por Entre Ríos hacia el Congreso. Había amanecido nublado y fresco, perfecto, como más me gusta Buenos Aires. Unas cuantas personas encontré que dormían en la calle, algunas despertaban, un par me pidieron el cigarrillo de empezar el día. Entré en la tienda de una gasolinera a comprar crédito para el móvil, en la parte de cafetería los taxistas se ocupaban desayunando y, raro para ellos, no hablaban.
Doblé por Hipólito y paré en el Yrigoyen (Plaza de los Dos Congresos) a tomar un café y apuntar un par de ideas para un artículo que estoy escribiendo. Me acomodé en la terraza, donde se puede fumar. Pasó por delante de mi mesa un tipo trajeado, con coleta (ese error), que evidentemente , por el cansancio que se le veía en la cara y en la ropa, terminaba una noche larga, infructuosa quizá.
Vi a muchos obreros que se encaminaban al trabajo. Los encargados de edificio limpiaban los portales, o desperdiciaban agua lavando la vereda; algunos no hacían nada.
Por Avenida de Mayo, una camarera colgaba decoraciones navideñas (invernales, claro) en el ventanal de una confitería. Extranjeros con guía bajo el brazo, pantalones cortos y sandalias (su uniforme de gala), comenzaban su ronda monumentalizante. Delante de algunos hoteles esperaban autobuses gigantescos para llevarse a otros turistas, no sé si lejos, no sé si para siempre.
Me encanta ver despertar la ciudad.
Paré en el Iberia, antiguo bar de republicanos españoles y un favorito de mi amigo Alber, a tomar otro café, fumar (de nuevo en la terraza, o no hubiera parado), continuar con mi artículo y disfrutar del fresco. Una rubia con tetas falsas, tatuajes varios y un par de revistas de modas se acomodó con gran determinación, o con un énfasis algo desmedido (en mi humilde opinión), a dos mesas de la mía, poniéndose inmediatamente a hojear un ejemplar de Cosmopolitan que en portada anunciaba un gran artículo sobre el Kama Sutra.
Una de esas palomas invencibles que uno suele encontrar en el centro se posó sobre mi mesa, luego pasó a la de la rubia, que la espantó suavemente y sin énfasis con la mano.
Entre el café y la terraza pasaron un par de borrachos abrazados, ese gran clásico, y un tipo con mochila y gafas caras que tenía prisa. Los colectivos que circulaban por la calle Salta no iban llenos, pero sí llevaban pasajeros de pie. Al pagarle, el camarero me informó, sin que yo preguntara nada, que hacía un “viento ‘e lluvia, ¿eh?”. Ya sentía yo frío, ahí sentado. El informe meteorológico desinteresado resulto en un leve aumento de la propina que dejé.
Crucé la 9 de Julio sin que nadie intentara atropellarme (novedad). A partir de ahí, la Avenida de Mayo estaba cortada; había operarios montando varios escenarios (perdón por la rima), al parecer para la celebración del día de la constitución española.
Miré en un par de escaparates de licorerías por si había alguna botella a buen precio, pensando quizá en volver al coñac o al whisky, pero no vi nada que me apeteciera lo suficiente como para ameritar el gasto.
Crucé Bolívar y comenzó a llover. Me detuve bajo un alero con la esperanza de que escampara y cuando lo hizo, unos diez minutos después, continué hasta Perú por donde agarré hacia Carlos Calvo y El Federal bajo una leve llovizna.
Ahí me estuve un buen rato, leyendo la prensa, desayuné algo sólido, y a eso de las 10 y media, me fui para casa.
Fue una buena mañana de primavera en Buenos Aires


Un nuevo comienzo

nov 17, 17:21

He pasado una crisis personal en las últimas semanas, tirando a seria, que me tenía sin fuerzas para escribir en este blog (he escrito otras cosas) y que me llevó incluso a pensar en la posibilidad de dejarlo. La crisis, que no viene a cuento describir aquí, precisamente porque es personal, está llegando a su fin, o a un nuevo comienzo, el de otra cosa.

Algunos lectores me han comentado, en persona o por mail, lo mucho que les gusta este blog. La verdad es que me sorprende y no me sorprende. Lo segundo es por el tema, Buenos Aires, una ciudad que nunca se acaba, aunque a veces, con el ajetreo diario, el trabajo, las obligaciones, no tenga yo tiempo para buscar temas para los posts. Lo primero, eso de que me sorprende que a la gente le guste el blog, es porque éste empezó como algo personal, un sitio donde yo me iba a ir apuntando las cosas que me gustaran de la ciudad. Lo podía haber escrito todo en uno de mis cuadernos, pero decidí hacerlo en un blog, en público. Pensé, al principio, que eso me obligaría a escribir sólo de las cosas que me gustan, sin quejarme (en todas las ciudades siempre hay miles de motivos para la queja). Escribiendo en público uno se obliga mejor a ciertas condiciones que haciéndolo en privado.

Buenos Aires Ideal ha sido hasta ahora una bitácora de mi experiencia de ciertos aspectos de la ciudad, no de todos. No está todo lo bueno y no hay prácticamente nada de lo malo, ni de lo más personal. Esa ha sido mi intención hasta ahora, y pienso mantenerla. Ahora, después de la crisis, retomo el blog.

Antes de terminar este post, quisiera agradecer a las personas que me han alentado últimamente. Especialmente a Tali, que me ha hecho pensar en el blog desde otra perspectiva, sin abandonar las ideas originales.

Ahora vuelvo a sacar mi libretita y a salir por la ciudad a apuntarme todo lo que me llama la atención. Espero que lo que vamos ahciendo en BAI, Andrés y yo, les siga pareciendo de interés.


Vendedores & mendigos

oct 30, 17:51

Hace un par de semanas, entré en un sitio en la calle Florida y me compré un sandwich (había 2 × 1) y una botella de agua. Me fui a comer a la Plaza San Martín. Y ahí estaba, sentado en un banco, masticando y leyendo, cuando se me acercó un tipo que me pidió unas monedas. No sé por qué los mendigos en Buenos Aires piden monedas, un bien tan escaso que es más fácil soltar un billete de dos pesos que una moneda de uno. De otra manera, el riesgo de no poder viajar en colectivo cuando haga falta es demasiado alto. Le digo al chico que no tenía monedas. Entonces, me preguntó si compartiría mi sandwich, del cual yo ya iba por la mitad, y aunque no tengo ningún problema en decir que no, le di lo que quedaba.
Debo explicar que nunca me siento mejor, ni aliviado, ni nada cuando le doy algo a un mendigo. Se lo doy y ya está, me olvido. Y en esté caso también me olvidé, me fumé un cigarro, terminé de leer el poema en el que estaba cuando fui interrumpido, me levanté y seguí adelante con las cosas que tenía que hacer por el centro.
Me olvidé hasta el martes pasado, cuando de nuevo estaba con un sandwich, o varios pero de miga, un agua y un libro, esta vez en la barranca que baja de la Plaza San Martín al monumento a los soldados de la Guerra de las Malvinas. Ahí se me acercó un tipo que vendía bolígrafos, marcadores, lápices. Yo no quería nada y no le compré. Entonces me dijo que tenía hambre y si no le daba uno de los sandwiches de miga, y se lo di. Me acuerdo que le dije “Sí, claro” mientras lo sacaba de la bolsa.
Ahí me acordé del otro chico que me había pedido comida. Ahí se me ocurrió una cosa: que un mendigo y un vendedor son el mismo tipo de bicho. Quizá las alas sean de un color distinto pero tienen la misma forma.
Mi familia eran comerciantes, y yo crecí entre vendedores. Los vendedores tenían una frase que se ha quedado conmigo: “Que no se nos vaya ninguno vivo.” Traduzco: a todo el mundo hay que venderle, sea lo que sea, por un peso o por mil, pero que compren. Reconocí que los mendigos tienen el mismo credo: que te den algo, una moneda, un sandwich, un cigarro, lo que sea, pero que no se escapen sin soltar nada. No sé por qué no se me había ocurrido antes.
Quizá las empresas que necesitan buenos vendedores deberían reclutarlos entre los mendigos que, más que experiencia, tienen la mentalidad necesaria. ¿No se dice que los buenos vendedores son capaces de vender lo que sea?


Los murales de Weber

oct 9, 18:36


Así como siempre digo que soy mal turista, debo añadir que soy mal periodista. Ambas figuras tienen mucho en común: nacen con la Revolución Industrial, suelen ser fenómenos urbanos, están como de paso por la realidad, o por esa que visitan momentáneamente: unos por placer, otros por trabajo. No sería descabellado decir que el periodista es un turista asalariado.
Como mal turista, tiendo a no ir a los sitios turísticos. De hecho, hace dos años y medio que apenas he salido de Buenos Aires. Y como periodista, detesto ir a las ruedas de prensa, siempre las evito. Aunque esta vez no pude, simplemente porque me interesa lo que está haciendo la empresa Weber con su proyecto de los murales.
Se trata de un proyecto que recupera espacios públicos, una pared, un piso, una calle, una plaza o parte de ella, por medio de murales creados por artistas reconocidos y ejecutados por empleados de la empresa misma, en algunos casos, empleados municipales en otros, o voluntarios. Los materiales los pone Weber, ya que como explica Axel Plesky, director de comunicación de la empresa, esto para ellos no es sólo un proyecto comunitario, sino también un proyecto comercial: hacen murales de cerámica porque les sirven como demostración práctica de la calidad de sus pegamentos y morteros para la construcción.
Los fragmentos de cerámica son donados, muchas veces, por empresas de cerámica: una forma de reciclaje de material que, de otra manera, iría a parar a un basural.
El método que se utiliza en los murales es el trencadís, inventado por los modernistas catalanes y hoy de uso bastante frecuente en Catalunya y Valencia, que consiste en ir dibujando sobre la superfice con fragmentos de cerámica de distintos colores.
Uno de los proyectos más famosos de esta colaboración entre Weber y los artistas es el del Pasaje Lanín, de Marino Santa María, una calle de Barracas llena de colorido y como reencontrada. Digo esto último en el sentido de que si no fuera por los mosaicos, nadie le prestaría la menor atención. En Buenos Aires Ideal, ya escribí yo algo sobre otro mural recién inaugurado, en San Telmo.
El primer artista en colaborar con Weber fue Rodolfo Sorondo, que hizo un banco en Palermo siguiendo las ideas de Gaudí. Y Florencia Delucchi ha estado viajando por toda la Argentina dirigiendo o colaborando en otros murales.
Estos tres artistas, Santa María, Sorondo y Delucchi, estuvieron presentes en la rueda de prensa que mencioné al principio. Y es porque se presentaban los murales que se mostrarán en la próxima Expotrastiendas.
Este programa de Weber ha servido para crear ya 98 murales, repartidos por todo el país, y la aventura continúa. Todos tenemos derecho al arte y a vivir en un entorno más bello, y este proyecto parte de la conjunción de esa idea y otra, comercial, que es la competencia por arriba, esa que implica hacer cosas mejores y no peores pero más baratas. John Ruskin estaría de acuerdo.


Yirar

oct 2, 18:27

El domingo pasado en el suplemento Radar, del diario Página 12, apareció un artículo de Guillermo Saccomanno acerca del poeta Mario Trejo. Al principio de ese artículo Saccomanno se queja, y no lo culpo, de la importación (más bien académica, dada la influencia en los últimos años de los escritos de Walter Benjamin) de la palabra francesa flâneur, que significa paseante urbano desocupado, observador, producto del París reurbanizado de mediados del siglo XIX. Benjamin cuenta que en la década de 1840, pasear lo más despacio posible estaba tan bien visto, como signo de que no se tenía prisa por llegar a ningún lado, de ocio, que se puso de moda salir a la calle con una tortuga atada a una cuerda.
Saccomanno dice que para qué vamos a usar la palabra flâneur, si en lunfardo, o sea en argentino, o sea en lengua española, ya tenemos la palabra yiraje. Según un diccionario de lunfardo, yirar es andar. Demasiado vago. Se podría especificar el significado para convertirlo en pasear, ir a dar una vuelta, algo así. El otro día un taxista me dijo que los taxis vacíos que circulan despacio por el carril de la derecha en busca de clientes están yirando: la lentitud, entonces, es lo que distingue el yiraje de cualquier otro emprendimiento peatonal.
He preguntado por ahí cómo sustantivar el verbo yirar. Por un lado está yiraje, como lo usa Saccomanno, que le da un carácter canalla (muy merecido también para flâneur) a la palabra. Otra opción sería, quizá, yireo, pero suena bastante peor. Después, alguien que yira podría se un yirante, que encaja bien con paseante. Hay que recordar que el flâneur es una especie de depredador pasivo, y que eso lo distingue de cualquier otro paseante, y por eso también la distinción entre yirante y paseante.
Pero hay que ir con cuidado, porque el mismo diccionario lunfardo que he consultado dice que una yiranta es una prostituta (como también lo sería una yiradicta). Aquí tenemos ese clásico problema de la diferencia entre un hombre público y una mujer pública. También se podría argumentar que la prostituta en la calle es una depredadora pasiva, pero no quiero entrar en eso. Mejor me parece aceptar que yirante y yiranta pueden ser paseantes a la busca de vistas o momentos interesantes de la vida urbana.
Yo tengo bien claro que , muchas veces, cuando no tengo nada para escribir en este blog, no me queda otra que salir a yirar para ver si encuentro tema. Mi otro blog podría llamarse perfectamente Yirante Extranjero.

Yirando por la red:
Yira yira, un tango de Enríque Santos Discépolo, para quien yirar es dar vueltas cuando se está desempleado y sin dinero.
El blog de Yirá
Yira-yira por la ciudad
Flâneur


La semana pasada, Pep Izquierdo publicó en Libro de Notas un artículo sobre Buenos Aires que me parece que vale la pena reproducir aquí. Es un texto duro y un tanto amargo en cuanto a la pérdida de nuestras ciudades, su conversión en parques para turistas y cómo eso no termina de pasar aquí. Mi único reparo hacia el artículo es que sí que hay zonas de Buenos Aires que se han entregado al turismo, Palermo la principal, a ese turismo posmoderno que busca la versión local de lo mismo que ya tiene en casa.

Por JOSEP IZQUIERDO

Dejé al lector amable en julio para ir a visitar a mi gran amigo Roger Colom a Buenos Aires (por cierto, no dejen de visitar también Buenos Aires Ideal). No pienso hacerles ningún diario de viaje, pero sí decirles algunas cosas de la ciudad de las que no me había dado cuenta hasta ahora, aquí, en Valencia, del mismo modo que ahora veo mi ciudad a través del filtro de Buenos Aires. Conservo en la memoria, a cinco días de la vuelta, las veredas de la ciudad, desolladas cuando no rotas, como magulladuras cuyos hematomas se extendían a algunas casas de cada cuadra. Las fotografié sin saber muy bien por qué, y ahora lo entiendo. Buenos Aires, que quiso ser la ciudad utópica moderna, la que cumpliese el sueño de la racionalidad, claridad y controlabilidad total del entorno urbano que caracterizan la ciudad como utopía contra la naturaleza, aparece ahora como atrapada en la lógica continuación de ese sueño que conlleva la permanente reestructuración de todas las áreas de la vida urbana. La búsqueda de la utopía obliga a la permanente superación y destrucción de sí misma. Pero la irracionalidad del orden natural reaparece en sus veredas rotas, en sus fachadas y sus casas abandonadas de toda mejora o de todo remozamiento. Buenos Aires es, todavía, una ciudad moderna. Un espacio que, nacido por la racionalidad, acaba convirtiéndose en escenario distópico de la criminalidad, la inseguridad, la destrucción, la anarquía y el terrorismo nacen de su cualidad de lugar eternamente provisorio.

Buenos Aires ha cambiado mucho desde 2005, y no ha cambiado nada, porque su esencia es el movimiento. Sus habitantes señalan la desaparición de las verdaderas librerías de viejo y de los verdaderos anticuarios, o su dolarización turística, y su sustitución por mercadillos hippies y pseudo-tradicionales como un síntoma de globalización y turistización. Desprecian el fenómeno con esa retranca que hace que al tiempo se celebre, como si dijeran “qué lástima, por fin recuperamos el tiempo perdido”. Pero hay algo en Buenos Aires que resiste la globalización de las ciudades, esa dinámica permanente de monumentalización, desmonumentalización y remonumentalización que caracteriza la ciudad postmoderna occidental, y que presupone un horizonte, una expectativa, un futuro en que podrá realizarse cada paso de ese proceso.

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Necesitaba un descanso

sep 14, 19:06

Ayer me pasé el día leyendo. Me gano la vida escribiendo, y eso significa también que leyendo, pero mi adicción a la palabra impresa es tal que incluso cuando descanso tengo que hacerlo con un libro delante de los ojos. O por lo menos una pantalla con suficiente material interesante como para mantenerme delante de ella el rato que haga falta. Sin embargo, aparte de leer las noticias deportivas, no hice mucho caso de internet ayer. Me tumbé en el sofá y me puse a leer. Cerca de la hora de comer, salí a dar un breve paseo para airearme un poco, comprar tabaco, pan y el periódico. La Plaza Irlanda estaba llena de gente, entre niños en bicis alquiladas, padres vigilantes, jugadores de fútbol, personas que paseaban o compraban algo en el mercadillo de frutas y verduras que se instala por el lado de Donanto Álvarez los domingos (y por el de Neuquén los miércoles). El café al que voy habitualmente estaba lleno de lectores de periódicos y gente que no se calla. Di un rodeo para volver a casa, extendiendo un poco el paseo por el buen día que hacía.
Luego hice la comida, pasta con una salsa picante de mi invención (no me pidan la receta porque pruebo distintas maneras de hacerla cada vez, según lo que tenga a mano), y con el café volví al sofá y a mis libros.
Digo libros porque no soy capaz de leer una sola cosa a la vez. Cuando llego a un punto en el que me cansa lo que estoy leyendo, me paso a otro libro, un hábito del que llevo años tratando de apartarme, pero me cuesta. (Del tabaco sólo intenté apartarme una vez, y eso fue por un plazo preestablecido de dos semanas).
Lo que leí: Los anillos de Saturno y After Nature, de W.G. Sebald. Zona, de Mathias Enard y El río sin orillas, de Juan José Saer.
El descanso al que aludo en el título de este post se dió no tanto por leer, sino por no pensar en cosas que tengo que escribir ni ponerme a escribirlas. No abrí un solo cuaderno (siempre llevo varios a la vez, aunque no por proyectos sino por usar el que más me apetece en cada momento), no abrí ninguno de mis blogs ni un programa de texto en el ordenador. Fue verdaderamente refrescante simplemente leer por placer.


Mercurio en la City IV

sep 11, 19:21

Entrando en la Galería Güemes por la calle San Martín, llegando a los primeros ascensores a la izquierda, se encuentra dos estatuas flanqueando la puerta, una de Mercurio y otra de Venus, su esposa, y diosa de la fertilidad, principalmente de la tierra, aunque luego se le hayan dado tintes eróticos.

Esta Venus sostiene el caduceo, la vara con las serpientes, emblema de Mercurio, con la mano derecha. Nunca había visto una Venus sosteniendo el caduceo, eso fue lo primero que me llamó la atención de esta pareja. Si la fertilidad de la tierra y el comercio están casados, como indica esta pareja mitológica, en Argentina, calculo que el comercio de granos, principalmente el trigo en 1915, cuando se construyó esta galería, debía ser toda una declaración de intenciones casi políticas: la agricultura sin comercio no es viable, el comercio depende principalmente de la agricultura. O por lo menos esa es la versión que les interesaba a los bancos y a las empresas de exportación de granos, la mayoría de capital extranjero, ya que el local no quería saber nada de esto.
Los grandes capitalistas del campo argentino se dedicaban principalmente a la ganadería vacuna y ovina. Alquilaban parcelas a los chacareros, pero no se involucraban ellos mismos en la agricultura. Como tampoco se molestaron en invertir en la exportación de granos, llegaron, a finales del siglo XIX, varias empresas que se dedicaban a eso, como Louis Dreyfus y Bunge & Born.
Mercurio, en lugar del caduceo sostiene otra vara cuyos detalles cuesta ver desde el nivel del suelo. Hice fotos pero iba tan cargado de cafeína y al no encontrar un punto de apoyo, con el tembleque de la mano, la imagen de Mercurio quedó algo borrosa. De eso me di cuenta cuando, ya en casa, la descargué en el ordenador y la amplié. Pero parece que no se trata de una vara sino de una antorcha. Yo confundí, a primera vista, el mango de la antorcha con la capa que cae de cierta manera, para interpretar que aquello era una vara. Si de eso se trata, entonces, tenemos un Mercurio que sostiene en su mano la luz del conocimiento, de la abstracción.
Como ya comenté antes (Mercurio en la City I, II, III), muchos emblemas mercuriales en la City tienen una iconografía similar, dando a entender que el comercio, la conversión de las cosas, sobre todo de los frutos de la tierra, en dinero, es una operación hacia lo abstracto. Y no hay nada más abstracto que el dinero, sobre todo, cuando se lo separa del patrón oro. Hoy en día el dinero se ha vuelto tan abstracto que se mueve más por redes electrónicas que de mano en mano.


Ocho visitas guiadas por la ciudad

De Eternautas: Ricardo Watson, Lucas Rentero y Gabriel DiMeglio
Editorial Aguilar, 2007

Este libro parece que es más para leérselo en casa, apuntarse los lugares, o trazar el recorrido en un mapa, y luego salir a verlos. Para mí, hace un par de años, siendo nuevo en la ciudad y no conociendo su historia, resultó sumamente útil pero, de hecho, no lo he leído mucho en casa, sino en la calle, en los bares o sentado en un banco en una plaza. Lo tengo bastante gastado y hasta un poco manchado, como debe ocurrir con cualquier libro que se pretenda una guía.
El énfasis de este libro está puesto en la historia y la arquitectura. Se trata de contar cosas de lo que está visible a simple vista, dando un paseo por la ciudad, e incluso de lo invisible… porque ya no existe. Aquí encontré, por ejemplo, la primera referencia que tuve del Pabellón Argentino de 1889, que ha llegado a convertirse en una pequeña obsesión para mí.
Los autores llegan al lector con una prosa limpia y tranquila, no exenta de humor. Creo que, como guías que son, entienden esto de hacer divertida e interesante una visita. No sé por qué reimpresión irán ya, pero lo que tengo claro es que tienen un público receptivo, interesado por la ciudad en la que vive. He acudido a un par de sus tours y siempre he aprendido más de una cosa.
Buenos Aires tiene historia es uno de los libros de cabecera de este blog. No cobramos nada por reseñarlo y recomendarlo, por si hace falta decirlo. Sólo se nos ocurre que a las personas interesadas por averiguar qué es lo que están viendo cuando caminan por la ciudad o van en el colectivo, o en coche, cada mañana al trabajo, esta es una obra que vale la pena consultar.