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Últimamente voy con alguna frecuencia a La Plata. Al principio utilizaba el servicio de colectivos que tiene parada en Lima e Independencia (también hay combis), pero pronto opté por tomar el tren, que puede tardar 20 ó 30 minutos más en llegar, pero me gusta más y en realidad es más cómodo… si no me toca viajar de pie. Admito que esto de preferir el tren es puro romanticismo: me gustan más las estaciones, el ambiente de sus alrededores, la vista desde el tren, que siempre tiene una mayor relación con las poblaciones que la autopista.
Una tarde de lluvia, no hace mucho, de regreso a Buenos Aires, saliendo de la estación de Constitución por la calle Lima, me dio la impresión de haber entrado súbitamente en Blade Runner. El gentío, los comercios iluminados, los puestos de venta en la calle, el vaho en los ventanales de restaurantes y cafés, el humo de autos y colectivos, el agua vaporizada en el aire. Era de día pero estaba oscuro. Esa sensación de haber entrado en otra realidad, una imaginada en parte por Philip K. Dick y Ridley Scott, tardó horas en abandonarme.
Desde ese día, siempre que llego a Constitución me encamino a casa a pie. Pero no he vuelto a sentir eso tan raro de estar en otro mundo.


Hace un par de semanas, íbamos con el padre de Carolina en su coche y vimos un taxi que llevaba el número de licencia: 1. O sea, el heredero de la primera licencia de taxi que se otorgó en Buenos Aires. Era de noche, ya tarde, el taxi nos adelantó y se perdió en el tráfico; me quedó una sensación como de haberlo soñado.
Y anoche lo soñé. Soñé que un amigo mío español venía a Buenos Aires de vez en cuando a ver a su novia, que tenía un café en Palermo. El padre de la chica tenía dos taxis, el de licencia número 1, y otro de licencia de 5 cifras. Según la lógica del sueño, mi amigo, en Buenos Aires hacía su trabajo y además conducía el segundo taxi del padre de su novia.
Yo iba en otro taxi y veía el de mi amigo aparcado delante del café de su novia. Le pedía a mi taxista que parara, le pagaba y entraba en el café. Le reclamaba a mi amigo no haberme llamado al llegar. El me contaba que acababa de llegar, se había duchado (y en efecto, llevaba el pelo mojado), estaba comiendo algo y se lanzaría en pocos minutos a la calle con el taxi. Me presentaba al padre de su novia, a quien yo le celebraba el número de matrícula de su coche. El me contaba que la había comprado su padre en los años 40, pero que, claro, era mucho más antigua. Nos quedábamos charlando un rato, mi amigo se iba, arreglábamos para vernos más tarde y yo también me iba.
En eso me desperté, o me despertó el ruido de la lluvia que, mientras escribo esto, sigue cayendo sobre Buenos Aires. Todavía estaba oscuro, pero me levanté igual: había que dedicarle un tiempo a los blogs.


Ayer subimos, Carolina y yo, al tranvía que sale de Emilio Mitre y da una vuelta (corta) por algunas calles de Caballito. Es un tranvía ceremonial, de paseo, que sólo funciona los domingos, y creo que los sábados. Gratis.
La Asociación Amigos del Tranvía se dedica a restaurar esos vehículos con la meta de mantener viva la idea del tranvía y su viabilidad en la actualidad y el futuro. Yo tiendo a estar de acuerdo con ellos, aunque se enfrentan a la oposición muy agresiva de las empresas de colectivos.
El viajecito sale gratis, o casi. Hay que pasarse media hora en el tranvía detenido en mitad de la Avenida Rivadavia mientras el motorman suelta una perorata en defensa de los tranvías y vende souvenires para captar dinero para la asociación. La media hora se hizo larga porque nuestro guía se metió en una bronca con varios pasajeros que estaban en desacuerdo con él en varios puntos. Él defendía el tren bala, por ejemplo, y los pasajeros se quejaban de los precios que se le rumorean; pero él tenía razón cuando decía que ese tren no compite con los autobuses, sino con el avión, que nuestros compañeros de viaje alegaban tampoco podían pagar. Un anciano dijo que el tren bala era una locura y el motorman, de sesenta y bastantes años le espetó que él se apunta al progreso y así se mantiene joven. Luego alegó que todas las grandes obras de transporte acometidas en el país desde mediados del siglo XIX se han topado con las mismas quejas y críticas que el tren bala ahora. Después se ganó la enemistad eterna de unos pasajeros rosarinos cuando dejó caer que en Rosario y en Córdoba el tren subterráneo es inviable, que hay que poner tranvías. Yo tendía a estar de acuerdo con él, pero me quedé calladito para no darle más cuerda, y porque tampoco me interesaba discutir sobre la forma más eficiente de articular el país con la gente que me rodeaba. En realidad lo que me apetecía era terminar el viajecito e ir a tomar una cerveza.
En todo caso lo pasamos bien. Compramos unas revistas sobre tranvías para cooperar (mínimamente) en la restauración de tranvías antiguos. Y volvimos a casa a comer y a echar la siesta obligatoria de los domingos.


Ferrocarril Oeste

mar 18, 02:10


El Ferrocarril Oeste”:, el primero en construirse en la Argentina, empezó a funcionar en 1857, e iba de la Estación Plaza del Parque a La Floresta. Esa estación fue la primera terminal de trenes que hubo en la ciudad y en el país. Ocupaba el espacio donde ahora está el Teatro Colón.

Ya en los 1870, con la inmigración y el crecimiento de la ciudad, las vías que iban de esta primera terminal a la que ahora es la Terminal Once, molestaban bastante. Pero no fue hasta 1883 que las vías fueron levantadas, y en 1886 se derribó esta primera estación. La de Once, que ocupó su lugar, se construyó en 1890. En ese mismo año se inició la construcción del Teatro Colón.