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El Imperio de la Pizza

jul 19, 08:57

Con un par de amigos tenemos la idea de hacer un tour de las grandes pizzerías clásicas de Buenos Aires: paradas breves, una porción y un vaso de cerveza en cada una, todo en un sólo día. Como una saturación de pizza, prolongada durante horas, pero sin convertirla en un concurso, ni una búsqueda de la pizza perfecta—más bien es dar rienda suelta a la curiosidad… y a la gula.
Mientras no llega ese día, con su promesa de magia e indigestión, voy probando pizzerías por mi cuenta. En esta ocasión tocó una cuyo nombre me encanta: El Imperio de la Pizza. Suena, eso de imperio, un pelín totalitario—totalitario light, como en la Guerra de las Galaxias, esa saga de lo simple.
Fui con Fabiana, un día en que andaba ella por Buenos Aires. Coincidimos en la impresión general del lugar: es un sitio clásico, de los de antes, enorme, preparado para atender a mucha gente. Fabi dice que también en Mar del Plata las hay, y no me sorprende. Esa ciudad es como una continuación de Buenos Aires por otros medios.
Pedimos una Pizza Bretona: Muzzarella, roquefort y cebolla. Buenísima. Al molde, como es la verdadera pizza de Buenos Aires. Fabi la prefiere con menos pan, a la piedra; a mí me gusta de las dos maneras.
Un pequeño apunte de especulación histórica. Yo diría que las tres capitales mundiales de la pizza son Chicago, Nueva York y Buenos Aires, ciudades con una gran inmigración italiana. No cuesta imaginar que cuando los italianos llegaban a estos lugares, se asombraban con la abundancia barata de la leche, la harina y el queso. Y la tradición continúa en la pizza de molde, abundante, que hay que comer con tenedor y cuchillo, para evitar que el queso se desborde.
Era mediodía y la pizzería, frente a la Estación Lacroze, estaba llena. A nuestro lado, tres ancianos discutían de fútbol, desde el mundial hasta los destinos del club de su barrio, el Chacarita.
El servicio es mediocre, pero a eso, en Buenos Aires, ya estamos acostumbrados. Es como si los camareros supieran que, traten bien o mal a la clientela, van a vender lo mismo. Creo que se equivocan, pero tampoco me voy a poner vehemente al respecto. En todo caso, la pizza es buena, y el local no es bonito pero sí un clásico.


de Pietro Sorba
Editorial Planeta, 2008

Siempre que puedo evito Mcdonald’s, o sea, siempre. Y Burger King. Y todas las cadenas de cafeterías que venden una sólida idea prefabricada del café, del confort interior de su consumo, de la salud—algunos sitios venden ensaladas—o del dulce patrio, como ocurre con los alfajores. Siempre evito estos sitios, y más, aunque sin nacionalismo que valga la pena contar, si se trata de la super-cadena de cafeterías, Starbucks. Mi actitud no es nueva, ya en España la tenía, y antes en Estados Unidos, donde es más difícil escapar de la condena de las franquicias.
Prefiero los cafés y los restaurantes que se defienden por su cuenta, que intentan ofrecer algo particular que los diferencie de la competencia. No es lo mismo una estrategia empresarial diseñada en oficinas, que otra diseñada por la experiencia en la cocina y los gustos de la clientela.
También me ocurre que soy más partidario de la comida tradicional que de las vanguardias y las experimentaciones. Eso no quita que esté dispuesto a probarlo todo, en ocasiones, aunque para diario prefiero los platos populares.
Cuando Carolina me regaló esta guía breve de los bodegones de Buenos Aires, mi primera reacción fue de escepticismo, más que nada por el formato y el tipo de papel. Parecía más un libro de consultar en casa que algo para llevar en el bolsillo durante mis constantes periplos por la ciudad. Pero, luego, examinándola con cuidado, pude apreciar los buenos mapas que incluye, la información básica para cada establecimiento y, sobre todo, los comentarios del autor, un tipo que parece disfrutar comiendo: en eso, sin conocerlo personalmente, ya me apunto para ser su amigo.
En cada entrada, Sorba cuenta algo de la historia del restaurante en cuestión, la mayoría tienen sus años. Después cuenta el ambiente que hay en el local y las especialidades de la cocina. Y por último, nos dice su plato favorito en ese lugar.
Antes de leerme el libro, yo ya conocía algo así como la mitad de los establecimientos reseñados; ahora, los conozco casi todos. De hecho, ocurre a menudo que, si vamos a salir a cenar, o tenemos que almorzar fuera, consultemos esta guía , la mayoría de las veces por ver si hay algún restaurante del que nos hayamos olvidado. Muchos, sin embargo, los tenemos bien grabados en la memoria, y la consulta es por las especialidades, o por averiguar la dirección exacta.
Los bodegones que vienen en la lista, 30, no son los únicos que hay en la ciudad, claro, pero sí que son algunos de los más representativos de la comida porteña del siglo XX. No todos son baratos, una de las condiciones del bodegón, algunos por la zona donde están, otros por la calidad de los productos que emplean, un par porque se han aburguesado en exceso. Aún así, si uno quiere comer bien y en abundancia, esta guía es lo mejor que he visto en la materia.


Plaza Hotel

ago 24, 18:29

El Hotel Plaza cumple 100 años de servicio ininterrumpido. Hay muchos hoteles en el mundo que tienen esa edad o más, pero son pocos los que no tuvieron que interrumpir el servicio, ya sea porque se encontraban en zonas de guerra o por algún mal económico del que fueran rescatados después. (Aquí hay un artículo anterior en BAI).
Para celebrar este aniversario, el Hotel se ha puesto en contacto con la gente de Eternautas para que hagan un libro y den unas visitas guiadas de las instalaciones. El libro está terminado e impreso, pero todavía no sale a la venta; las visitas tienen buen público y son bien interesantes, porque el arquitecto Eduardo Masllorens no sólo conoce bien el hotel sino también la historia de Buenos Aires y la de los edificios de Plaza San Martín.

Yo ya había hecho, con él, el tour de la París de Sudamérica diseñado por Eternautas (de eso hará cosa de un año) y lo encontré no sólo divertido sino bien cargado de información. Fue ahí cuando me enteré del libro que sacaron, Buenos Aires tiene historia: once itinerarios guiados por la ciudad, que ha sido una de las obras de referencia más útiles que he utilizado haciendo este blog.

La visita al Plaza comienza en el Grill, que es el único de los cuatro restaurantes originales que tuvo el hotel. Hay que recordar que hace 100 años la oferta gastronómica y social que había en la ciudad era infinitamente menor a la de hoy. El Grill siempre fue un restaurante de hombres de negocios y de la política. Cómo la etiqueta antigua no permitía hablar de esas cosas delante de las mujeres, este espacio se convirtió, de facto, en un espacio para hombres. Hoy, por suerte las mujeres pueden hablar de todo y participar en la vida pública sin tapujos (al menos en los países avanzados, de los que éste es uno, aunque algunos de mis lectores lo nieguen), y el Grill se ha convertido simplemente en un restaurante más, pero de los buenos.

Tiene una especialidad que no se encuentra en otros sitios y que la curiosidad me mueve a probar. Lo haré en cuanto mi bolsillo deje de quejarse. Se trata del pato a la prensa. Funciona de la siguiente manera: El pato se marca a la parrilla, luego se meten los trozos en la prensa, junto con algún vino generoso y especias, se prensa (el artilugio se ve en la foto) para que suelte todo el jugo y ese jugo es llevado a la cocina para hacer una salsa; el pato vuelve a la parrilla donde se lo termina de asar; cuando están listos el pato y la salsa, cosa que pide simultaneidad, se lleva a la mesa. Esta es cocina francesa antigua, como la que comentaba Brillat-Savarin en su ineludible Fisiología del gusto.

La decoración del Grill es de reminiscencias Tudor, que le da cierta cercanía e intimidad como muy de invierno. Un sitio para comer bien y beber bien, algo que en verano resulta más pesado.

La visita incluye una de las suites principales, de las que es la única que retiene cierto aire de lo que eran las habitaciones originales del hotel. Cuestiones de seguridad y otras tecnologías del confort han obligado a reconstruir la mayoría de las habitaciones. Eso además de las exigencias del viajero contemporáneo, normalmente más preocupado por el presente que por la historia. Y también es verdad que la oferta hotelera de lujo se incrementado en Buenos Aires notablemente en los últimos 5 años, con lo cual este hotel tiene mucha más competencia.

En todo caso, vale la pena ir a echar un vistazo, aprender algo de historia y, si el bolsillo lo permite, quedarse a cenar. Cómo parte de los festejos de su centenario, el hotel ofrece un menú Belle Epoque que dará una visión de cómo y qué se comía en los mejores restaurantes de lujo de hace un siglo. Eso también puede ser bien interesante.


Nacional

ago 20, 16:02

Lo de ir por la calle con prisas, de una reunión a otra, a la hora del almuerzo es mal asunto. A mí me embarga la ansiedad por todos lados: tengo que encontrar un sitio donde me dejen fumar (o que tenga terraza, incluso en invierno), que sea barato y que tenga algo interesante en el menú. Lo del tostado de jamón y queso con un café o una gaseosa siempre es la opción de último recurso.
Ayer, a toda prisa, por Perú, en el 858 me topé con la pizarra del restaurante Nacional (que como me explicaron no es El Nacional, que es otro, sino Nacional a secas). La pizarra anunciaba el clásico menú ejecutivo de entrada, plato principal, bebida, postre Y café por 30 pesos. Más abajo, sin embargo, proponía otro menú de 19,90, que es la mejor forma de decir 20 sin decirlo, que podía ser de pasta casera, sopa del chef, ensalada (menú light) o sandwich gourmet más bebida y café (o postre). Ese último el del sandwich me atrajo porque pedirse un tostado, un agua con gas y un café ya te puede salir más caro en la mayoría de los sitios.
Me senté en la terraza. Hacía algo de viento, que se me llevaba la servilleta a cada rato, pero no tenía frío. El sandwich gourmet, cuando llegó, y llegó rápido, esencial porque tenía prisa, me encantó de vista. Siempre sospecho de la palabra gourmet, porque pertenezco al clan de los amantes de la comida popular, aunque no exclusivamente, y concuerdo con Álvaro Cunqueiro en que el gourmand debe ser capaz de apreciar todo tipo de comidas.
El sandwich: el pan era una focaccia con aceitunas negras tostado, en su punto, ni demasiado blando ni demasiado duro. Contenía pollo grillado, rúcula, escamas de parmesano y tapenade, que al parecer es una mayonesa de atún. Como guarnición, venía una cucharada grande de pisto o samfaina de cebolla y pimientos, o como dicen aquí, esos ingredientes caramelizados. Metí el pisto en el sandwich y le pegué una mordida. Cuando me di cuenta ya no quedaba nada, así de bueno estaba. Hasta las notas que estaba tomando de la reunión anterior y para la siguiente quedaron olvidadas sobre la mesa.
Para el café entré a hablar con la chica que me estaba atendiendo. Mi idea era preguntarle un par de cosas, ya que había decidido que lo del sandwich había que contarlo aquí. No le pregunté su nombre porque siempre me ataca la timidez cuando voy con el Buenos Aires Ideal por delante y no quería que pensara que intentaba ligar, o algo por el estilo. En todo caso fue muy amable y pronta en el servicio, cualidad que escasea notablemente en los restaurantes que tiran a finos en esta ciudad.
Lo bueno de la experiencia es que ya tengo otro lugar donde parar en San Telmo cuando ando con prisas a medio día y, como siempre, ligero de plata.
Eché un vistazo a la carta y también sirven cócteles. Soy bebedor de manhattans, negronis y dry martinis (no necesariamente en ese orden), así que también hay ahí otra cosa que probar.

Por cierto, la celeridad con la que me comí el sandwich evitó que le hiciera una foto. Así que este post va sin ilustración. Lo siento, porque también, como ya dije, era bonito de ver.


La mejor putanesca

ago 10, 17:49

El sábado por la noche volvimos Carolina, unos amigos y yo al Albamonte. Estaba lleno. Yo no soy de esperar en la puerta de los restaurantes, cualquier otro día me hubiera ido a cualquiera de las dos o tres buenas pizzerías que hay cerca de la Estación Lacroze, pero les habíamos prometido a nuestros amigos una cena excelente… y para eso tocó esperar unos 20 minutos.
Uno de los platos del día era caracoles. Gemma, gran fan, los pidió de entrante y para compartir. Pep, que comió muchos caracoles en su infancia, los detesta; yo no soy muy aficionado pero los como; Carolina nunca los había probado, pero nada más hacerlo vi cómo se le iluminaba la cara. Gemma dijo que estaban entre los mejores que había comido en su vida, y eso que los ha probado en distintos lugares de España y Francia. Tuve que entrar yo a ver qué tal estaban y la verdad es que me sorprendieron. Cocinan bien en el Albamonte.
Pronto llegaron las pastas. Carolina tenía los raviolones de riccota y muzzrella con crema y tuco gratinados al horno; Gemma los raviolones a la putanesca; Pep y yo los fussiles a la putanesca. Y es que yo había hablado tanto de esa salsa tal y como la preparan en este lugar, que nuestros amigos optaron por ella casi sin pensarlo.
Me contaron una vez, y no termino de creérmelo, que esta salsa, hecha con anchoas, olivas negras, ajo, aceite de oliva y aji molido, que los italianos llaman peperoncino, debe su nombre a que preparaban las mujeres cuando tenían algún rollito extramatrimonial y no tenían tiempo preparar algo más elaborado para sus maridos al volver a casa. La razón por la que no me lo creo es que la salsa las hubiera delatado, ¿no? A menos de que el rollito fuera por dinero y el marido fuera cómplice, o cerrara los ojos de manera consciente.
En todo caso, la mejor putanesca que he probado en mi vida la preparan en el Albamonte. Ya es la segunda vez que escribo sobre este restaurante; quizá debería presentarles una factura por la publicidad. Pero no, yo lo pone la misión de este blog, que es la de ir armando mapas mentales de todo lo bueno que hay en Buenos Aires, y en ese mapa está claramente este lugar.


Café de García

ago 3, 18:16


El viernes pasado fuimos con Pep, Gemma y Andrés a comer al Café de García en Villa Devoto. Yo había estado en dos ocasiones anteriores, ambas después de una inauguración en Caja de Arte, y ambas con mi compañero de aventuras restauranteras, Alberto Méndez, la última el sábado anterior.
Ese día hacía frío y Alber no quiso sentarse fuera, donde se puede fumar, así que entramos, y para mi sorpresa, descubrí que en el García tienen también un salón fumador. Si el lugar ya me gustaba, ahora podía convertirse en uno de mis favoritos.
Seis días después, con mis amigos españoles, fumadores empedernidos, decidimos ir. Como Andrés y yo teníamos que decidir algunas cosas en cuanto al blog y yo quería que dibujara el Café de García (además de que hacía tiempo que no nos veíamos las caras), lo llamé y quedamos.
Al llegar al Café, no había sitio en el salón fumador. El dueño me reconoció de la vez pasada y tuvimos una breve conversación. Decidimos tomar una cerveza mientras se desocupaba una mesa en el salón interior.
El Café de García es un clásico de Villa Devoto. Conozco a gente en la ciudad cuyos padres o abuelos iban ahí a jugar al billar, para el cual hay dos mesas, además de otra para jugar al pool, menos interesante. El bar está decorado con fotos antiguas, carteles, publicidades y dos banderines del Barça. La barra es espectacular, de esas grandes que había antes, aunque ya no la usan los clientes, una costumbre que en Buenos Aires se ha perdido.

El salón fumador es un verdadero museo de antigüedades: armas, equipo de deportes, herramientas de trabajo y de cocina, botellas, cajas de diversos productos, un mapa de la zona de cuando se loteó. Es un espacio—cómodo con dos buenas ventanas para ventilar cuando hay mucho humo—en el que la vista no tiene tiempo de aburrirse.
El camarero no trae el menú, sino que recita los platos del día. Uno tiene que estar atento porque la retahíla viene a toda velocidad.
Andrés y yo pedimos la milanesa napolitana con fritas, Pep y Gemma prefirieron los ravioles con estofado: todo bueno. Comimos bien, bebimos bien, la conversación iba de risas, pedimos café, nos quedamos un buen rato, principalmente porque estábamos tan a gusto.
El Café de García tiene una picada especial que ofrece los jueves, viernes y sábado por la noche. Se compone de multitud de platitos, bebida, y creo que postre y café. Lo que está bien pensado de esta picada es que es para ir a pasar la velada: hay que hacer reserva y la mesa es tuya para toda la noche. Probaremos y lo contaré aquí.

Este miércoles, Andrés añadirá un dibujo del bar: nos reíamos con lo de que escribir es más rápido que dibujar y que por eso aparece mi post antes que su dibujo. Pero claro, sólo estamos atendiendo a nuestro plan de publicación habitual.


Albamonte

jun 8, 20:34

Que me gusta comer, creo que ha quedado bien claro en el transcurso de este blog. El sábado fuimos con Carolina y nuestra amiga Juli al Albamonte, un bodegón que queda enfrente del cementerio de la Chacarita. Pocas veces he comido mejor en Buenos Aires, la verdad.
Detesto los sitios pretenciosos, esos que quieren presentar lo mismo de siempre con otra decoración y un nombre extranjero. En el Albamonte la carta incluye comida tradicional española e italiana a la manera de Buenos Aires, como los bodegones de siempre.
Carolina se pidió unos fusiles al pesto y tuco; Juli unos ñoquis a la putanesca, ligeramente picantes, y yo las trillas fritas, que resultaron ser salmonetes. Que haya un sitio en donde comerse una bandeja de salmonetes fritos en Buenos Aires, sólo saberlo ya me pone de buen humor. Como nos gustan las verduras, pedimos unas espinacas salteadas para compartir, excelentes también. Yo lo probé todo, claro. Hasta el pan estaba bueno.
Sentí la tentación de comerme los salmonetes como hacen los marineros gallegos, montándolos en un trozo de pan y entrándoles con los dedos; pero consideré que los argentinos a nuestro alrededor se escandalizarían, pensarían que soy un cerdo, y me puse a ellos con tenedor y cuchillo. Lo bueno de esto es que al tener los utensilios en las manos me resultaba más fácil robar de los otros platos.
Disfruté de lo lindo.
La decoración del lugar es la clásica de los años 50, con paredes recubiertas de madera hasta la mitad, algo que me recuerda tantos sitios similares en Galicia. Soy de la modesta opinión de que no hay que cambiar nada de lo que funciona, ni la decoración, ni la comida. El Albamonte lleva unos 50 años haciendo lo que hace, y le deseo otros cincuenta. Cuando se cumplan, repito el deseo, y así hasta la eternidad.


Llevábamos semanas, Alberto Méndez y yo, quedando para ir al Globo a comer un puchero y siempre, uno u otro, nos encontrábamos con otras mil cosas que hacer: casi siempre trabajo. Pasado ArteBA, y los dos con algo más de tiempo libre, decidimos encontrarnos ahí el viernes pasado a la 1 del mediodía.
El Globo es uno de esos restaurantes españoles que hay en el centro, en o cerca de la Avenida de Mayo, que se han convertido en clásicos de Buenos Aires. En el 2008, cumplió 100 años, y hay una placa en la puerta de la ochava que lo anuncia y lo celebra.
Cuando llegué, Alber, que por primera vez en la historia de la humanidad llegó antes que yo, estaba dibujando, sentado a una mesa que daba a la ventana de la calle Salta. No nos hizo falta ni mirar el menú, sabíamos qué íbamos a pedir. Al parecer tienen cuatro tipos de puchero en El Globo: de cerdo, de vaca, de pollo y el mixto. El camarero nos avisó que el mixto sería demasiado para dos personas, así que nos apuntamos al de vaca.
En Madrid, el cocido viene con un primer plato de caldo con fideos. Aquí no, aquí se va directamente al grano, cosa que yo agradecí, porque siempre me lleno con el caldo y luego no me queda sitio para lo demás.
Los ingredientes del puchero del Globo son los que siguen. Verdura: papas, garbanzos, zanahoria, choclo, zapallo, repollo, batata. Carne: chorizo, morcilla, panceta y una larga tira de costilla de vaca.

Ya con el ritual de ponerse en el plato algo de cada cosa, a mí se me hace agua la boca. Luego es cuestión de cortarlo todo en cachitos, echar un chorrito de aceite de oliva y sal… y a comer. A comer durante un par de horas, porque el puchero tiene la virtud de ser una comida lenta. Por eso siempre lo posponíamos; esto no es como comerse un sandwich o una pizza a toda velocidad para volver a la calle cuanto antes. Aquí hay que tener paciencia, saber estar delante de la comida y masticar despacio.
La conversación y la comida: mis dos actividades favoritas. Ya habíamos comido lo suficiente como para alimentar a una familia de Barrio Norte, de esas que siempre están a dieta, cuando le pedimos al camarero que se llevara las dos fuentes a la cocina para recalentarlas. No nos dábamos por vencidos.
Mirando a nuestro alrededor, nos dimos cuenta de que todo el mundo pedía puchero. La vida del jefe de cocina del Globo no ha de ser muy difícil. Sin embargo, había dos mujeres no muy lejos de nosotros que habían pedido, sacrílegamente, cosas como ensalada y milanesas y yo qué sé. En las demás, gente de todas las edades, en mesas de dos, de tres, de cuatro y de más, todo el mundo le hincaba el diente a un buen puchero.
Así que ahí estaba por fin: el puchero, una botella de vino, pan… no se puede pedir más. O sí, un café, al final. Como íbamos bien llenos, luego nos pasamos a la confitería del Hotel Castelar a tomar otro café. En total, unas 3 horas y media.
Yo, a las 6, tenía una reunión en Pueyrredón y Arenales, y para hacer la digestión sin pasar por el ritual de la siesta, me fui andando. Despacio. Uno de los paseos más placenteros que he dado sólo por Buenos Aires.


Paulín

mar 23, 14:45

Con Alberto Méndez tenemos una historia de buscar, encontrar y disfrutar los sitios más interesantes para comer en la ciudad. Tanto Alber como yo somos aficionados a la comida tradicional (aunque no le hacemos ascos a nada nuevo) y nos gustan los bodegones, los viejos cafés.
La semana pasada estuvimos en Paulín, un sitio alucinante en plena City (Sarmiento 635). Cuando llegamos, a eso de la una, había tanta gente, dentro del local y afuera en la calle haciendo cola, que fuimos a resolver nuestro asombro en The Brighton, un restaurante de estilo inglés, lujoso, con mucha madera pulida y música de piano en vivo. Ahí nos sentamos a la barra, pedimos una cerveza y con ella nos trajeron una cantidad bien generosa de canapés. No está mal para un aperitivo. El servicio, además, y como toca a un sitio de postín, impecable. Y mejor aún, la cerveza nos salió por lo mismo, o incluso menos, de lo que hubiéramos pagado en cualquier otro sitio del centro.
Renovados los ánimos, volvimos a Paulín. Nos dimos cuenta de que la cola era para los pedidos para llevar. Entramos y encontramos dos sitios en la barra. No hay mesas. La barra es como una U alargada que va del frente al fondo del local, donde está la cocina. Los camareros están acostumbrados a las multitudes almorzadoras, así que son de lo más eficientes, rápidos, sin florituras, pero amables. Encima de la barra hay unas vitrinas en las que se exponen platos que están listos para comer o para recalentar. Cuando van saliendo otros platos de la cocina, el camarero más próximo los desliza a velocidad por encima de las vitrinas, como hacen con la cerveza en las películas del oeste, y otro camarero los frena al final de la barra y los distribuye entre los comensales.
Estábamos asombrados por toda esta actividad frenética. Hasta me asombró la paciencia del camarero cuando no sabíamos qué pedir. Paulín se especializa en sandwiches, así que optamos por el de peceto con jamón, queso y tomate en pan francés. Para que no nos aburriésemos mientras los preparaban, nos pusieron delante una empanada, acompañando la cerveza. Entre la empanada y los canapés anteriores yo ya casi me daba por comido.
Los sandwiches llegaron y eran enormes, muy dignos de su precio. Tan grandes eran que al final tuve que pedir que me envolvieran la mitad para llevar.
Sitios como Paulín se convierten rápidamente en clásicos en cualquier ciudad del mundo donde se instalen. La buena cantidad de clientes que había para comer ahí lo atestigua.


La Lechería

feb 17, 16:35

Ayer andaba por el centro, por trabajo, y atravesé la City, que me entró por los ojos con todo el esplendor de su intensidad. Eran las dos de la tarde, faltaba poco para que cerraran los bancos y las casas de cambio; en todos había colas. Llovía. Los fumadores se agolpaban debajo de los aleros frente a sus edificios. Vi unos cuantos bares/restaurantes con mucha madera oscura, muy ingleses. Sastrerías de las buenas (tengo que comprarme una gabardina en Perramus para facilitar mi integración al Buenos Aires clásico). Tabaquerías con café y espacio para fumadores de habanos. Tráfico pesado; camiones blindados haciendo cola, esperando que les entregaran el dinero del día. La Bolsa de Comercio. El Banco Central. Por todas partes gente, calles estrechas, hombres y mujeres de negocios. Un mal rollo en el aire increíble. Y yo feliz.
Salí de mi reunión y me puse a buscar un sitio rápido y barato para comer. En el 70 de la calle San Martín encontré La Lechera, un local enorme, de hará unos 100 años. En la parte de delante hay mostradores de marmol, en U, donde sirven sandwiches y café. Esto fue lo que me llamó la atención desde la calle. Me pedí un sandwich de pastrami con pepinillos en pan negro y una cerveza. Poco después me di cuenta de que yo era el único que bebía cerveza; los demás tenían aguas, gaseosas, cafés: mi prejuicio español a favor del alcohol.
En la parte central hay un buffet con comidas calientes. Uno pasa con la bandeja, pide lo que quiere, se lo sirven al momento, paga y puede ocupar una mesa en el gran salón de techos altísimos o pasar al ghetto de los fumadores. Ahí el aire acondicionado llega al punto de congelación; pero aún así, se agradece que haya espacio para el tabaco. Cuando había dado cuenta del sandwich y la birra, me pasé a la jaula de los fumadores para tomar un café que no estaba nada mal. A mi derecha tenía una mesa de sordomudos que hablaban con las manos; a mi izquierda, una de corredores de bolsa, o gente de los medios, o las dos cosas, que hablaban por los codos.
Me encanta el bullicio de las ciudades, de los bares y cafés—y sin embargo, soy amante del silencio.


Spiagge di Napoli

feb 16, 00:53


Llego a casa y lo primero que hago es sentarme delante del ordenador. Vengo de comer en Spiagge di Napoli, un bodegón italiano que existe desde finales de los años 20 del siglo pasado. Yo estaba feliz; Carolina me decía que para ella esos son los sitios de toda la vida, lo normal, lo habitual. Y yo le decía que sí, que sí, que por eso estaba tan contento… porque en Buenos Aires voy encontrando sitios como los que frecuentaba en Valencia, en Galicia: las casas de comidas (que aquí se llaman bodegones), los baretos, los sitios relativamente baratos donde se come bien la comida tradicional.
Detesto el restaurante pretencioso, principalmente porque la pretención suele derrotarse a sí misma. La casa de comidas, el bodegón, es lo que es: dar de comer bien a buen precio, y nada más.
Spiagge di Napoli cumple ese cometido y sigue adelante. Cuando llegamos estaba lleno, se acababa de liberar una mesa y nos sentamos a ella. A los dos minutos, el camarero traía la carta; saben atender rápido y bien porque el volumen de la clientela lo exige. Caro se pidió los tagliatelli y yo los fusille, ambos con la misma salsa, la scarparo, que lleva tomate, jamón y especias. Excelente todo. Vino de batalla y agua con gas. De postre compartimos un tiramisú, al que yo no soy demasiado aficionado pero estaba bueno, servido en un copón frío, muy de agradecer.
He contado en este blog, creo, que no soy muy dominguero, ahora digo que tampoco soy familiero, pero me resultó un placer ver a las familias que llenaban el restaurante disfrutar su comida del domingo. Un abuelo contándole no sé qué batalla al nieto; una niña exigiendo otra gaseosa; los hombres con su media botella de vino y las mujeres con su cola light o su agua con gas; la pareja de ancianos que se sentó a nuestro lado y, clientes habituales, nada más sentarse tenían al camarero trayendo lo de siempre, el agua, el vino, el pan y el queso.
Este tipo de lugares hay que frecuentarlos y defenderlos. Son la esencia de Buenos Aires. Spiagge di Napoli, en pleno Boedo, es una joya.

(Por cierto, la foto es de cuando ya nos íbamos, casi las 4 de la tarde, por eso hay mesas libres.)


El Café Miramar

dic 22, 19:36

Llamé a Alberto Méndez y le dije: Vamos a comer al Miramar. Genial tener amigos cómplices para el almuerzo. Él hacía tiempo que no iba, pero lo recordaba con cariño; yo no había comido ahí nunca. El Miramar es un bar gallego de esos de toda la vida, actualizado, sí, pero todavía bien aferrado a la tradición: buena comida, buen vino, poca ceremonia, sin tonterías.

Los dueños son de Lugo y se nota la sobriedad montañesa. Los gallegos de mar son más expansivos, quizá más duros, también, como toca a cualquier nación marinera. Yo me pedí el rabo de toro, por cuestión de nostalgia, y lo encontré bueno, tierno, además de lo entretenido que es ir sacando la carne de las vértebras. Méndez pidió la bondiola, conservador, y no dejó nada en el plato, por lo que, o tenía hambre, o aquello estaba bueno de verdad.
Lo enjuagamos todo con un tempranillo de Viñas de Narváez que se dejó beber bastante bien. Lo escogí porque me pareció que un tempranillo iría mejor con el rabo de toro que un malbec, más ácido… y creo que acerté. La carta de vinos tiene doce páginas, así que hay para escoger. La parte delantera del local funciona también como tienda de vinos, y eso ayuda.

El Miramar es un sitio de esos en los que te dejan comer en paz, y encontré que el local se abre perfectamente a la conversación. Esto no es tan fácil de conseguir como parece. Muchas veces el ruido reverbera por las paredes, o uno está incómodo porque no hay suficiente espacio entre las mesas, o los camareros tienen esa horrible costumbre de interrumpir para preguntar si todo está bien. Aquí estuvimos la mar de a gusto. Tanto que después de los postres (queso con membrillo para mí, unas natillas para Méndez), nos tomamos dos cafés cada uno.
Esto es lo que más me gusta, creo, en la vida: comer bien, beber bien, conversar largo y tendido. El Miramar está en mi lista de lugares donde se puede hacer.