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Sarkis

jun 27, 19:49


Restaurante armenio
Thames 1101
(Mediodía 27-6-17)

Este mediodía fui a almorzar con mi colega Aaron a un sitio que no conocía: Sarkis, un restaurante armenio. Llegamos temprano y casi no había nadie; cuando nos fuimos, cerca de las 14 h., había como 20 personas haciendo cola afuera. Y eso que el salón de Sarkis es bastante grande, ¡y era un martes a mediodía, y a fin de mes! Tengo la impresión—y no soy ninguna autoridad—de que la mayoría de los clientes eran de origen armenio: una especie de garantía de calidad, cuando una comunidad inmigrante acude a un sitio que ofrece comida de su lugar de origen.

Y la calidad está. No hubo nada que no nos gustara, o que nos pareciera que estuviera mal hecho. Pedimos medias porciones para poder probar una variedad de cosas, y pusimos todos los platos al medio, para compartir. Creo que lo que más me gustó fue el keppe crudo. Estoy seguro de que no sabíamos lo que estábamos pidiendo, o yo nunca hubiera accedido a que me trajeran carne cruda. No entendí, o no quise entender, lo que el menú ponía claramente. Pero me pareció extraordinario.
Es carne con trigo burgol todo amasado junto, luego con cebolla picada por encima. El keppe al horno, que además del trigo y la carne lleva pimiento morrón, cebolla y nueces, también estaba bueno, pero no resultó tan sorprendente para mi paladar ignorante como el keppe crudo. Cosas más conocidas como el humus, las hojas de repollo rellenas y un bollo de acelga, completaron el menú y no quedó ni una migaja en los platos.

De postre, también fuimos hacia la degustación compartida. Tienen baklava, por supuesto, como cualquier restaurante del Mediterráneo Oriental que se respete, pero decidimos probar otras cosas como la excelente finikia, hecha con sémola, esencia de naranja, nueces y almíbar. También pedimos un kadaif de ricota, más fuerte de sabor. Para bajar la comida nos trajeron un litro de Stella y dos aguas con gas.

La cuenta nos salió a 300 pesos por cabeza, más la propina. No está mal, ¿eh? Y comimos como señores.

Eso sí la decoración es medio desastrosa. Aunque hay manteles blancos sobre las mesas y las servilletas son de tela. Todo está limpio, pero es feo. Por otro lado estoy un poco harto de los sitios que dependen más de la decoración que de la comida para vender, y te cobran esa decoración como si la estuvieran pagando a plazos y este mes te tocara a ti poner la guita. Voy a comer, no a un parque temático. Supongo que hay gente que necesita que le mientan, y la decoración está un poco para eso.

Así que si hay que ir a comer bien, y la idea pasa por lo armenio, vayan a Sarkis.
(Lleguen temprano, porque se llena).


El sensor

abr 18, 10:16

Cuando uno ha vivido un tiempo en una ciudad, uno se hace con algo así como un sensor de los humores de esa ciudad. El ritmo del tráfico, el tipo de gente que hay en la calle (más familias, o más ancianos, o más niños, o más hombres con corbata), el tiempo, el nivel de ruido: es como si el cuerpo supiera que algo pasa mucho antes que el intelecto.
Ayer me pasó, y por pura estupidez.
Caminaba por calles no muy lejos del centro, más tarde por Boedo y luego por Almagro, y sentía algo raro en el ambiente de las calles. No sabía si era el tiempo, nublado, tirando a fresco, el principio del otoño. Había calles sin un sólo coche. Mucha gente mayor. Muchos cafés y restaurantes llenos, la gente haciendo cola para conseguir una mesa.
¿Qué pasa? ¿Qué es este ambiente tan raro para un día de semana?
Luego, alguien lo dijo, lo oí de refilón: era jueves santo.
Y es que ni me doy cuenta de los festivos, ni los seculares ni los religiosos.



El otro día, un amigo, actor en el Teatro San Martín, me contó que hace tiempo que no cobra. El TSM, al parecer, carece del presupuesto que merece como la institución que debe ser. Me contó también mi amigo que el SM sobrevive del dinero que recibe por el alquiler de algunas de sus salas para fiestas y eventos privados. El Gobierno de la ciudad no considera que el Centro Cultural San Martín sea rentable.

Pensar que una institución de este tipo de ser rentable en términos de dinero, es no entender siquiera el concepto de rentabilidad. Si sólo se piensa a corto plazo—mala idea para el gobierno de una ciudad—sí, hay que interpretar la rentabilidad en términos del dinero que entra ya. Pero en cuanto se empieza a pensar en la ciudad, su crecimiento social, cultural y económico, que van de la mano, hay instancias en las que es mucho más rentable construir, programar y mostrar, por ejemplo, la gran producción simbólica de la que Buenos Aires es capaz. El prestigio cultual y simbólico de una ciudad es una forma, no menor, de rentabilidad. Y sirve para promover la ciudad, sus otras industrias, el valor de vivir en ella, o por lo menos, de tener propiedades en ella.

El GCBA piensa, como todo gobierno conservador, en términos inmobiliarios. No en el valor añadido de la circulación de ideas y personas por su territorio. Otro ejemplo de esto, ya no en la cultura, sino en la tecnología, es el caso del Distrito Tecnológico de Parque Patricios. Aparte de nombrarlo así, de abrir una comisaría de la Policía Metropolitana y contratar a Norman Foster para que diseñe el nuevo edificio del Banco Ciudad, no se ha hecho gran cosa para que ese distrito sea verdaderamente tecnológico. Simplemente, se ha llevado a cabo otra operación inmobiliaria, con la subsiguiente subida de precios del metro cuadrado.

Sin embargo, había, o hay una manera de convertir una sección de la ciudad en un distrito tecnológico de verdad. Una que abre las posibilidades de rentabilidad a medio y largo plazo, y amplía por mucho, incluso, las de la rentabilidad inmobiliaria: instalar fibra óptica, internet a altísima velocidad. Otras ciudades del mundo lo han hecho, y han visto como inmediatamente llegan a ellas empresas de tecnología, y además, toda clase de negocios y comercios que les surten insumos y servicios. El precio de las propiedades, por supuesto, se dispara.

Buenos Aires—y Argentina—necesita instituciones culturales fuertes que ayuden a proyectar su gran producción simbólica al mundo. Y no sólo eso, sino infraestructura para todas sus industrias simbólicas, desde las que producen teatro a las que producen software. Tenemos una población formada y ávida no sólo de consumir, sino también de producir. Hay que aprovechar esa enorme energía que ya tenemos. La balanza de pagos del país nos lo está pidiendo a gritos.

Si los gobiernos, en todos los niveles, construyen y mantienen las infraestructuras necesarias, surgirán miles de pequeñas y medianas empresas que las aprovechen, las rentabilicen, generando ingresos importantes para el país y, lo que es más importante, su población. La idea, creo, es pensar en términos de ciudades dinámicas, imaginativas, con potencia simbólica. Eso sí que puede ser rentable.


De pequeño, mi abuela, cuando me encontraba agitado, aburrido, de malhumor, me sacaba a dar una vuelta a la manzana. Mi abuela que merendaba con un trozo de pan y una copa de coñac. Creo que fue ese el principio de mi extrañeza, mi perplejidad, mi amor por las ciudades.

Más tarde, fue mi abuelo, el que me enseñó a caminar. Uno aprende a caminar cuando es pequeño, y después se aprende a caminar de verdad; igual que no es lo mismo saber leer que saber leer. Mi abuelo también me enseñó a leer en el segundo sentido, y desde entonces, leer, escribir y caminar han sido partes del mismo proceso.

Así, vivir en una gran ciudad—en mi caso actual, Buenos Aires—es como vivir en una enorme máquina de leer-escribir-caminar. No hay ciudad en la que haya vivido, o pasado un tiempo, en el que no haya sido ese el caso, pero ésta es la más grande, y creo que la que más me ha fascinado, dislocado, abierto a ella.

Hace unos meses di un paseo desde Parque Patricios a Caballito, pasando por Boedo y Almagro, con unos urbanistas norteamericanos. Me interesaba que vieran los matices, los cambios sociales, económicos y hasta culturales que se pueden percibir en un trayecto como ese. Si se pasa rápido no se ve; hay que ir despacio y prestar atención a la variadísima gama de tonos, tanto en el sentido del color como del sonido y el lenguaje, sin salir nunca del ámbito de la arquitectura y lo urbano: las viviendas,los comercios, la publicidad, los graffiti y hasta el tipo de basura (o no) que se encuentra por las veredas.

Creo que quedaron fascinados por los detalles que íbamos descubriendo por el camino. Para mí, la clave está en darse cuenta que caminando así, la ciudad no se termina nunca. Sin que aparentemente no haya cambiado nada en esta cuadra o aquella, siempre hay algo nuevo, siempre existe alguna revelación, algo que lo cambia todo y desaloja lo preconcebido. El matiz, algo que se encuentra en el medio, tiende a cambiar, a veces incluso de manera radical, los extremos. Siempre hay un gris cuya sutileza cambia nuestra idea del blanco o del negro.


De nuevo

feb 19, 09:54

Al principio de vivir en una ciudad, uno se fija sobre todo en las diferencias, grandes y pequeñas, entre esa ciudad y el lugar donde uno vivía antes. También se presta atención a la historia, los monumentos, los edificios importantes. Ese ha sido el punto de vista de Buenos Aires Ideal. Ahora toca cambiarlo.

Siempre seguí una regla: escribir en positivo sobre la ciudad, no quejarme. Ahora que retomo el blog, pienso mantener esta regla, pero con algunos matices. Evidentemente, hay cosas que no funcionan y que conozco mejor que al principio, por pura proximidad. A veces hay ideas, proyectos de ciudad, que funcionan mejor que otros, aunque se implemente el menos propicio; también escribiré sobre estas cuestiones. Lo que se me ocurre no es hacer un blog para turistas, aunque sean locales, sino para las personas que vivimos en Buenos Aires.

Se ha lamentado, por ejemplo, la desaparición de los antiguos coches de la Línea A del Subte. Yo también lo lamento, eran hermosos, por viejos y desgastados que estuvieran. Al mismo tiempo, reconozco que hacía falta cambiarlos. Los interiores de esos coches son de madera, que, en caso de un accidente, podría astillarse y lesionar a muchas personas. Por seguridad había que cambiarlos.

La línea de Metrobus de la 9 de Julio me parece menos necesaria. El Subte C ya cubre ese recorrido. Y levantar los árboles, por muy bien que se los trasplante, no tiene sentido, en una avenida con tanto tráfico y la contaminación que éste genera.

Ayer me reía con unos amigos de que tengo suerte de vivir en Constitución. En este barrio todavía se ve mucha basura por la calle. Buena parte de mi trabajo como artista tiene que ver con la basura y con objetos encontrados en la calle, así que me va bien vivir en este barrio. No deja de sorprenderme, cuando voy por otras partes de la ciudad, lo limpias que están las calles. Como artista, lo lamento; como ciudadano, lo aprecio.

Puede parecer una tontería esto último, pero creo que sirve para ejemplificar el tipo de ambivalencias con las que nos encontramos los habitantes de cualquier gran ciudad. Lo privado y lo público, el interés personal y el general, no siempre coinciden. De eso también quiero escribir en los meses venideros.

Hay partes de la ciudad que me interesan más que otras, por supuesto: el sur más que el norte, el este más que el oeste. Con todo, siempre que vaya por esas secciones que tiendo a recorrer menos, intentaré contar algo sobre ellas. Sigo caminando mucho, aunque mis ocupaciones me limiten el tiempo que tengo para pasear y las zonas por donde voy. Y eso es lo que nos ocurre a la mayoría, ¿no? Las mil y una cosas que tenemos que hacer nos limitan las rutas que seguimos a diario, nos empequeñecen la ciudad.

Retomar este blog es, también, un esfuerzo por ir más allá de mis rutas habituales, por ampliar mi ciudad, mi experiencia de la ciudad.


Salgo a la calle a dar una vuelta, un paseo. Es cuestión de respirar, de pensar. Pienso mejor cuando tengo el cuerpo y los sentidos ocupados. A veces salgo a “caminar un texto”, y el ritmo de un poema depende del ritmo de mis pasos por la ciudad. A veces salgo a dar ese paseo con un amigo, sirve para hablar, para negociar una idea, un proceso artístico. Así, últimamente con Leonello Zambón, amigo, socio y vecino.

Hace unas semanas teníamos que hablar de La Expedición que estamos haciendo juntos. El paseo nos llevó desde Constitución, atravesando San Cristobal, hasta Boedo y de vuelta. Luego ha habido mucho trabajo, y hace unos días, Leo me envió un mail diciendo que echaba de menos nuestros paseos. Sugerí que hiciésemos algo parecido a la vez anterior pero con una cámara, así que las fotos son del segundo paseo, mientras que las impresiones se mezclan entre uno y otro.

Le sugerí desayunar en mi bar habitual (esquina de San Juan y Rincón, ver mapa de bares para fumadores) y luego, para seguir hablando enfilamos por San Juan hacia arriba, al oeste.
Una tienda de ropa con las vidrieras, los espejos, las puertas y otros apliques art nouveau, que siempre me llamó la atención ha desaparecido. Esos elementos decorativos siguen ahí, pero ahora hay una ferretería.

Cerca de Avenida Jujuy, vimos la torre de una iglesia y propuse investigar, llegando hasta ella por el otro lado, como para verla de otra manera, así que tomamos por Saavedra y luego Cochabamba. Sobre Jujuy y sus calles existen un montón de bazares gastronómicos (para los españoles: comercios donde venden equipamiento de hostelería). Antes de llegar a la iglesia, nos detuvimos a mirar en el escaparate de uno de estos bazares, y le comenté a Leo que no entiendo por qué la gente se compra cocinas de uso doméstico cuando se puede comprar una de uso comercial, industrial, restaurantero o como se diga. Son mucho más bonitas éstas, ¿no? De repente y por un impulso, entramos a preguntar precios, y sí, son más caras, pero mucho depende también de la importancia que uno le dé a cocinar y a cierta estética industrial que a mí, particularmente, me seduce más que todo eso que se llama “diseño”.

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Vivir lejos

ene 23, 11:07

Buscando otra cosa entre papeles viejos (y aprovechando para tirar muchas cosas de una vida pasada), encontré una servilleta en la que había escrito unas notas para cosas de las que quería tratar en este blog. Calculo que son de 2007. Era esto:

La otra tradición
la emigrante
la marítima
la portuaria
la tradición porteña

Buenos Aires Ideal

El BsAs ideal era el que estaba en la imaginación de los viajeros que emprendían el mar, desesperados o por placer, hacia el Río de la Plata.

Y en efecto, esta fue una ciudad mítica en la imaginación de muchos europeos. Un puerto en el que resguardarse después de atravesar un mar de dificultades.
En cambio, las letras de los tangos cuentan otro mito, el del desengaño. Sí, los inmigrantes se encontraban aquí con posibilidades que no tenían en su país de origen; pero no con facilidades, había que trabajar duro, nadie te regalaba nada. La poesía tanguera se podría leer como una crónica de la dureza de la vida en ese sentido.

Yo mismo la he sufrido, lejos de mi red de conocidos y familiares, lejos de todo. Y una de las cosas que he aprendido en esta ciudad es a vivir sin demasiadas cercanías. A vivir lejos.


Dos categorías más

dic 4, 08:15

Este año he pasado mucho tiempo en La Plata, por razones laborales y personales. Y aunque es otra ciudad, siempre se me ocurren cosas para escribir aquí, cosa que voy a empezar a hacer. Para eso he abierto una categoría.

La otra es para la Provincia de Buenos Aires, adonde el trabajo también me lleva de vez en cuando y donde también hay mucho de interés.

Lo otro que me he propuesto es escribir posts más cortos, algunos sólo con infomación, menos literarios quizá. Y también colgar información de la que me llega por mail y otros medios.

Es buena la idea, ¿no? Como no tengo tiempo de escribir, amplío mi radio de acción. En todo caso, espero que lo que sí vaya saliendo siga siendo de su interés.


Vengo de la Plaza de Mayo. Estaba a rebosar de gente. La gente cantaba, pero no había alegría en el ambiente. Las banderas y las pancartas llenaban el espacio por encima de nuestras cabezas. No había un solo policía, no había camiones con agentes antidisturbios en las calles aledañas a la plaza, o por lo menos ni vi ninguno, la manifestación era espontánea y pacífica.
Los vendedores ambulantes de comida y bebida trabajaban a tope.
Hoy fue el día del censo y todos los negocios estaban cerrados. A partir de las 20h. empezaron a abrir algunos restaurantes y bares.
Al parecer, hubo gente en la plaza todo el día.
Lo que más me llamó la atención es que estaba lleno de gente de clase media, que normalmente evita las aglomeraciones. Mucha gente joven. Familias. Parejas.
Como peatón extranjero, como observador de lo que pasa en Buenos Aires, como habitante de la ciudad, debo decir que ésta ha crecido muchísimo desde que vine la primera vez en 2005. Aquel año, y viniendo de Europa, una cosa que me llamó muchísimo la atención—por poner un ejemplo banal—es que hubiera espacio para aparcar en todas partes. Ahora escasea. El poder adquisitivo de muchos ha aumentado considerablemente. Como ha mejorado el nivel de vida en la ciudad. Y en otras partes de la Argentina que he ido conociendo.
Eso se ha debido en gran medida a la política del presidente Kirchner y, después, de la presidenta Fernández de Kirchner.
Una cierta idea de sutentabilidad (digo esto en lugar de independencia) económica dentro de las fronteras del país, en medio de la globalización, ha sido la clave de la recuperación de Argentina tras la debacle de 2001. Eso incluye apartarse de la monoindustria hacia una variedad de posibilidades productivas que significa repartir en riesgo, de manera que si falla un sector otro ocupe su lugar. También ha habido enormes esfuerzos por modernizar el sistema impositivo, algo fundamental para la estabilidad del país… y algo que requiere un gran desgaste político y muchos años, no se hace de la noche a la mañana.
Hace más de un año, cuando la crisis financiera mundial estaba en su apogeo (y pronto puede haber otra recaída) el gobierno argentino se negó a aceptar la supuesta verdad, aceptada en muchos otros países como ley de vida, de que había que recortar el gasto público a toda costa. En España, por ejemplo, la crisis se prolonga, el empleo no se recupera, mientras que Argentina y Brasil siguen creciendo.
La política de los últimos dos gobiernos en cuanto a derechos humanos ha sido fundamental, también. No hay manera de superar un trauma nacional de las dimensiones del que sufrió Argentina en los años 70 sin una política de este tipo. También esto lleva años y requiere de un gran esfuerzo de mucha gente, no sólo del gobierno, para combatir la inmovilidad, el silencio y la mala consciencia.
Recientemente, la ley de igualdad de parejas, significó la legalización de algo que ya estaba instalado en la sociedad y reclamaba una apertura dentro del sistema.
Hace falta hacer muchas cosas, todavía, y siete años no dan tiempo para todas. A mí me gustaría ver avances, como los que ha habido en otras esferas, en la cultura, en la ciencia y en la innovación. Eso requiere invertir en educación y, después, en el todo lo que signifique aprovechar esos recursos humanos. No dejar que los cerebros se fuguen a otros países es fundamental para el futuro de Argentina.
Había, hay miles de cosas que hacer en este país. Néstor y, después, Cristina se embarcaron en la difícil tarea de llevarlas a cabo. Con tantos sectores, incluso fuerzas internacionales, en contra, yo (como espectador extranjero) me maravillo de lo que han conseguido.


Libertad de domingueo

oct 11, 10:24

Hace unos meses, estuvo en la Casa de la Cultura de Buenos Aires la muestra Post-It City: Ciudades ocasionales. La exposición era en realidad un libro (y el catálogo es excelente) puesto en las paredes. Si en el catálogo se hubiera incluido un DVD con todos los videos que se exhibían en la muestra, ésta hubiera sido totalmente innecesaria.

Post-It City es una recopilación de diversos proyectos estético-sociológicos de todo el mundo que han visitado o estudiado estrategias habitacionales o comerciales efímeras en muchas ciudades: mercadillos, barrios de chabolas, restaurantes portátiles, etc. Hojeando el catálogo un poco al azar, me llamó la atención un proyecto llevado a cabo en Barcelona descrito así por sus autoras:

Sundaying city es un trabajo de campo sobre las prácticas de ocio autogestionado en la ciudad de Barcelona. Estas prácticas suponen una resistencia al espacio público no practicable que el Modelo Barcelona ofrece, así como la creciente industria del entretenimiento global. Estas actividades se despliegan temporalmente en zonas de la ciudad sin función determinada y resignifican su sentido a través del uso que hacen de ellas. El trabajo se centra en tres actividades de domingo: competiciones de palomas, rallies y picnic, que conjugan la autogestión del ocio, la sociabilidad, la ocupación del espacio público, la generación de arquitecturas propiasy el carácter insumiso de sus prácticas. Así, el dominguero adquiere un matiz transgresor, casi heroico, dentro del nuevo marco cívico que ha adoptado la ciudad y de la actual sociedad del espectáculo-consumo. El dominguero consigue zonas relacionales de encuentro e interacción practicando la ciudad y apropiándose de ella.

El tono tecnocrático de este texto parece defender las prácticas pero en realidad no lo hace, dando tácitamente por sentadas, irremediables, las condiciones en las que se tiene que dar el domingueo barcelonés. La verdad es que, viviendo en América Latina, esto me parece alucinante.

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Un día normal

jul 15, 09:49

Por si no se han dado cuenta, vivo en Buenos Aires, capital, en un sitio llamado La Barraca Vorticista, una casa privada en la que existe un gran archivo de arte-correo y de poesía visual. En mi casa siempre es posible una conversación sobre algún tema artístico. No teníamos tele, hasta que llegó el mundial y nos prestaron una. No la he usado más que para ver partidos, incluida la final, que por suerte ganó España. Ya era hora.

Ayer, miércoles 14 de julio, fue un día normal para mí. Y es eso lo que quería contar. Me levanté a eso de las 7, hice café y leí la prensa por internet. Habitualmente leo el New York Times, El País, Página 12 y La Jornada, además de Libro de Notas y algunos blogs. Luego leo y contesto el correo electrónico y echo un vistazo a Facebook.

Más o menos a las 9 me puse con un artículo para Arsómnibus, donde escribo sobre arte. Este era sobre la nueva etapa de la galería de Alejandra Perotti, y aparecerá en breve en la revista, que sólo es digital y es muy probable que, en los próximos meses, con los cambios que estamos efectuando, se convierta en la principal referencia del arte contemporáneo argentino.

A las 11 o por ahí, terminado el artículo, me duché y salí a comprar cigarrillos, de camino a mi bar habitual, en San Cristobal, a pocas cuadras de casa. En él, la conexión wi-fi es buena y tienen un gran salón fumador. La camarera que me atiende ya se acostumbró a verme desplegar mis papeles, el i-pod touch, el móvil y el cenicero en una mesa para 4, y no se molesta si me quedo más tiempo del garantizado por el café que pido.

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Para Pep Izquierdo

No sé bien si en los tiempos que corren (como siempre buenos y malos a la vez, según quien los viva) tenga sentido o sea buena o mala idea comentar que una de mis aficiones favoritas es sentarme en la terraza de un café a mirar—no a la gente, así en general—sino a las mujeres que pasan. Con el tiempo que llevo en Buenos Aires, creo haber descubierto que uno de los mejores sitios para mi humilde vocación de flanêur, o simplemente de mirón, es la esquina de Tucumán y Rodríguez Peña. Ya ahí, me acomodo ante una de las mesas del café Mar Azul, me pido un carajillo y dejo que se me salgan los ojos de la cabeza… como en los dibujos animados.
Por esta esquina pasan mujeres para todos los gustos. Hombres también, supongo, pero no he prestado atención. Como se trata sólo de observar, sin molestar, sin fijar la mirada en nadie, sin decir nada, puedo practicar mi afición sin prejuicios. Me puede llamar la atención alguna parte de un cuerpo, o una forma de caminar, o un estilo al vestir, o un rostro particularmente bello, o un gesto, una actitud, incluso una voz.

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