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Ocho visitas guiadas por la ciudad

De Eternautas: Ricardo Watson, Lucas Rentero y Gabriel DiMeglio
Editorial Aguilar, 2007

Este libro parece que es más para leérselo en casa, apuntarse los lugares, o trazar el recorrido en un mapa, y luego salir a verlos. Para mí, hace un par de años, siendo nuevo en la ciudad y no conociendo su historia, resultó sumamente útil pero, de hecho, no lo he leído mucho en casa, sino en la calle, en los bares o sentado en un banco en una plaza. Lo tengo bastante gastado y hasta un poco manchado, como debe ocurrir con cualquier libro que se pretenda una guía.
El énfasis de este libro está puesto en la historia y la arquitectura. Se trata de contar cosas de lo que está visible a simple vista, dando un paseo por la ciudad, e incluso de lo invisible… porque ya no existe. Aquí encontré, por ejemplo, la primera referencia que tuve del Pabellón Argentino de 1889, que ha llegado a convertirse en una pequeña obsesión para mí.
Los autores llegan al lector con una prosa limpia y tranquila, no exenta de humor. Creo que, como guías que son, entienden esto de hacer divertida e interesante una visita. No sé por qué reimpresión irán ya, pero lo que tengo claro es que tienen un público receptivo, interesado por la ciudad en la que vive. He acudido a un par de sus tours y siempre he aprendido más de una cosa.
Buenos Aires tiene historia es uno de los libros de cabecera de este blog. No cobramos nada por reseñarlo y recomendarlo, por si hace falta decirlo. Sólo se nos ocurre que a las personas interesadas por averiguar qué es lo que están viendo cuando caminan por la ciudad o van en el colectivo, o en coche, cada mañana al trabajo, esta es una obra que vale la pena consultar.


de Pietro Sorba
Editorial Planeta, 2008

Siempre que puedo evito Mcdonald’s, o sea, siempre. Y Burger King. Y todas las cadenas de cafeterías que venden una sólida idea prefabricada del café, del confort interior de su consumo, de la salud—algunos sitios venden ensaladas—o del dulce patrio, como ocurre con los alfajores. Siempre evito estos sitios, y más, aunque sin nacionalismo que valga la pena contar, si se trata de la super-cadena de cafeterías, Starbucks. Mi actitud no es nueva, ya en España la tenía, y antes en Estados Unidos, donde es más difícil escapar de la condena de las franquicias.
Prefiero los cafés y los restaurantes que se defienden por su cuenta, que intentan ofrecer algo particular que los diferencie de la competencia. No es lo mismo una estrategia empresarial diseñada en oficinas, que otra diseñada por la experiencia en la cocina y los gustos de la clientela.
También me ocurre que soy más partidario de la comida tradicional que de las vanguardias y las experimentaciones. Eso no quita que esté dispuesto a probarlo todo, en ocasiones, aunque para diario prefiero los platos populares.
Cuando Carolina me regaló esta guía breve de los bodegones de Buenos Aires, mi primera reacción fue de escepticismo, más que nada por el formato y el tipo de papel. Parecía más un libro de consultar en casa que algo para llevar en el bolsillo durante mis constantes periplos por la ciudad. Pero, luego, examinándola con cuidado, pude apreciar los buenos mapas que incluye, la información básica para cada establecimiento y, sobre todo, los comentarios del autor, un tipo que parece disfrutar comiendo: en eso, sin conocerlo personalmente, ya me apunto para ser su amigo.
En cada entrada, Sorba cuenta algo de la historia del restaurante en cuestión, la mayoría tienen sus años. Después cuenta el ambiente que hay en el local y las especialidades de la cocina. Y por último, nos dice su plato favorito en ese lugar.
Antes de leerme el libro, yo ya conocía algo así como la mitad de los establecimientos reseñados; ahora, los conozco casi todos. De hecho, ocurre a menudo que, si vamos a salir a cenar, o tenemos que almorzar fuera, consultemos esta guía , la mayoría de las veces por ver si hay algún restaurante del que nos hayamos olvidado. Muchos, sin embargo, los tenemos bien grabados en la memoria, y la consulta es por las especialidades, o por averiguar la dirección exacta.
Los bodegones que vienen en la lista, 30, no son los únicos que hay en la ciudad, claro, pero sí que son algunos de los más representativos de la comida porteña del siglo XX. No todos son baratos, una de las condiciones del bodegón, algunos por la zona donde están, otros por la calidad de los productos que emplean, un par porque se han aburguesado en exceso. Aún así, si uno quiere comer bien y en abundancia, esta guía es lo mejor que he visto en la materia.


Alberto Miyara ha escrito un excelente Diccionario argentino-español para españoles. Y lo digo con alivio porque me ha resuelto algunas dudas y me ha demostrado que en un par de ocasiones, efectivamente, metí la pata.

Esto dice Miyara en su introducción:

Éstas son palabras de uso general en Argentina y no en España. Algunas de ellas se han conservado en alguna provincia española, pero no en todo el estado español. Asimismo, algunas tienen uso general en la península, pero no con el significado aquí indicado. En general, el criterio usado para que una palabra aparezca aquí es que en Argentina sea el vocablo normal, natural, universal, y en España no. Como lo lógico es que los lectores no lean esta advertencia antes de buscar una palabra, de todas maneras los perdonaré si me escriben para avisarme que en algún rincón perdido de Aragón se sigue diciendo alguna de las voces aquí listadas.

[vía Libro de Notas]


Sobre guías y viajes

may 4, 17:07

No hace mucho, en una librería de viajes, pregunté por las guías Let’s Go (que, por cierto, no tienen una para Argentina). El dueño me dijo que esas no las recomienda ni vende, aunque luego vi un par en sus estanterías, porque las hacen estudiantes y no profesionales. Le comenté que yo las he usado durante años para viajar barato y que rara vez me han defraudado, mientras que las recomendaciones en muchas de las otras guías eran para establecimientos de lujo, o por lo menos caro. A cada quién sus gustos, contesté, pero le vi en el tono y en la cara que yo no le había caído bien.

Las guías de lo barato me gustan porque te dirigen a sitios más difíciles de encontrar. Los hoteles caros salen como setas en las guías, las revistas, en internet; para eso pagan. Lo caro es casi siempre fácil de encontrar; lo barato no tanto. Además, hace muchos años que el lujo dejó de impresionarme; y acudir a esos establecimientos para impresionar a los demás, bueno, en realidad no es lo mío. No soy tan infantil.

Ahora acaba de salir un libro de Thomas Kohnstamm, Do Travel Writers Go to Hell?, que ha causado un escándalo. En él cuenta cómo viajando para escribir sus guías, los hoteles y restaurantes le pagaban para recibir buenas menciones. También, si se le acababa el dinero y no había terminado su viaje, mentía, lo inventaba, lo copiaba de otras guías, y cuenta que no era el único, sino que esta situación era general.

Está claro, con sólo hojearlas, que las revistas de viaje siempre cuentan lo mismo: lo maravilloso que es el sitio, lo encantador, lo excepcional. Está claro que cobran por ello, y que no es más que publicidad. Ninguna revista está dispuesta a arriesgar sus ingresos con la verdad, y menos con los aspectos prosaicos de todo viaje: el aburrimiento, el cansancio, el mal trato del personal, las condiciones sociales de lugar, la vida tal y como es.

Dicen que a los lectores esto no les interesa. Algunos, los más honrados alegan que lo que están vendiendo son sueños. Pero claro, luego uno viaja, y se despierta.



En la Guía de Patrimonio Cultural del Gobierno de Buenos Aires pone que la casa de María Josefa Ezcurra, de 1836, es uno de los escasos ejemplos de arquitectura civil que quedan de esa época. La casa está en ruinas y la guía indica que no tiene un uso previsto (aunque pertenece al Museo de la Ciudad). Me interesaba verla, y fui a la dirección que da la guía, Defensa 455-463. Pero ahí sólo encontré un edificio de Luz y Fuerza y el Edificio Calmer, racionalista, quizá de los años 40, emplazado en el solar donde nació Manuel Belgrano.

Al no encontrar la casa Ezcurra en la dirección dada, pensé que el error era mío; recorrí varias cuadras por Defensa y alrededores, pero nada. Entonces llamé a Carolina para que me lo buscara en la red. Mientras hablaba con ella iba por Defensa hacia la Plaza de Mayo; me dijo que me volvería a llamar en unos minutos con la información y cortamos. Doblé por Alsina y, de repente, vi la casa. Estaba junto a los Altos de Elorriaga, frente al Museo de la Ciudad y La Puerto Rico. En eso me llamó Caro y me lo confirmó.

En la guía viene esta información:

Durante la época de María Josefa Ezcurra, hermana de Encarnación, esposa de Juan Manuel de Rosas, se celebraban en la casa reuniones y encuentros políticos, como relata José Mármol en su obra Amalia.

No había leído esa novela, así que decidí ir a buscarla. Fui hasta Corrientes. Mi memoria visual me avisaba de que había visto un ejemplar en una librería de viejo la semana anterior. Incluso recordaba exactamente dónde estaba el libro. Compré la edición de Estrada (Buenos Aires, 1944), en dos volúmenes, con prólogo y notas de Adolfo Mitre: por $10, un regalo.

Esta mañana me reía de mí mismo: hace 20 años hubiera leído la novela, 800 páginas, en tres tardes. Pero a los 43 años ya no tengo la paciencia lectora de entonces, han pasado las tres tardes y sólo he leído 300 páginas. También tengo otras muchas ocupaciones, claro.

María Josefa Ezcurra fue amante de Belgrano y tuvo un hijo suyo, que fue criado en una de las estancias de su hermana y su cuñado. Al parecer María Josefa era una mujer de gran belleza.

Pero lo interesante es que en el libro encontré a María Josefa Ezcurra en precisamente en polo opuesto de todo su esplendor. La visión que tenemos de ella es la que permite Mármol, que al estar contra los federales, y al ser esta novela una diatriba contra el régimen de Rosas, la señora Ezcurra aparece como una especie de monstruo.

En la novela, el protagonista envía a su bella novia a casa de María Josefa como espía. Copio fragmentos de lo que escribe Mármol. En la casa hay…

... una multitud de negras, de mulatas, de chinas, de patos, de gallinas, de cuanto animal ha creado Dios, incluso una porción de hombres vestidos de colorado de los pies a la cabeza con toda la apariencia y las señales de estar, más o menos tarde, destinados a la horca… [En la sala estaban] dos mulatas y tres negras que, cómodamente sentadas, y manchando con sus pies enlodados la estera de esparto blanca con pintas negras que cubía el piso, conversaban familiarmente con un soldado de chiripá punzó, y de una fisonomía en que no podía distinguierse dónde acababa la bestia y comenzaba el hombre… seis personajes que, por una ficción repugnante de los sucesos de la época, osaban creer, con toda la clase a la que pertenecían, que la sociedad había roto los diques en que se estrella el mar de sus clases obscuras, y amalgamándose la sociedad entera en una sola familia… [Se va viendo por dónde corren los prejuicios sociales de Mármol] Entretanto, doña María Josefa [...] ponía una sobre otra veintitantas solicitudes que habían entrado ese día, acompañadas de sus respectivos regalos, en los que hacían no pequeña parte los patos y las gallinas del zaguán, para que por su mano fuesen presentadas a Su Excelencia el Restaurador, aun cuando Su Excelencia estaba seguro de no ser importunado con ninguna de ellas… Baste decir, por ahora, que en la hermana política de don Juan Manuel de Rosas estaban refundidas muchas de las malas semillas, que la mano del genio enemigo de la humanidad arroja sobre la especie, en medio de las tinieblas de la noche, según la fantasía de Offmann. Los años 33 y 35 no pueden ser explicados en nuestra historia sin el auxilio de la esposa de don Juan Manuel de Rosas que, sin ser malo su corazón, tenía, sin embargo, una grande actividad y valor de espíritu para la intriga política: y los 39, 40, y 42 no se entenderían bien si faltase en la escena histórica la acción de doña María Josefa Ezcurra…

Procede a pintarla como una mujer vieja, fea, desdentada, con pelo de estropajo, mal aliento, mentirosa e intrigante. Hace todo lo posible para que el lector se ponga en contra de esta mujer. Pero es que Mármol escribió una novela contra Rosas, y claro, nadie que tuviera algo que ver con él podía quedar bien.


Un poema de Olivari

ene 8, 18:47

El otro día me compré Boedo y Florida: una antología crítica, de Gabriela García Cedro, un libro que vale la pena no sólo por tener una noción de las controversias literarias argentinas de la primera mitad del siglo XX, sino porque también ayuda a dar una sensación del ritmo de la ciudad en esa época.
Ese ritmo no se ha perdido, sigue ahí, y oigo a muchos quejarse de él igual que se quejaban otros hace 80 años. Creo que por eso importa hacerse un sentido de la historia de una ciudad, y también de su poesía.

Algunos versos son torpes, el último, por ejemplo; otros son verdaderamente brillantes, como los que se refieren a La Internacional. Echen un vistazo ustedes mismos:

Nicolás Olivari
Antiguo almacén “A la ciudad de Génova”

Antiguo almacén “A la ciudad de Génova”
de Cangallo y Ombú.
Tu recuerdo se viene en pareja
con el recuerdo de mi lejana infancia
mientras un cuarteador criollo,
—malevo y picaflor—
cuarteaba la “cucaracha” que iba hasta Boedo y Europa
o sea: el fin del mundo.
Y cuando el General Don Julio Argentino Roca, en coche,
inauguró la máxima cloaca
que en su entraña Cangallo encierra.
Te recuerdo en las vueltas de coperío
de tu coro de borrachos,
apilados al estaño de tus mostradores
donde, en una losa, triste como mi infancia,
—verdinegra de codos y de malas palabras—
había estas cuartetas:

“Mi padre por fiar
en herencia me dejó
el deber de trabajar
desde el día que murió.

Si las Casas Introductoras
me fiaran las cuentitas
yo también a mis amigos
les fiaría las copitas…”

(¿Dónde estás, François Villon, linghera o atorrante
que a tu inspiración libraste un alcohólico instante?)

Te recuerdo, Cangallo y Ombú.
esponjada en mi memoria en la fiebre de mis muchos males,
porque yo estaba siempre enfermo,
—los umbrales de Cangallo han recogido todas mis fiebres—
mis ardores de lagarto acurrucado al buen sol del 905,
sol que fue mejor que el del Centenario para mis raquíticos huesos…
Te recuerdo, Cangallo y Ombú:
¡Mi madre era entonces tan joven y tan bella!
—La más hermosa de todas las mujeres—.
Me acunaba con “La Morocha”.
Fue esta canción la primer palabra argentina que escuché en el dulce dialecto de su boca:
“—Yo soy la morocha,
la más agraciada…”

¡Cangallo y Ombú!
si sos toda la urbe del recuerdo,
si estás reventando de nostalgia,
como reventaban los claveles tras la oreja del malevo Julio,
el que mató al cabito Ibáñez. Como reventaban los balazos
en el atrio de Balvanera en las bravas elecciones nacionalistas,
cuando los Vázquez, con su botín elástico
y su bolsillo hinchado de patacones
remataban libretas en el comité de la vuelta,
donde yo acudía con los ojos agrandados por el espanto electoral,
llevado de la mano por mi tío,
el dueño del “Antiguo almacén de Génova”
que, imperturbable y gubernista,
vendía la caña de durazno al comité...

El entierro del General Mitre
preludió las primeras manifestaciones socialistas,
y el coro de La Internacional
—exótica, cosmopolita y bárbara
como una gárgara de grapa—.
Cangallo y Ombú,
yo he visto que por tu esquina desfilan las sombras desfondadas
a puñaladas,
con un boquete en el pecho, y en la frente una greña aceitada…

Los malevos, los italianos, buenos y borrachos
de mis recuerdos.
Miquelín, grande como una estatua,
que se iba a la cosecha y volvía rico dos semanas
—apenas para pagar la vuelta a todo el barrio—.
Hasta que le duraba la plata cantaba,
cantaba las lejanas canciones milanesas de su tierra
y hombreaba recuerdos como hombreando cereal…
Pero cuando era inútil pedir fiado
comenzaba a hablar mal.
Tenía el vino malo y maldecía a la Virgen, Nuestra Señora,
con feroces palabras que deglutía mi avidez porteña.

Trémolos compadrones de cuarteadores
y cinchadas de vascos lecheros junto al boliche.
Figuritas de cigarrillos Vuelta Abajo
y puchos de Brasil.
En esta mezcla gateó mi infancia
y desde allí me vino este amor tan grande que te tengo,
¡Buenos Aires!
Buenos Aires, loma del diablo, Buenos Aires, patria del mundo,
Buenos Aires ancha y larga y grande,
como aquella primer palabra en argentino que le oí a mi madre:
“Yo soy la morocha,
la más agraciada…”

¡Buenos Aires morocha de río, de hierro y de asfalto!
¡Buenos Aires! ¡Seguís siendo la más agraciada de todas las poblaciones!

El gato escaldado, 1929