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Por una razón u otra, me tocó esperar en las cercanías de La Rural, unos tres cuartos de hora, o así. Con el gusto que siempre me produce la idea de entrar en una librería fui a echar un vistazo a los puestos de libros que hay en la medianera de Santa Fé tocando a la plaza: uno siempre tiene que cumplir con sus adicciones.
Miré y miré, y nada; ahora cada vez más, los puestos de libros viejos tienen libros nuevos, los mismos “éxitos” que no voy a comprar y estoy aburrido de ver en las mesas de novedades de librerías comunes.
Pero luego llegué al puesto de Daniel, un vendedor de libros de la vieja escuela, de esos que en cuanto se entera de los temas que te interesan te empieza a descargar bibliografía, mostrándote una cosa tras otra como una ametralladora puesta en semi-automático. Y claro, también te va tanteando con los precios, para ver hasta dónde estás dispuesto a llegar. Incallable, el tío no para de hablar, conversando sin tregua sobre una cosa u otra, para que no te vayas, o al menos no lo hagas sin comprar.
Me mostró libros maravillosos, en cuanto supo que me interesaban sobre Buenos Aires, pero me resultaban caros. O no caros; estaban a buen precio, siendo lo que eran, pero el precio superaba las posibilidades de mi bolsillo, que hace mucho que no guarda euros.
Daniel no se desanimaba. Estuvo a punto de sacar sangre con un libro sobre los gallegos de Buenos Aires, con portada de Luis Seoane, precioso. Pero yo no podía pagar lo que pedía.
De repente se acordó de algo y corrió a uno de los otros puestos, para volver con el libro que por fin logró venderme, uno que yo había visto antes y siempre me había tentado pero también había pospuesto: Buenos Aires, un museo al aire libre, de León Tannenbaum (1983), una recopilación de sus artículos en varias publicaciones desde los 50 hasta los 80. Era como comprarme el blog sobre Buenos Aires de Tannenbaum, y estoy encantado con él.
¿No es genial que haya libreros así? Son agresivos, te cansan la oreja, le vacían la billetera, claro, pero ¿qué haríamos sin ellos?


Lo que cuesta

dic 7, 17:36

En Argentina me cuesta encontrar los libros que quiero. Claro, sin tener que dejar de comer durante un par de días. Eso lo hacía cuando tenía 20 años, aunque entonces vivía solo. Cuesta encontrarlos porque se reeditan poco los libros que YO considero valiosos, o porque no los vuelven a importar desde España, o porque la edición, que viene de ahí, cuesta un dineral.
La crisis de los 2000 no ha ayudado nada al lector que vive en Argentina. Primero, con la manera en la que los libros se vendían en 2002-2004, tan baratos, casi regalados, cayeron buitres desde Europa y desde el Norte, que desabastecieron el mercado del libro de segunda mano. Sólo hay que ir al Parque Rivadavia, clásica feria permanente de libros usados, hoy dedicada al software, a los DVDs y a los libros nuevos, primordialmente. Y segundo, porque con pesos devaluados las editoriales no pueden comprar los derechos, y los lectores no podemos comprar los libros importados.
Un día hace poco, y por una serie de carambolas, de encuentros con personas cercanas y lejanas, me doy de bruces con la Galería Buenos Aires, en Florida al 800. En el sótano hay unas diez librerías de segunda mano. En la galería también hay un par de cafés, de sastrerías y de tiendas de cuero. En varias de las librerías hay material de primera calidad, tanto en las ediciones como en el contenido, aunque a precios que no son populares.
En una, regentada por dos amigos que he hecho recientemente, y cuyos nombres no puedo revelar en internet (así me lo han pedido), he encontrado suficientes libros de los que me interesan, como para leer el resto de mi vida. Para empezar, me he comprado la edición de Losada del Libro del desasosiego, de Pessoa, que echaba en falta y que no sé a qué esperaba Losada para volver a sacar. También me topé con una edición de los artículos de Cunqueiro sobre el mar, con prólogo de Néstor Luján, y que me llevé sin pensarlo dos veces. La he metido en mi mochila y así tengo algo divertido qué leer en el transporte público.
Siento como si no debiera escribir sobre estas librerías. Evitar que se corra la voz. reservarme la información en lo posible. Pero no, prefiero que se sepa. Que los libreros ganen dinero, en lugar de cerrar sus negocios. En parte, éstas son lo que queda de las famosas librerías de Corrientes, que ahora, mayormente, se ocupan del libro nuevo, o de saldos. Me contaba uno de los libreros que prefieren estar ahí abajo, en el sótano, que con puertas abiertas a la calle, mucho más caro.
¿Es ese el futuro de las buenas librerías? ¿El underground?


No hace mucho hablaba con el artista Daniel Juárez y en la conversación apareció el tema de las revistas de arte, de cómo aquí no se produce ninguna que sea atractiva, crítica e informativa todo a la vez. Entonces me recordó de un sitio que yo había olvidado, pero donde se encuentra material extranjero de la mejor calidad, sobre todo en revistas de arte y de diseño. Es el kiosco que hay delante del Hotel Alvear en la avenida del mismo nombre, esquina con Ayacucho.
Ahí estuve hablando con el dueño, Romeo Leandro, cuyos padres establecieron el kiosco hace 43 años. Romeo, que tiene 35, lleva trabajando ahí desde los 14, ¡21 años! Así que conoce el negocio de las revistas de importación al dedillo.
Evidentemente son caras, pero según los intereses de cada quien, o su trabajo, en realidad vale la pena invertir en conocer lo que está pasando en otras partes del mundo. Lo que a mí más alegría me dio fue encontrar dos de mis revistas favoritas: The New Yorker, que es la cartelera de Nueva York, a la vez que una revista literaria, y Artforum, revista de actualidad sobre el mundo del arte, pero también con un contenido crítico y teórico bastante serio. Lo bueno de vivir en una gran ciudad es que si uno busca, encuentra lo que necesita.


Postal melódica

feb 25, 17:41


Buscando, como es mi costumbre, en una librería de viejo, encontré esta postal melódica, que lo es porque sobre la imagen lleva una película de plástico que en realidad es un disco de 45 rpm. Me gusta mucho esa imagen de una Avenida Corrientes que todavía tenía glamour. (Por cierto, ahora el tráfico fluye en la dirección contraria, hacia el Obelisco, a esa altura de la calle donde aún está el Metropolitan.)



En el reverso pone que la grabación es de El choclo, uno de los tangos más famosos. No tengo un tocadiscos, así que no sé si todavía se podrá oír. También pone que se puede escuchar perfectamente más de 200 veces, así que de alguna manera, la grabación caduca.


Séptimo Círculo

sep 5, 04:25

No hace muchos días, Eduardo Orenstein me regaló un libro de la colección Séptimo Círculo (sección administrativa del infierno adonde van a parar los violentos), de Emecé. Yo había visto libros de esta colección en las librerías de viejo, me gustaban las portadas, pero no les presté más atención. Séptimo Círculo, colección de novela policiaca, fue dirigida por Borges y Bioy Casares entre 1945 y 1956, o también, entre los números 1 y 139.
Me ha parecido interesante reside ver qué es lo que les interesaba a esos dos lectores empedernidos en esa época. Orenstein me regaló el número 77, El caso de las trompetas celestiales, de Michael Burt, un autor del que no he encontrado prácticamente nada en la red. La novela trata de un escritor que investiga la aparición de unas brujas que vuelan montando palos de escoba, en la zona de Sussex, Inglaterra, donde vive. Está llena de disquisiciones sobre magia negra y especulaciones bastante largas y detalladas sobre si las leyendas y los textos antiguos pudieran contener algo de verdad; además, el libro es un pequeño tratado sobre los diversos cultos al diablo. Como narración no es gran cosa. Lo divertido está en todo lo demás, y supongo que Borges y Bioy la incluyeron en su colección por
eso. Normalmente estas colecciones incluyen sobre todo a autores de lengua inglesa, y ésta no es una excepción. Hay algunos franceses, sin embargo y, sorprendentemente, tres libros de autores argentinos: (48) El estruendo de las rosas, de Manuel Peyrou, novela de la que, curiosamente, el Instituto Cervantes posee la versión inglesa (31) Los que aman, odian, de Bioy Casares y Silvina Ocampo (123) La muerte baja en el ascensor de María Angélica Bosco además de (14) El asesino desvelado, del uruguayo Enrique Amorim. Buscando en la red, he encontrado a varios aficionados a Séptimo Círculo, que tiene todas las de estarse convirtiendo en una colección de culto. Hay una lista de los números editados por Borges y Bioy. Aquí hay algo sobre la historia de la colección. Hay un listado completo de la colección, y un foro donde los aficionados van rastreando los libros.