El Mercado de San Cristobal
ene 28, 15:15

Pero en Buenos Aires sobreviven unos cuantos mercados. El de San Telmo todavía conserva puestos de comida, aunque la mayoría han caído en manos de la industria del turismo. Sin duda el mejor mercado de esta ciudad es el del Progreso, en Primera Junta. Ahí hay como un orgullo en un saber recuperado, el de la buena comida bien presentada y el trato humano en el comercio: todo mejor que ir al impersonal supermercado de cadena, o al almacén chino de enfrente (siempre hay uno), donde lo habitual es el mal rollo.
Cerca de mi casa, en la esquina de Independencia y Entre Ríos, está el Mercado de San Cristóbal. En ese cruce se encuentran los barrios de Constitución al sudeste, el de Monserrat al noreste, el de Balvanera al noroeste y el de San Cristóbal al suroeste. Pero el mercado está en la esquina de Monserrat, no en la de San Cristóbal, vayan ustedes a saber por qué. Será otro de esos pequeños detalles que tiene toda ciudad, y Buenos Aires en especial.
El mercado conserva buena parte de su función como tal, aunque ya no del todo. Hay carnicerías, pollerías, fiambrerías, dos pescaderías, puestos de frutas y verduras, otros donde venden teléfonos móviles, un par de librerías de viejo, un zapatero, un par de bares. Pero parece que la gran mayoría de los puestos han caído en manos de anticuarios, sobre todo los del piso de arriba, y de algunas tiendas de ropa. En ese sentido, este mercado se asemeja al de San Telmo, pero con menos turismo y, me duele decirlo, con menos alegría. Está como más pobre, más gastado por el tiempo y más oscuro. Y sin embargo, mantiene su vitalidad.
Muchos puestos tienen todavía los mostradores de mármol y las cámaras frigoríficas de madera, algunas auténticamente bellas, muy bien cuidadas. Como si los comerciantes las consideraran tesoros.
El otro día, me ocurrió que una negra que supongo dominicana (por la pequeña colonia de esa nacionalidad que hay cerca, del lado de Constitución) me miró de arriba a abajo y soltó: “¡Mi amor!” Yo me quedé como un conejo encandilado por los faros de un coche en la carretera oscura. Suerte que no fui atropellado. Pero ya se sabe, todo lo que no mata al ego, lo engorda.
Un nota final: los románticos tenemos un gran aprecio por el desgaste en las ciudades, lo antiguo venido a menos. No queremos que desaparezca. Luego cuando lo arreglan y a esa zona se muda la gente de plata, nos quejamos. A mí me pasa con Palermo, que no soporto. Pero los barrios gastados vienen con problemas: la fealdad, y hasta la inseguridad. Aunque yo, que vivo en Constitución ahora, noto poca inseguridad, al menos en los últimos tiempos. En fin, la paradoja es esta: amamos estos barrios viejos, pero no queremos que los arreglen, aunque se vuelvan peligrosos. Y si no los arreglan irán cada vez a peor. ¿Qué hacemos?










