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Una de las grandes desgracias de Buenos Aires ha sido la pérdida de sus mercados. Y no sólo pasó aquí, toda ciudad respetable tiene unos cuantos mercados reconvertidos en otra cosa. Hay que culpar a esas olas de modernidad y comodidad que al final conducen al malestar, al aburrimiento, al todo igual para todos. (Así perdieron también el alma muchos cafés de Corrientes).
Pero en Buenos Aires sobreviven unos cuantos mercados. El de San Telmo todavía conserva puestos de comida, aunque la mayoría han caído en manos de la industria del turismo. Sin duda el mejor mercado de esta ciudad es el del Progreso, en Primera Junta. Ahí hay como un orgullo en un saber recuperado, el de la buena comida bien presentada y el trato humano en el comercio: todo mejor que ir al impersonal supermercado de cadena, o al almacén chino de enfrente (siempre hay uno), donde lo habitual es el mal rollo.
Cerca de mi casa, en la esquina de Independencia y Entre Ríos, está el Mercado de San Cristóbal. En ese cruce se encuentran los barrios de Constitución al sudeste, el de Monserrat al noreste, el de Balvanera al noroeste y el de San Cristóbal al suroeste. Pero el mercado está en la esquina de Monserrat, no en la de San Cristóbal, vayan ustedes a saber por qué. Será otro de esos pequeños detalles que tiene toda ciudad, y Buenos Aires en especial.
El mercado conserva buena parte de su función como tal, aunque ya no del todo. Hay carnicerías, pollerías, fiambrerías, dos pescaderías, puestos de frutas y verduras, otros donde venden teléfonos móviles, un par de librerías de viejo, un zapatero, un par de bares. Pero parece que la gran mayoría de los puestos han caído en manos de anticuarios, sobre todo los del piso de arriba, y de algunas tiendas de ropa. En ese sentido, este mercado se asemeja al de San Telmo, pero con menos turismo y, me duele decirlo, con menos alegría. Está como más pobre, más gastado por el tiempo y más oscuro. Y sin embargo, mantiene su vitalidad.
Muchos puestos tienen todavía los mostradores de mármol y las cámaras frigoríficas de madera, algunas auténticamente bellas, muy bien cuidadas. Como si los comerciantes las consideraran tesoros.
El otro día, me ocurrió que una negra que supongo dominicana (por la pequeña colonia de esa nacionalidad que hay cerca, del lado de Constitución) me miró de arriba a abajo y soltó: “¡Mi amor!” Yo me quedé como un conejo encandilado por los faros de un coche en la carretera oscura. Suerte que no fui atropellado. Pero ya se sabe, todo lo que no mata al ego, lo engorda.

Un nota final: los románticos tenemos un gran aprecio por el desgaste en las ciudades, lo antiguo venido a menos. No queremos que desaparezca. Luego cuando lo arreglan y a esa zona se muda la gente de plata, nos quejamos. A mí me pasa con Palermo, que no soporto. Pero los barrios gastados vienen con problemas: la fealdad, y hasta la inseguridad. Aunque yo, que vivo en Constitución ahora, noto poca inseguridad, al menos en los últimos tiempos. En fin, la paradoja es esta: amamos estos barrios viejos, pero no queremos que los arreglen, aunque se vuelvan peligrosos. Y si no los arreglan irán cada vez a peor. ¿Qué hacemos?


Perlas

nov 23, 16:34

Siempre me han gustado los nombres anticuados que algunos comercios conservan. Buenos Aires, que para algunos cambia demasiado rápido y para otros demasiado despacio, mantiene un espíritu del pasado que en otras ciudades hace tiempo que desapareció o fue convertido en un producto Disney para turistas. Una de las cosas que más me gustan de Buenos Aires es que la ciudad permanece refractaria al turismo, por mucho que se intente domesticarla, como ha ocurrido en Palermo.

Entre los nombres anticuados está La Perla. Trato de imaginar lo que pensaría un comerciante de 100 o incluso 50 años al ponerle ese nombre a su local. Está claro que tiene algo que ver con el mítico lujo de Oriente. También con la rareza y la exquisitez. Si todas las ostras contuvieran perlas, éstas carecerían de valor, claro.

Aquí hay una pequeña lista (los asiduos a BAI saben que también soy aficionado a las listas) de Perlas de Buenos Aires.

  • La Perla (bar, Don Pedro de Mendoza 1899)
  • La Perla del Once (café, Rivadavia y Jujuy) (Aquí mantenía su tertulia de los sábados Macedonio Fernández)
  • La Perla del Oeste (confitería, Guayaquil 860)
  • La Perla de Flores (panadería, Nicasio Oroño 1478)
  • La Perla de Caballito (panadería, he perdido la dirección)

Y no olvidemos, por favor, que uno de los nombres míticos de Buenos Aires es nada más y nada menos que La Perla del Plata.


En todos los barrios de Buenos Aires hay por lo menos una tintorería japonesa, son las que han sobrevivido y se han quedado con el prestigio. En muchas, se nota que la familia lleva unas cuantas generaciones en el negocio, lo digo por el mobiliario, que no se ve nuevo o incluso parece antiguo o viejo en varias décadas. Si no está roto, para qué cambiarlo, ¿no? Y menos si el prestigio de la institución está garantizado más por la calidad del trabajo que por las apariencias de modernidad. ¿Debo decir aquí que el diseño y el culto a la novedad me aburren casi más que cualquier otra religión?
Los japoneses, en su mayoría de la isla de Okinawa, llegaron, según tengo entendido, durante la primera mitad del siglo XX y justo después de la Segunda Guerra Mundial. Es entonces cuando entran de lleno en el negocio de las tintorerías.
Recién llegado a Buenos Aires, me llamó mucho la atención esto de las tintorerías japonesas: que tantas pertenecieran a una colectividad y no estuvieran más repartidas entre las demás. No hace mucho empecé una de mis listas para estos negocios, simplemente por curiosidad, algo que siempre es uno de los principales motores y alicientes del coleccionista. Aquí va una docena de ellas, puestas en el orden en que las fui encontrando:

  • Japón (Sarmiento 3913)
  • Tokio (Borges y Güemes)
  • Marushima (Moreno 2504)
  • Gran Tokio (Independencia y Matheu)
  • Nippon (Córdoba al 2600)
  • Gran Canning (Scalabrini Ortiz 1007)
  • Tokio (Uspallata 546)
  • Japonesa (Montes de Oca 962)
  • Hiroshima (Cabrera 3545)
  • Keiko (Viamonte 330)
  • Kokeshi (Paraguay 4153)
  • Yamahi (Neuquén 1341)

En pleno Barracas, bien cerca del Riachuelo, se está construyendo el Centro Metropolitano de Diseño (CMD) sobre el solar antiguamente ocupado por el Mercado de Pescado. Buena parte del edificio original se mantiene, aunque muy cambiado y, yo diría, para bien.

Tuve ocasión de hablar un buen rato con Enrique Avogadro, director del CMD, que me contó que la función principal del Centro es “poner en el exterior las industrias creativas”. Esto significa preparar el camino para la exportación del enorme caudal creativo que hay en la ciudad. Enrique define esas industrias como aquellas que utilizan “el talento como principal insumo”. Y Buenos Aires, en ese sentido, posee un capital envidiable quizá sólo igualado por las verdaderas grandes ciudades del mundo: Nueva York, Tokio, Londres, Berlín y, con un poco de suerte, Madrid y Barcelona juntas.

El Gobierno de Buenos Aires se ha dado cuenta de esto y ha montado el CMD para ayudar a convertir todo ese capital cultural en capital financiero. La idea es de las mejores que he visto en la ciudad, aunque también haría falta una financiación más potente para un proyecto así. Esto no lo dice Avogadro, lo digo yo: hay que aclarar. Y lo digo porque hace años que existe el CMD pero no es hasta ahora que se le ha prestado algo de atención. Atención, en términos políticos, no significa otra cosa que un presupuesto que lo haga viable.

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Un comercio posmoderno

jul 10, 20:38

Está al principio de la calle Florida. Venden mochilas, maletas, gafas de sol, relojes baratos, bufandas, pañuelos; cuando llueve, sacan los paraguas; en invierno, hay pantuflas, y en verano, ojotas. No tiene especialización, como la mayoría. Es como si compraran partidas de cualquier mercancía que pudiera interesar al transeúnte y la trabajaran hasta agotar las existencias. Venden lo que les conviene en cada momento.
El sitio donde está, evidentemente, se presta para eso. Por ahí pasan miles y miles de personas al día: turistas, empleados de oficina, de otros comercios, la gente que todavía baja hasta el centro para ir de compras.
Calculo que este ha de ser un buen sitio para entrenarse como vendedor. Hay tantas cosas de distinto género, que uno tiene que desarrollar la labia, la rapidez mental, para saberlo vender. Porque está claro que la idea de este comercio es vender rápido lo que sea.
He entrado en este sitio varias veces. Lo que me llamó la atención la última vez es que también venden libros. Son todos de saldo, en unas seis mesas largas y a $5 y $10 pesos cada uno.
Es como si fuera un kiosco, pero mucho más grande y con otro tipo de mercancía. Lo llamo posmoderno porque se trata de un comercio cuya base es el relativismo: según la temporada, según lo que parezca bueno poner a la venta en cada momento, eso es lo que hay.


El tiempo es oro

jun 26, 20:20

Es absurdo, lo sé, y no tengo explicación, pero el oro siempre me ha hecho reír. El oro como palabra, el oro como metal que la gente lleva encima. No sé si esto será también una risa dirigida a nuestros valores más profundos como sociedad, entre los cuales el oro ocupa un lugar privilegiado.

Una vez me salió del cráneo una especie de aforismo que creo que desvela este asunto: La especulación inmobiliaria es a la playa lo que el oro al cuerpo de una maruja. Para los argentinos, traduzco: maruja es un ama de casa de clase media.

Pues bien, últimamente he ido anotando instancias en que el oro aparece en el nombre de algún comercio:

  • La Yema de Oro, fábrica de pastas (Directorio 4806)
  • La Llave de Oro, café-bar (Lavalle 1946)
  • Nuevo Río de Oro, confitería (Córdoba 3601)
  • El Ciervo de Oro, bar (Julián Álvarez y Velazco)
  • 9 de Oro, marca de bizcochos
  • La Bolsa de Oro, fábrica de bolsas de plástico (Luis Viale 699)

Ésta última confirma una de mis intuiciones, de hace mucho: en los ochenta tenía una compañía de teatro que se llamaba El Oro de Plástico/Plastic Gold. En la frontera entre México y EEUU, era teatro bilingüe.


La Esquina

feb 9, 15:32




Siempre describimos lo nuevo en función de lo que conocemos. Los políticamente correctos dicen que esto resta entidad al otro; pero también está claro que si algo no ha sido nombrado es prácticamente imposible verlo, mucho menos entenderlo.
Caminando por los barrios de Buenos Aires, en este caso Boedo, uno se encuentra con sitios desolados que recuerdan toda esa mitificación del oeste desolado en el presente que aparece en muchas películas: quizá Paris, Texas. Algo así. Además, he estado en muchos de esos sitios y esta esquina me los recordó sin necesidad de recurrir al cine, cosa que hago aquí para dar a entender mejor esa sensación.
No sólo era que el comercio estuviera así, tan dejado, o que al ser sábado por la tarde no hubiera obreros y los arreglos de la calle estuvieran como abandonados, también era una cuestión de la luz y del silencio que se respiraba: un silencio como de aire.


La realeza comercial

feb 5, 15:33

Siempre me ha hecho mucha gracia esto de los comerciantes de atribuirse alguna forma de realeza: el rey de esto, la reina de lo otro. Claro, es una exageración que nadie se cree, pero que va bien para vender. Y siempre son titulos reales o imperiales, nunca de la nobleza. Todavía estoy por ver algo así como El Conde-Duque del Jamón Cocido o quizá La Baronesa de las Persianas. No hay modestia, ni término medio.
En las últimas semanas he ido recogiendo algunos ejemplos de realeza comercial, parándome a apuntarlos incluso bajo la lluvia; así de serio es este Rey de los Blogs. Espero que disfruten de una nueva lista.

  • Galería El Rey del Once (Rivadavia 2627)
  • El Rey de las Telas (Lavalle 2696)
  • El Rey de la Blancura (lavadero automático, ya cerrado; Boedo 251)
  • El Rey (parrilla, choripán, hamburguesas; Costanera Sur, frente a la Múnich)
  • Rey Pizza (Sánchez de Bustamante 1161)
  • El Rey del Vino (Juan B. Justo 887)
  • El Rey de los Botones (Rivadavia 6283)
  • Rey de las Imágenes (santería; Constitución 1276)
  • El Rey de la Carne (Pavón 1488)
  • El Rey del Fussili (Fábrica de pastas La Amelia; Boedo al 1600)
  • Pasaje King (va de Potosí a Díaz Vélez, entre Pringles y Rawson)
  • La Reina de las Empanadas (Pizzería La Americana; Callao 83)
  • El Palacio de la Papa Frita (Corrientes 1612)
  • El Emperador (restaurante; 25 de Mayo 583)
  • Imperio-Pizza Real (Corrientes esquina Canning)

Seguro que ustedes encuentran un montón más. Y para eso está aquí abajo la sección de comentarios. Buena búsqueda.


Tabaquería

dic 31, 15:43

Buenos Aires es una ciudad en la que a menudo es difícil la continuidad en el consumo de un producto en particular, ese que uno prefiere por encima de los demás. Se puede haber caído la red de distribución; o la fábrica decidió cambiar, o no recibió las materias primas; o ha habido problemas en la aduana… las razones vuelan.
Cuando llegué a la ciudad, en abril de 2007, fumaba Ideales, un tabaco español de liar. Sabía que aquí no se conseguía (y no se consigue), así que tomé la precaución de traer bastante en el equipaje para un mes. Ese tiempo, calculé, sería suficiente para hacer la transición a un tabaco que aquí se encontrara y, sobre todo, que me gustara. Me gusta el tabaco fuerte. El que encontré que me venía bien, por precio y sabor, es un tabaco uruguayo: Río Novo. Los tabacos rubios, europeos y norteamericanos, que se encuentran aquí, me resultan demasiado suaves. Así que de vez en cuando mezclaba el uruguayo con un tabaco español, de marca Domingo, negro o rubio, según me apeteciera.
Al cabo de unos meses, por una razón que desconozco, se secó el suministro de Río Novo. Fumar sólo Domingo me salía carísimo, había que pagarlo en euros, claro. Así que me pasé a los cigarrillos que fumaba Carolina, Chesterfield, que se encuentran en cualquier kiosco.
Esto tuvo la ventaja de hacerme una amistad más en Buenos Aires, Ramón, el kiosquero de al lado de mi casa, un tío de Betanzos con quien he llegado a hablar más gallego que cuando vivía yo en Galicia. Pero con el verano, Ramón se fue de vacaciones, dejándome desamparado y a la busca de otro kiosco donde no me torturaran con el cambio. Por casualidad, el otro día, por la Avenida de Mayo, pasé por delante del estanco donde había comprado yo siempre mi material para fumar (tabaco, papel, filtros). Decidí entrar y hacerme con todo lo necesario para fumar una semana. Hice cuentas y me sale más barato, con mejor tabaco, que fumar tabaco ya líado. Así que he vuelto por mis fueros.

Ese estanco es un clásico de la Avenida de Mayo. Es como un pequeño emporio para hombres de mi edad (44) para arriba: tiene artículos de fumador y de escritorio, de los que también soy aficionado. El chaval que atiende, supongo que nieto del dueño, es de lo más amable y ha respondido a todas mis preguntas, incluso aquellas que me marcan como ignorante absoluto, con una enorme dosis de paciencia.
Ahora he vuelto al tabaco de liar. Tengo un estanco favorito. Lentamente me voy haciendo con esa ciudad ideal que le da el título a este blog.
Por cierto, hay un gran poema de Álvaro de Campos/Fernando Pessoa titulado Tabaquería. Vale la pena echarle un vistazo.


Día de mercado

ago 24, 18:37


Las tradiciones se inventan. Con muchas, lo que ocurre es que nadie recuerda las circunstancias o el momento de su invención. Así, las tradiciones, más que de la memoria, son hijas del olvido.
En Valencia llegué a compartir una tradición milenaria. Los amigos teníamos la costumbre de ir al mercado los sábados por la mañana; hacíamos la compra semanal y después nos íbamos a tomar una cerveza y unas tapas. Nos contábamos las vidas, intercambiábamos información, sembrábamos proyectos… Esta compra del sábado era siempre una cuestión social: convertíamos lo necesario en algo más, en una ocasión para el encuentro.

No íbamos a supermercados, claro. En Valencia hay varios mercados a los que vale la pena ir, y nuestro favorito era el Mercado Central, que da espacio para pasear—otro ambiente—y para encontrarse. Como los shoppings de ahora, pero sin el aislamiento individualista de cada comercio. Los amigos valencianos que estuvieron aquí hace poco me recordaron esta tradición de los sábados, y me ayudaron a recuperarla e incluirla en mi nueva vida en Buenos Aires. A Carolina le encantó, por lo que hemos decidido mantenerla.>Y así es como lo haremos: se trata de ir al Mercado del Progreso, en Primera Junta, entre las 11 y las 12 h., hacer la compra y luego caminar unas pocas cuadras hasta el Café Jonathan (Formosa y José María Moreno), donde tienen una excelente terraza y precios que no están mal.
Lo haremos todos los sábados. Si alguno de ustedes quiere venir y encontrarse con nosotros no tiene más que echarme un mail por medio de la página de contacto. Estoy seguro de que les gustará la experiencia y repetirán.Por cierto: en los mercados uno acaba comprando bastante verdura, y eso cambia la vida. Porque si cambia la manera de comer, cambia todo…
¿Nos vemos, entonces?


Este fin de semana teníamos que comprar algunas cosas para la casa y nos lanzamos a los bazares que quedan a partir de la esquina de Jujuy y San Juan. La mayoría se anuncia como “bazar gastronómico”, o sea un comercio donde venden de todo para bares y restaurantes: cuchillos, vajilla, baterías de cocina, toda clase de vasos, copas, tazas, equipamiento profesional… de todo. Y los precios son insuperables. La zona es como un mini-Once pero dedicado a la cocina.
Esto es algo que queda en Buenos Aires y que he visto desaparecer de muchas ciudades europeas: la zona dedicada a un solo gremio. Los estudiantes de sistemas emergentes suelen estudiar este tipo de distribución urbana, donde al parecer porque sí se juntan muchos comercios de un solo tipo. No saben muy bien la razón técnica por la que ocurre esto, pero saben que ocurre. ¡O quizá el que no lo sabe soy yo!
Por la zona también se han instalado muchas jugueterías que venden al por mayor, y unas cuantas papelerías.
Por cierto: nosotros íbamos buscando y compramos una cafetera Volturno y un juego de tazas, que buena falta nos hacían: no se puede ser hospitalario si no se es capaz de servir un café decente.



El otro día, caminando por el Once, de repente me entró una gran alegría. ¡Era el comercio, el tráfico, el tráfago, el movimiento, tanta gente! Era como si estuviera en algún lugar contado por un viajero antiguo, algún mercado del Mediterráneo oriental.
Y sí, buena parte de lo que venden es mercancía bastante cutre, pero ¿qué más da? El comercio tiene un aspecto épico que siempre me ha gustado. Marco Polo era comerciante, aunque en su caso se dice mercader, que suena como algo de más prestigio. Las grandes caravanas y las grandes flotas con sus largos viajes (anteriores a la revolución industrial) eran empresas casi heroicas que existían gracias al comercio, siempre un elemento de apertura y de intercambio cultural. Siempre. La verdad es que no siento ese desdén de la aristocracia y de buena parte de la izquierda por las clases comerciales. El comercio es una suerte de conversación, y en sus mejores circunstancias sirve para acercar a personas de distintas provenencias; sirve para que se entiendan. Es una forma de aproximación al Otro. Las rutas comerciales siempre lo han sido, también, de la información y del encuentro.

He puesto una foto antigua del puerto de Buenos Aires para ilustrar esa idea de intercambio, tanto de mercancías como de ideas, y de las personas que comercian con ambas.

Por cierto, hay un blog sobre antiguos comercios de la ciudad que no está nada mal. Es Comercios Porteños (lo tengo también en el feevy, aquí al lado, que permite ver su última actualización).