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Boedo y Florida

jun 15, 19:53

En su libro Intersecting Tango: Cultural Geographies of Buenos Aires, 1900-1930, Adriana Bergero cuenta que las elites de principios del siglo XX salían a pasear por la calle Florida por la tarde, a una hora en la que el resto de la gente trabajaba. Yo añado que no sólo tenían tiempo para pasear, sino también para arreglarse antes. Porque había que arreglarse y mostrarse. Traduzco a Bergero:

Podríamos decir que los participantes disfrutaban de su paseo mientras los demás trabajaban porque en efecto pertenecían a un grupo de parásitos económicos. Pero si lo miramos más de cerca, podríamos verlos también como que trabajaban a su manera, invirtiendo su esfuerzo en hacer un espectáculo del privilegio. En efecto, están trabajando para producir ritos sociales que los legitimen. Así, en la geografía cultural de Buenos Aires, la calle Florida se convierte en un espacio público transformado en un lugar para la ostentación pública/privada de la elite. (p. 49)

Al leer esto, de repente me di cuenta del significado profundo de la distinción literaria entre Boedo y Florida. Siempre había sabido que el grupo de Boedo era primordialmente de escritores que vivían de escribir, que estaban enganchados al mercado y todas sus violencias, mientras que los de Florida solían tener dinero y no necesitaban vender lo que escribían. Sabía que esto marcaba una diferencia de clase social que los de Boedo (Barletta y Castelnuovo, principalmente) querían marcar desde abajo. Pero lo que no había entendido, y empiezo a ver ahora, es que la distinción era emblemática geográficamente en el sentido de una calle de absoluto privilegio—que en realidad ya no lo es—y otra que no llevaba a otro sitio que al arrabal.

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Hay un poema de Nicolás Olivari al que vuelvo constantemente: Antiguo almacén “A la ciudad de Génova”. Vuelvo a él porque da una sensación de cómo era Buenos Aires a principios de siglo que no he encontrado en ninguna otra parte.
En él menciona repetidamente que el almacén de su tío al que se refiere el título estaba en la esquina de Cangallo y Ombú, y yo llevaba tiempo buscando en mapas y viejas guías ese lugar. Por fin ayer y por casualidad lo encontré.
Cangallo es la calle Perón, como todavía mucha gente recuerda. De hecho, un trocito, cerca del Parque Centenario, todavía retiene el nombre antiguo. Pero, ¿y Ombú? Ese era el problema.
En Belgrano hay una calle Ombú. Pero esa no podía ser. Primero porque no se cruza con Cangallo y segundo porque Olivari no dice nada de ese barrio. Además, Belgrano fue un pueblo separado de la ciudad de Buenos Aires y no tiene nada de raro que los nombres de las calles se repitan en localidades distintas. Tenía que ser en alguna parte céntrica de la Capital.
Durante un tiempo sospeché si no sería alguna calle desaparecida con la construcción de la 9 de Julio, pero los mapas no avalaban la idea. Tampoco me había hecho tiempo para ir a la biblioteca del Museo de la Ciudad y preguntar por mapas anteriores a 1900, y la duda fue quedándose ahí, como un pequeño defecto en la piel que uno se debería hacer mirar pero siempre se olvida. Hasta ayer.
Leyendo un excelente post sobre las antiguas pulperías de Buenos Aires, ¡salió el nombre de la calle! Y no es otra que Pasco, que al norte de Rivadavia cambia de nombre a Presidente José E. Uriburu.
Así que la esquina que llevaba buscando no es otra que la de Perón y Uriburu, en pleno Once. Ahora sólo me falta hacer tiempo para explorar la zona, hacer fotos, buscar fotos antiguas y comparar.


De vez en cuando, me encuentro con un trocito de ciudad que me enamora, o me vuelve a enamorar con ella. Tienen eso las grandes ciudades, sobre todo si uno es de fuera y ha ido viviendo en una ciudad, conociéndola, gastando la ropa y los zapatos en paseos, en la lucha por unos centímetros cuadrados en el subte o en el colectivo, en el cansancio de los caminos que uno se forja y repite día a día aunque no tenga por qué tomar un rumbo fijo. Y, con suerte, es justo cuando uno más cansado está de esos caminos que aparece ese trocito de ciudad, unas cuantas cuadras a las que uno llega más o menos por accidente, o porque tenía que hacer algo ahí y aprovechó para echar un vistazo. Así me ocurrió con la Avenida San Juan, en el trayecto de Avenida Jujuy a Avenida Entre Ríos. Nueve cuadras que me devolvieron a la primera Buenos Aires que conocí, en el 2005.

Esas cuadras de San Juan están en franca decadencia y en franco resurgimiento a la vez, como si la muerte de una ciudad trajera el nacimiento de otra. Tomé el subte A en Río de Janeiro, cambié al H en Once y volví a la superficie en la Estación Humberto 1º, que tiene salida por San Juan, justo delante del edificio de la asociación de inmigrantes japoneses. Crucé la avenida y me senté en la terraza de la Pizzería Doménica, donde me atendieron sorprendentemente bien (visto el percal del servicio en muchos establecimientos de la capital), para tomar un café y empezar a respirar el ambiente de la zona. El camarero se olvidó de traerme una cucharilla y como se dio cuenta justo antes de servirme, me preguntó si yo había traído una por casualidad. Le contesté que no hacía falta, no tomo azúcar ni edulcorante con el café.

Enfrente hay un comercio de esos que ya no quedan, o que se dejan capturar por los pijos (en argentino, chetos) que se enamoran del sitio, del ambiente, de su antigüedad y luego lo modernizan de tal manera que queda irreconocible, procediendo a la quiebra de su propio negocio seis meses después y dejándolo todo echo trizas. La Margarita es una mercería que parece que lleva ahí desde hace cien años. Por lo menos los muebles son de esa época. Y parece que la clientela también. En el rato que estuve con el café en la terraza de Doménica, sólo vi entrar a mujeres muy mayores en la tienda. Luego crucé la calle para hacerlo yo, pero me dio cierto pudor, como si sabiendo yo mismo que iba a escribir sobre el sitio me prohibiera entrar; me sentía como un delator en busca de alguien a quien delatar. Hice algunas fotos del exterior con el móvil y continué camino por la vereda impar.

Por esa vereda y caminando hacia Entre Ríos di con dos librerías de viejo bastante bien surtidas, una en el 2189 y otra en el 1911. No es el tipo de zona comercial donde uno encuentra librerías de nuevo, y menos si son de las grandes cadenas. Pero que haya un par de viejo supone que hay lectores en la zona, y eso siempre es saludable. Todavía tengo no sé si el prurito de pensar que los libros son la única barrera contra la barbarie… paso varias horas al día en el siglo XIX, quizá sea por eso. Hay una panadería-confitería con solera en la zona también, en la esquina de Pichincha, con un nombre de esos que tanto me gustan, La helvética. Es grande y está bien cuidada, parece casi de lujo, como si el cansancio de la zona no la hubiera afectado.

Más abajo queda el Hospital Santa Lucía, oftalmológico; un montón de gente en la entrada, con parches en un ojo, fumando, esperando turno. Buenos Aires tiene buenos especialistas, algunos de calibre mundial, en todas las áreas de la medicina, por lo que no me sorprende que este hospital sea bueno, eso es lo que he oído. A los lados y enfrente, claro, hay un montón de ópticas, que aprovechan el negocio generado por el hospital. Y cruzando la calle Sarandí, está el Café Miramar, un clásico.

Aquí si entré. Soy un veterano de los cafés, los bares y los restaurantes, y nada me arredra. Entré y hablé directamente con el encargado. El sitio fue una sombrerería hasta el año 50; Gardel fue uno de sus clientes, lo cuentan con orgullo todavía. Quiero escribir un artículo separado acerca de este lugar, así que ahora sólo haré un esbozo. El Miramar mantiene el ambiente de su pasado, se nota que hay placer y alegría en cómo lo llevan. La carta de vinos tiene doce páginas, y un plato habitual en el menú es el rabo de toro… tengo que ir a comer ahí.

Llegando a Entre Ríos crucé San Juan para emprender el camino de regreso por la vereda de enfrente. Ya de ida había notado que la avenida conserva edificios de principios del siglo XX, muchos en muy buen estado. Pero también hay muchas casas bajas, bastante pobres de aspecto, terrenos baldíos, y edificios altos, algunos de los años 70, otros en construcción. Es eso que decía al principio de la zona que muere y nace a la vez. Y no tiene por qué renacer en un sentido cutre, mal diseñado y construido, algo a lo que estamos habituados en todo el mundo. Este trayecto de San Juan todavía está en la cuerda floja, puede caerse de cualquier lado, o mantener el equilibrio.

De ida había pasado por delante de un cine, ahora iglesia evangelista, como es común en todas partes. De regreso, desde la acera de enfrente, lo vi en todo su esplendor, construido en ese estilo pseudo-español que algunos en los años 20-30-40 intentaron recuperar contra el afrancesamiento del resto de la ciudad. Fue una moda en otras partes de Latinoamérica, como en México, donde se construyeron verdaderos palacios en este estilo, que allí llaman “colonial californiano”.

Me llamó también la atención un local llamado Café del Biógrafo, nombre antiguo para los cines, pero el local era moderno y feo, dos categorías que no tienen por qué ir de la mano, aunque en este caso iban más bien abrazadas. Hay otros cafés, parrillas, pizzerías en la zona, algo envejecidos, oscuros. Me daban ganas de entrar, pero no quería tomar otro café (las drogas, siempre con moderación), y tenía que volver a casa a preparar la comida.

Así que llegué de nuevo a la Avenida Jujuy, que en su cruce con San Juan se convierte en la calle de los bazares. Tomé el subte E, la línea menos utilizada y peor conservada de todas, aunque a mí me gusta. En Avenida La Plata volví a la calle y caminé hasta casa. Compré pollo por el camino y lo preparé con jengibre al wok… no quedó nada mal.


Son esas cosas que se nos escapan en el trajín de la vida diaria entre las toneladas de información que se nos vienen encima como si hubiéramos tropezado justo detrás de un camión de la basura enloquecido. Para salvarnos vamos filtrando, olvidando, dejando estas pequeñas averiguaciones para la semana que viene.
No recuerdo en qué lugar supe que José de San Martín había muerto en Boulogne sur Mer. Sabía que había sido en Francia, pero no le había dedicado más atención al asunto. Así que tenía dos informaciones que no crucé por lo que decía arriba de ir posponiendo. Y uno pospone hasta que llega el accidente feliz.
Daniel, en un comentario a la pregunta del viernes, dice que lo descubrió en un libro. Es posible que yo lo haya visto en algún monumento, o en la wikipedia. O que alguien lo haya mencionado de pasada en una conversación sobre otro tema. No lo sé.

[La segunda imagen es un daguerrotipo de 1848, sacado dos años antes de la muerte de San Martín.]

[Otra pregunta que se me ocurrió el otro día tendría que ver con cuántos próceres, jefes, líderes del pasado se refugiaron de la angustia de su fracaso en una hija. Sanmartín es uno, Rosas es otro. Habría que preguntárselo, quizá, a un psicólogo historiador, o historiador psicólogo. Seguro que hay más.]


La calle del Empedrado

abr 15, 05:49

En 1801 se inauguró una plaza de toros en la actual plaza San Martín. La calle de San José hubo que empedrarla para que por ella pudieran llegar los matadores hasta la plaza. Luego cambió de nombre a calle del Empedrado, y hoy es la calle Florida.

En mis libros aparecen esta información. Es lo que he podido encontrar. Alguien me contó que esa había sido la primera calle empedrada de la ciudad y yo me lo creo: si no, ¿por qué habría la gente de llamarla calle del Empedrado? Si todas las calles son de tierra y de repente una no lo es, esa excepción llamará la atención y probablemente incidirá en la forma en que los habitantes de la ciudad se refieran a ella.

No he podido encontrar dibujos de la época, pero sí algunas fotos antiguas, de cuando Florida era la calle más elegante de la ciudad.


La calle de Rosas

mar 24, 17:28

No existe en Buenos Aires, capital, una calle dedicada a Juan Manuel de Rosas. La manera más fácil de explicar esta omisión es que en la larga disputa que hubo entre federales y unitarios a mediados del siglo XIX, ganaron los unitarios. Así que no extraña que el odiado líder federal no tenga calle en la ciudad. Lo que me extraña es que Rosas es lo suficientemente importante como prócer para que su retrato aparezca en un billete, pero no lo es como para que su nombre aparezca en una calle.

Se cuenta que fue sanguinario y represor. Creo que eso no hay manera de ponerlo en duda. Pero también lo fueron los unitarios cuando ostentaron el poder en la década de 1820, con Lavalle (que sí tiene calle) a la cabeza.

Existe la leyenda de que la Casa Rosada es de ese color como símbolo de la reconciliación nacional tras la caída de Rosas: una mezcla del rojo federal y el blanco unitario. Sería más creíble si el color de los unitarios no hubiera sido el celeste, en lugar del blanco. Los colores de la bandera argentina a su vez, también se acercan más a los unitarios que a los federales.

En parte, la mala reputación de Rosas se debe a que la historia oficial fue escrita por sus enemigos, Sarmiento y Mitre. En el siglo XX hubo otros historiadores que intentaron rescatar su figura y lo lograron a medias. No es fácil defender a un líder sanguinario, aunque sus opositores también lo fueran. Ya se sabe que la historia la cuentan los vencedores.



Hace unos días fui a almorzar con Robert. Mientras tomábamos el aperitivo, sacó varias fotos antiguas de la ciudad que llevaba para mostrar a sus clientes para un tour del centro. La que aparece aquí me llamó la atención y le pedí una copia.
Este es un fragmento de la foto, porque lo que me atrae es que a la derecha se ven edificios que ya no existen, derribados para el ensanche de la calle Corrientes, pero ese cartel colgado en la esquina que me parece verdaderamente excepcional. ¿Alguien sabe si se conserva una copia en alguna parte?


Calles y rubros

jul 17, 19:36

En mi cuaderno he ido anotando calles en las que los comercios tienden a especializarse en una sola cosa. El título de la entrada es: “Calles de un solo gremio”. Luego descubrí que aquí, en lugar de gremio, dicen rubro. Lo busqué en el diccionario y pone que rubro se refiere más bien al título de algo, al letrero. Así que llamar rubro a un gremio, o a una actividad económica, como dicen los burócratas españoles, es una innovación, probablemente también burocrática, de aquí.

Estas calles de un solo rubro son muy antiguas. Se sabe que las ciudades se organizaban de esta manera; había una calle de los talabarteros, una de los cesteros, otra de los ebanistas, de libreros, etc. En Valencia, donde viví bastantes años, muchas de las calles de la ciudad vieja todavía llevan el nombre del gremio que las ocupaba; mi favorita: la calle de la cordelería (corretgeria, en catalán); aunque también existe una calle de los juristas y otra de las comedias (ahí estaba el corral de comedias, o teatro, en el siglo XVII).

Alguien me dijo, hace muchos años, que en Calcuta hay una calle llena de cafés con librería, en los que puedes sentarte y pedir un café y un libro. El camarero también es librero. Luego puedes simplemente leer y dejar el libro cuando te vas, o comprarlo. Ir a ver esto siempre ha sido mi única razón para ir a la India; pero no he tenido tiempo. he vivido toda la vida entre libros, y es algo de lo que no me canso nunca. De hecho, lo que más me interesaba de Buenos Aires la primera vez que vine, era recorrer la calle Corrientes, conocida por sus cafés, sus teatros y, sobre todo, sus librerías.

En Buenos Aires todavía quedan algunas calles gremiales. Germinal Nogués, en su interesantísimo Buenos Aires, ciudad secreta, comenta algunas. Yo copio una parte y aporto algo más de información en la lista que sigue.

  • Paraná, entre Rivadavia y Corrientes: electrónica y artículos de pesca
  • Scalabrini Ortiz: lanas
  • Libertad, entre Rivadavia y Corrientes: joyerías; y entre Corrientes y Lavalle, electrónica de segunda mano
  • Lavalle: telas y mercerías
  • Larrea: lencería
  • Defensa: antigüedades
  • Pasteur: relojerías
  • Belgrano: muebles
  • Talcahuano, llegando a Córdoba: ortopedias e instrumental médico; y entre Corrientes y Lavalle, librerías de Derecho

Estas son las que he recorrido, y añado las que me pasa Roberto en su comentario:

  • Vicente López, entre Azcuénaga y Pueyrredón: cabarets y compañía femenina por un puñado de dólares
  • Reconquista, entre Paraguay y Alem: bares pseudo irlandeses
  • Warnes: repuestos y piezas de automóviles, de segunda mano
  • San Martin, entre Corrientes y Rivadavia: bancos y casas de cambio de moneda
  • Godoy Cruz, entre Córdoba y Santa Fe: travestis (hasta que los corrieron al Rosedal)

Pero seguro que hay más, así que conforme vaya sabiendo de ellas, las incluiré en la lista.