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Nacional

ago 20, 16:02

Lo de ir por la calle con prisas, de una reunión a otra, a la hora del almuerzo es mal asunto. A mí me embarga la ansiedad por todos lados: tengo que encontrar un sitio donde me dejen fumar (o que tenga terraza, incluso en invierno), que sea barato y que tenga algo interesante en el menú. Lo del tostado de jamón y queso con un café o una gaseosa siempre es la opción de último recurso.
Ayer, a toda prisa, por Perú, en el 858 me topé con la pizarra del restaurante Nacional (que como me explicaron no es El Nacional, que es otro, sino Nacional a secas). La pizarra anunciaba el clásico menú ejecutivo de entrada, plato principal, bebida, postre Y café por 30 pesos. Más abajo, sin embargo, proponía otro menú de 19,90, que es la mejor forma de decir 20 sin decirlo, que podía ser de pasta casera, sopa del chef, ensalada (menú light) o sandwich gourmet más bebida y café (o postre). Ese último el del sandwich me atrajo porque pedirse un tostado, un agua con gas y un café ya te puede salir más caro en la mayoría de los sitios.
Me senté en la terraza. Hacía algo de viento, que se me llevaba la servilleta a cada rato, pero no tenía frío. El sandwich gourmet, cuando llegó, y llegó rápido, esencial porque tenía prisa, me encantó de vista. Siempre sospecho de la palabra gourmet, porque pertenezco al clan de los amantes de la comida popular, aunque no exclusivamente, y concuerdo con Álvaro Cunqueiro en que el gourmand debe ser capaz de apreciar todo tipo de comidas.
El sandwich: el pan era una focaccia con aceitunas negras tostado, en su punto, ni demasiado blando ni demasiado duro. Contenía pollo grillado, rúcula, escamas de parmesano y tapenade, que al parecer es una mayonesa de atún. Como guarnición, venía una cucharada grande de pisto o samfaina de cebolla y pimientos, o como dicen aquí, esos ingredientes caramelizados. Metí el pisto en el sandwich y le pegué una mordida. Cuando me di cuenta ya no quedaba nada, así de bueno estaba. Hasta las notas que estaba tomando de la reunión anterior y para la siguiente quedaron olvidadas sobre la mesa.
Para el café entré a hablar con la chica que me estaba atendiendo. Mi idea era preguntarle un par de cosas, ya que había decidido que lo del sandwich había que contarlo aquí. No le pregunté su nombre porque siempre me ataca la timidez cuando voy con el Buenos Aires Ideal por delante y no quería que pensara que intentaba ligar, o algo por el estilo. En todo caso fue muy amable y pronta en el servicio, cualidad que escasea notablemente en los restaurantes que tiran a finos en esta ciudad.
Lo bueno de la experiencia es que ya tengo otro lugar donde parar en San Telmo cuando ando con prisas a medio día y, como siempre, ligero de plata.
Eché un vistazo a la carta y también sirven cócteles. Soy bebedor de manhattans, negronis y dry martinis (no necesariamente en ese orden), así que también hay ahí otra cosa que probar.

Por cierto, la celeridad con la que me comí el sandwich evitó que le hiciera una foto. Así que este post va sin ilustración. Lo siento, porque también, como ya dije, era bonito de ver.


Café de García

ago 3, 18:16


El viernes pasado fuimos con Pep, Gemma y Andrés a comer al Café de García en Villa Devoto. Yo había estado en dos ocasiones anteriores, ambas después de una inauguración en Caja de Arte, y ambas con mi compañero de aventuras restauranteras, Alberto Méndez, la última el sábado anterior.
Ese día hacía frío y Alber no quiso sentarse fuera, donde se puede fumar, así que entramos, y para mi sorpresa, descubrí que en el García tienen también un salón fumador. Si el lugar ya me gustaba, ahora podía convertirse en uno de mis favoritos.
Seis días después, con mis amigos españoles, fumadores empedernidos, decidimos ir. Como Andrés y yo teníamos que decidir algunas cosas en cuanto al blog y yo quería que dibujara el Café de García (además de que hacía tiempo que no nos veíamos las caras), lo llamé y quedamos.
Al llegar al Café, no había sitio en el salón fumador. El dueño me reconoció de la vez pasada y tuvimos una breve conversación. Decidimos tomar una cerveza mientras se desocupaba una mesa en el salón interior.
El Café de García es un clásico de Villa Devoto. Conozco a gente en la ciudad cuyos padres o abuelos iban ahí a jugar al billar, para el cual hay dos mesas, además de otra para jugar al pool, menos interesante. El bar está decorado con fotos antiguas, carteles, publicidades y dos banderines del Barça. La barra es espectacular, de esas grandes que había antes, aunque ya no la usan los clientes, una costumbre que en Buenos Aires se ha perdido.

El salón fumador es un verdadero museo de antigüedades: armas, equipo de deportes, herramientas de trabajo y de cocina, botellas, cajas de diversos productos, un mapa de la zona de cuando se loteó. Es un espacio—cómodo con dos buenas ventanas para ventilar cuando hay mucho humo—en el que la vista no tiene tiempo de aburrirse.
El camarero no trae el menú, sino que recita los platos del día. Uno tiene que estar atento porque la retahíla viene a toda velocidad.
Andrés y yo pedimos la milanesa napolitana con fritas, Pep y Gemma prefirieron los ravioles con estofado: todo bueno. Comimos bien, bebimos bien, la conversación iba de risas, pedimos café, nos quedamos un buen rato, principalmente porque estábamos tan a gusto.
El Café de García tiene una picada especial que ofrece los jueves, viernes y sábado por la noche. Se compone de multitud de platitos, bebida, y creo que postre y café. Lo que está bien pensado de esta picada es que es para ir a pasar la velada: hay que hacer reserva y la mesa es tuya para toda la noche. Probaremos y lo contaré aquí.

Este miércoles, Andrés añadirá un dibujo del bar: nos reíamos con lo de que escribir es más rápido que dibujar y que por eso aparece mi post antes que su dibujo. Pero claro, sólo estamos atendiendo a nuestro plan de publicación habitual.


Bares para fumadores

abr 20, 15:28


Iré añadiendo otros conforme los vaya encontrando. Si ustedes encuentran uno que no está en el mapa, no duden en dejar el nombre, la dirección y alguna pequeña nota sobre el bar y su experiencia en él, en la sección de comentarios.


Hace unas semanas colgué aquí un artículo sobre los cafés, su función social, su lugar en la ciudad. Pero creo que algo me quedó en el tintero, algo más específico sobre los cafés de Buenos Aires.
Como ya dije, los cafés cumplen muchas funciones más allá del dar de comer y beber a los transeúntes. Hay cafés con tertulias literarias o artísticas; con lectura de poemas una noche a la semana; con música en vivo; con libros y juegos de mesa; con la prensa del día; con fútbol en la tele. Si uno se pone a averiguar, encontrará que hay ciertos escritores que siempre están entre tal y tal hora en el mismo café; si uno no se comporta como un imbécil, puede acercarse y entablar conversación: recomiendo no hacerlo si se los ve en el acto de escribir. Estas actividades se pueden observar en cafés de todos los barrios de la ciudad, no tienen por qué ser exclusivamente los del centro.
Hay cafés que se han convertido en museos. El Bar Palacios tiene una importante exposición de cámaras fotográficas. El Café Tortoni se ha convertido en un museo de si mismo, y está siempre lleno de turistas que pagan por la “experiencia” de un café clásico del Buenos Aires de otro tiempo. La Confitería Ideal es un museo de la decadencia de ese Buenos Aires, algo así como lo opuesto al Tortoni. El Federal, el Margot y el Bar de Cao, todos del mismo dueño y con la misma carta de comidas y bebidas, son museos del café viejo, un poco falsos, pero con esa falsedad lo suficientemente bien disimulada como para atraer principalmente a un público local, incluso de barrio.
Muchos cafés se perdieron, aunque todavía existen. En los 90, hubo un auge de remodelaciones en los que primaba el latón y el mosaico de segunda. Así se creó un café genérico de Buenos Aires que siempre intento evitar. Pasó en todas partes, esto, así que no hay por qué culpar a los porteños de esta mala interpretación de lo nuevo.
Luego están los cafés muy de barrio, en los que rara vez para alguien que no sea de por ahí. El servicio suele ser malo porque la mayoría de los clientes son habituales y no requieren la cortesía (una forma de distancia) que el extraño aprecia. Cerca de mi casa hay uno que me gustaba por el desgaste, el paso del tiempo que se ve en él; pero después de un par de veces dejé de ir porque no me apetecía hacer el esfuerzo de convertirme en habitual… y es que aparte de no poder fumar adentro, tampoco me dejaban sacar una mesa a la vereda, sobre la que hay un toldo considerable.
Lo que más he echado en falta en los cafés de Buenos Aires es una barra a la que puedan arrimarse los clientes. La barra es importante cuando uno es de fuera, porque permite hablar con el de al lado, iniciar conversaciones que luego se pueden convertir en amistades, aunque sólo sean de café. De esto tengo una amplia experiencia en otros países.
Ocupar una mesa implica cierta soledad. El esfuerzo de ir a otra mesa a entablar conversación es muy grande. También ocurre que la mesa se convierte en una especie de espacio privado y a uno, o a muchos, no les gusta que un desconocido se acerque, sea cual sea su misión.
El uso de la mesa, y el desuso de la barra, han creado un tipo de vida en los cafés que es más o menos asocial, disgregada, dispersa. No se quiere entrar en contacto con el otro. ¿Es esto un reflejo de la vida en la ciudad? Yo creo que sí.
Creo que refleja la desconfianza que sentimos los habitantes de Buenos Aires hacia lo que queda fuera de nuestro círculo. Yo tengo la costumbre de hablar con quien sea, donde sea; uno nunca sabe lo que puede llegar a aprender de otro, del desconocido en la calle que te pide un cigarrillo, de la persona que está haciendo la misma cola o va en el asiento de al lado en el colectivo, etc. Pero lo que no me atrevo es a acercarme a otra mesa en un café a entablar conversación. Ahí hay un código que todavía no acabo de comprender.
Luego también está la cuestión del tabaco. Los cafés fueron siempre inclusivos, cualquiera podía entrar y tomar algo… siempre que pudiera pagar. Y la idea era también que cualquiera pudiera hablar con quien quisiera, así se armaron organizaciones de todo tipo en el pasado, desde partidos políticos, hasta movimientos artísticos y clubes de fútbol. Pero esta prohibición es excluyente, y hay que saber que lo excluyente y lo exclusivo conducen al silencio social, o a la eliminación de posibilidades sociales y por tanto, a la disgregación y la desconfianza.

Llevo todo este artículo hablando en términos más o menos negativos. Pero esa parte de mi teoría de los cafés. Lo que debo decir para concluir esta segunda parte de mi teoría, y para abrir la posibilidad de una tercera, es que amo los cafés. No puedo, no quiero, concebir un tipo de vida urbana (y la hay) en la que no exista la posibilidad de usar estos espacios medio públicos, medio privados, para mejor estar en la ciudad.


Teatro de los cafés

mar 9, 15:20

Ustedes habrán notado que en este blog escribo mucho sobre bares y cafés; hasta yo me pregunto por qué. Aquí va una pequeña teoría.
Antiguamente, los hombres iban al bar porque en casa no se podía estar. Quizá su casa era un cuarto en una pensión. O una casa de familia, en la que vivían demasiados, o unos pocos malavenidos, o había niños que lloraban, etc. O el único espacio donde en invierno había calor era la cocina, y el hombre ahí estorbaba. Y si tenía ideas literarias, claro, el ruido, la actividad a su alrededor, serían insoportables.
Se iba al café donde había una estufa, había conversación, o se podía sentar a una mesa donde lo dejarían en paz con sus pensamientos, sus libros, sus papeles.
No se iba al café para salir de lo cotidiano; ese ya era un espacio cotidiano. Se iba porque en el café se estaba se estaba mejor físicamente, y socialmente. Era el punto de encuentro de una red de conocidos, ya fueran todos del barrio, o vinieran de toda la ciudad o incluso de fuera. El café era un cruce de caminos; no por nada es habitual que en Buenos Aires ocupen esquinas.
En los cafés se crearon clubes políticos que luego crecieron y se convirtieron en organizaciones que tuvieron repercusión en la historia de sus países. A partir de las tertulias literarias, se armaron movimientos de vanguardia. El café era el lugar para ir a hablar de lo que uno estaba haciendo o pensando, a compartir ideas, a encontrar gente que pensara igual y reforzara lo que uno ya sabía. Entre las masas amorfas de la gran ciudad, en el café todas las caras eran conocidas o se podían conocer, todo el mundo tenía nombre. Era un lugar en el que se podían establecer lazos personales y escapar de la mala sorpresa del anonimato propuesto por la gran ciudad. Punto de encuentro, punto social, lugar donde verse las caras, donde reforzar lo que uno creía o cambiar de opinión, el café era la respuesta contra la soledad.
Entre las clases altas el café proporcionaba todos los servicios que uno debía aportar si recibía gente en su casa, pero sin el trabajo, el gasto y el riesgo social que eso suponía. Era un sitio para ser visto y dejarse ver. Eso se parece un poco a Facebook, ¿no?
Hoy en día el café sirve como oficina, como sala de estar, como punto de encuentro a medio camino, y los habitantes de la gran ciudad lo usan para no tener que encontrarse en la intemperie, o en un territorio demasiado privado. Con toda la tecnología de comunicaciones que tenemos, el café sigue siendo el lugar para hablar y vernos las caras. Esa inmediatez no la aporta ni videoconferencia más limpia. La presencia tiene un valor enorme.

El café es el lugar donde nos vemos vivir unos a otros, donde nos contamos lo importante fuera del círculo íntimo. Es un punto intermedio entre esa intimidad y el anonimato. Si a mí me interesa saber cómo son los cafés de Buenos Aires, es porque quiero ver cómo es esta ciudad; ahí puedo observar el ir y venir de las personas y de las palabras.
Más adelante contaré algo sobre mi experiencia aquí, y veré si puedo extraer algunas conclusiones acerca de cómo funciona la sociedad en la que ahora vivo.


Bar Roma

mar 6, 16:42


No sé en cuántos bares en Galicia he estado, idénticos a éste. Las repisas con botellas antediluvianas, ya inútiles, muerto el contenido; las sillas, de madera, preciosas pero viejas, algo inestables; las mesas a juego pero con la tapa de formica, para darles unos años más de vida; lo mismo con la barra; la pintura de las paredes, de aceite, con una capa encima de otra y con color crema a dos tonos, imperdonable; ventiladores pendientes del techo que por obra de no se sabe qué siguen funcionando; tubos fosforescentes para iluminar el salón reduciendo el gasto; todo relativamente limpio o sucio, según como quiera uno el vaso, si lleno a medias o medio vacío; una cámara de madera, de gran belleza y con muchos años, detrás de la barra; el suelo entre desnivelado y ondulante, y eso antes de haber tomado nada; un viejo que hace un esfuerzo para levantarse, apartar la vista del periódico y preguntar, a distancia, qué quiero.

Todo esto suena a queja o a disgusto, ¿no? Al contrario. Me encantan estos bares por los que el tiempo no ha dejado de pasar. Los prefiero mil veces antes a los nuevos, con sus maderas sintéticas y su exceso de latón, de lamparitas empotradas en el techo y de precios abusivos.

Tenía que volver al Bar Roma y volví, con mi buen amigo Bruno Dubner, que es quien me lo recomendó en un principio. Él vivió un tiempo por la zona y desayunaba allí todos los días. El primer párrafo de este post lo escribí en uno de mis cuadernos la primera vez que visité el bar. La segunda, ya con Bruno, fue para tomar una cerveza, comer algo—los sandwiches son buenos y baratos—y hablar de lo que siempre hablamos, de arte, literatura, esas conversaciones de café. Bruno, como yo, ama los viejos bares y la conversación.

Después del almuerzo, con el café, Bruno me recomendó que probara el orujo, así que me pedí un vasito. De primera. Esas botell as que yo consideraba muertas al principio, no lo están. El aguardiente es suave, se deja beber con tranquilidad en medio de las palabras y el café,
y uno de nosotros que continúa la conversación desde afuera, por la ventana abierta, mientras se fuma un cigarrillo. Este es el tipo de bares que, aunque no me dejen fumar, yo me anoto como oasis en medio del trajín de la ciudad. Cada vez que alguno me encuentra (mejor que decir que los encuentro yo a ellos), me siento un poco más arraigado aquí, más contento de vivir en Buenos Aires.
El Bar Roma, en la esquina de San Luis y Anchorena, ya está en mi lista y es mi paradero oficial cuando estoy por la zona.


Café & Cigarrillo

ene 3, 17:34

A menudo me preguntan amigos españoles y argentinos cómo hago para disfrutar de mis dos vicios favoritos: el café y el tabaco simultáneamente y fuera de casa. En otro artículo ya comenté mi placer en las barras de los bares, prácticamente irrecuperable en Buenos Aires. Y lo es por varias razones: la más evidente es que se ha perdido la costumbre de la barra, otra razón es que el café es, en términos relativos y absolutos, más caro aquí que en españa. ¿5 pesos por un café, un euro veinte? En España está como a un euro el café… aunque allí ganan euros y aquí ganamos pesos. Entonces, al cliente no le conviene usar la barra, que es para tomar algo rápido y seguir camino. Si tiene que pagar ese precio tan caro por el café, no le queda otra que quedarse una o dos horas, ocupando una mesa y considerando que el precio alto incluye el alquiler del espacio en el que se ha instalado. O quizá sea al revés: el café es tan caro porque la gente se queda mucho tiempo, ocupando una sola persona una mesa para cuatro, y los bares se ven obligados a cobrar el uso de su espacio. En cualquier caso hay que considerar que el precio del café incluye el alquiler de la mesa por lo menos durante una hora.
Pero siendo fumador, no me puedo quedar una hora leyendo o escribiendo sin encender un cigarrillo. Simplemente se convierte en una tortura de ansiedad y mal humor el rato que debía pasar cómodamente en ese bar, o living room público. Así que en los meses que llevo en Buenos Aires me he ido haciendo una lista de los bares que permiten fumar; esos son los sitios a los que voy, los demás ni los considero: no entro en un espacio en el que no puedo estar tranquilo y encima tengo que pagar.

Aquí está mi lista de cafés y bares con espacio para fumadores:

  • Tortoni, en Avenida de Mayo 825. No voy casi nunca porque está lleno de turistas y es caro por eso.
  • London City, en Avenida de Mayo y Perú. Este es el sitio al que voy cuando estoy por la zona.
  • La Biela, en Avenida Quintana 600. Un poco garca y caro, pero el servicio es bueno.
  • Margot, en Avenida Boedo y San Ignacio. En el corazón del barrio de Boedo, un bar antiguo, reformado, en el que durante el verano la terraza está siempre llena.
  • El Federal, en Carlos Calvo y Perú. Otro bar antiguo, mi favorito en San Telmo.
  • La Perla, en Rivadavia y Jujuy. Es feo, reformado en los 90 con vidrio y latón. Aquí tenía su tertulia en los años 20 Macedonio Fernández.
  • Tolón, en Santa Fé y Coronel Díaz. Cafetería moderna, cómoda, sin grandes encantos excepto que permite fumar.
  • Café del Carmen, en Rivadavia y Avenida La Plata. Me queda cerca de casa.
  • Jonathan, en José María Moreno y Formosa. Tiene una terraza que en invierno cierran y calefaccionan, con lo cual parece más interior que exterior; donde paro cuando vuelvo del Mercado del Progreso, y muchas otras veces para leer o escribir.
  • Cafetería de la Estación Retiro. Es enorme, con techos altísimos.
  • La Paz, en Corrientes y Montevideo. Otro bar mal reformado (malditos 90), pero en un buen sitio.


El Café Miramar

dic 22, 19:36

Llamé a Alberto Méndez y le dije: Vamos a comer al Miramar. Genial tener amigos cómplices para el almuerzo. Él hacía tiempo que no iba, pero lo recordaba con cariño; yo no había comido ahí nunca. El Miramar es un bar gallego de esos de toda la vida, actualizado, sí, pero todavía bien aferrado a la tradición: buena comida, buen vino, poca ceremonia, sin tonterías.

Los dueños son de Lugo y se nota la sobriedad montañesa. Los gallegos de mar son más expansivos, quizá más duros, también, como toca a cualquier nación marinera. Yo me pedí el rabo de toro, por cuestión de nostalgia, y lo encontré bueno, tierno, además de lo entretenido que es ir sacando la carne de las vértebras. Méndez pidió la bondiola, conservador, y no dejó nada en el plato, por lo que, o tenía hambre, o aquello estaba bueno de verdad.
Lo enjuagamos todo con un tempranillo de Viñas de Narváez que se dejó beber bastante bien. Lo escogí porque me pareció que un tempranillo iría mejor con el rabo de toro que un malbec, más ácido… y creo que acerté. La carta de vinos tiene doce páginas, así que hay para escoger. La parte delantera del local funciona también como tienda de vinos, y eso ayuda.

El Miramar es un sitio de esos en los que te dejan comer en paz, y encontré que el local se abre perfectamente a la conversación. Esto no es tan fácil de conseguir como parece. Muchas veces el ruido reverbera por las paredes, o uno está incómodo porque no hay suficiente espacio entre las mesas, o los camareros tienen esa horrible costumbre de interrumpir para preguntar si todo está bien. Aquí estuvimos la mar de a gusto. Tanto que después de los postres (queso con membrillo para mí, unas natillas para Méndez), nos tomamos dos cafés cada uno.
Esto es lo que más me gusta, creo, en la vida: comer bien, beber bien, conversar largo y tendido. El Miramar está en mi lista de lugares donde se puede hacer.


La Embajada

dic 16, 20:41

Soy amante de los bares viejos. Los que están verdaderamente gastados por el tiempo, con una clientela fija que lleva ¿cuánto, 30, 50 años yendo al lugar?
Uno en el que me gusta parar cuando ando por Avenida de Mayo es La Embajada, el bar asturiano de la esquina de Santiago del Estero e Hipólito Yrigoyen. El sitio está hecho polvo, es verdad, y los grifos de cerveza, antiguos, con boca de cisne o de pato, son muy bonitos, pero ya no funcionan.
Me gusta arrimarme a la gran barra de metal—en Argentina se llaman estaños, aunque ya nadie las hace de ese material—y pedirme una cerveza (un tercio, o en argentino, un porrón), una cerveza rápida para quitarse la sed y continuar camino.
Un día hablando, con el camarero, me dijo que por las tardes, a eso de las seis, cuando cierran las oficinas, sirven tapas y jerez, que me encanta. Lástima de la hora, yo algo así lo prefiero a mediodía o más tarde, antes de cenar. Igualmente, tendré que pasarme un día a ver cómo lo hacen.
Éste es uno de esos viejos bares españoles que poblaban la Avenida de Mayo. Por lo que he visto, viajando, los mejores bares del mundo están en España, o en el exterior, son regentados a la manera española. En cuanto a este, cuando me preguntan, no está mal caer en el juego y decir: voy a La Embajada a tomarme una birra. Quedas como un rey.


En España ir al bar a tomarse un café, una cerveza, un vino, es algo tan normal, tan de la vida diaria, que nadie le presta demasiada atención. Yo crecí en México y en Estados Unidos, así que cuando volví a España y me encontré con esa cultura del bar, me pareció algo tan maravilloso que enseguida me uní a ella. En los bares, yo trabajaba, escribía, conversaba, encontraba el tiempo para estar solo y para estar acompañado. Llegó a un punto en que pensé que sin los bares no valdría la pena vivir en España. Ese punto fue cuando el gobierno amenazó con prohibir el tabaco, una de nuestras mejores drogas sociales. Por suerte, se puso marcha atrás a ese proyecto, y en los bares y cafés de España se siguió haciendo la vida de siempre, la nuestra.

Cuando me mudé a Buenos Aires, era conciente de la fama de los cafés de la ciudad. Pensé que no me costaría nada la transición de una tradición a la otra. Pero no ha sido así. Hay muchas cosas que echo de menos de mis viejos bares. Una de ellas, como sabrán mis lectores, es la posibilidad de fumar con el café, en soledad o durante la conversación. Claro, he logrado encontrar cafés en los que tienen una sala para fumadores, o una terraza que se puede utilizar tanto en verano como en invierno, pero no es lo mismo. Me falta la barra.

En los cafés de Buenos Aires no se utiliza la barra, por lo menos por parte de los clientes. Hay que ocupar una mesa. Esto crea una situación extraña para mí. Las mesas dividen, no suele haber intercambio ni conversación entre una y otra. Ante la barra ocurre lo contrario, se abren conversaciones entre extraños, se encuentran los amigos, o se puede estar solo. La barra es un espacio de libertad.

Balzac dijo que la barra de un café es el parlamento del pueblo. Y en efecto, es el sitio donde mejor se habla, en España, sea de fútbol, de política o de arte… de arte menos. Es el verdadero punto de encuentro en la gran ciudad o en el pueblo. Un lugar en el que estar que no sea la pobreza social de la propia casa.

Este año di una clase de poesía para estudiantes norteamericanos, la di en las calles y en los cafés, siempre cambiando, siempre intentando explicar la conexión entre los poemas y la ciudad. Una alumna me preguntó por qué me gustan tanto los cafés. Yo no me lo había preguntado hasta entonces. La respuesta: son los mejores sitios para conversar, con otros o con uno mismo, para escribir, para estar en la ciudad, recogidos, resguardados del tráfico y de la intemperie.



No tengo mucho tiempo, pero a veces cuando me harto de estar delante del ordenador (muchas horas, últimamente) salgo a dar una vuelta. La clave de las vueltas, claro, es evitar los caminos que se recorren a diario, los que se borran a la vista porque ya no hay nada nuevo que ver. Un problema con los paseos breves, los que son para aliviar un poco la mente del trabajo, es que no pueden ser en el otro extremo de la ciudad, hay que darlos cerca o dejarán de ser breves. Y con eso uno corre el riesgo de volver a los caminos habituales, los de la ceguera.

Por esa razón me reservo zonas, evito lugares y calles, para recorrerlos cuando me hace falta de verdad ese paseo. Así por Pedro Goyena, que no queda lejos de mi casa y que hacía mucho que no caminaba.

Agarré por ahí el otro día hacia Puán con la triple idea de estirar las piernas, descansarme los ojos y comprar un libro en la librería Biblos, que al estar cerca de la Facultad de Letras tiene una excelente selección de material serio—cero bestsellers, poco ruido. En Biblos me dejaron hacer una foto de un cartel que tienen que me hace gracia porque para un valenciano indica que los libros sólo se pueden cambiar del 1 al 19 de marzo.

Saliendo, me fui a tomar un café a la confitería Sócrates, esquina de Goyena y Puán, que aunque es un sitio bien porteño lo tiene todo para aliviarme de la nostalgia de mis bares favoritos: una buena terraza y ¡precios altos! (Uno de mis bares habituales era exactamente lo opuesto, y eso que la clientela era de postín). Ahí me estuve un buen rato con un café bastante potable, aprendiendo a leer el libro nuevo, Materia y memoria, de Henri Bergson, que me viene muy bien para una conversación prolongada en el tiempo y a través del océano que mantengo con mi buen amigo Pep Izquierdo


Hace un montón de años en Santiago de Compostela, llegué a frecuentar un café viejo, descascarado, mugriento con el polvo de años mezclado con la nicotina que los fumadores íbamos (como un daño colateral) adhiriendo a las paredes nada más exhalar. Estaba en el casco antiguo y se llenaba de universitarios, artistas y una buena tribu de jubilados que hacían el mayor ruido posible golpeando las fichas del dominó contra el mármol de las mesas. Solía estar lleno, y a menudo había que tomarse el café o el vino de pie ante el mostrador, cosa que prefiero de todas maneras.

Pero el dueño se jubiló y traspasó el negocio a unos jóvenes que lo mantuvieron cerrado unas semanas para limpiarlo y remodelarlo. Cuando abrieron, la parroquia desertó. Los precios no habían variado, pero la seguridad que muchos encontrábamos en la vetustez—y la mugre—del local había desaparecido. La mayoría nos buscamos otro bar que cumpliera los requisitos: tradición, historias (más que Historia), la posibilidad de que ahí hubiera pasado algo—cualquier cosa—, pero sobre todo la idea de un encuentro con el pasado vivo, tan importante en una ciudad y una sociedad en la que ya se notaban los estragos de la museificación/disneylandización que ahora definen tantos lugares de Europa. Luego también estaban los estragos de la remodelación… por más que ésta le hiciera falta al local, o a sus dueños.

Sigo buscando esos bares viejos. Evito los nuevos—y más esos minimalistas hiperlimpios en las formas que siguen ese estilo internacional-europeo que prefiere la frialdad desacogedora a la calidez de que tiene como efectos el encuentro y la conversación. También evito aquellos bares remodelados en los noventa con un exceso hortera de latón y espejos; Buenos Aires y muchas ciudades españolas parecen haber sufrido esta plaga, esta pequeña desgracia—o pérdida de gracia, ese don de Dios.

De los bares viejos, prefiero los viejos de verdad, aunque soy bien capaz de frecuentar un bar recuperado (puesto en valor, que dicen aquí), si retien algo de la mugre de los años, de las huellas de una clientela de décadas, un aire a ruina que, por un milagro del comercio, sigue en pie. Eso sí, la cocina limpia como un quirófano, ¿eh?

Si quieren, pueden dejar en un comentario aquí abajo el nombre y la dirección de algún bar favorito. Haremos una lista. No hace falta que sean locales históricos: sólo que cumplan los requisitos que mencioné arriba.