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Últimamente voy con alguna frecuencia a La Plata. Al principio utilizaba el servicio de colectivos que tiene parada en Lima e Independencia (también hay combis), pero pronto opté por tomar el tren, que puede tardar 20 ó 30 minutos más en llegar, pero me gusta más y en realidad es más cómodo… si no me toca viajar de pie. Admito que esto de preferir el tren es puro romanticismo: me gustan más las estaciones, el ambiente de sus alrededores, la vista desde el tren, que siempre tiene una mayor relación con las poblaciones que la autopista.
Una tarde de lluvia, no hace mucho, de regreso a Buenos Aires, saliendo de la estación de Constitución por la calle Lima, me dio la impresión de haber entrado súbitamente en Blade Runner. El gentío, los comercios iluminados, los puestos de venta en la calle, el vaho en los ventanales de restaurantes y cafés, el humo de autos y colectivos, el agua vaporizada en el aire. Era de día pero estaba oscuro. Esa sensación de haber entrado en otra realidad, una imaginada en parte por Philip K. Dick y Ridley Scott, tardó horas en abandonarme.
Desde ese día, siempre que llego a Constitución me encamino a casa a pie. Pero no he vuelto a sentir eso tan raro de estar en otro mundo.


La ola de Palermo

mar 24, 13:02

El mes pasado, una tormenta terrorífica inundó partes de la ciudad. Este video es impresionante.


Para Pep Izquierdo

No sé bien si en los tiempos que corren (como siempre buenos y malos a la vez, según quien los viva) tenga sentido o sea buena o mala idea comentar que una de mis aficiones favoritas es sentarme en la terraza de un café a mirar—no a la gente, así en general—sino a las mujeres que pasan. Con el tiempo que llevo en Buenos Aires, creo haber descubierto que uno de los mejores sitios para mi humilde vocación de flanêur, o simplemente de mirón, es la esquina de Tucumán y Rodríguez Peña. Ya ahí, me acomodo ante una de las mesas del café Mar Azul, me pido un carajillo y dejo que se me salgan los ojos de la cabeza… como en los dibujos animados.
Por esta esquina pasan mujeres para todos los gustos. Hombres también, supongo, pero no he prestado atención. Como se trata sólo de observar, sin molestar, sin fijar la mirada en nadie, sin decir nada, puedo practicar mi afición sin prejuicios. Me puede llamar la atención alguna parte de un cuerpo, o una forma de caminar, o un estilo al vestir, o un rostro particularmente bello, o un gesto, una actitud, incluso una voz.

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Un paseo de sábado

dic 10, 11:48

Salí a las 7:30 de la Barraca Vorticista, donde estoy viviendo temporalmente, y agarré por Entre Ríos hacia el Congreso. Había amanecido nublado y fresco, perfecto, como más me gusta Buenos Aires. Unas cuantas personas encontré que dormían en la calle, algunas despertaban, un par me pidieron el cigarrillo de empezar el día. Entré en la tienda de una gasolinera a comprar crédito para el móvil, en la parte de cafetería los taxistas se ocupaban desayunando y, raro para ellos, no hablaban.
Doblé por Hipólito y paré en el Yrigoyen (Plaza de los Dos Congresos) a tomar un café y apuntar un par de ideas para un artículo que estoy escribiendo. Me acomodé en la terraza, donde se puede fumar. Pasó por delante de mi mesa un tipo trajeado, con coleta (ese error), que evidentemente , por el cansancio que se le veía en la cara y en la ropa, terminaba una noche larga, infructuosa quizá.
Vi a muchos obreros que se encaminaban al trabajo. Los encargados de edificio limpiaban los portales, o desperdiciaban agua lavando la vereda; algunos no hacían nada.
Por Avenida de Mayo, una camarera colgaba decoraciones navideñas (invernales, claro) en el ventanal de una confitería. Extranjeros con guía bajo el brazo, pantalones cortos y sandalias (su uniforme de gala), comenzaban su ronda monumentalizante. Delante de algunos hoteles esperaban autobuses gigantescos para llevarse a otros turistas, no sé si lejos, no sé si para siempre.
Me encanta ver despertar la ciudad.
Paré en el Iberia, antiguo bar de republicanos españoles y un favorito de mi amigo Alber, a tomar otro café, fumar (de nuevo en la terraza, o no hubiera parado), continuar con mi artículo y disfrutar del fresco. Una rubia con tetas falsas, tatuajes varios y un par de revistas de modas se acomodó con gran determinación, o con un énfasis algo desmedido (en mi humilde opinión), a dos mesas de la mía, poniéndose inmediatamente a hojear un ejemplar de Cosmopolitan que en portada anunciaba un gran artículo sobre el Kama Sutra.
Una de esas palomas invencibles que uno suele encontrar en el centro se posó sobre mi mesa, luego pasó a la de la rubia, que la espantó suavemente y sin énfasis con la mano.
Entre el café y la terraza pasaron un par de borrachos abrazados, ese gran clásico, y un tipo con mochila y gafas caras que tenía prisa. Los colectivos que circulaban por la calle Salta no iban llenos, pero sí llevaban pasajeros de pie. Al pagarle, el camarero me informó, sin que yo preguntara nada, que hacía un “viento ‘e lluvia, ¿eh?”. Ya sentía yo frío, ahí sentado. El informe meteorológico desinteresado resulto en un leve aumento de la propina que dejé.
Crucé la 9 de Julio sin que nadie intentara atropellarme (novedad). A partir de ahí, la Avenida de Mayo estaba cortada; había operarios montando varios escenarios (perdón por la rima), al parecer para la celebración del día de la constitución española.
Miré en un par de escaparates de licorerías por si había alguna botella a buen precio, pensando quizá en volver al coñac o al whisky, pero no vi nada que me apeteciera lo suficiente como para ameritar el gasto.
Crucé Bolívar y comenzó a llover. Me detuve bajo un alero con la esperanza de que escampara y cuando lo hizo, unos diez minutos después, continué hasta Perú por donde agarré hacia Carlos Calvo y El Federal bajo una leve llovizna.
Ahí me estuve un buen rato, leyendo la prensa, desayuné algo sólido, y a eso de las 10 y media, me fui para casa.
Fue una buena mañana de primavera en Buenos Aires


Perlas

nov 23, 16:34

Siempre me han gustado los nombres anticuados que algunos comercios conservan. Buenos Aires, que para algunos cambia demasiado rápido y para otros demasiado despacio, mantiene un espíritu del pasado que en otras ciudades hace tiempo que desapareció o fue convertido en un producto Disney para turistas. Una de las cosas que más me gustan de Buenos Aires es que la ciudad permanece refractaria al turismo, por mucho que se intente domesticarla, como ha ocurrido en Palermo.

Entre los nombres anticuados está La Perla. Trato de imaginar lo que pensaría un comerciante de 100 o incluso 50 años al ponerle ese nombre a su local. Está claro que tiene algo que ver con el mítico lujo de Oriente. También con la rareza y la exquisitez. Si todas las ostras contuvieran perlas, éstas carecerían de valor, claro.

Aquí hay una pequeña lista (los asiduos a BAI saben que también soy aficionado a las listas) de Perlas de Buenos Aires.

  • La Perla (bar, Don Pedro de Mendoza 1899)
  • La Perla del Once (café, Rivadavia y Jujuy) (Aquí mantenía su tertulia de los sábados Macedonio Fernández)
  • La Perla del Oeste (confitería, Guayaquil 860)
  • La Perla de Flores (panadería, Nicasio Oroño 1478)
  • La Perla de Caballito (panadería, he perdido la dirección)

Y no olvidemos, por favor, que uno de los nombres míticos de Buenos Aires es nada más y nada menos que La Perla del Plata.


En todos los barrios de Buenos Aires hay por lo menos una tintorería japonesa, son las que han sobrevivido y se han quedado con el prestigio. En muchas, se nota que la familia lleva unas cuantas generaciones en el negocio, lo digo por el mobiliario, que no se ve nuevo o incluso parece antiguo o viejo en varias décadas. Si no está roto, para qué cambiarlo, ¿no? Y menos si el prestigio de la institución está garantizado más por la calidad del trabajo que por las apariencias de modernidad. ¿Debo decir aquí que el diseño y el culto a la novedad me aburren casi más que cualquier otra religión?
Los japoneses, en su mayoría de la isla de Okinawa, llegaron, según tengo entendido, durante la primera mitad del siglo XX y justo después de la Segunda Guerra Mundial. Es entonces cuando entran de lleno en el negocio de las tintorerías.
Recién llegado a Buenos Aires, me llamó mucho la atención esto de las tintorerías japonesas: que tantas pertenecieran a una colectividad y no estuvieran más repartidas entre las demás. No hace mucho empecé una de mis listas para estos negocios, simplemente por curiosidad, algo que siempre es uno de los principales motores y alicientes del coleccionista. Aquí va una docena de ellas, puestas en el orden en que las fui encontrando:

  • Japón (Sarmiento 3913)
  • Tokio (Borges y Güemes)
  • Marushima (Moreno 2504)
  • Gran Tokio (Independencia y Matheu)
  • Nippon (Córdoba al 2600)
  • Gran Canning (Scalabrini Ortiz 1007)
  • Tokio (Uspallata 546)
  • Japonesa (Montes de Oca 962)
  • Hiroshima (Cabrera 3545)
  • Keiko (Viamonte 330)
  • Kokeshi (Paraguay 4153)
  • Yamahi (Neuquén 1341)

Yirar

oct 2, 18:27

El domingo pasado en el suplemento Radar, del diario Página 12, apareció un artículo de Guillermo Saccomanno acerca del poeta Mario Trejo. Al principio de ese artículo Saccomanno se queja, y no lo culpo, de la importación (más bien académica, dada la influencia en los últimos años de los escritos de Walter Benjamin) de la palabra francesa flâneur, que significa paseante urbano desocupado, observador, producto del París reurbanizado de mediados del siglo XIX. Benjamin cuenta que en la década de 1840, pasear lo más despacio posible estaba tan bien visto, como signo de que no se tenía prisa por llegar a ningún lado, de ocio, que se puso de moda salir a la calle con una tortuga atada a una cuerda.
Saccomanno dice que para qué vamos a usar la palabra flâneur, si en lunfardo, o sea en argentino, o sea en lengua española, ya tenemos la palabra yiraje. Según un diccionario de lunfardo, yirar es andar. Demasiado vago. Se podría especificar el significado para convertirlo en pasear, ir a dar una vuelta, algo así. El otro día un taxista me dijo que los taxis vacíos que circulan despacio por el carril de la derecha en busca de clientes están yirando: la lentitud, entonces, es lo que distingue el yiraje de cualquier otro emprendimiento peatonal.
He preguntado por ahí cómo sustantivar el verbo yirar. Por un lado está yiraje, como lo usa Saccomanno, que le da un carácter canalla (muy merecido también para flâneur) a la palabra. Otra opción sería, quizá, yireo, pero suena bastante peor. Después, alguien que yira podría se un yirante, que encaja bien con paseante. Hay que recordar que el flâneur es una especie de depredador pasivo, y que eso lo distingue de cualquier otro paseante, y por eso también la distinción entre yirante y paseante.
Pero hay que ir con cuidado, porque el mismo diccionario lunfardo que he consultado dice que una yiranta es una prostituta (como también lo sería una yiradicta). Aquí tenemos ese clásico problema de la diferencia entre un hombre público y una mujer pública. También se podría argumentar que la prostituta en la calle es una depredadora pasiva, pero no quiero entrar en eso. Mejor me parece aceptar que yirante y yiranta pueden ser paseantes a la busca de vistas o momentos interesantes de la vida urbana.
Yo tengo bien claro que , muchas veces, cuando no tengo nada para escribir en este blog, no me queda otra que salir a yirar para ver si encuentro tema. Mi otro blog podría llamarse perfectamente Yirante Extranjero.

Yirando por la red:
Yira yira, un tango de Enríque Santos Discépolo, para quien yirar es dar vueltas cuando se está desempleado y sin dinero.
El blog de Yirá
Yira-yira por la ciudad
Flâneur


La semana pasada, Pep Izquierdo publicó en Libro de Notas un artículo sobre Buenos Aires que me parece que vale la pena reproducir aquí. Es un texto duro y un tanto amargo en cuanto a la pérdida de nuestras ciudades, su conversión en parques para turistas y cómo eso no termina de pasar aquí. Mi único reparo hacia el artículo es que sí que hay zonas de Buenos Aires que se han entregado al turismo, Palermo la principal, a ese turismo posmoderno que busca la versión local de lo mismo que ya tiene en casa.

Por JOSEP IZQUIERDO

Dejé al lector amable en julio para ir a visitar a mi gran amigo Roger Colom a Buenos Aires (por cierto, no dejen de visitar también Buenos Aires Ideal). No pienso hacerles ningún diario de viaje, pero sí decirles algunas cosas de la ciudad de las que no me había dado cuenta hasta ahora, aquí, en Valencia, del mismo modo que ahora veo mi ciudad a través del filtro de Buenos Aires. Conservo en la memoria, a cinco días de la vuelta, las veredas de la ciudad, desolladas cuando no rotas, como magulladuras cuyos hematomas se extendían a algunas casas de cada cuadra. Las fotografié sin saber muy bien por qué, y ahora lo entiendo. Buenos Aires, que quiso ser la ciudad utópica moderna, la que cumpliese el sueño de la racionalidad, claridad y controlabilidad total del entorno urbano que caracterizan la ciudad como utopía contra la naturaleza, aparece ahora como atrapada en la lógica continuación de ese sueño que conlleva la permanente reestructuración de todas las áreas de la vida urbana. La búsqueda de la utopía obliga a la permanente superación y destrucción de sí misma. Pero la irracionalidad del orden natural reaparece en sus veredas rotas, en sus fachadas y sus casas abandonadas de toda mejora o de todo remozamiento. Buenos Aires es, todavía, una ciudad moderna. Un espacio que, nacido por la racionalidad, acaba convirtiéndose en escenario distópico de la criminalidad, la inseguridad, la destrucción, la anarquía y el terrorismo nacen de su cualidad de lugar eternamente provisorio.

Buenos Aires ha cambiado mucho desde 2005, y no ha cambiado nada, porque su esencia es el movimiento. Sus habitantes señalan la desaparición de las verdaderas librerías de viejo y de los verdaderos anticuarios, o su dolarización turística, y su sustitución por mercadillos hippies y pseudo-tradicionales como un síntoma de globalización y turistización. Desprecian el fenómeno con esa retranca que hace que al tiempo se celebre, como si dijeran “qué lástima, por fin recuperamos el tiempo perdido”. Pero hay algo en Buenos Aires que resiste la globalización de las ciudades, esa dinámica permanente de monumentalización, desmonumentalización y remonumentalización que caracteriza la ciudad postmoderna occidental, y que presupone un horizonte, una expectativa, un futuro en que podrá realizarse cada paso de ese proceso.

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Hay en el Jardín Botánico un monumento extraño, bello, casi fascinante. O antes que casi, debería decir fascinante, pero de otra manera, algo así como encontrar en la puerta de casa a ese perro que habíamos perdido un año antes, o que un familiar al que no vemos desde hace tiempo y en el que no teníamos mucha fe ha escrito un libro potente y verdadero, quizá muy breve. Se trata del monumento que la comunidad austro-húngara donó a la Argentina en su Centenario, el de 1910: un indicador meteorológico.
Esta obra no sólo estaba a la altura de lo que se esperaba de la arquitectura de su tiempo, sino que también incluía las últimas tecnologías en la medición del clima y del tiempo. En los paneles laterales llevaba aparatos para medir el clima; en la parte superior, por encima del nombre de las principales capitales del mundo, un reloj que daba la hora en cada una. Esas capitales son Buenos Aires, Viena, Madrid, Nueva York, Roma, Tokio, París y Londres. Faltan Berlín y Moscú, pero siendo esas dos rivales geoestratégicas de Viena en aquel momento (y culturales también, claro), eso no debe sorprendernos.

En la parte alta tiene una esfera celestial que apunta más a lo mítico que lo ya sabido y observable en la época. Lleva una banda todo alrededor con los signos del zodíaco. Dentro, está la tierra.

Originalmente yo había escrito esto:

Esto apunta casi a una concepción pre-copernicana del cosmos, lo cual deja claro que es más que nada decorativo. Ahí se ve la combinación decimonónica de elementos de nueva tecnología y decoraciones clásicas o míticas. Era una forma de hacer aceptables los grandes cambios económicos y sociales que se sucedieron durante el siglo XIX. En el XX ya no hacían tanta falta: la gente estaba acostumbrada a lo nuevo y no sólo lo esperaba, sino que, como nos pasa ahora, lo exigía.

Pero Aqui ha tenido la cortesía extrema de corregirme en un comentario al post, con lo siguiente:

El zodíaco es un objeto astronómico que no tiene nada que ver con la astrología, ya que se trata de las constelaciones por las que pasa el sol a lo largo del año (la eclíptica.) Lo que me lleva a la segunda: la tierra en el centro de la Esfera Celeste es una representación común hoy en día y no es una cuestión pre-Copernicana.

Dejo el final del artículo tal y como estaba:

Walter Benjamin en los años 1920 pudo decir que lo nuevo es siempre el retorno de lo mismo. Cada nuevo invento, cada moda, se presenta como salvador de algo, si no de la humanidad, o por lo menos de una situación. Pero esta es una esperanza falsa, ya que ese invento solucionará un pequeño problema, creando otros tantos y prolongando indefinidamente la verdadera solución. Hoy muchos tendemos a descreer de esta versión del progreso, pero en la época del Centenario, no creer en eso era casi peor que ser ateo. Dios estaba por el progreso, y el progreso era hacia Dios, hacia el fin de los tiempos y el advenimiento del Reino de Dios. Los más recientes relatos neoliberales del Fin de la Historia van por ese camino, también.

Este indicador meteorológico estuvo emplazado originalmente en Alsina y Perú, y luego lo cambiaron a Rodríguez Peña y Paraguay. La ficha del índice de monumentos del Gobierno de la Ciudad dice que ahí el Ingeniero Alberto Natale retiró los instrumentos de medición y los relojes. He buscado ese nombre en internet, pero sólo me aparece un abogado Alberto Natale que fue intendente de Rosario durante la dictadura militar.


Fotos de viajeros

jul 31, 20:43


Tengo la manía, la enfermedad del coleccionista. Siempre estoy coleccionando algo; de hecho, este blog es, en sí, una colección que contiene otras pequeñas colecciones: el mapa de bares para fumadores, las confiterías con nombres femeninos a la antigua, los apuntes del natural y no sé cuántas cosas más.
Mi nomadismo me ha movido a virtualizar las colecciones—de otra manera, llevarlas conmigo saldría tan caro que me vería condenado a un sedentarismo permanente y, los más probable, asfixiante. Debo añadir que también se puede ser nómada sin salir de casa, y el coleccionismo es una forma de conseguirlo.

Una de mis pasiones coleccionistas se centra en las fotos antiguas, esas pequeñas que la gente hacía, snap-shots más que nada; con tal de que no sean fotos de estudio, yo feliz. Y siempre las estoy revisando, recatalogando y recategorizando, o siempre encuentro una foto por ahí que me lleva a crear una categoría nueva. Esto, de manera muy evidente, demuestra lo enfermo que estoy de coleccionismo.
Una categoría reciente, por ejemplo, es esa a la que pertenecen las fotos que aparecen en este post y que le da el título: las que se hacían a la partida o la llegada de un viaje. Todavía no sé qué es lo que me fascina de estas fotos: puedo garantizar que la nostalgia no entra en juego. Creo, más bien, que lo que celebro en ellas es un entusiasmo por el viaje, por el transporte, por el movimiento y el encuentro con el mundo. Quizá ustedes tengan mejor idea que yo sobre qué es lo fascinante en estas fotos. Me gustaría saberlo.
Las dos fotos que aparecen en este post son argentinas, o lo doy por supuesto ya que las compré en Buenos Aires. La primera en el mercado de San Telmo, la segunda en Parque los Andes, en el mercadillo que arman ahí los fines de semana.
Por cierto, esa foto de arriba, ¿será de un tren que iba, o volvía de Mar del Plata?


Un comercio posmoderno

jul 10, 20:38

Está al principio de la calle Florida. Venden mochilas, maletas, gafas de sol, relojes baratos, bufandas, pañuelos; cuando llueve, sacan los paraguas; en invierno, hay pantuflas, y en verano, ojotas. No tiene especialización, como la mayoría. Es como si compraran partidas de cualquier mercancía que pudiera interesar al transeúnte y la trabajaran hasta agotar las existencias. Venden lo que les conviene en cada momento.
El sitio donde está, evidentemente, se presta para eso. Por ahí pasan miles y miles de personas al día: turistas, empleados de oficina, de otros comercios, la gente que todavía baja hasta el centro para ir de compras.
Calculo que este ha de ser un buen sitio para entrenarse como vendedor. Hay tantas cosas de distinto género, que uno tiene que desarrollar la labia, la rapidez mental, para saberlo vender. Porque está claro que la idea de este comercio es vender rápido lo que sea.
He entrado en este sitio varias veces. Lo que me llamó la atención la última vez es que también venden libros. Son todos de saldo, en unas seis mesas largas y a $5 y $10 pesos cada uno.
Es como si fuera un kiosco, pero mucho más grande y con otro tipo de mercancía. Lo llamo posmoderno porque se trata de un comercio cuya base es el relativismo: según la temporada, según lo que parezca bueno poner a la venta en cada momento, eso es lo que hay.


El tiempo es oro

jun 26, 20:20

Es absurdo, lo sé, y no tengo explicación, pero el oro siempre me ha hecho reír. El oro como palabra, el oro como metal que la gente lleva encima. No sé si esto será también una risa dirigida a nuestros valores más profundos como sociedad, entre los cuales el oro ocupa un lugar privilegiado.

Una vez me salió del cráneo una especie de aforismo que creo que desvela este asunto: La especulación inmobiliaria es a la playa lo que el oro al cuerpo de una maruja. Para los argentinos, traduzco: maruja es un ama de casa de clase media.

Pues bien, últimamente he ido anotando instancias en que el oro aparece en el nombre de algún comercio:

  • La Yema de Oro, fábrica de pastas (Directorio 4806)
  • La Llave de Oro, café-bar (Lavalle 1946)
  • Nuevo Río de Oro, confitería (Córdoba 3601)
  • El Ciervo de Oro, bar (Julián Álvarez y Velazco)
  • 9 de Oro, marca de bizcochos
  • La Bolsa de Oro, fábrica de bolsas de plástico (Luis Viale 699)

Ésta última confirma una de mis intuiciones, de hace mucho: en los ochenta tenía una compañía de teatro que se llamaba El Oro de Plástico/Plastic Gold. En la frontera entre México y EEUU, era teatro bilingüe.