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Conocimiento ficción

oct 24, 10:17

Por un conocimiento popular

La economía es global. Por mucho que nos concentremos en lo local, nunca podremos aislarnos lo suficiente como para tener una economía potente, satisfactoria para casi todos. Pero esa economía global exige un crecimiento constante, no sólo de la productividad, sino de las habilidades y conocimientos de los agentes que en ella funcionan. En otras palabras, una educación constante, incesante.
Nunca me ha gustado la imposición de intereses, típica de la cultura del pasado. Si a usted no le gusta la ópera, no vaya; y no pasa nada, habrá otras cosas que le interesen más. Y creo que el aprendizaje, lo que hace falta para acceder a cualquier objeto cultural, tecnológico, científico, y para unos cuantos, poder hacer cosas, innovar, con ese objeto, se puede lograr más allá de las escuelas y universidades, aunque sin excluirlas.
Y es como un sueño que no para de venirme a la mente, dormido, despierto: un país donde el conocimiento, no el consumo, sea el mayor fetiche.
Para llegar ahí se me ocurre la creación de clubes. Clubes de matemáticas, de computación, de poesía, de física, de lo que a usted se le ocurra. Clubes sociales, sí, pero dedicados a un tema. Usted puede unirse a todos los que el tiempo y sus intereses le permitan.

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Los clubes

oct 24, 06:06

Alejandro Lipszyc
Fotogalería del Teatro San Martín
Hasta el 29 de noviembre

Sé de buena fuente que Alejandro Lipszyc es un gran aficionado al fútbol, pero no si es un nostálgico. Si sus fotos presentan un enigma es precisamente éste de la nostalgia. El Casares dice que la nostalgia es el “pesar que causa el recuerdo de algún bien perdido”. Nostos es el regreso a casa; algos, el dolor: un dolor por volver al hogar perdido. Pero no estoy tan seguro de las fotos que Alejandro ha hecho para su serie Los Clubes provoquen más dolor por el pasado que por el presente. Supongo que depende de cada uno. Mi experiencia de Buenos Aires se remonta al 2005, a la primera vez que la visité, y aunque soy capaz de leer con alguna soltura el palimpsesto de esta ciudad, me falta información y vida en ella como para poderme abandonar al lujo de la nostalgia por algunos de sus tiempos pasados, sin que eso parezca una impostura por mi parte.
Así, mi ojo y mi experiencia son ajenos a esa vía de retorno que parecen ofrecer las fotos de Lipszyc. Según me han contado, en Buenos Aires hubo innumerables clubes de barrio—sociales y deportivos—de los que sobreviven unos cuantos. Hay que recordar que a menudo esos clubes pertenecían a asociaciones de inmigrantes, o a sindicatos, pero también a grupos que se formaban por amor al deporte. Algunos crecieron y se convirtieron en los grandes clubes de fútbol que llaman la atención en todo el mundo. Otros fueron perdiendo fuerza y socios; pasó el tiempo, los hijos de los inmigrantes se asimilaron, los de los obreros fueron a la universidad: la estructura social (o como quieran llamarla) cambió, los viejos vínculos desaparecieron o pasaron a ser otros u otra cosa.
Muchas de las personas con las que hablo en Buenos Aires se quejan de la “disgregación social”, una especie de sálvese quien pueda que invade las consciencias, los actos, las relaciones. El destino de los clubes de barrio es una buena metáfora de este fenómeno. En ese sentido, supongo que la nostalgia tiene cierta justificación.
lo primero que llama la atención de las fotos de Alejandro Lipszyc es su belleza. Cada club tiene sus colores, claro, y Alejandro ha sabido aprovechar esa condición objetiva para sacar jugo subjetivo. Alejandro pone la cámara en lugares donde no sólo se capten los colores de cada club, sino que éstos, esa pintura vieja, o incluso de diseño antiguo, sirva para establecer el camino al pasado del que hablaba antes.
Las fotos son todas interesantes, y la mayoría de una gran belleza, incluso abstracta. La que más me llamó la atención es una del Club Sportivo Barracas (creo, porque escribo de memoria, no sé que hice con mis notas), en la que aparece una foto de siete nadadores de los años 20 sobre un muro en proceso, al parecer permanente, de reparación. En esta foto domina el gris, como en otras el azul o el rojo. Y con el gris, una sensación del paso de un tiempo que no sé si fue mejor, pero que pasó. Hay otra foto, la de una piscina cubierta, que con el reflejo del agua apunta a esa abstracción y belleza formal que digo. Esta interpretación de los clubes por medio de la belleza y la forma apunta al amor con el que está hecho este trabajo: a un amor por la ciudad y sus viejos clubes.



El otro día me llegó un mail de la agencia de prensa de Weber-Iggam, que está poniendo materiales y personal para reparar, restaurar, reacondicionar algunas de esas placitas que se ven por toda la ciudad en solares antes ocupados por algún edificio. Inauguran uno ahora y querían que les ayudara a difundirlo.
Si viviera en otra ciudad, haría un blog que se llamara Otra Ciudad Ideal, y la idea general sería la misma: ir encontrando los lugares, las personas, las actividades que hacen de una ciudad, la que sea, un sitio donde vale la pena vivir. Y muchas veces, las cosas que mejoran la vida en la ciudad, por muy pequeñas e insignificantes que parezcan. Aunque eso de “pequeño e insignificante” yo ya no sé qué significa. Las nuevas teorías de redes y de sistemas emergentes nos han mostrado que el acto más pequeño puede tener efectos incalculables sobre el todo. De repente, nos damos cuenta de que si bien no todo vale, sí es cierto que todo cuenta.
Y ese es el caso de la pequeña plaza de Independencia y Perú, en San Telmo. Estoy de acuerdo con Nushi Muntaabski, que diseño y construyó el mural junto con Stella Blanchart, de que la cultura y la belleza ayudan a mejorar la vida. Es cierto que no dan de comer a los hambrientos, pero sí que ayudan a crear una ciudad más amable, más humana, como en la canción de la Cabra Mecánica, y esa amabilidad, en suficiente cantidad sí que puede empezar a encarrilarnos hacia la solución de problemas más graves.

El mural es pequeño y bonito, con cuatro árboles típicos de esta zona del mundo: el sauce, el palo borracho, la yerba mate y el ceibo que, como me contó Nushi es la flor nacional de la Argentina. Nushi se pasó varios años en Brasil estudiando paisajismo urbano, algo en lo que los brasileiros nos llevan bastante ventaja. Así como la Weber-Iggam donó recursos para el mural, Nushi, que acaba de vender una obra al Malba, donó su trabajo.
En otra cosa estamos de acuerdo ella y yo: no se trata simplemente de que las empresas pongan dinero para cuestiones cívicas, la cosa va más bien de que pongan otro tipo de recursos: tiempo, ganas, gente. Así se crean redes de colaboración, y es eso lo que va a ayudar a cambiar las cosas.
Ahí en la plaza conocí también a Sergio Isaza, de la ONG Cambio y Futuro. Fue él, que se encarga de mantener la plaza por puro gusto, quien juntó a la gente y las entidades (Weber-Iggam y el Club de Capitanes y Oficiales de la Marina Mercante, que está al lado) que han hecho posible la renovación de la plaza. Sergio es uno de esos tipos incansables que hace de todo, desde colaborar con una iglesia para dar de comer a los pobres en navidad hasta producir un programa de radio sobre asuntos cívicos por el que han pasado todos los políticos relevantes de la ciudad y la nación. Algunos pueden pensar que eso de los políticos no sirve para nada, a mí se me ocurre que hay que seguir insistiendo.
Esa radio donde Sergio hace su programa está en una fábrica recuperada, la antigua Conforti, hoy Gráfica Patricios, donde, antes de que la empresa fuera abandonda por los que fueron sus dueños, se imprimían los diarios Página 12 y El País. Ahí, los trabajadores, a parte de mantener sus empleos, han creado una escuela secundaria, donde se da formación técnica a chavales con “problemas de conducta“—así me lo dijo Sergio—, un pequeño centro médico, con ayuda de la Fundación Argerich, y la radio.
La pregunta está clara, ¿no? Por si alguien no la ha pillado, la hago yo mismo: ¿Cómo se hace ciudad, cómo se construye un lugar en el que se pueda vivir, y vivir bien?


Que se expulse de ciertas zonas de la ciudad a la gente con menos recursos, ya no sorprende a nadie; pero la tendencia ahora es también expulsar a la clase media. Eso es lo que ha ocurrido en las grandes ciudades europeas (convertidas muchas en museos donde sólo viven los ricos), en Nueva York, en San Francisco…

Se adaptan edificios industriales para lofts o para hoteles de 5 estrellas. Eso significa que la zona circundante tiene que cambiar, y normalmente el cambio se convierte en expulsión. Si eso ocurre en Puerto Madero, no pasa nada. ¿Cuánta gente vivía ahí? ¿Qué infraestructuras sociales, ciudadanas, quedaban? Pero que ocurra en los barrios o en el centro, ya es otra cosa.

Por suerte existen asociaciones como Basta de demoler, que por lo que veo, por el momento se preocupan principalmente de la conservación del patrimonio de la ciudad. Pronto, sin embargo, se van a ver obligadas por las circunstancias y las presiones económicas, a ofrecer otra idea de ciudad… y de ciudadanía: otra versión que se aparte de los hechos consumados.

Jane Jacobs puede ser una buena guía en esto. Según ella, las ciudades se autodestruyen cuando dejan de lado la diversidad, tanto en la población, como en el uso de los espacios. No interesa que una zona sea sólo para oficinas, y que quede muerta a partir de las 8 de la noche. O que sea sólo para una clase social, o para una actividad económica. Eso conduce a la destrucción del tejido, de la red que es una ciudad.

He visto hoy, la noticia de que quieren construir un hotel en el viejo Colegio La Salle de la calle Riobamba. No se trata sólo de proteger este edificio e institución histórica. Se trata de proponer otro modelo de ciudad: uno para todos.


El Casal de Catalunya

dic 19, 17:11

El otro día me contaba Robert Wright que no por ser norteamericano tiende a asociarse con norteamericanos aquí, en Buenos Aires. Yo soy catalán, crecí en México y Estados Unidos, viví un montón de años en España y es verdad, tampoco tiendo a juntarme con catalanes, españoles, mexicanos o norteamericanos simplemente porque lo sean. En otras palabras, me considero más un viajero, un nómada, que un expatriado o un emigrante (bueno, si lo fuera sería un emigrante perpetuo). Así que sería algo bastante raro que yo me asociara al Casal de Catalunya en Buenos Aires.
Sin embargo fui porque oí que tenía un buen restaurante, y un día, pasando por ahí, vi que tienen un menú de mediodía a $20, que no está nada mal si se come bien. Hace un par de semanas invité a Carolina a comer en el Casal y nos pegamos un festín de los buenos. De primero nos trajeron un escabeche de cabrito, asunto que nunca antes había probado, y que me impresionó de manera muy positiva. De segundo pedimos el bacalao al horno, y eso fue como llegar por fin al oasis que uno lleva muchos días buscando entre las dunas. No es fácil encontrar buen pescado (a buen precio) en Buenos Aires; por más que sea una ciudad portuaria, parece que hace tiempo que vive de espaldas al puerto y al mar (o río). En defensa de Buenos Aires, cabe decir que conozco un buen número de ciudades que padecen de un síndrome de negación de sí mismas parecido. Bueno, esa excelente comida iba regada con un “San Felipe malbec Roble” bastante decente (y barato, comparado con el resto de la carta de vinos). Después, postre y café, aunque creo que el menú pone postre O café.
El edificio del Casal también tiene su interés. Es de 1890, aunque la fachada, en un estilo modernista catalán, diseñada por Eugeni Campllonch y Julián García Núñez, es de 1936. Sobre ella dijo Manuel Iricíbar, entonces intendente de Buenos Aires: “¡Es una combinación de Gótico, Gaudí y Confitería El Molino!”
Por cierto, Julián García Nuñez (1875-1944) estudió en Barcelona con “Lluís Domènech i Montaner”:http://es.wikipedia.org/wiki/Lluís_Domènech_i_Montaner, uno de los grandes arquitectos del modernismo catalán.
Antes de irnos, echamos un vistazo al Teatro Margarida Xirgu y pasamos por la oficina del Casal. Ahí nos informaron que hacerse socio cuesta sólo $11 al mes, que no es caro. Además los socios pueden pedir libros prestados de la excelente biblioteca. Creo que me apuntaré como socio (si me admiten, claro), y lo primero que haré será sacar L’Aperitiu, una colección preciosa de los artículos semanales que escribió Josep Maria de Sagarra en la revista La Publicitat y Mirador en los años 20 y 30. Lo segundo será un libro que me apetece mucho releer, uno de mis favoritos de todos los tiempos: El que hem menjat, de Josep Pla.

Sobre la biblioteca escribiré más adelante, cuando la haya explorado con mayor detenimiento, en la serie sobre bibliotecas singulares.