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El otro día, un amigo, actor en el Teatro San Martín, me contó que hace tiempo que no cobra. El TSM, al parecer, carece del presupuesto que merece como la institución que debe ser. Me contó también mi amigo que el SM sobrevive del dinero que recibe por el alquiler de algunas de sus salas para fiestas y eventos privados. El Gobierno de la ciudad no considera que el Centro Cultural San Martín sea rentable.

Pensar que una institución de este tipo de ser rentable en términos de dinero, es no entender siquiera el concepto de rentabilidad. Si sólo se piensa a corto plazo—mala idea para el gobierno de una ciudad—sí, hay que interpretar la rentabilidad en términos del dinero que entra ya. Pero en cuanto se empieza a pensar en la ciudad, su crecimiento social, cultural y económico, que van de la mano, hay instancias en las que es mucho más rentable construir, programar y mostrar, por ejemplo, la gran producción simbólica de la que Buenos Aires es capaz. El prestigio cultual y simbólico de una ciudad es una forma, no menor, de rentabilidad. Y sirve para promover la ciudad, sus otras industrias, el valor de vivir en ella, o por lo menos, de tener propiedades en ella.

El GCBA piensa, como todo gobierno conservador, en términos inmobiliarios. No en el valor añadido de la circulación de ideas y personas por su territorio. Otro ejemplo de esto, ya no en la cultura, sino en la tecnología, es el caso del Distrito Tecnológico de Parque Patricios. Aparte de nombrarlo así, de abrir una comisaría de la Policía Metropolitana y contratar a Norman Foster para que diseñe el nuevo edificio del Banco Ciudad, no se ha hecho gran cosa para que ese distrito sea verdaderamente tecnológico. Simplemente, se ha llevado a cabo otra operación inmobiliaria, con la subsiguiente subida de precios del metro cuadrado.

Sin embargo, había, o hay una manera de convertir una sección de la ciudad en un distrito tecnológico de verdad. Una que abre las posibilidades de rentabilidad a medio y largo plazo, y amplía por mucho, incluso, las de la rentabilidad inmobiliaria: instalar fibra óptica, internet a altísima velocidad. Otras ciudades del mundo lo han hecho, y han visto como inmediatamente llegan a ellas empresas de tecnología, y además, toda clase de negocios y comercios que les surten insumos y servicios. El precio de las propiedades, por supuesto, se dispara.

Buenos Aires—y Argentina—necesita instituciones culturales fuertes que ayuden a proyectar su gran producción simbólica al mundo. Y no sólo eso, sino infraestructura para todas sus industrias simbólicas, desde las que producen teatro a las que producen software. Tenemos una población formada y ávida no sólo de consumir, sino también de producir. Hay que aprovechar esa enorme energía que ya tenemos. La balanza de pagos del país nos lo está pidiendo a gritos.

Si los gobiernos, en todos los niveles, construyen y mantienen las infraestructuras necesarias, surgirán miles de pequeñas y medianas empresas que las aprovechen, las rentabilicen, generando ingresos importantes para el país y, lo que es más importante, su población. La idea, creo, es pensar en términos de ciudades dinámicas, imaginativas, con potencia simbólica. Eso sí que puede ser rentable.


Un día normal

jul 15, 09:49

Por si no se han dado cuenta, vivo en Buenos Aires, capital, en un sitio llamado La Barraca Vorticista, una casa privada en la que existe un gran archivo de arte-correo y de poesía visual. En mi casa siempre es posible una conversación sobre algún tema artístico. No teníamos tele, hasta que llegó el mundial y nos prestaron una. No la he usado más que para ver partidos, incluida la final, que por suerte ganó España. Ya era hora.

Ayer, miércoles 14 de julio, fue un día normal para mí. Y es eso lo que quería contar. Me levanté a eso de las 7, hice café y leí la prensa por internet. Habitualmente leo el New York Times, El País, Página 12 y La Jornada, además de Libro de Notas y algunos blogs. Luego leo y contesto el correo electrónico y echo un vistazo a Facebook.

Más o menos a las 9 me puse con un artículo para Arsómnibus, donde escribo sobre arte. Este era sobre la nueva etapa de la galería de Alejandra Perotti, y aparecerá en breve en la revista, que sólo es digital y es muy probable que, en los próximos meses, con los cambios que estamos efectuando, se convierta en la principal referencia del arte contemporáneo argentino.

A las 11 o por ahí, terminado el artículo, me duché y salí a comprar cigarrillos, de camino a mi bar habitual, en San Cristobal, a pocas cuadras de casa. En él, la conexión wi-fi es buena y tienen un gran salón fumador. La camarera que me atiende ya se acostumbró a verme desplegar mis papeles, el i-pod touch, el móvil y el cenicero en una mesa para 4, y no se molesta si me quedo más tiempo del garantizado por el café que pido.

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Los clubes

oct 24, 06:06

Alejandro Lipszyc
Fotogalería del Teatro San Martín
Hasta el 29 de noviembre

Sé de buena fuente que Alejandro Lipszyc es un gran aficionado al fútbol, pero no si es un nostálgico. Si sus fotos presentan un enigma es precisamente éste de la nostalgia. El Casares dice que la nostalgia es el “pesar que causa el recuerdo de algún bien perdido”. Nostos es el regreso a casa; algos, el dolor: un dolor por volver al hogar perdido. Pero no estoy tan seguro de las fotos que Alejandro ha hecho para su serie Los Clubes provoquen más dolor por el pasado que por el presente. Supongo que depende de cada uno. Mi experiencia de Buenos Aires se remonta al 2005, a la primera vez que la visité, y aunque soy capaz de leer con alguna soltura el palimpsesto de esta ciudad, me falta información y vida en ella como para poderme abandonar al lujo de la nostalgia por algunos de sus tiempos pasados, sin que eso parezca una impostura por mi parte.
Así, mi ojo y mi experiencia son ajenos a esa vía de retorno que parecen ofrecer las fotos de Lipszyc. Según me han contado, en Buenos Aires hubo innumerables clubes de barrio—sociales y deportivos—de los que sobreviven unos cuantos. Hay que recordar que a menudo esos clubes pertenecían a asociaciones de inmigrantes, o a sindicatos, pero también a grupos que se formaban por amor al deporte. Algunos crecieron y se convirtieron en los grandes clubes de fútbol que llaman la atención en todo el mundo. Otros fueron perdiendo fuerza y socios; pasó el tiempo, los hijos de los inmigrantes se asimilaron, los de los obreros fueron a la universidad: la estructura social (o como quieran llamarla) cambió, los viejos vínculos desaparecieron o pasaron a ser otros u otra cosa.
Muchas de las personas con las que hablo en Buenos Aires se quejan de la “disgregación social”, una especie de sálvese quien pueda que invade las consciencias, los actos, las relaciones. El destino de los clubes de barrio es una buena metáfora de este fenómeno. En ese sentido, supongo que la nostalgia tiene cierta justificación.
lo primero que llama la atención de las fotos de Alejandro Lipszyc es su belleza. Cada club tiene sus colores, claro, y Alejandro ha sabido aprovechar esa condición objetiva para sacar jugo subjetivo. Alejandro pone la cámara en lugares donde no sólo se capten los colores de cada club, sino que éstos, esa pintura vieja, o incluso de diseño antiguo, sirva para establecer el camino al pasado del que hablaba antes.
Las fotos son todas interesantes, y la mayoría de una gran belleza, incluso abstracta. La que más me llamó la atención es una del Club Sportivo Barracas (creo, porque escribo de memoria, no sé que hice con mis notas), en la que aparece una foto de siete nadadores de los años 20 sobre un muro en proceso, al parecer permanente, de reparación. En esta foto domina el gris, como en otras el azul o el rojo. Y con el gris, una sensación del paso de un tiempo que no sé si fue mejor, pero que pasó. Hay otra foto, la de una piscina cubierta, que con el reflejo del agua apunta a esa abstracción y belleza formal que digo. Esta interpretación de los clubes por medio de la belleza y la forma apunta al amor con el que está hecho este trabajo: a un amor por la ciudad y sus viejos clubes.


Los murales de Weber

oct 9, 18:36


Así como siempre digo que soy mal turista, debo añadir que soy mal periodista. Ambas figuras tienen mucho en común: nacen con la Revolución Industrial, suelen ser fenómenos urbanos, están como de paso por la realidad, o por esa que visitan momentáneamente: unos por placer, otros por trabajo. No sería descabellado decir que el periodista es un turista asalariado.
Como mal turista, tiendo a no ir a los sitios turísticos. De hecho, hace dos años y medio que apenas he salido de Buenos Aires. Y como periodista, detesto ir a las ruedas de prensa, siempre las evito. Aunque esta vez no pude, simplemente porque me interesa lo que está haciendo la empresa Weber con su proyecto de los murales.
Se trata de un proyecto que recupera espacios públicos, una pared, un piso, una calle, una plaza o parte de ella, por medio de murales creados por artistas reconocidos y ejecutados por empleados de la empresa misma, en algunos casos, empleados municipales en otros, o voluntarios. Los materiales los pone Weber, ya que como explica Axel Plesky, director de comunicación de la empresa, esto para ellos no es sólo un proyecto comunitario, sino también un proyecto comercial: hacen murales de cerámica porque les sirven como demostración práctica de la calidad de sus pegamentos y morteros para la construcción.
Los fragmentos de cerámica son donados, muchas veces, por empresas de cerámica: una forma de reciclaje de material que, de otra manera, iría a parar a un basural.
El método que se utiliza en los murales es el trencadís, inventado por los modernistas catalanes y hoy de uso bastante frecuente en Catalunya y Valencia, que consiste en ir dibujando sobre la superfice con fragmentos de cerámica de distintos colores.
Uno de los proyectos más famosos de esta colaboración entre Weber y los artistas es el del Pasaje Lanín, de Marino Santa María, una calle de Barracas llena de colorido y como reencontrada. Digo esto último en el sentido de que si no fuera por los mosaicos, nadie le prestaría la menor atención. En Buenos Aires Ideal, ya escribí yo algo sobre otro mural recién inaugurado, en San Telmo.
El primer artista en colaborar con Weber fue Rodolfo Sorondo, que hizo un banco en Palermo siguiendo las ideas de Gaudí. Y Florencia Delucchi ha estado viajando por toda la Argentina dirigiendo o colaborando en otros murales.
Estos tres artistas, Santa María, Sorondo y Delucchi, estuvieron presentes en la rueda de prensa que mencioné al principio. Y es porque se presentaban los murales que se mostrarán en la próxima Expotrastiendas.
Este programa de Weber ha servido para crear ya 98 murales, repartidos por todo el país, y la aventura continúa. Todos tenemos derecho al arte y a vivir en un entorno más bello, y este proyecto parte de la conjunción de esa idea y otra, comercial, que es la competencia por arriba, esa que implica hacer cosas mejores y no peores pero más baratas. John Ruskin estaría de acuerdo.


El taller de Ral Veroni

mar 27, 15:13


A Ral Veroni lo conozco desde el 2005, cuando cuando vivíamos los dos en Valencia. Ahí empezó nuestra conversación, que perdura. Al año siguiente, cuando vine a Buenos Aires con la Internacional Melancólica, Veroni me cedió su taller como vivienda y refugio. En esa época, el lugar era cómodo pero no estaba arreglado, claramente se trataba de un lugar de trabajo, más que de un sitio donde vivir a la burguesa.
Veroni y su compañera volvieron a Buenos Aires para instalarse en el 2006, pero no viven en el taller, que ha vuelto a su función primordial de lugar para los viajes intersticiales de este artista, que no sé si tildar de dibujante conceptual. Los souvenirs traídos de estos viajes son arte del más potente que se produce en la actualidad en este país.
De vez en cuando lo llamo y me paso por su taller a tomar algo, charlar y echar un vistazo a sus últimos trabajos. La última vez que estuve me mostró una libreta llena de los dibujos que estuvo haciendo durante el verano. Otra no me quedó que sentirme impresionado por la calidad y fuerza de ese material.

El taller, que Veroni ha ido arreglando en el último par de años es un departamento tipo PH (aunque está en el segundo piso) con un pasillo a cielo abierto y dos ambientes, además de baño y cocina. En uno de los ambientes, está la biblioteca, llena de poesía, filosofía, historia y libros de arte. Siempre me ha hecho gracia que Veroni no lea novelas. Es como un prejuicio extraño, ¿no? Yo tampoco leo muchas, pero no tengo una moratoria personal en su contra.
En el otro ambiente, está el taller propiamente dicho. En otros momentos, desde que Veroni lo ocupa, éste fue un taller de pintura, de serigrafía, según el medio al que le estuviera dedicando más atención. Ahora es un taller principalmente de dibujo, medio al que Veroni ha dedicado toda su energía poética y política. Sus dibujos no están exentos de un discurso moral que enseguida se vuelve político. Esto no quita que sean divertidos; lo que hay que saber es que cualquier arte serio siempre deriva en algo más que el puro entretenimiento.

Me contaba Veroni que él ocupa este espacio desde 1997. Sus vecinos más antiguos llevan en el edificio uno desde 1977, y otro desde 1947. Todo sietes. Al parecer los dos recuerdan una noche de finales de los ’70 en que el departamento donde ahora está el taller fue allanado por la policía, que arrestó a un hombre que se alojaba ahí, no saben si porque era montonero, o un estudiante, nadie está seguro. Veroni me mostró la puerta, derribada y rota aquella noche, hoy todavía ahí pero reconstruida y reforzada. Provoca un escalofrío que una historia terrible haya tenido lugar en un sitio que uno conoce de manera cotidiana.
Veroni tiene una especie de adicción a la tranquilidad. Sus viajes, las crisis económicas y otros avatares de la vida supongo que lo habrán predispuesto a ello. Y en su taller se ha armado un espacio tranquilo, donde poder estar con sus libros y sus trabajos. De vez en cuando, también vienen los amigos y les ofrece un ambiente en el que se puede charlar y tomar algo lejos del alboroto de la ciudad a pocos metros del taller. Siempre he pensado que no se puede dividir la vida y el trabajo, el riesgo es la alienación. Espacios como éste, lo confirman de manera positiva.

[Las tres fotos que aparecen en este post son de Bruno Dubner]


Un sueño argentino

mar 16, 15:23


Llevé a mis alumnos norteamericanos a la Escuela Técnica Raggio a ver el único gran grupo escultórico que queda del Pabellón Argentino de la Exposición Universal de París de 1889, la misma en la que se inauguró la Torre Eiffel. La escultura es una alegoría de la Argentina cuyo sentido era promocionar el país en términos simbólicos igual que el Pabellón lo hacía en otros más mundanos y concretos.
En el centro, la mujer semidesnuda representa a la Argentina; era típico en la época representar una república de esta manera. El gorro frigio debía hermanarla con Francia y los valores de su Revolución, que cumplía el centenario ese año. El toro manso, o amansado por la república, se refiere a la industria ganadera, que era la gran fuente de riqueza del país, al menos para la oligarquía, que al fin y al cabo era el grupo social en el poder y el que encargó tanto el Pabellón como esta escultura. A la derecha, el joven desnudo que siega está rodeado de atributos agrícolas, otra gran fuente de riqueza. Y a la izquierda, el hombre europeo (que sí lleva pantalones) va rodeado de atributos industriales, representando un país moderno, con toda la última tecnología.
El gobierno de la época gastó millones y millones en el Pabellón y la representación argentina en París. Tenían la ilusión de atraer capitales que financiaran sus proyectos de modernidad e inmigrantes europeos para poblar el país, siguiendo el sueño de Sarmiento.
Claro, la “Campaña del Desierto” del General Roca se había ocupado diez años antes de despoblar el país de indígenas y, en menor medida, de gauchos. La idea era abrir el terreno a la ganadería, porque hacía poco que se había inventado un método de congelación que permitía la exportación de carne a Europa (sin tener que llevar las vacas vivas) y hacía falta más terreno (mucho) para criar ganado en suficiente cantidad como para sacarle el máximo provecho al invento. El ferrocarril también había acortado las distancias y permitía acercar todos los productos del campo al puerto de Buenos Aires.

La idea de crear una París de Sudamérica, como se llego a llamar a la ciudad, surge en esta época también. Es esa generación la que empieza a traer arquitectos franceses. Y es esta idea que me ha dado por llamar el Sueño Argentino de 1880.
El Pabellón se me aparece como un emblema de ese sueño, su representación en la realidad. Una vez terminada la Exposición Universal, sin embargo, la delegación argentina en París intentó venderlo. Era de hierro, como la Torre Eiffel, y se podía desmontar. No hubo compradores, así que decidieron traerlo a Buenos Aires.
Algunas partes se perdieron en una tormenta durante la travesía transatlántica, pero llegó más o menos entero a Buenos Aires. Luego se hizo un concurso de licitación para ver quién quería armarlo y explotar la concesión: lo hizo un inglés, que utilizó el pabellón para diversos tipos de exposiciones hasta 1910, cuando con el Centenario, fue recuperado por la Nación para montar ahí el Museo Nacional de Bellas Artes.
En 1934, el Pabellón fue desmontado y vendido como chatarra, una especie de colofón a ese Sueño de tres generaciones atrás que nunca se terminó de cumplir. Ahora ya sólo quedan el grupo escultórico de la Escuela Raggio y algunos mástiles repartidos por la ciudad.

(Hace falta agradecer a Carlos Morales por permitirnos la entrada al recinto de la escuela, y por mostrarnos el museo que él y otros profesores están montando, dedicado a la historia de la enseñanza en ese centro.)


Gótico en La Plata

jul 14, 15:52


El gótico es el estilo arquitectónico cristiano, y de esa manera Occidental, por excelencia. Es un estilo que confiere una especie de autoridad moral al edificio. Supongo que de ahí viene (sin dejar de lado consideraciones Románticas) el neogótico del siglo XIX: una arquitectura que deseaba proyectar una autoridad moral cristiana en el mundo moderno (el de su tiempo, claro). No es de extrañar que en una época de cambio religioso—del cristianismo al culto del progreso científico—el Parlamento de Londres buscara refugio estilístico en el gótico.

Ayer tuve ocasión de pasar por la ciudad de La Plata y visitar su catedral, que fue ideada por científicos cristianos en el estilo que ellos mismos consideraban de mayor autoridad. Lo que me llama la atención es que se construyó utilizando métodos modernos—en lugar de piedra, ladrillo—y que el ladrillo quedara a la vista, como en cualquier construcción industrial de la época. Así tendríamos una especie de híbrido que podríamos denominar gótico industrial.

Hice algunas fotos con el móvil que me parece que vale la pena colgar aquí. No sé si logro, con ellas, transmitir la espectacularidad del edificio.


Como habrá quedado claro por lo poco que he escrito aquí últimamente, estoy bastante ocupado. Me estoy armando un aprendizaje a marchas forzadas del arte contemporáneo argentino. Es por trabajo y por placer… no sé dividir, si no me gusta no lo hago, o lo hago mal, que es peor.
En ArteBA estuve haciendo un relevamiento de galerías, tratando de hacerme una idea del rumbo general que sigue el arte en Argentina y del particular de cada galería. No deja de sorprenderme que a estas ferias siempre va mucha gente. Luego les preguntas si durante el resto del año van a las galerías y muchos, muchos, te dicen que no. Las razones son varias: falta de tiempo, no saben donde están las galerías o les quedan a trasmano, y la que más me llamó la atención: timidez. Y es verdad que muchas galerías no ayudan, parece como si no quisieran que el público entrara a ver lo que exponen. A veces no dan a la calle, o hay que llamar al timbre; una amiga me decía no hace mucho que cuando tiene que llamar ya ni se acerca. En ese caso, le contesté, lo que hay que decir es simplemente que te gustaría ver la muestra. No hay contraseñas ni nada por el estilo.
La que sigue es una lista de siete galerías que a mí me gustan y que creo que están marcando tendencias. Vale la pena ir.

1/1 Caja de Arte: Una galería pequeñita en Villa Devoto, pero con muestras de lo más interesante, desde arte conceptual hasta libros de artista.

713 Arte Contemporáneo: Trabaja primordialmente con artistas jóvenes y lo hace con mucha energía. Todavía no le he visto una muestra que no me gustara aunque, claro, unas me han gustado más que otras.

Braga Menéndez: Para mí, esta es la mejor galería de Buenos Aires. Arriesgada y muy seria. No estoy completamente de acuerdo con todo lo que exponen, pero ese es un gaje del oficio del riesgo.

Massotta-Torres: Galería nueva, con mucha energía, muchas ganas. Suelen hacer tres muestras a la vez; tienen el espacio. También están trabajando con gente joven. Aquí hay futuro.

VVV Gallery: Dedicada exclusivamente a la fotografía. Las exposiciones tienden a ser muy sólidas. Lleva un año, pero creo que el buen gusto y la inteligencia de sus directoras ya se nota.

Wussmann: La más tradicional de la lista. El espacio expositivo es extraordinario y las muestras siempre están bien colgadas. Al fondo hay una librería de lujo, con material de escritorio de primera calidad y libros de arte.

Zavaleta Lab: Galería muy seria que acaba de abrir un espacio en San Telmo, donde el público está más abierto al arte nuevo que aquí se expone.

Después, si quieren profundizar en esto del arte, recomiendo que echen un vistazo a ArsÓmnibus, donde encontrarán información de todas las muestras que se pueden ver. Vale la pena suscribirse y recibir la hoja semanal en la que cuentan lo principal de la semana que empieza.


Esnobismo y apertura

may 31, 20:05

Nunca se sabe. Nunca se sabe lo que espera a la vuelta de la esquina. Creo que si tengo una ideología, o una idea que me guía por la vida, es esa. Y como todo creyente, soy de la opinión de que quien no piensa como yo está profundamente equivocado y/o es tonto. Soy de la opinión de que mi idea-guía conduce a la humildad ante las cosas que ocurren, tanto los grandes eventos como los pequeños y cotidianos; y que la humildad sirve para mantener la mente abierta a las posibilidades que ofrecen esos eventos. La función del arte, arriesgo, es crear oportunidades de apertura.

Ayer tuve la ocasión de acompañar a tres jóvenes galeristas mexicanos por ArteBA. Lo que pretendían era establecer conversaciones con galeristas argentinos y, con suerte, llegar a intercambios que pudieran ser fructíferos para todos. Este tipo de alianzas son comunes en el mundo del arte, y yo diría que esenciales si queremos que el arte latinoamericano llegue a un reconocimiento global no-colonizado por las necesidades y obligaciones de los galeristas y coleccionistas norteamericanos y europeos—aunque excluirlos resultaría más bien contraproducente.

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El dibujo en ArteBA

may 30, 07:31

Las ferias de arte son eventos comerciales, y desde su inicio en Colonia (la de Alemania) en 1967, siempre lo han sido. Se puede decir que en una feria cualquier obra presentada que no parezca comercial, o fácil de vender, va contra la corriente. Pero yo he cambiado de opinión acerca de esto en los últimos meses: esa obra aparentemente fuera de mercado no va contra el espíritu de la feria, busca ampliarlo, abrir un mercado nuevo. Hay quien se enoja con esto, claro, y piensa que el artista debe mantenerse puro. Y eso es verdad, hasta que nos damos cuenta de que así condenamos al artista (por amor) al hambre. O decidimos, de facto, que sólo los que ya son ricos pueden hacer arte que eluda la cuestión de mercado.
En todo caso, en los últimos meses, me he enterado de unas cuantas iniciativas para renovar el interés y el mercado del dibujo, y que no tratan el dibujo como hermano menor de la pintura, sino como un arte en toda regla. Dos de esas iniciativas no están en la feria: “La línea piensa” y Ni un día sin una línea. Y dos de ellas sí lo están: SAPO y El club del dibujo (de Rosario).

Anoche estuvieron dibujando en El club del dibujo dos amigos míos: Ral Veroni y Diego Bianki. No sé si uno puede aprender mucho sobre el proceso creativo en esta clase de eventos, pero sí que resulta divertido ver a grandes dibujantes en pleno trabajo.












Y éste es el calendario de dibujantes para toda la feria:


ArteBA

may 27, 17:55

Últimamente no he aparecido por este blog, y pido disculpas. He estado ocupado en cuestiones de trabajo que me han impedido mis habituales exploraciones de la ciudad. Ese trabajo tiene que ver con el arte contemporáneo: escribir sobre lo que me interesa, explicárselo a quien se interese y también participar en el aspecto comercial: vender obra. Y como se viene ArteBA, la feria de arte contemporáneo de Buenos Aires, pues he estado a mil preparándome para poder dar el mejor servicio a mis clientes.

La feria empieza mañana, miércoles a las 13 horas, y dura hasta el lunes a las 10 de la noche. Vale la pena darse una vuelta. Los artistas muchas veces, algunas individual y otras colectivamente, están a la vanguardia de cómo veremos y entenderemos el mundo en los años venideros, tanto en lo intelectual como en lo espiritual o, incluso, en lo comercial. No quiero decir que sean una especie de chamanes, pero sí que su trabajo es detectar lo que fluye por debajo de la piel de la sociedad y mostrarlo.

En los próximos días iré colgando aquí algunas sugerencias sobre lo que me parece que hay que ver en la feria. En Paseante Extranjero, mi otro blog, escribiré de manera más específica sobre los artistas que me más interesen.

Espero que esto les sea de alguna utilidad si visitan la feria.


No hace mucho hablaba con el artista Daniel Juárez y en la conversación apareció el tema de las revistas de arte, de cómo aquí no se produce ninguna que sea atractiva, crítica e informativa todo a la vez. Entonces me recordó de un sitio que yo había olvidado, pero donde se encuentra material extranjero de la mejor calidad, sobre todo en revistas de arte y de diseño. Es el kiosco que hay delante del Hotel Alvear en la avenida del mismo nombre, esquina con Ayacucho.
Ahí estuve hablando con el dueño, Romeo Leandro, cuyos padres establecieron el kiosco hace 43 años. Romeo, que tiene 35, lleva trabajando ahí desde los 14, ¡21 años! Así que conoce el negocio de las revistas de importación al dedillo.
Evidentemente son caras, pero según los intereses de cada quien, o su trabajo, en realidad vale la pena invertir en conocer lo que está pasando en otras partes del mundo. Lo que a mí más alegría me dio fue encontrar dos de mis revistas favoritas: The New Yorker, que es la cartelera de Nueva York, a la vez que una revista literaria, y Artforum, revista de actualidad sobre el mundo del arte, pero también con un contenido crítico y teórico bastante serio. Lo bueno de vivir en una gran ciudad es que si uno busca, encuentra lo que necesita.