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El sensor

abr 18, 10:16

Cuando uno ha vivido un tiempo en una ciudad, uno se hace con algo así como un sensor de los humores de esa ciudad. El ritmo del tráfico, el tipo de gente que hay en la calle (más familias, o más ancianos, o más niños, o más hombres con corbata), el tiempo, el nivel de ruido: es como si el cuerpo supiera que algo pasa mucho antes que el intelecto.
Ayer me pasó, y por pura estupidez.
Caminaba por calles no muy lejos del centro, más tarde por Boedo y luego por Almagro, y sentía algo raro en el ambiente de las calles. No sabía si era el tiempo, nublado, tirando a fresco, el principio del otoño. Había calles sin un sólo coche. Mucha gente mayor. Muchos cafés y restaurantes llenos, la gente haciendo cola para conseguir una mesa.
¿Qué pasa? ¿Qué es este ambiente tan raro para un día de semana?
Luego, alguien lo dijo, lo oí de refilón: era jueves santo.
Y es que ni me doy cuenta de los festivos, ni los seculares ni los religiosos.


Un par de novedades

dic 21, 10:16

Cuando digo novedades, es evidente que lo son para mí. Si algo demuestra internet es que cuando uno piensa que ha visto algo nuevo, un montón de gente lo considera ya viejo. Con suerte a ustedes no les sorprenderá nada de lo que viene a continuación .

“Cuidado con la mochila, porque las mujeres se la pulguean.” Fue lo que me dijo uno de esos amigos que uno siempre debe tener en el centro de las ciudades: camareros, vendedores, kiosqueros—gente que conoce bien la zona, por estar ahí a diario, oye y ve lo que pasa. Son los puntos de entrada en la red de información de cualquier ciudad.

A lo mejor mi informador sólo quería congraciarse conmigo, quedar bien, ofrecer una información—falsa o verdadera, no importa—para sacar algo a cambio… no sé qué podría ser.

En este caso, me sorprendió que me avisara de las mujeres. ¿Será la nueva moda entre ladrones y carteristas? Será que las mujeres, aprovechando que provocan menos desconfianza que los hombres, se pueden acercar a una mochila y llevarse lo de dentro con menos resistencia. Sin embargo, no sabía que esta división por género del trabajo se hubiera institucionalizado tanto que la información tuviera un valor particular.

Pero lo que más me llamó la atención fue el verbo pulguear, nuevo para mí. O a lo mejor lo que dijo, y yo, como siempre, oí mal fue punguear. Según el diccionario lunfardo de Athos Espíndola, punga es un “hurto de dinero o efectos de los bolsillos de las personas.” Pero estoy seguro de que oí pulguear. Es porque después de la L, la g es más suave que después de la N.

En todo caso, bajando por la definición de punga en el diccionario encontré esto:

Café de la punga. Nombre que se le daba a un conocido ‘café con camareras’ que existía antiguamente en el barrio de La Boca.”

¿Alguien sabe qué café podría haber sido, y dónde estaba?

Hace un par de años, caminando por Avenida de Mayo, enfrascado en una de nuestras conversaciones épicas con mi amiga Juli, un tipo intentó abrirme la mochila. Yo lo venía vigilando de reojo desde hacía unos metros y cuando me pareció que estaba demasiado cerca, me di la vuelta y lo saludé. Sonrió y cambió de dirección, desapareciendo entre el gentío. Mi única experiencia en Buenos Aires con un punguista.

Al terminar con mis negocios en el centro, me metí en la London, que tiene grandes ventanales y salón fumador, a tomar un café y ver pasar al personal. De manera invariable, la gente que parecía de aquí llevaba el bolso bien agarrado. Los turistas, o sea la gilada, se lo colgaban a la espalda o lo llevaban de cualquier manera, carne de punga.

Estoy practicando con mi palabra nueva. Gracias por su paciencia.


Vengo de la Plaza de Mayo. Estaba a rebosar de gente. La gente cantaba, pero no había alegría en el ambiente. Las banderas y las pancartas llenaban el espacio por encima de nuestras cabezas. No había un solo policía, no había camiones con agentes antidisturbios en las calles aledañas a la plaza, o por lo menos ni vi ninguno, la manifestación era espontánea y pacífica.
Los vendedores ambulantes de comida y bebida trabajaban a tope.
Hoy fue el día del censo y todos los negocios estaban cerrados. A partir de las 20h. empezaron a abrir algunos restaurantes y bares.
Al parecer, hubo gente en la plaza todo el día.
Lo que más me llamó la atención es que estaba lleno de gente de clase media, que normalmente evita las aglomeraciones. Mucha gente joven. Familias. Parejas.
Como peatón extranjero, como observador de lo que pasa en Buenos Aires, como habitante de la ciudad, debo decir que ésta ha crecido muchísimo desde que vine la primera vez en 2005. Aquel año, y viniendo de Europa, una cosa que me llamó muchísimo la atención—por poner un ejemplo banal—es que hubiera espacio para aparcar en todas partes. Ahora escasea. El poder adquisitivo de muchos ha aumentado considerablemente. Como ha mejorado el nivel de vida en la ciudad. Y en otras partes de la Argentina que he ido conociendo.
Eso se ha debido en gran medida a la política del presidente Kirchner y, después, de la presidenta Fernández de Kirchner.
Una cierta idea de sutentabilidad (digo esto en lugar de independencia) económica dentro de las fronteras del país, en medio de la globalización, ha sido la clave de la recuperación de Argentina tras la debacle de 2001. Eso incluye apartarse de la monoindustria hacia una variedad de posibilidades productivas que significa repartir en riesgo, de manera que si falla un sector otro ocupe su lugar. También ha habido enormes esfuerzos por modernizar el sistema impositivo, algo fundamental para la estabilidad del país… y algo que requiere un gran desgaste político y muchos años, no se hace de la noche a la mañana.
Hace más de un año, cuando la crisis financiera mundial estaba en su apogeo (y pronto puede haber otra recaída) el gobierno argentino se negó a aceptar la supuesta verdad, aceptada en muchos otros países como ley de vida, de que había que recortar el gasto público a toda costa. En España, por ejemplo, la crisis se prolonga, el empleo no se recupera, mientras que Argentina y Brasil siguen creciendo.
La política de los últimos dos gobiernos en cuanto a derechos humanos ha sido fundamental, también. No hay manera de superar un trauma nacional de las dimensiones del que sufrió Argentina en los años 70 sin una política de este tipo. También esto lleva años y requiere de un gran esfuerzo de mucha gente, no sólo del gobierno, para combatir la inmovilidad, el silencio y la mala consciencia.
Recientemente, la ley de igualdad de parejas, significó la legalización de algo que ya estaba instalado en la sociedad y reclamaba una apertura dentro del sistema.
Hace falta hacer muchas cosas, todavía, y siete años no dan tiempo para todas. A mí me gustaría ver avances, como los que ha habido en otras esferas, en la cultura, en la ciencia y en la innovación. Eso requiere invertir en educación y, después, en el todo lo que signifique aprovechar esos recursos humanos. No dejar que los cerebros se fuguen a otros países es fundamental para el futuro de Argentina.
Había, hay miles de cosas que hacer en este país. Néstor y, después, Cristina se embarcaron en la difícil tarea de llevarlas a cabo. Con tantos sectores, incluso fuerzas internacionales, en contra, yo (como espectador extranjero) me maravillo de lo que han conseguido.


Apuntes del natural 10

may 12, 10:05

San Telmo, una tarde como a las 7. Estaba esperando para cruzar Piedras, por Carlos Calvo, cuando un hombre bajó de un taxi. No le presté mucha antención, pero sí que me pareció raro que viniera y se pusiera detrás de mí, luego pensé que como escondiéndose. En eso el taxista saca el cuerpo del coche y le grita: “¿Qué me mirás así? ¡Ibas a pasarme un billete trucho, gil! ¡Garca!”
El hombre, relativamente bien vestido y con una mochila cara colgada del hombro, cruzó la calle sin mirar atrás. El taxista se metió de nuevo en el coche y arrancó, pero se detuvo en medio de la intersección y volvió a gritar “¡Garca!” varias veces.
Unos obreros que estaban sentados en la esquina tomándose unas cervezas, las clásicas del fin del día de trabajo, hicieron de coro, a risas, gritando también: “¡Garca!” “¡Garca!”

Traducción para los extranjeros: “garca” significa oligarca, y según me he podido enterar, se llama así a alguien que abusa de los demás, sin que le importe nada. En este caso el garca, al pasar un billete falso, estaba abusando del taxista, descargando sobre él una deuda irrecuperable, a menos que el taxista fuera un garca también y le pasara la deuda implícita en el billete a otra persona.


Apuntes del natural 9

mar 26, 09:18

  • A un amigo le llego el siguiente mensaje al móvil: “Tenés una onda para hacer una movida?”
  • “Voy a tardar más en hablar que ustedes en sacar la plata.” Un vendedor ambulante en un tren de Buenos Aires a La Plata.
  • Pizzería El Gordo. Márketing antiguo en Sarmiento al 4100.
  • Carlos Calvo al 1400, 9 de la mañana. Un travesti borracho, hirsuto después de lo que habrá sido una noche muy larga, con una botella de cerveza en la mano, en cuclillas con la espalda recargada en un taxi estacionado, los pantalones en los tobillos, las sandalias de tacón a un lado, se pone a mear. A mí me toca pasar por delante justo cuando se levanta, mostrándolo todo.

La ola de Palermo

mar 24, 13:02

El mes pasado, una tormenta terrorífica inundó partes de la ciudad. Este video es impresionante.


Apuntes del natural 8

feb 1, 08:17

  • El otro día me encontré con esta pintada a media cuadra de mi casa. El esclavo de amor, esa figura inventada por los trovadores hace 800 años, sigue existiendo y manifestándose en las paredes de la ciudad, modernizada por la pintura en spray. Si yo fuera el dueño del comercio cuya persiana ha servido de papel para este poema, no lo borraría. Me gusta también la premura heredada de la escritura en SMS con el + y el q. El amor en los tiempos post-alfa.
  • Iba caminando por Viamonte, a la altura de Rodríguez Peña, un día normal a eso de la una de la tarde, cuando de repente oí a un tipo cantando “Cielito lindo” a voz en grito, una canción que yo me sabía entera cuando era niño y con los años llegué a detestar. Lo extraño no fue que un tipo la cantara en el centro de Buenos Aires, sino que se le sumaran otros. Al cabo de un momento, había cuatro tipos gritando “Cielito lindo”, pero como por falta de solidaridad, cada uno a su bola, sin cuadrarla con los demás. El desafine era ideal, como para una obra de Tatanian.
  • Me tumbé en la cama a leer. De pronto me entraron unas ganas increíbles de tomarme un whisky. Hace tiempo que dejé los alcoholes fuertes, aunque de vez en cuando me tomo algo, con mucha moderación. Ahí echado en la cama, con el libro en la mano, me puse a imaginar el whisky: cómo me quemaba la boca y la garganta con el primer trago; ese escalofrío que te da; como se va diluyendo el alcohol en el agua del hielo que se derrite; el frío en la mano; el último trago del whisky ya aguado. ¡Era como si me lo hubiera tomado de verdad! Lo jodido vino después: me apetecía OTRO.
  • Entre las ciencias que no triunfaron, está (mi favorita) la frenología, según la cual, los bultos y formas que uno tiene en el cráneo aportan información fidedigna de su carácter. Es algo así como la astrología, pero portátil. A menos que a uno le dé por no llevar la cabeza consigo, o por tenerla tan grande y pesada que, de hecho, debe dejarla en casa cada vez que sale. Cuando estaba en la universidad, monté un club de frenología, del cual, como cabe esperar, yo era el único miembro. Pero el club era oficial y recibía, cada semestre, una pequeña subvención, igual que cualquier otro club. Esta foto es del escaparate de un anticuario en San Telmo. No tengo dinero, y no suelo ya comprar tarugadas, ni no tarugadas, pero en este caso haría una excepción.
  • Fui con Alber Méndez a tomar un café, pero antes lo acompañé a hacer unos pagos en una oficina del Banco Ciudad. No había mucha gente. Mientras él iba a la ventanilla, yo me quedé sentado en la zona de espera. En otra ventanilla había un anciano, medio hecho polvo, cobrando la mensualidad de la jubilación, o eso me imaginé al verlo contar los billetes. El viejo se dio cuenta de que lo miraba, vino directo hasta mí y con un acento claramente italiano se puso a contarme una historia. Bueno, tenía acento y además problemas físicos con el habla, probablemente secuelas de una embolia. Al parecer, él, de joven trabajaba de mecánico en Villa Martelli. Ahí había un carterista chileno al que por su destreza llamaban Manita. Un turista fue a la comisaría a denunciar el robo de su billetera. El comisario ordenó que le trajeran inmediatamente a Manita. El carterista, presionado, devolvió la billetera con todo dentro. El comisario le sugirió que no robara a los pobres (o a la clase media) sino a los que tenían dinero de verdad: ese altruismo. Pero no soltó a Manita. El comisario le mostró que se guardaba la billetera en el bolsillo de atrás del pantalón y le dijo al carterista que no se podía ir hasta que no le sacara la cartera a él. Una broma, ¿no? El comisario andaba por la comisaría, arreglando un asunto y otro, y cuando llegó la hora de comer, le dijo a uno de los agentes que fuera a buscar unas pizzas; se llevó la mano a la billetera y descubrió que no la llevaba. Llamó a Manita, que estaba sentado en la recepción y le dijo que se la devolviera, con rabia. Le preguntó si tenía algo que decir a su favor, y Manita dijo, “Es mi oficio, comisario.” El viejo mecánico que me contó la historia en el banco llevará, ¿cuánto?, ¿50 años riéndose de esto?
  • Caminando por Recoleta, me encontré con la verdad absoluta. O al menos con parte de ella. Un ingeniero que se apellidaba Dagnino, dañino. Sólo cabe esperar que su hermano no fuera médico.

Un tono de Buenos Aires

ene 11, 15:29

Un par de meses de introspección le hacen daño a cualquiera. Resulta preferible vivir hacia afuera, despreocuparse del paisaje interior, con sus rocas, su aridez, su arena que se mete entre los dientes en cuanto se levanta el simún de la autoconmisceración y la necesidad de consuelo. La escasez de vegetación en ese paisaje asusta a quienes se acercan, lo vislumbran desde el borde, quizá con la intención de recorrerlo, conocerlo. No es fácil el desierto, echa para atrás, por mucho que desde cualquier mirador se pueda apreciar el azul de su extensión, la lejanía del horizonte.

Marcelo Bordese ha insistido en que escriba sobre el desierto. Mi negativa hasta ahora ha tenido que ver con el pudor que produce a unos pocos escribir sobre sí mismos: no existe diferencia entre el desierto en el que crecí y lo que alguien pobre de espíritu y de vocabulario (que son la misma cosa) llamaría mi “subjetividad”. Uno suele encontrar esas palabras, ya secas, procesadas por los animales (hormigas, escarabajos) cuando sale al desierto interior. No hace falta ir demasiado lejos en ese territorio aparentemente vacío para encontrar los vestigios de unas cuantas voces similares: “personalidad” es otra.

Bueno, pero estábamos en Buenos Aires, ¿no? Cuesta poco reconocer en esta ciudad las características de un desierto, incluidos algunos oasis, uadis como la 9 de Julio, vistas desde lo alto que seducen y muchos espejismos. Hay una escena en Lawrence de Arabia en la que Peter O’Toole atraviesa un valle en su camello (esa cadencia) y va cantando por el puro placer de oír el eco de su voz rebotado en las rocas que lo circundan. ¿No es eso lo que a menudo hace uno en las grandes ciudades, y en Buenos Aires en particular? Es como el bio-sónar de un murciélago: en esta ciudad hay que tocar de oído.

Muchos españoles, nada más llegar a Buenos Aires, se sienten defraudados; puede mucho, todavía, el mito de la París de Sudamérica. Hay que acostumbrarse a Buenos Aires como hay que acostumbrarse al desierto. No se trata tanto de cambiar el punto de vista, sino de dejar de mirar y empezar a escuchar los zumbidos, las vibraciones, los ecos de la ciudad. Hay que pasar a ser un murciélago como Lawrence y prestar atención a esos sonidos. No tiene por qué ser fácil o difícil, pero se adapta uno a las condiciones del territorio—su topografía, su clima—o se agarra uno el primer avión a cualquier paraíso artificial para turistas.

Los viajeros—desde el siglo XVI hasta el XX—han descrito el mismísimo Río de la Plata como un desierto. Algunos no supieron superar la decepción, la angustia al verse rodeados de ese agua calma, plana, marrón; cabe decirlo de nuevo: hay que dejar de mirar y ponerse a escuchar. El silencio también vibra.

Este desierto de cemento que creció sobre el desierto de tierra junto al desierto de agua puede ser arduo. Si uno lo recorre y escucha con cuidado, siempre encontrará un eco, una vibración interior que armonice con la vibración exterior, aunque sea sólo por un momento. A veces, si nos enamoramos de él, ese eco tiene otro nombre: Belleza.


Paseo del 2 de enero

ene 5, 08:32

En la fiesta de fin de año, ya como a las 6 de la mañana tuve una buena conversación con Fermín Kehoe, cantante del grupo de rock Nenas, y como descubrí, un tipo de gran sensibilidad, creativo en serio, culto hasta sorprender. Digo esto último así porque hoy sorprende encontrarse con gente culta; lo que suele ocurrir es que uno se topa con especialistas que todo lo filtran for su deformación profesional, y si esa profesión les ha traído el éxito, entonces no hay otro filtro que su ego, hinchado como si retuviera líquidos.
Fermín me recomendó que me diera una vuelta por el Museo Sívori a ver la exposición de Joaquín Ezequiel Linares (1927-2001); lo hizo con tanto entusiasmo que no me quedó otra más que ir.
El mejor día del año para darse un paseo por donde sea que uno viva o se encuentre es el 1 de enero. Poca gente, casi todo cerrado, las calles vacías se abren al caminar largo y a la reflexión. Buenas condiciones para repensarse los propósitos de año nuevo, pero mejor, para perderse de la manera recomendada por Walter Benjamin.
Sin embargo, como me acosté a las 8 de la mañana, el día 1 apenas salí de casa—no tanto por la resaca, que no tenía, sino por la falta de sueño, el cansancio acumulado y muchas ganas de estar solo y quieto. Así que dejé el paseo para el día 2.
A melldia mañana de ese día, tomé el subte hasta Plaza Italia y de ahí fui andando por Avenida Sarmiento hasta el Rosedal. No he sido nunca muy aficionado a dar paseos por los bosques y jardines de Palermo, y este paseo, aunque bonito, no sirvió para hacerme cambiar de opinión. Los jardines alrededor del Rosedal y éste mismo estaban llenos de turistas, gente que sale a correr, gente que se tumba en el pasto a tomar el sol o el freso, puestos de bebidas, gente que alquila carritos a pedales para no dar el paseo a pie, gente que alquila botes a pedales para dar un paseo por el laguito. Me siento más solo entre el gentío de cualquier día de semana en el Microcentro que en lugares así.
Por suerte, no tardé gran cosa en llegar al Sívori. La entrada es gratis. La exposición de Linares ocupa casi todo el espacio expositivo y, cuadro tras cuadro, no dejó de sorprenderme. Me queda muchísimo por ver y aprender de arte argentino, y cada vez que veo algo nuevo para mí, se me renueva el entusiasmo.
Después de darme las primeras dos vueltas por la exposición (si hay tiempo, vale la pena darse unas cuantas), encontré un espacio privilegiado. Desde uno de los pasillos del museo, o desde la cafetería, se llega al jardín del museo. Hay bancos para el que simplemente quiera sentarse a consumir tranquilidad, y mesas para el que quiera tomar o comer algo. Los árboles, grandes, frondosos, echan buena sombra. y aunque pasan los trenes de la línea San Martín por un lado, el ruido no es molesto; a mí me gustó mucho verlos pasar—también soy esa especie de bicho que ama lo urbano, lo que construimos, lo que vamos tejiendo y luego (o ya desde siempre) llamamos ciudad. Ahí me pasé un buen rato, la hora de más calor, tomando un agua con gas, leyendo el catálogo de la exposición, anotando algunas ideas.
Después me di otra vuelta por la muestra y salí de nuevo al parque. Lo atrevesé a toda prisa y me metí por las calles de Palermo hasta Avenida Santa Fe, donde tomé el subte de nuevo en casa.
Con el calor y la humedad, con el cansancio acumulado de las fiestas, me tumbé a echar un sueño. No está mal para el primer sábado del año, me parece a mí.


Vendedores & mendigos

oct 30, 17:51

Hace un par de semanas, entré en un sitio en la calle Florida y me compré un sandwich (había 2 × 1) y una botella de agua. Me fui a comer a la Plaza San Martín. Y ahí estaba, sentado en un banco, masticando y leyendo, cuando se me acercó un tipo que me pidió unas monedas. No sé por qué los mendigos en Buenos Aires piden monedas, un bien tan escaso que es más fácil soltar un billete de dos pesos que una moneda de uno. De otra manera, el riesgo de no poder viajar en colectivo cuando haga falta es demasiado alto. Le digo al chico que no tenía monedas. Entonces, me preguntó si compartiría mi sandwich, del cual yo ya iba por la mitad, y aunque no tengo ningún problema en decir que no, le di lo que quedaba.
Debo explicar que nunca me siento mejor, ni aliviado, ni nada cuando le doy algo a un mendigo. Se lo doy y ya está, me olvido. Y en esté caso también me olvidé, me fumé un cigarro, terminé de leer el poema en el que estaba cuando fui interrumpido, me levanté y seguí adelante con las cosas que tenía que hacer por el centro.
Me olvidé hasta el martes pasado, cuando de nuevo estaba con un sandwich, o varios pero de miga, un agua y un libro, esta vez en la barranca que baja de la Plaza San Martín al monumento a los soldados de la Guerra de las Malvinas. Ahí se me acercó un tipo que vendía bolígrafos, marcadores, lápices. Yo no quería nada y no le compré. Entonces me dijo que tenía hambre y si no le daba uno de los sandwiches de miga, y se lo di. Me acuerdo que le dije “Sí, claro” mientras lo sacaba de la bolsa.
Ahí me acordé del otro chico que me había pedido comida. Ahí se me ocurrió una cosa: que un mendigo y un vendedor son el mismo tipo de bicho. Quizá las alas sean de un color distinto pero tienen la misma forma.
Mi familia eran comerciantes, y yo crecí entre vendedores. Los vendedores tenían una frase que se ha quedado conmigo: “Que no se nos vaya ninguno vivo.” Traduzco: a todo el mundo hay que venderle, sea lo que sea, por un peso o por mil, pero que compren. Reconocí que los mendigos tienen el mismo credo: que te den algo, una moneda, un sandwich, un cigarro, lo que sea, pero que no se escapen sin soltar nada. No sé por qué no se me había ocurrido antes.
Quizá las empresas que necesitan buenos vendedores deberían reclutarlos entre los mendigos que, más que experiencia, tienen la mentalidad necesaria. ¿No se dice que los buenos vendedores son capaces de vender lo que sea?


Apuntes del natural 7

sep 25, 18:53

Llevo muchos días ocupado sin parar y tengo poco tiempo para caminar por la ciudad, así que ayer que tenía una reunión en Barracas y luego cosas que hacer en San Telmo, decidí ir andando del primero al segundo. Es un paseo que siempre me ha gustado: por Iriarte hasta Montes de Oca, luego por Martín García hasta Bolívar y por ahí hasta San Telmo. En el camino me encontré con algunas cosas que me llamaron la atención y que fui anotando o fotografiando, aunque no llevaba la cámara, sólo el móvil.

UNO
Lo primero que vi que me obligó a detenerme fue este cartel:

Nunca me han hecho mucha gracia las estatuas vivientes, más bien me dan cierto repelús, quizá espiritual, quizá social. Recuerdo todavía el horror que me causó una película de James Bond en el que Roger Moore vuelve al hotel para encontrar que su última chica ha sido asesinada: la habían pintado con no sé qué pintura que le había tapado los poros y se había asfixiado, o algo por el estilo. Padezco de claustrofobia y siempre me ha parecido que la pintura corporal es una especie cárcel asfixiante; cuando veo estas estatuas por la calle me da una sensación de encierro, tal vez propiciada también por su inmovilidad. Las primeras que vi fue en la Rambla de Barcelona y siempre me parecieron una especie de protesta muda por el desempleo, que en España llaman “paro”. Esta gente estaba ahí parada porque estaba parada. Pero un concurso como este ya implica una cierta profesionalización, ¿no? Ya no es aquello de pintarse de blanco y hacer un poco el tonto; ahora hay que pensar, hay que saber escoger el personaje que uno quiere representar y la mejor forma de hacerlo. Muchas estatuas vivientes aluden a personajes de la cultura popular o de la tele, con lo que se topan con un público experto y crítico… y más en un concurso.

DOS
Pasando por delante de la plaza Colombia, vi a una señora mayor haciéndole una foto a su nieto. No tiene nada de raro, ¿no? Pero se la hacía con un teléfono móvil, y el nieto le hacía fotos a ella también con otro móvil. Estaban jugando, pero tecnológicamente, como si fueran adolescentes. Y pensé, Mira la abuela, qué moderna. Fue una escena urbana del futuro.

TRES

Iba cabizbajo por Martín García, pensando en el trabajo—los paseos largos me sirven para pensar, incluso cuando estoy en casa deambulo por todo el departamento, hablando solo, probando alternativas virtualmente antes de plantearlas com proyecto. Pues iba pensando, mirando al suelo, cuando de repente levanté la vista y me encontré con esta esquina racionalista, esa luz y ese cielo. Hice una foto con el móvil sin tener idea de cómo saldría, pero al verla en el ordenador me pareció que valdría la pena incluirla en este post. Me gusta sobretodo cómo los vecinos han ido cerrando los balcones, algo que me recuerda mucho a Galicia, aunque el racionalismo me recuerda a Valencia: era como si en pleno Buenos Aires me encontrara con una mezcla de esos dos lugares, como si estos últimos años se resumieran en una sola vista: Coruña, Valencia, Buenos Aires, tres ciudades que amo todas puestas en un mismo instante, en una sola foto interior que de alguna manera incompleta he logrado exteriorizar aquí.

CUATRO

Ya había visto este carro antes, pero nunca le había hecho una foto. Pertenece a una empreza de mudanzas que parece recién incorporada al siglo XX. El carro ya no va con caballos sino enganchado a un auto, pero es bien fácil imaginar que en cualquier momento puede salir el transportista de algún lado tirando de un caballo para ir a hacer una mudanza. Eso sería genial.

CINCO

Justo estaba leyendo en un libro sobre Aby Warburg que el gran historiador cultural asoció el rayo que era el logo de la empresa eléctrica de Thomas Edison, con las serpientes que se utilizaban en danzas rituales muy antiguas. El rayo y la serpiente (que también tenemos en la tradición judeo-cristiana) son símbolos de fuerzas que el ser humano intenta controlar o por lo menos apaciguar. Me encantó ver este símbolo aquí, hecho a mano, quizá sólo por repetición, pero indudablemente aludiendo a algo muy antiguo, muy arraigado en la memoria cultural.

Llegando a San Telmo, ya me preocupé por orientarme e ir adonde tenía que ir, pensando en cosas que tenía que hacer, y dejé de mirar.


Feriado

ago 17, 15:18

Hoy es feriado, y yo ni me había dado cuenta. Bueno, me di cuenta el sábado, cuando estaba intercambiando mails para quedar el lunes y se me avisó amablemente que el lunes no se trabaja. Puedo saber perfectamente la fecha, apuntármela en la agenda y aún así no me daré cuenta del feriado.
El otro día hablaba de esto con Pep Izquerdo. Le comentaba que en España me pasaba lo mismo, pero que en cambio me acordaba perfectamente de los días festivos mexicanos. Creo que es algo que se nos mete debajo de la piel en la primaria. Queda grabado en el cerebro de manera tan indeleble que luego, vivamos donde vivamos, nos acordamos de las fiestas patrias del país donde hicimos la primaria pero no de las del país donde vivimos ahora.
No sé cuántas veces no he salido a la calle, tan tranquilo, con una lista larga de cosas por hacer y vuelto a casa a la media hora en cuanto me daba cuenta de que todo estaba cerrado. Así, me olvido de ir a comprar comida el día antes, o pienso que puedo ir a pagar un recibo, cualquier cosa. No lo llevo grabado en el alma, el cerebro, el cuerpo, o donde sea que se graban estas cosas.
Dicen que el olfato nos devuelve instantánea y directamente al pasado en el que percibimos ese olor con más intensidad. Pasa también con las canciones, que enseguida nos traen ciertos recuerdos, ciertas sensaciones. La memoria de los días feriados es algo así como nuestro olfato cívico.
En cambio me ha ocurrido que me levanto de la cama un 16 de septiembre en Valencia, o un 5 de mayo en Buenos Aires, y siento que me puedo tomar el día libre. Pero claro, también sé que estoy viviendo en otro país y me lleva unos segundos repensar la actividad del día.
Visto así, no cuesta nada ver por qué el catolicismo adoptó como propias muchas fiestas paganas, adaptándolas al santoral, o viceversa. Resultaba más fácil adaptar la institución a la gente que no al revés. Lo otro, la supresión de lo anterior, de lo pagano, de lo judío, en Europa, o de lo indígena en América, cuando la Iglesia se sentía más segura de sí misma, ya sabemos cómo salió, cuánta violencia hubo. Y aún así se crearon híbridos, tradiciones mestizas. Es muy difícil, si no imposible, sacar a la gente de sus hábitos más interiorizados.
En fin, hoy es feriado pero no me tomo el día libre. Tengo muchas cosas que hacer, muchos libros imprescindibles que leer (para un trabajo que estoy escribiendo), y hay que comer, ¿no? Creo que haré un guiso bien tradicional.