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Vendedores & mendigos

oct 30, 17:51

Hace un par de semanas, entré en un sitio en la calle Florida y me compré un sandwich (había 2 × 1) y una botella de agua. Me fui a comer a la Plaza San Martín. Y ahí estaba, sentado en un banco, masticando y leyendo, cuando se me acercó un tipo que me pidió unas monedas. No sé por qué los mendigos en Buenos Aires piden monedas, un bien tan escaso que es más fácil soltar un billete de dos pesos que una moneda de uno. De otra manera, el riesgo de no poder viajar en colectivo cuando haga falta es demasiado alto. Le digo al chico que no tenía monedas. Entonces, me preguntó si compartiría mi sandwich, del cual yo ya iba por la mitad, y aunque no tengo ningún problema en decir que no, le di lo que quedaba.
Debo explicar que nunca me siento mejor, ni aliviado, ni nada cuando le doy algo a un mendigo. Se lo doy y ya está, me olvido. Y en esté caso también me olvidé, me fumé un cigarro, terminé de leer el poema en el que estaba cuando fui interrumpido, me levanté y seguí adelante con las cosas que tenía que hacer por el centro.
Me olvidé hasta el martes pasado, cuando de nuevo estaba con un sandwich, o varios pero de miga, un agua y un libro, esta vez en la barranca que baja de la Plaza San Martín al monumento a los soldados de la Guerra de las Malvinas. Ahí se me acercó un tipo que vendía bolígrafos, marcadores, lápices. Yo no quería nada y no le compré. Entonces me dijo que tenía hambre y si no le daba uno de los sandwiches de miga, y se lo di. Me acuerdo que le dije “Sí, claro” mientras lo sacaba de la bolsa.
Ahí me acordé del otro chico que me había pedido comida. Ahí se me ocurrió una cosa: que un mendigo y un vendedor son el mismo tipo de bicho. Quizá las alas sean de un color distinto pero tienen la misma forma.
Mi familia eran comerciantes, y yo crecí entre vendedores. Los vendedores tenían una frase que se ha quedado conmigo: “Que no se nos vaya ninguno vivo.” Traduzco: a todo el mundo hay que venderle, sea lo que sea, por un peso o por mil, pero que compren. Reconocí que los mendigos tienen el mismo credo: que te den algo, una moneda, un sandwich, un cigarro, lo que sea, pero que no se escapen sin soltar nada. No sé por qué no se me había ocurrido antes.
Quizá las empresas que necesitan buenos vendedores deberían reclutarlos entre los mendigos que, más que experiencia, tienen la mentalidad necesaria. ¿No se dice que los buenos vendedores son capaces de vender lo que sea?


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