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Un tono de Buenos Aires

ene 11, 15:29

Un par de meses de introspección le hacen daño a cualquiera. Resulta preferible vivir hacia afuera, despreocuparse del paisaje interior, con sus rocas, su aridez, su arena que se mete entre los dientes en cuanto se levanta el simún de la autoconmisceración y la necesidad de consuelo. La escasez de vegetación en ese paisaje asusta a quienes se acercan, lo vislumbran desde el borde, quizá con la intención de recorrerlo, conocerlo. No es fácil el desierto, echa para atrás, por mucho que desde cualquier mirador se pueda apreciar el azul de su extensión, la lejanía del horizonte.

Marcelo Bordese ha insistido en que escriba sobre el desierto. Mi negativa hasta ahora ha tenido que ver con el pudor que produce a unos pocos escribir sobre sí mismos: no existe diferencia entre el desierto en el que crecí y lo que alguien pobre de espíritu y de vocabulario (que son la misma cosa) llamaría mi “subjetividad”. Uno suele encontrar esas palabras, ya secas, procesadas por los animales (hormigas, escarabajos) cuando sale al desierto interior. No hace falta ir demasiado lejos en ese territorio aparentemente vacío para encontrar los vestigios de unas cuantas voces similares: “personalidad” es otra.

Bueno, pero estábamos en Buenos Aires, ¿no? Cuesta poco reconocer en esta ciudad las características de un desierto, incluidos algunos oasis, uadis como la 9 de Julio, vistas desde lo alto que seducen y muchos espejismos. Hay una escena en Lawrence de Arabia en la que Peter O’Toole atraviesa un valle en su camello (esa cadencia) y va cantando por el puro placer de oír el eco de su voz rebotado en las rocas que lo circundan. ¿No es eso lo que a menudo hace uno en las grandes ciudades, y en Buenos Aires en particular? Es como el bio-sónar de un murciélago: en esta ciudad hay que tocar de oído.

Muchos españoles, nada más llegar a Buenos Aires, se sienten defraudados; puede mucho, todavía, el mito de la París de Sudamérica. Hay que acostumbrarse a Buenos Aires como hay que acostumbrarse al desierto. No se trata tanto de cambiar el punto de vista, sino de dejar de mirar y empezar a escuchar los zumbidos, las vibraciones, los ecos de la ciudad. Hay que pasar a ser un murciélago como Lawrence y prestar atención a esos sonidos. No tiene por qué ser fácil o difícil, pero se adapta uno a las condiciones del territorio—su topografía, su clima—o se agarra uno el primer avión a cualquier paraíso artificial para turistas.

Los viajeros—desde el siglo XVI hasta el XX—han descrito el mismísimo Río de la Plata como un desierto. Algunos no supieron superar la decepción, la angustia al verse rodeados de ese agua calma, plana, marrón; cabe decirlo de nuevo: hay que dejar de mirar y ponerse a escuchar. El silencio también vibra.

Este desierto de cemento que creció sobre el desierto de tierra junto al desierto de agua puede ser arduo. Si uno lo recorre y escucha con cuidado, siempre encontrará un eco, una vibración interior que armonice con la vibración exterior, aunque sea sólo por un momento. A veces, si nos enamoramos de él, ese eco tiene otro nombre: Belleza.


2 Respuesta a "Un tono de Buenos Aires"

  1. martinsz dice:

    Roger:
    Si bien tu post termina con optimismo, no puedo dejar de sentir que en el ultimo tiempo te entusiasma menos la ciudad que antes. Espero que no te parezca duro mi comentario, si querés, podés suavizarlo pensando que estoy proyectando mis propias sensaciones.
    Y es cierto, yo estoy cansado y quiero viajar, quiero salir del desierto de trabajar alienado en el microcentro, de vivir en un pequeñísimo departamento. Hay lindos ecos: la relación cordial con los compañeros de trabajo, la linda vista desde mi ventana, y algunas personas que hacen más liviano el peso de la vida, pero bueno, si no se cambia no se mejora.
    ¿Cómo encarar un nuevo viaje? (en mi caso, el primero con estas características de ruptura)
    ¿Cómo te sentiste cuando te fuiste de la ciudad en la que estabas antes de venir aca (Valencia, supongo)?

    Un abrazo.

    Ah, a propósito, tengo la imporesión de que no se muestra el texto de los comentarios en el template de tu sitio.

  2. Roger dice:

    Hola Martín

    Como ves, ya está arreglado el problema de visualización de los comentarios.

    Tienes razón, he perdido un poco el entusiasmo por la ciudad. Lo empiezo a recuperar ahora, pero de otra manera. No sé exactamente cual, o cómo, todavía, eso lo iremos viendo juntos conforme vuelvo a escribir en este blog.

    Cuando uno se va de una ciudad, de un lugar, siente entusiasmo y pesar al mismo tiempo. No todo lo que se deja atrás es desechable, y menos cuando se trata de afectos, de personas queridas. He mantenido el contacto con algunas de estas personas porque son importantes para mí. Lo que he aprendido a hacer, en mis largos años nómadas, es a llevar conmigo esos afectos, a vivir con ellos, a echar de menos a las personas sin que resulte paralizante. No es fácil.
    También, gracias a la tecnología es barato mantenerse en contacto, no perderse, pero se echa de menos el contacto físico… no todo puede ser virtual en una amistad o una relación, sea cual sea.
    Una ciudad se puede dejar. Eso no cuesta nada. Lo que yo no puedo hacer es dejar atrás a la gente que quiero.
    Para mí las ciudades están hechas de encuentros con esas personas. Hay más, claro, pero en muchos casos resulta hasta deseable cambiar, ver cómo se hacen las cosas en otros lugares.
    Supongo que eso es lo que buscas. Otra manera de hacer las cosas.
    Otra cuestión: cuando uno se va, ya no es posible volver. Esto puede que suene trillado, y lo será, pero uno cambia y cambian los lugares y la gente. Todo cambia. Llega un punto, como me pasó a mí, en que ya no puedes volver a ningún sitio. De ahí que no me quede otra que seguir adelante.

    un abrazo
    rc

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