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Llevábamos semanas, Alberto Méndez y yo, quedando para ir al Globo a comer un puchero y siempre, uno u otro, nos encontrábamos con otras mil cosas que hacer: casi siempre trabajo. Pasado ArteBA, y los dos con algo más de tiempo libre, decidimos encontrarnos ahí el viernes pasado a la 1 del mediodía.
El Globo es uno de esos restaurantes españoles que hay en el centro, en o cerca de la Avenida de Mayo, que se han convertido en clásicos de Buenos Aires. En el 2008, cumplió 100 años, y hay una placa en la puerta de la ochava que lo anuncia y lo celebra.
Cuando llegué, Alber, que por primera vez en la historia de la humanidad llegó antes que yo, estaba dibujando, sentado a una mesa que daba a la ventana de la calle Salta. No nos hizo falta ni mirar el menú, sabíamos qué íbamos a pedir. Al parecer tienen cuatro tipos de puchero en El Globo: de cerdo, de vaca, de pollo y el mixto. El camarero nos avisó que el mixto sería demasiado para dos personas, así que nos apuntamos al de vaca.
En Madrid, el cocido viene con un primer plato de caldo con fideos. Aquí no, aquí se va directamente al grano, cosa que yo agradecí, porque siempre me lleno con el caldo y luego no me queda sitio para lo demás.
Los ingredientes del puchero del Globo son los que siguen. Verdura: papas, garbanzos, zanahoria, choclo, zapallo, repollo, batata. Carne: chorizo, morcilla, panceta y una larga tira de costilla de vaca.

Ya con el ritual de ponerse en el plato algo de cada cosa, a mí se me hace agua la boca. Luego es cuestión de cortarlo todo en cachitos, echar un chorrito de aceite de oliva y sal… y a comer. A comer durante un par de horas, porque el puchero tiene la virtud de ser una comida lenta. Por eso siempre lo posponíamos; esto no es como comerse un sandwich o una pizza a toda velocidad para volver a la calle cuanto antes. Aquí hay que tener paciencia, saber estar delante de la comida y masticar despacio.
La conversación y la comida: mis dos actividades favoritas. Ya habíamos comido lo suficiente como para alimentar a una familia de Barrio Norte, de esas que siempre están a dieta, cuando le pedimos al camarero que se llevara las dos fuentes a la cocina para recalentarlas. No nos dábamos por vencidos.
Mirando a nuestro alrededor, nos dimos cuenta de que todo el mundo pedía puchero. La vida del jefe de cocina del Globo no ha de ser muy difícil. Sin embargo, había dos mujeres no muy lejos de nosotros que habían pedido, sacrílegamente, cosas como ensalada y milanesas y yo qué sé. En las demás, gente de todas las edades, en mesas de dos, de tres, de cuatro y de más, todo el mundo le hincaba el diente a un buen puchero.
Así que ahí estaba por fin: el puchero, una botella de vino, pan… no se puede pedir más. O sí, un café, al final. Como íbamos bien llenos, luego nos pasamos a la confitería del Hotel Castelar a tomar otro café. En total, unas 3 horas y media.
Yo, a las 6, tenía una reunión en Pueyrredón y Arenales, y para hacer la digestión sin pasar por el ritual de la siesta, me fui andando. Despacio. Uno de los paseos más placenteros que he dado sólo por Buenos Aires.


3 Respuesta a "Un puchero en El Globo"

  1. Amelia dice:

    Qué envidia. Un ritual algo parecido hago con mis amigos, nos reunimos en invierno, sobre diciembre, y comemos un puchero tradicional de la comarca de La Marina Alta, en Alicante. Todo un placer para los sentidos. Los ingredientes son parecidos a los argentinos, en cada zona los productos del terreno y el resultado siempre el mismo. Una mezcla de sabores y olores fantástica. Después, buena conversación, café y mistela de Teulá.

  2. Dany Longo dice:

    Aqui vamos a cenar manana. Un Abrazo
    Dany

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