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Para Pep Izquierdo

No sé bien si en los tiempos que corren (como siempre buenos y malos a la vez, según quien los viva) tenga sentido o sea buena o mala idea comentar que una de mis aficiones favoritas es sentarme en la terraza de un café a mirar—no a la gente, así en general—sino a las mujeres que pasan. Con el tiempo que llevo en Buenos Aires, creo haber descubierto que uno de los mejores sitios para mi humilde vocación de flanêur, o simplemente de mirón, es la esquina de Tucumán y Rodríguez Peña. Ya ahí, me acomodo ante una de las mesas del café Mar Azul, me pido un carajillo y dejo que se me salgan los ojos de la cabeza… como en los dibujos animados.
Por esta esquina pasan mujeres para todos los gustos. Hombres también, supongo, pero no he prestado atención. Como se trata sólo de observar, sin molestar, sin fijar la mirada en nadie, sin decir nada, puedo practicar mi afición sin prejuicios. Me puede llamar la atención alguna parte de un cuerpo, o una forma de caminar, o un estilo al vestir, o un rostro particularmente bello, o un gesto, una actitud, incluso una voz.
Muy de vez en cuando pasa una mujer que, por alguna razón, algo quizá inaprensible, me llena de saudade, como si me pudiera enamorar de ella sin remedio.
Desgraciadamente, no actúo nunca cuando eso ocurre. Carezco de la capacidad, que tienen algunas personas, de acercarme a otra, desconocida, en plena calle y…yo qué sé…proponerle un café o el intercambio de números de teléfono o direcciones de correo electrónico. La calle, donde habitualmente me siento tan cómodo, se me convierte en un lugar hostil en este sentido. Sin embargo, en ocasiones sociales (fiestas, inauguraciones en galerías, etc.) no tengo el menor reparo en aproximarme y hablar de cualquier tontería.
No sé si es ésta una timidez, una cobardía, algún tipo de impotencia; impotente—y estúpido—me parece el tipo que le dice algo, cualquier cosa, a una mujer que pasa, incluso con la esperanza inútil de que ella responda favorablemente. Eso, excepto cuando la cosa dicha es muy, muy bonita, y la intención es alegrarle el día a la mujer en cuestión. Lo que me mata es que hay imbéciles que incluso meten mano, el colmo de la bajeza, de la vileza, como diría probablemente Pérez Reverte.
Lo mío es un placer de esteta fundamentado en la mirada y la distancia. Mis juicios son estéticos y desprendidos, como si surgieran de una especie de pasión desapasionada.
La experiencia me avisa que las mejores horas para este modesto esteticismo son las del desayuno, el almuerzo y del cierre de las oficinas del centro, principalmente de lunes a viernes.

(Otra cosa: mis mejores amigas se ríen de mi pasión por el calzado femenino, acerca del juicio del cual tengo criterios y parámetros estrictos y no negociables. No se trata exactamente de un fetichismo, sino de un aspecto de ese esteticismo del que hablaba más arriba. A las mujeres no las juzgo por el calzado, sino que juzgo los zapatos en sí mismos y, quizá, en cómo combinan con el resto del atuendo y lo que interpreto que la portadora está tratando de comunicar al salir así vestida y calzada a la calle.
Sin embargo, sí que juzgo a los hombres por cómo van calzados. Incluso, hace años, me vi una vez incapacitado para leer la obra de un poeta basándome exclusivamente en sus zapatos. ¡Nadie con aquellas birrias en los pies podía ser capaz, en una opinión que mantengo hasta hoy, de escribir un poema digno de ser leído!)

(Y otra: Por si a alguien le da por preguntar, las mujeres que más me gustan son inteligentes y, casi siempre, lectoras).


2 Respuesta a "Un mirón en Buenos Aires"

  1. Andrea dice:

    Me gusta mucho tu página, cómo puedo hacer para anotarme como seguidora y enterarme cada vez que hay una actualización?
    Suerte!!!

  2. Roger dice:

    No sé, puedes anotarlo en Google Reader, o algo por el estilo. O si tienes un blog, en el blogroll.

    Saludos

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