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Por una razón u otra, me tocó esperar en las cercanías de La Rural, unos tres cuartos de hora, o así. Con el gusto que siempre me produce la idea de entrar en una librería fui a echar un vistazo a los puestos de libros que hay en la medianera de Santa Fé tocando a la plaza: uno siempre tiene que cumplir con sus adicciones.
Miré y miré, y nada; ahora cada vez más, los puestos de libros viejos tienen libros nuevos, los mismos “éxitos” que no voy a comprar y estoy aburrido de ver en las mesas de novedades de librerías comunes.
Pero luego llegué al puesto de Daniel, un vendedor de libros de la vieja escuela, de esos que en cuanto se entera de los temas que te interesan te empieza a descargar bibliografía, mostrándote una cosa tras otra como una ametralladora puesta en semi-automático. Y claro, también te va tanteando con los precios, para ver hasta dónde estás dispuesto a llegar. Incallable, el tío no para de hablar, conversando sin tregua sobre una cosa u otra, para que no te vayas, o al menos no lo hagas sin comprar.
Me mostró libros maravillosos, en cuanto supo que me interesaban sobre Buenos Aires, pero me resultaban caros. O no caros; estaban a buen precio, siendo lo que eran, pero el precio superaba las posibilidades de mi bolsillo, que hace mucho que no guarda euros.
Daniel no se desanimaba. Estuvo a punto de sacar sangre con un libro sobre los gallegos de Buenos Aires, con portada de Luis Seoane, precioso. Pero yo no podía pagar lo que pedía.
De repente se acordó de algo y corrió a uno de los otros puestos, para volver con el libro que por fin logró venderme, uno que yo había visto antes y siempre me había tentado pero también había pospuesto: Buenos Aires, un museo al aire libre, de León Tannenbaum (1983), una recopilación de sus artículos en varias publicaciones desde los 50 hasta los 80. Era como comprarme el blog sobre Buenos Aires de Tannenbaum, y estoy encantado con él.
¿No es genial que haya libreros así? Son agresivos, te cansan la oreja, le vacían la billetera, claro, pero ¿qué haríamos sin ellos?


5 Respuesta a "Un librero de Plaza Italia"

  1. Amelia dice:

    Una vez tuve un sueño, fui librera en Valencia, qué error, soñé que podía vivir de vender libros, de manosearlos, leerlos, hablar sobre ellos. Aquellos si que fue un sueño.

  2. Roger dice:

    Valencia es difícil para una librería, sí. Aquí creo que he visto un buen número de librerías de viejo abiertas recientemente. O quizá es que se cambiaron de lugar y yo no lo sabía (lo de los alquileres en BA es criminal).
    En todo caso, los sueños son para vivirlos, ¿no? Aunque luego no salgan bien. Pero que nos quiten lo bailao…

  3. Carolina Chemin dice:

    Puedes dar la dirección de esta maravilla?

  4. Roger dice:

    No sé el número del puesto en que está, pero es uno de los que quedan de cara a La Rural. Puedes ir preguntando por Daniel hasta que lo encuentres, supongo que tardarás unos 10 minutos.

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