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Últimamente voy con alguna frecuencia a La Plata. Al principio utilizaba el servicio de colectivos que tiene parada en Lima e Independencia (también hay combis), pero pronto opté por tomar el tren, que puede tardar 20 ó 30 minutos más en llegar, pero me gusta más y en realidad es más cómodo… si no me toca viajar de pie. Admito que esto de preferir el tren es puro romanticismo: me gustan más las estaciones, el ambiente de sus alrededores, la vista desde el tren, que siempre tiene una mayor relación con las poblaciones que la autopista.
Una tarde de lluvia, no hace mucho, de regreso a Buenos Aires, saliendo de la estación de Constitución por la calle Lima, me dio la impresión de haber entrado súbitamente en Blade Runner. El gentío, los comercios iluminados, los puestos de venta en la calle, el vaho en los ventanales de restaurantes y cafés, el humo de autos y colectivos, el agua vaporizada en el aire. Era de día pero estaba oscuro. Esa sensación de haber entrado en otra realidad, una imaginada en parte por Philip K. Dick y Ridley Scott, tardó horas en abandonarme.
Desde ese día, siempre que llego a Constitución me encamino a casa a pie. Pero no he vuelto a sentir eso tan raro de estar en otro mundo.


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