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Hace unas semanas colgué aquí un artículo sobre los cafés, su función social, su lugar en la ciudad. Pero creo que algo me quedó en el tintero, algo más específico sobre los cafés de Buenos Aires.
Como ya dije, los cafés cumplen muchas funciones más allá del dar de comer y beber a los transeúntes. Hay cafés con tertulias literarias o artísticas; con lectura de poemas una noche a la semana; con música en vivo; con libros y juegos de mesa; con la prensa del día; con fútbol en la tele. Si uno se pone a averiguar, encontrará que hay ciertos escritores que siempre están entre tal y tal hora en el mismo café; si uno no se comporta como un imbécil, puede acercarse y entablar conversación: recomiendo no hacerlo si se los ve en el acto de escribir. Estas actividades se pueden observar en cafés de todos los barrios de la ciudad, no tienen por qué ser exclusivamente los del centro.
Hay cafés que se han convertido en museos. El Bar Palacios tiene una importante exposición de cámaras fotográficas. El Café Tortoni se ha convertido en un museo de si mismo, y está siempre lleno de turistas que pagan por la “experiencia” de un café clásico del Buenos Aires de otro tiempo. La Confitería Ideal es un museo de la decadencia de ese Buenos Aires, algo así como lo opuesto al Tortoni. El Federal, el Margot y el Bar de Cao, todos del mismo dueño y con la misma carta de comidas y bebidas, son museos del café viejo, un poco falsos, pero con esa falsedad lo suficientemente bien disimulada como para atraer principalmente a un público local, incluso de barrio.
Muchos cafés se perdieron, aunque todavía existen. En los 90, hubo un auge de remodelaciones en los que primaba el latón y el mosaico de segunda. Así se creó un café genérico de Buenos Aires que siempre intento evitar. Pasó en todas partes, esto, así que no hay por qué culpar a los porteños de esta mala interpretación de lo nuevo.
Luego están los cafés muy de barrio, en los que rara vez para alguien que no sea de por ahí. El servicio suele ser malo porque la mayoría de los clientes son habituales y no requieren la cortesía (una forma de distancia) que el extraño aprecia. Cerca de mi casa hay uno que me gustaba por el desgaste, el paso del tiempo que se ve en él; pero después de un par de veces dejé de ir porque no me apetecía hacer el esfuerzo de convertirme en habitual… y es que aparte de no poder fumar adentro, tampoco me dejaban sacar una mesa a la vereda, sobre la que hay un toldo considerable.
Lo que más he echado en falta en los cafés de Buenos Aires es una barra a la que puedan arrimarse los clientes. La barra es importante cuando uno es de fuera, porque permite hablar con el de al lado, iniciar conversaciones que luego se pueden convertir en amistades, aunque sólo sean de café. De esto tengo una amplia experiencia en otros países.
Ocupar una mesa implica cierta soledad. El esfuerzo de ir a otra mesa a entablar conversación es muy grande. También ocurre que la mesa se convierte en una especie de espacio privado y a uno, o a muchos, no les gusta que un desconocido se acerque, sea cual sea su misión.
El uso de la mesa, y el desuso de la barra, han creado un tipo de vida en los cafés que es más o menos asocial, disgregada, dispersa. No se quiere entrar en contacto con el otro. ¿Es esto un reflejo de la vida en la ciudad? Yo creo que sí.
Creo que refleja la desconfianza que sentimos los habitantes de Buenos Aires hacia lo que queda fuera de nuestro círculo. Yo tengo la costumbre de hablar con quien sea, donde sea; uno nunca sabe lo que puede llegar a aprender de otro, del desconocido en la calle que te pide un cigarrillo, de la persona que está haciendo la misma cola o va en el asiento de al lado en el colectivo, etc. Pero lo que no me atrevo es a acercarme a otra mesa en un café a entablar conversación. Ahí hay un código que todavía no acabo de comprender.
Luego también está la cuestión del tabaco. Los cafés fueron siempre inclusivos, cualquiera podía entrar y tomar algo… siempre que pudiera pagar. Y la idea era también que cualquiera pudiera hablar con quien quisiera, así se armaron organizaciones de todo tipo en el pasado, desde partidos políticos, hasta movimientos artísticos y clubes de fútbol. Pero esta prohibición es excluyente, y hay que saber que lo excluyente y lo exclusivo conducen al silencio social, o a la eliminación de posibilidades sociales y por tanto, a la disgregación y la desconfianza.

Llevo todo este artículo hablando en términos más o menos negativos. Pero esa parte de mi teoría de los cafés. Lo que debo decir para concluir esta segunda parte de mi teoría, y para abrir la posibilidad de una tercera, es que amo los cafés. No puedo, no quiero, concebir un tipo de vida urbana (y la hay) en la que no exista la posibilidad de usar estos espacios medio públicos, medio privados, para mejor estar en la ciudad.


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