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Buenos Aires resplandece, entra su belleza por los ojos, cuando llueve. Cielo nublado, calles mojadas, olor a lluvia, olor a café que emana de las esquinas, gente apresurada que igual se detiene a charlar o a mirar un escaparate. En esa aparente grisura brilla la ciudad en todo su esplendor melancólico. Los porteños hablan siempre de la melancolía de Buenos Aires, y de la nostalgia que vive en sus calles, sus gentes, sus vidas, como del rumor de los latidos de la urbe frente al Plata: algo esencial a la ciudad. Casi podría afirmarse que nostalgia y melancolía son señas identitarias; de ellas surge el tango—la vida en la ciudad como recuerdo triste.
Esto resulta comprensible en una ciudad de aluvión, de inmigrantes. Pero, ¿y ahora?
La ciudad vive en un perpetuo estado de cambio. Si hay períodos largos en los que no se derriba nada, ni se construye, lo que cambia son los estilos de vida, a veces a mejor, otras a peor. Pero la historia de la ciudad está llena de demoliciones terribles. Una de las consecuencias del cambio involuntario es la añoranza.
En EEUU la gente se muda constantemente, las familias se dispersan, no hay una memoria colectiva, o es muy corta. Lo que viene del pasado inmediatamente se comercializa; antes que vivirlo hay que venderlo. Pasa con el casco antiguo de Nueva Orleans, o los muelles de San Francisco. Las zonas de ese país donde mejor se preserva la historia, y se vive con ella, son las más antiguas, del Noreste. En Europa, donde sí hay memoria, la presión económica y el turismo han envuelto las ciudades con celofán, para mirar y no tocar.
En Buenos Aires, la gente se ha quedado. Sí, hay argentinos por todo el mundo, pero las familias se quedan, hay una memoria viva, un recuerdo de las personas de los lugares que han vivido, de la manera en que se vivía y una nostalgia hacia ella. Estamos a medio camino entre el derribo comercial a la americana y el celofán europeo. Pero todavía se recuerda.
Y ese recuerdo, viene con nostalgia, la melancolía nace de una sensación de impotencia ante lo que se siente que cambia demasiado rápido y la construcción de lo nuevo que no aporta nada a la vida ciudadana.
La primera nostalgia-melancolía viene por los inmigrantes, claro. Por la pérdida del origen y la sensación de que no se podrá volver. La segunda, más tardía, viene de los que nacieron aquí y han vivido los cambios, las pérdidas.
Un ejemplo, y hay muchos, es el de la Costanera Sur. La playa de Buenos Aires que se perdió por desidia, por avaricia, por negligencia y por corrupción. Desde su inauguración en 1918 hasta los años 60-70 funcionó ahí el Balneario Municipal, donde se reunía en verano—o todo el año, pero con distinta ropa—toda la sociedad porteña, para pasear, para refrescarse en el agua, para tomar algo al fresco en alguna de las confiterías emblemáticas que daban, con sus terrazas y miradores, al río. Muchos lo recuerdan todavía.
Pero ya en los años 60 mucha gente dejó de ir porque el río estaba cada vez más contaminado. En los setenta se empezó a rellenar de escombros la parte del río cercana a la playa para construir una autopista. La empresa quebró durante el régimen militar y eso quedó ahí. Los vientos y las aves trajeron tierra y semillas. Con los años ese espacio de relleno para la autopista se convirtió en la actual Reserva Ecológica. Evidentemente, eso ya no se puede tocar, no se puede volver al pasado.
La Cervecería Múnich, que era como la abanderada del verano en la Costanera, permanece en bastante buen estado, aunque ha perdido su función original. He hablado con personas que recuerdan que ahí se tiraba una cerveza excelente. Uno se podía dar un chapuzón en el río y luego ir a tomarse una cerveza, comer algo, mientras observaba a los bañistas y los paseantes. Hoy queda el edificio, pero no la cervecería; en él hay una institución municipal mediocre, cuya utilidad, aparte de salvar el edificio, es poco aparente.
En la actualidad, sigue yendo mucha gente a la Costanera Sur. Me da la impresión de que son bañistas perdidos en busca de playa. De alguna manera, el recuerdo de otros tiempos sigue vivo, como un vicio o una virtud transmitida de generación en generación por una genética tozuda.

Colofón:
Ahora, en Buenos Aires, hay organizaciones ciudadanas y gubernamentales que se dedican activamente a salvar el patrimonio. Su trabajo es difícil porque intentan preservar el pasado, la manera en que se vivía, sin interrumpir los avances o retrocesos que lo nuevo trae consigo. Esta es una forma de combatir la nostalgia y la melancolía: en realidad se trata de mantener vivos lugares, zonas, estilos de vida, lo tangible y lo intangible, para que no pueda haber nostalgia y para que la melancolía no sea nuestra forma de vida.
El equilibrio que proponen es difícil. Pero la meta es loable. Buenos Aires sin su patrimonio, sin su vida tan particular, no es más que otra gran ciudad, igual a las demás, sin futuro porque sólo hay presente.


1 Respuesta a "Pequeña teoría de la nostalgia y la melancolía en Buenos Aires"

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