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Paseo del 2 de enero

ene 5, 08:32

En la fiesta de fin de año, ya como a las 6 de la mañana tuve una buena conversación con Fermín Kehoe, cantante del grupo de rock Nenas, y como descubrí, un tipo de gran sensibilidad, creativo en serio, culto hasta sorprender. Digo esto último así porque hoy sorprende encontrarse con gente culta; lo que suele ocurrir es que uno se topa con especialistas que todo lo filtran for su deformación profesional, y si esa profesión les ha traído el éxito, entonces no hay otro filtro que su ego, hinchado como si retuviera líquidos.
Fermín me recomendó que me diera una vuelta por el Museo Sívori a ver la exposición de Joaquín Ezequiel Linares (1927-2001); lo hizo con tanto entusiasmo que no me quedó otra más que ir.
El mejor día del año para darse un paseo por donde sea que uno viva o se encuentre es el 1 de enero. Poca gente, casi todo cerrado, las calles vacías se abren al caminar largo y a la reflexión. Buenas condiciones para repensarse los propósitos de año nuevo, pero mejor, para perderse de la manera recomendada por Walter Benjamin.
Sin embargo, como me acosté a las 8 de la mañana, el día 1 apenas salí de casa—no tanto por la resaca, que no tenía, sino por la falta de sueño, el cansancio acumulado y muchas ganas de estar solo y quieto. Así que dejé el paseo para el día 2.
A melldia mañana de ese día, tomé el subte hasta Plaza Italia y de ahí fui andando por Avenida Sarmiento hasta el Rosedal. No he sido nunca muy aficionado a dar paseos por los bosques y jardines de Palermo, y este paseo, aunque bonito, no sirvió para hacerme cambiar de opinión. Los jardines alrededor del Rosedal y éste mismo estaban llenos de turistas, gente que sale a correr, gente que se tumba en el pasto a tomar el sol o el freso, puestos de bebidas, gente que alquila carritos a pedales para no dar el paseo a pie, gente que alquila botes a pedales para dar un paseo por el laguito. Me siento más solo entre el gentío de cualquier día de semana en el Microcentro que en lugares así.
Por suerte, no tardé gran cosa en llegar al Sívori. La entrada es gratis. La exposición de Linares ocupa casi todo el espacio expositivo y, cuadro tras cuadro, no dejó de sorprenderme. Me queda muchísimo por ver y aprender de arte argentino, y cada vez que veo algo nuevo para mí, se me renueva el entusiasmo.
Después de darme las primeras dos vueltas por la exposición (si hay tiempo, vale la pena darse unas cuantas), encontré un espacio privilegiado. Desde uno de los pasillos del museo, o desde la cafetería, se llega al jardín del museo. Hay bancos para el que simplemente quiera sentarse a consumir tranquilidad, y mesas para el que quiera tomar o comer algo. Los árboles, grandes, frondosos, echan buena sombra. y aunque pasan los trenes de la línea San Martín por un lado, el ruido no es molesto; a mí me gustó mucho verlos pasar—también soy esa especie de bicho que ama lo urbano, lo que construimos, lo que vamos tejiendo y luego (o ya desde siempre) llamamos ciudad. Ahí me pasé un buen rato, la hora de más calor, tomando un agua con gas, leyendo el catálogo de la exposición, anotando algunas ideas.
Después me di otra vuelta por la muestra y salí de nuevo al parque. Lo atrevesé a toda prisa y me metí por las calles de Palermo hasta Avenida Santa Fe, donde tomé el subte de nuevo en casa.
Con el calor y la humedad, con el cansancio acumulado de las fiestas, me tumbé a echar un sueño. No está mal para el primer sábado del año, me parece a mí.


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