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Ahora que llega al poder un nuevo gobierno, me gustaría apuntar a algo que no debe pasar desapercibido. Algo en lo que depende el futuro del país, y no sólo a largo plazo.

Argentina tiene que ser un paraíso para científicos y artistas, el hogar del conocimiento. Para eso, tiene que haber dineros públicos y privados, y mecanismos para que esas inversiones resulten rentables para los inversores.

Y hay que crear nuevos parámetros para lo que consideramos como rentabilidad. Por ejemplo, las redes de ferrocarriles tienden a ser deficitarias. En dinero. Pero no en la forma en la que articulan un territorio, uniendo partes de ese territorio a un costo relativamente bajo (comparado con las carreteras y el uso de vehículos individuales), y en lo que ahorran en términos de logística y, sí, también, de dinero, a empresas e individuos que los usan, tanto para transportar mercancías como para viajar. En otras palabras, la red puede que no sea sostenible para una sola empresa (o Estado), pero sí que lo es para una economía y una sociedad. Lo que ocurre es que la red hay que sostenerla entre todos, y para eso el Estado, como administrador de lo público, es el mejor agente para mantener la sostenibilidad de la red.

La ciencia y el arte se construyen, como prácticas, socialmente, o sea, en red. Uno de los beneficios de un hogar del conocimiento, o de un país que alimenta este tipo de redes, uno de sus puntos de rentabilidad, es precisamente esa construcción social, que permite que haya cada vez más ciencia y más arte. En otras palabras, una parte de la rentabilidad, una parte fundamental, es la forma en que se va creando una red cada vez más amplia, con los aumentos exponenciales correspondientes en la creación de conceptos, teorías, obras, y después tecnología, negocios y dinero.

Pero antes, debe estar la red, y la inversión para ampliarla, para crear una masa crítica de la imaginación, la investigación y la invención.


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