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Que se expulse de ciertas zonas de la ciudad a la gente con menos recursos, ya no sorprende a nadie; pero la tendencia ahora es también expulsar a la clase media. Eso es lo que ha ocurrido en las grandes ciudades europeas (convertidas muchas en museos donde sólo viven los ricos), en Nueva York, en San Francisco…

Se adaptan edificios industriales para lofts o para hoteles de 5 estrellas. Eso significa que la zona circundante tiene que cambiar, y normalmente el cambio se convierte en expulsión. Si eso ocurre en Puerto Madero, no pasa nada. ¿Cuánta gente vivía ahí? ¿Qué infraestructuras sociales, ciudadanas, quedaban? Pero que ocurra en los barrios o en el centro, ya es otra cosa.

Por suerte existen asociaciones como Basta de demoler, que por lo que veo, por el momento se preocupan principalmente de la conservación del patrimonio de la ciudad. Pronto, sin embargo, se van a ver obligadas por las circunstancias y las presiones económicas, a ofrecer otra idea de ciudad… y de ciudadanía: otra versión que se aparte de los hechos consumados.

Jane Jacobs puede ser una buena guía en esto. Según ella, las ciudades se autodestruyen cuando dejan de lado la diversidad, tanto en la población, como en el uso de los espacios. No interesa que una zona sea sólo para oficinas, y que quede muerta a partir de las 8 de la noche. O que sea sólo para una clase social, o para una actividad económica. Eso conduce a la destrucción del tejido, de la red que es una ciudad.

He visto hoy, la noticia de que quieren construir un hotel en el viejo Colegio La Salle de la calle Riobamba. No se trata sólo de proteger este edificio e institución histórica. Se trata de proponer otro modelo de ciudad: uno para todos.


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