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A principios de septiembre, retomaré mis clases de poesía en la calle. Las doy para una agencia que se encarga de toda la logística de los cursos que hacen en Buenos Aires estudiantes extranjeros. Siempre que comento este trabajo con gente que conozco o que voy conociendo, sale alguien que dice que le gustaría venir un día a una de mis clases. De ahí viene la idea de abrirlo al público. De esa demanda.
Esto es lo que hago. Normalmente, me encuentro con los alumnos en algún café con algo de historia. Previamente, ellos han leído tres o cuatro poemas, incluso algún tango. En el café discutimos los poemas durante una hora, más o menos. Después salimos a la calle y exploramos una parte de la ciudad teniendo en mente lo que hemos discutido.
Voy por temas: la cultura criolla, la inmigración, la ciudad industrial, la París de Sudamérica, el barrio financiero, y más.
Con mis alumnos extranjeros la cosa funciona muy bien por que hay una continuidad de semana a semana: a veces vamos a un sitio y les recuerdo lo leído y visto hace un mes porque tiene sentido hacerlo. A veces me lo recuerdan ellos, que es aún mejor.

Lo que se me ocurre es ampliar esta actividad al público. La idea sería un curso de 8 horas, en cuatro días que pueden ser sucesivos o uno por semana, admitiendo un máximo de 4 personas por sesión. Más gente resulta incómodo porque la mitad se pierden la discusión por ir caminando demasiado atrás o demasiado adelante en el grupo. Además, es difícil conseguir mesas grandes en los cafés. Un grupo pequeño se presenta más ágil, tanto para caminar por la calle, como para discutir los poemas y los temas que se van presentando.

Los interesados deben acudir a la página de contacto en la columna de al lado. Una vez acordados el precio y las fechas, enviaré a cada uno las lecturas que tocan. Pasado el aspecto burocrático, lo demás es, por echarme flores, más que divertido. Y una oportunidad de conocer la ciudad desde otro punto de vista.


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