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Mercurio en la City III

may 28, 22:04

La especulación

La generación de 1880, siguiendo a Sarmiento, buscaba crear en América y en el Sur no una nueva Europa, sino una nueva capital europea. Esto parece un poco raro: inventar en otro país, en otro continente, una capital para el país perdido, pero hacerlo, en realidad, sin país. Porque la Argentina no era todavía un país, gran parte era apenas territorio por conquistar, recién conquistado o todavía sin poblar: un desierto. Aunque en realidad no estuviera desierto, había pueblos y ciudades, estaban los distintos grupos indígenas, los gauchos, etc. Pero no era un país como a la generación de 1880 le hubiera gustado; la dicotomía civilización/barbarie dice mucho. Dice todo o nada, verdad o mentira, valioso o carente de valor.

Con las nuevas tecnologías (británicas) del siglo XIX, el frigorífico y el ferrocarril, de repente parece posible y resulta necesario tomar todo ese territorio sin valor y convertirlo en algo valioso. La ganadería y la agricultura serán el camino a la creación de la nueva capital europea en el Sur. Esta ambición tendrá un emblema: el Pabellon Argentino de la Exposición Universal de 1889 en París.

Hay que notar que mientras que México y Brasil utilizaron artistas y artesanos de sus países para diseñar y construir sus pabellones, Argentina cedió ese trabajo a los franceses. Había dinero y había que gastarlo en el verdadero proyecto de la ya oligarquía porteña: la reinvención de París en América.

La marca de la casa de esa nueva París sería la Avenida de Mayo. Para abrirla y construir además el edificio del gobierno de la ciudad, no se dudó en derribar una parte del antiguo Cabildo. Había que deshacerse de la herencia retrógrada hispánica, la que recordaba otros tiempos y otras culturas, pero sobre todo, otro país, aquel que no era la Europa por la que tanta nostalgia se sentía. Había que especular con otro futuro y otra identidad.

Y aquí entramos en materia. La City es el espacio privilegiado y más obvio de la ciudad para la especulación. Ahí están los bancos, las casas de cambio, la Bolsa de Comercio, la mayoría portando como emblema a Mercurio, dios del comercio, de los pastores y ganaderos, de la escritura (cuya primera función fue la contabilidad), pero también de los poetas, de los mentirosos y de los ladrones. El comercio y la banca son obviamente especulativos, en el sentido de conseguir algo por un precio y aguantarlo hasta que se pueda vender a otro más alto.
Pero los poetas y los mentirosos también somos especuladores. El poeta pone en circulación palabras de uso común, baratas, de todos, y combinándolas les da un valor añadido: compra barato y vende caro el lenguaje. El mentiroso especula también con el lenguaje, pero con ese aspecto del lenguaje que llamamos “verdad”. Hasta cierto punto sus mentiras son un espejo de la verdad, aunque deformante. La mayor especulación del mentiroso es que no será descubierto, por lo menos no a tiempo, mientras su mentira le sirva para algo. Y el ladrón, ¿no especula también? ¿No consigue algo por nada (excepto su esfuerzo y su astucia) para luego apropiarse de su valor?

Eso por un lado. Pero luego hay otras especulaciones. La elite porteña especulaba con poder convertir su nueva riqueza en el prestigio de una gran capital. Su especulación consistía primordialmente en convertir capital financiero y material en capital social y capital cultural, como si estuvieran especulando en divisas, o cambiando pesos por francos y libras esterlinas.
Así la ciudad, por medio de estas especulaciones, debía convertirse en espejo de París, el reflejo del Norte en el Sur. Y la City sería lo mismo, reflejo de Londres. La ciudad especulativa del Río de la Plata sería el reflejo fiel, pero mejorado, de las dos grandes capitales europeas, la de la Cultura y la del Imperio.

Ahora, un siglo después, hay quienes dicen que todo aquello no fue más que un espejismo. Quizás. Sin embargo, yo añadiría que más allá del espejismo está la verdadera Buenos Aires, que no es ni París, ni Londres, sino ella misma: una verdadera capital, con muchos problemas, eso sí, pero una capital con su propio estilo, con su propio lugar en el mundo, con su propia identidad.

Pero ojo: Mercurio es un dios muy cabrón. Jacques Derrida, en “La farmacia de Platón”, dice de Tot (la encarnación egipcia de Mercurio, como Hermes es la griega) que su función es “precisamente trabajar en pos de la dislocación subversiva de la identidad en general, empezando por aquella de la realeza teológica.” En otras palabras, todo lo que Mercurio toca, se convierte en otra cosa, su atributo principal es la convertibilidad. ¿Y de qué identidad estamos hablando, si es convertible, especulable, cambiable?

Continuará…


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