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Libertad de domingueo

oct 11, 10:24

Hace unos meses, estuvo en la Casa de la Cultura de Buenos Aires la muestra Post-It City: Ciudades ocasionales. La exposición era en realidad un libro (y el catálogo es excelente) puesto en las paredes. Si en el catálogo se hubiera incluido un DVD con todos los videos que se exhibían en la muestra, ésta hubiera sido totalmente innecesaria.

Post-It City es una recopilación de diversos proyectos estético-sociológicos de todo el mundo que han visitado o estudiado estrategias habitacionales o comerciales efímeras en muchas ciudades: mercadillos, barrios de chabolas, restaurantes portátiles, etc. Hojeando el catálogo un poco al azar, me llamó la atención un proyecto llevado a cabo en Barcelona descrito así por sus autoras:

Sundaying city es un trabajo de campo sobre las prácticas de ocio autogestionado en la ciudad de Barcelona. Estas prácticas suponen una resistencia al espacio público no practicable que el Modelo Barcelona ofrece, así como la creciente industria del entretenimiento global. Estas actividades se despliegan temporalmente en zonas de la ciudad sin función determinada y resignifican su sentido a través del uso que hacen de ellas. El trabajo se centra en tres actividades de domingo: competiciones de palomas, rallies y picnic, que conjugan la autogestión del ocio, la sociabilidad, la ocupación del espacio público, la generación de arquitecturas propiasy el carácter insumiso de sus prácticas. Así, el dominguero adquiere un matiz transgresor, casi heroico, dentro del nuevo marco cívico que ha adoptado la ciudad y de la actual sociedad del espectáculo-consumo. El dominguero consigue zonas relacionales de encuentro e interacción practicando la ciudad y apropiándose de ella.

El tono tecnocrático de este texto parece defender las prácticas pero en realidad no lo hace, dando tácitamente por sentadas, irremediables, las condiciones en las que se tiene que dar el domingueo barcelonés. La verdad es que, viviendo en América Latina, esto me parece alucinante.

Eso de que los domingueros resignifican el sentido de los espacios públicos me parece equivocado: es la burocracia la que ha resignificado el sentido de esos espacios para “limpiarlos”, para sacar de ellos todo lo que no es estético, de diseño, programado y oficial. Todo esto forma parte de un gran proyecto de exclusión de las clases medias y bajas de las principales ciudades europeas y norteamericanas, junto con la carestía brutal del metro cuadrado construido, a la vez que se intenta dirigir el ocio hacia los centros comerciales. Así, lo que desde el existe la ciudad industrial/moderna siempre fue lo normal, ahora se prohibe porque queda feo y no es rentable, y la gente, excluida de los mejores espacios públicos, originalmente diseñados para ella, termina ocupando otros espacios. Más que algo revolucionario, es la persistencia de lo que ya había pero en otro lugar: un desplazamiento, o sea que se sale de la plaza en busca de un lugar donde se permita estar.

En Buenos Aires, si uno sale a la calle cualquier tarde o cualquier fin de semana con buen tiempo, y se da una vuelta por las plazas y parques de la ciudad, los encontrará llenos de gente que toma el sol, ceba un mate, lee, pasea, se compra un helado, hace un picnic; grupos de amigos que tocan la guitarra y cantan; malabaristas que ensayan técnicas impracticables en un departamento; gente que hace gimnasia o tai-chi; parejas que se besan; niños, adolescentes y adultos que juegan al fútbol; vendedores ambulantes; evangelistas en busca de público; y todo lo que ustedes quieran. Aquí no hay “resignificación” ninguna del espacio público. No hace falta porque el espacio permanece público y la gente lo aprovecha como quiere y puede.

Ayer fui al Zoológico de La Plata con mi compañera. Era domingo y estaba lleno: familias, parejas, muchos niños. Nosotros llevábamos el almuerzo en la mochila y aprovechamos uno de los muchos espacios verdes del parque para hacer un picnic. Debo confesar que, con mi mentalidad todavía europea, me llegué a preguntar si no nos dirían nada los guardias por sentarnos a comer ahí. Por supuesto, no pasó nada. Tampoco éramos los únicos. Cuando salimos del zoo, El Bosque, un gran parque que lo incluye (además del excelente Museo de Ciencias Naturales, un lago, un anfiteatro, el observatorio astronómico y los dos clubes de fútbol de la ciudad), estaba lleno de gente que hacía lo que se hace en los espacios públicos: disfrutarlos con toda la tranquilidad del mundo.

Los últimos años que viví en Valencia, me sorprendía siempre cómo se llenaban de gente los jardines de la ciudad cada domingo. Pero entre esa gente había pocos valencianos, la mayoría eran inmigrantes latinoamericanos que desconocían lo que en España llevaba unos años convirtiéndose en costumbre, ese abandono (por prohibición o no) de los espacios públicos como lugares de esparcimiento gratuito: lo que ahora se llama “ocio autogestionado”, lo que durante generaciones fue lo normal y ahora parece “transgresor, casi heroico”. En Valencia, el domingueo, por ese entonces, consistía en ir a comer una paella (de pollo y conejo) en algún lugar cerca de la playa, darse una vuelta por el paseo marítimo o por la Ciudad de las Artes y las Ciencias.

Ahora mi sorpresa suele ser la opuesta: ¿y por qué no vamos a usar los espacios públicos? Aunque ayer dudara de si podíamos almorzar en el zoo—eso que todavía me queda de europeo—el uso del espacio libre de las ciudades, tal y como se practica aquí, me parece ya de lo más normal. Lo raro es que lo prohiban… como ha pasado en Barcelona.

(Por cierto, ¿no es raro que en el texto citado arriba, la palabra dominguero aparezca en cursiva, cuando es una palabra española de uso común?)


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