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La Feria de Mataderos

ago 12, 00:26


Siempre lo digo: soy mal turista y las cosas para turistas me van mal, excepto de cierta manera irónica. Ayer fuimos a la Feria de Mataderos para que la vieran Fernando e Imma, unos amigos de Valencia, que están de visita. Hasta entonces la había evitado.
Crecí en los comercios de artesanía de mi familia, donde desarrollé un gran entusiasmo por el arte popular y una exigencia bastante pesimista en cuanto a la artesanía. No suelo encontrar muchas cosas por ahí que me llamen la atención, principalmente porque de arte popular queda poco, y menos cuando esa cultura no se adquiere de nacimiento. La clase media no está hecha para el arte popular. Es como si yo quisiera ser un pintor chino.

Con todo y estas reservas de mi parte logré encontrar algunas cosas de interés en la feria. Antes que nada los puestos de comida. Hay asado, claro, y los imperdibles choris (para los extranjeros: chorizo a la parrilla entre panes y con salsa chimichurri). Nosotros comimos tamales y empanadas, todos excelentes, y más las empanadas dulces de carne, que llevaban miel, probablemente una herencia árabe.
En la feria también hay puestos donde venden productos comestibles envasados artesanalmente. Compramos aceite de oliva, de Mendoza, a un precio excelente. También dulce de cayote y una cosa llamada manjar oriental; para esto último tendré que volver un día y apuntarme la docena de ingredientes que incluye: tiene un sabor raro, pero que no disgusta.
Luego están los puestos donde venden objetos para la vida en el campo, pero para los que no hacemos vida en el campo. Esos los miro con cierto interés, aunque no toco nada ni compro. No me hace falta un facón ni un cuentaganado.
Carolina compró esencia de ruda y un hornillo para aromatizar la casa. No tengo la menor idea de lo que compraron nuestros amigos. Yo adquirí un escudo del San Lorenzo de Almagro pintado al filete que me pareció un buen cruce entre culturas populares. A partir de él empecé a soñar con la posibilidad de hacer los letreros de McDonald’s y otras multinacionales con la misma técnica. Con mucha suerte, esa ironía sería el principio de su desaparición (la de las multis, no la del fileteado)l al deshacerse de su imagen de marca extranjera.

Lo segundo mejor de todo (después de la comida) fue la corrida de sortija, un juego tan antiguo como la ganadería a caballo, y que los gauchos heredaron y han sabido preservar. Ya de por sí es bonito ver correr a los caballos, hacerlo de cerca es todavía mejor. El juego consiste en poner el caballo a la carrera y pasar por debajo de un arco del que cuelga un anillo de unos 5 cm de diámetro, capturando el anillo con una varita. Hay que tener bueno lo siguiente: la vista, la puntería, el equilibrio y, sobre todo, el caballo. No es un espectáculo de masas pero vale la pena verlo y sentir un poco de envidia de los jinetes, de su destreza y de su alegría al montar. (Se nota que estoy orgulloso de la foto, ¿no? Y más si digo que la hice con el móvil.)
Volver a casa fue fácil; estábamos agotados. Creo que las resistencias que mostraba yo en las primeras líneas de este post están vencidas casi por completo. Cuando vengan amigos de fuera, los llevaré a la feria.


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