Go to content Go to menu



Cada vez soy menos nostálgico en cuanto a Buenos Aires. No me cuesta nada admitir que cuando puse en marcha este blog, hace unos ocho años, yo, como muchos, sentía esa extraña nostalgia que produce Buenos Aires incluso en personas que nunca han estado en la ciudad. Sumarse al mito de la ciudad es de lo más fácil. O a sus varios mitos: la París de Sudamérica; la ciudad del tango; la ciudad que nunca duerme y Corrientes y sus librerías y cafés abiertos toda la noche; La Boca y la ciudad portuaria, aventurera. Son aspectos míticos de la ciudad que ya no existen, aunque de ellos queden vestigios, restos arquitectónicos, jirones agitados por el viento y la memoria. Las ciudades coleccionan sus propios mitos, incluso se dedican activamente a promoverlos.
Sin embargo, si se promueve demasiado el mito, casi siempre para atraer turistas, se corre el peligro de disneylandizar la ciudad, como tanto ha sucedido en Europa. Y la ciudad se vuelve inhabitable, sólo visitable; los ciudadanos se convierten en extras de una película en perpetuo rodaje, o en empleados al servicio del turista.
Con los años de vivir aquí, he ido perdiendo esa nostalgia por el Buenos Aires mítico y he ido aprendiendo a amar la ciudad real, con todos sus problemas, sus intensidades, sus embotellamientos. Lo que no amo son los cafés, donde ya no te dejan fumar; simplemente no voy, y no cuesta nada añadir que la vida en los cafés de Buenos Aires ha muerto.
Pero, ¿cómo es esta ciudad vista y vivida sin mitos? Eso es lo que me propongo explorar en esta nueva etapa de Buenos Aires Ideal, aunque el nombre del blog empiece a parecer irónico.

Fotos: Avenida Rivadavia y La Rioja en 1872 y 2004. Archivo General de la Nación, @AgnArgentina


Leave A Reply

Ayuda Textile