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No hay por qué comparar a Tomás Saraceno y Liliana Maresca. Debería estar prohibido, por injusto, por irrelevante, pero no lo puedo evitar—es el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA) el que los ha puesto juntos, aunque claramente no revueltos. Sus muestras están en salas distintas, en pisos distintos. Uno va al MAMBA un domingo por la tarde, ve las dos muestras, alguna comparación tendrá que hacer, si es sólo por contigüidad temporal.

Esa comparación posible no es culpa del museo, ni de los artistas, y en realidad, tampoco del espectador. Pertenece al inconsciente de la institución. De ahí viene. De una serie de traumas originales de cualquier institución del arte moderno y contemporáneo: cómo aceptar las revoluciones artísticas del siglo XX, con sus héroes y villanos, sin por ello tener que seguir sus programas a rajatabla. Y peor, cómo ponerlas en el mismo edificio, al mismo tiempo, junto con obras que se adaptan perfectamente al modus operandi del arte burocrático actual.

Algo no me cuadraba de la obra de Saraceno. La obra es perfecta, de una belleza extraordinaria; luego, comparándola, me di cuenta: la obra de Maresca proyecta vida, intensidad, la pasión y el desastre de vivir al máximo. Lo de Saraceno está muerto, es una obra bella pero fría, funeraria, es puro barroco del más frío, pasado por otra frialdad, la de una suerte de minimalismo muy del gusto del capitalismo actual. La obra de Maresca es moral; la de Saraceno es moralista. Una celebra la vida, la otra es un recordatorio de la muerte.

Las instituciones del arte, en todo el mundo, hace décadas que se dieron cuenta de que para sobrevivir (y no caer en la irrelevancia, como las del siglo XIX), tendrían que dar espacio al arte que iba en contra de ellas, a todo arte revolucionario. Había que domeñar este impulso revolucionario del arte. Y para ello se fueron creando toda clase de procesos burocráticos: el auge de los curadores. Si es usted un artista distinto y con ideas, no se preocupe, lo vamos a ahogar en papeleo hasta que se calme. Incluso vamos a crear un lenguaje específico—como es el deber de toda burocracia—que usted tendrá que aprender. Cuando hablamos de la “profesionalización del artista”, eso es lenguaje institucional para decir que el artista tiene que aprender el lenguaje de las instituciones.

Saraceno domina ese lenguaje. Maresca está lo más lejos posible de él, pero podemos mostrarla porque aplicaremos, ya que está muerta, nuestro propio lenguaje a su obra. Por suerte, esa obra se defiende sola y es visible a través del prisma burocrático.


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