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El amor en San Telmo

dic 12, 09:54

Últimamente paso mucho tiempo delante de la pantalla leyendo/escribiendo, o lejos de la pantalla leyendo/escribiendo: en todo caso, es mucho tiempo sentado. Me hace falta ejercicio, y mi ejercicio es caminar. En extremo proclive al aburrimiento, mi cerebro no aguanta mucho sin estímulo. Eso me impide acudir a los gimnasios, donde está claro que se requiere un apagamiento de las funciones intelectuales de lo que va dentro del cráneo. Incluso (iba a decir “Y todavía más”) cuando te ponen un televisor delante de la máquina de no ir a ninguna parte.

Toda la vida he sido lector y caminante, como si ambas fueran la misma actividad, o por lo menos paralelas. De hecho, me cuesta mucho escribir sin salir a pasear un poema. Es como si el ritmo del andar tuviera que llegar al poema, como si fuera imposible pensar sin adentrarme en el ritmo de la ciudad. Esta vez me apetecía andar despacio, parando ante los escaparates, mirando los edificios y las casas, y me fui a San Telmo, donde se junta la ruina con la antigüedad, con lo simplemente viejo, con lo nuevo, y muy de vez en cuando, con lo vanguardista.

Al cabo de unas horas, paré en El Federal a comer. Es mi bar de referencia en San Telmo, porque es como si fuera el barrio dentro del mismo barrio, y claro, porque tiene salón fumador. Y ahí estaba yo, después de comer, con mi café, escribiendo, único cliente, cuando entró Jaqueline, la camarera de las mañanas y me preguntó qué escribía. Normalmente respondo con evasivas para volver a lo mío cuanto antes, pero esta vez fui cortés y respondí que estaba apuntando ideas para mi blog sobre Buenos Aires.

Jacqueline me sorprendió: “Deberías escribir sobre los que no creen en el amor.” Al parecer ella se incluye en ese grupo. La música no le remite a un tiempo de emoción y romance; los olores la llevan a su infancia, pero no al recuerdo de un amante; lleva el nombre de su hija y el del padre de su hija tatuados en los hombros, pero ya no está con él. Me dijo que tiene pareja pero que no viven juntos, ella elige cómo maneja los tiempos de su vida. Jacqueline me contó que nunca ha sentido ese terremoto que llega con el enamoramiento.

En eso llegó un grupo de unas veinte señoras a ocupar la gran mesa de la habitación de al lado. Jacqueline tuvo que salir a atenderlas. Pagué mi cuenta y unas cuadras más tarde pensé: esta mujer es una resistente: a toda esa babosidad sentimental de la música, de la televisión, de las novelas. A toda esa sobre-estimulación, a ese otro opio del pueblo que es el mito del amor.

(Por cierto: yo sí creo en ese mito.)


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