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para Agustina

Dice un poeta favorito: “En el campo
se puede salir a pasear sin gastar dinero.
En la ciudad no es tan fácil.” Y aquí estoy
en mi cuarto de Constitución, pensando
en salir a dar una vuelta y quizá escribir
un poema caminando, como tantas veces
como tantos que imaginé sin escribir
por el puro placer de caminar y dejarme
atravesar por las palabras.

Pero sale un dineral pararse a tomar algo.
Y a uno siempre le da por parar, sentarse
en un bar, tomar un café y ver pasar
a la gente, siempre tan ocupada, siempre
de camino a algún sitio importante, con la idea
de hacer algo importante.
Nada menos importante que detenerse
a ver pasar, es una forma de parar
el tiempo sin detenerlo, es casi usar
la mano para hacer un dique al vaciar
la bañera. ¿Cuánto hace que no me doy
un baño de sentarme en el agua y dejar
pasar una hora hasta que se enfríe?

Tengo en mente un café de Almagro—caminar
las 40 ó 50 cuadras hasta él y dejarme estar
ahí, probablemente leyendo, como tantas veces
tantas lecturas que luego me han salvado la vida
o por lo menos me han ayudado a ganármela
hablando.

También podría escribir. Pero para escribir
tengo que bajar los brazos, dejar
de lado las ganas de hacer, de decir y dejar
que las palabras me atraviesen.
Hace tiempo que no escribo. Todavía tengo
en la boca el sabor de la última excusa.

Celebro que llueva esta mañana. Le Corbusier
estaba equivocado. Buenos Aires vive
de la lluvia, aunque no lo sepa.
Cuando el día brilla, es como si fuera otra—
más apagada, parecida a las demás.
Con sol, no hay un afuera, y los umbrales se borran.
Con lluvia, uno siente el umbral, y el paraguas
se convierte, al caminar con él abierto
en el umbral móvil que mueve el afuera
y el adentro para que uno siempre quede
entre ambos, ni adentro ni afuera.

No siempre es fácil distinguir adentro y afuera;
como caminar por la ciudad sin gastar.
Los días de lluvia ayudan a encontrar
señales que marquen el paso de un interior
a otro exterior. Mueven a estar
atento a lo que una sonrisa oscurece
y un gesto amable niega.
Así, la ciudad es nuestro afuera interior—
lo que somos sin reflejo y sin representación—
lo que soy cuando nadie se fija en mí—
ni siquiera yo.

No fui, al final, hasta Almagro.
Me apeteció más caminar por el centro—
que puede ser hermoso a su manera los findes
cuando no hay nadie, y más en sábado
con los comercios abiertos. Pero es miércoles
y la gente sale a ocuparse. La imprenta
a la que iba, en una galería de Avenida de Mayo
no existe más, o se mudó a una isla desierta.
Luego, en otra, no hacían lo que quería.
Y ahora estoy en el café de fumadores
de Montevideo y Corrientes.

Pronto ni en casa podrá uno fumar.
Nos interesa, parece, vivir para siempre.
Todavía no entiendo de dónde viene ese instinto
prohibidor. ¿O prohibicionista? Hitler, vegetariano
que no fumaba ni bebía alcohol llegó a prohibir
a tanta gente: judíos, polacos, gitanos, comunistas
locos, y otra gente que no era igual a lo que no estaba
prohibido. Creo que yo también hubiera estado
prohibido, y si usted está leyendo esto quizá también.
A veces pienso, o siento, que los poemas
vienen de ahí, de esa sensación de lo prohibido.
O de uno y la prohibición de ser lo que es—
de ese umbral. Y dejar fluir las palabras
¿sería una manera de vivir en ese umbral
tan íntimo que uno debe salir a las calles
para estar en él?

¡Qué guapa esa rubia que acaba de pasar!
Uno se mira al espejo de distintas maneras.
Uno se mira y se extraña, como si fuera a cruzar
otro umbral. Por ejemplo, me parece extraño
no haber llegado nunca a una preferencia
en cuanto a mujeres: rubias, morenas, negras;
altas o bajas; sonrientes o taciturnas.
Encuentro belleza por todas partes—
en las calles, los colectivos, los cafés.
Quizá por eso vivo tan cerca del Centro—
para rodearme de belleza con sólo cruzar
el umbral de casa y dar un paso, dos pasos
más allá de mí.

Se está oscureciendo.
No es mediodía y parece no sé que hora
de la tarde. Hace tiempo que no sé decir
la hora por la luz de la calle.
Con esta luz dan ganas de tomarse algo serio—
un whisky, un coñac…
Pero ni siquiera es la hora del almuerzo.
A veces, si voy a lo de Leo por la mañana
y tiene un botella de whisky, me tomo uno
con el café. No parecen muy distintos
los días que arrancan con un whisky
de los días que no.
Sólo es el momento, ese instante del alcohol
en la boca, la garganta.
En otra época pensé que llegaría a alcóholico
y ahora bebo poco. Siempre sin miedo.

[Nota]

Todo eso fue ayer. Hoy sigue nublado.
Esta noche nos veremos, aunque todavía
tengo que encontrar una imprenta que haga
lo que necesito. No es gran cosa y ese
puede ser el problema. ¿Cómo se hace un poema
reduciendo lo poético a lo mínimo?
Llevamos siglo y medio escribiendo por ahí
probando, rebajando, afeitando. Y aún queda
mucho por sacar.
¿Cómo se escribe un poema?
Sé hacerlo bien y en cambio nunca es igual.
Un desastre, diría.
Pero siempre algo pasa, una palabra, una voz:
algo pasa como si pasara por la calle
y a través de mí, cruzando umbrales
hasta el papel y lo cambia todo.
Nunca se sabe lo que se está escribiendo.
Hay que repetirlo en cada poema.


1 Respuesta a "De Constitución al Centro"

  1. carla dice:

    Buenos aires me gusto mucho, gente muy amable y sitios grandiosos para visitar. El <a href=“http://www.4rentargentina.com/alojamientos-buenos-aires.html” title=“alojamiento en Buenos que me hospedé era amplio pero poco tiempo pasaba allí. Me gustaba recorrer las calles y conocer los recintos gastronomicos. espero volver pronto a la ciudad porteña

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