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De vez en cuando, me encuentro con un trocito de ciudad que me enamora, o me vuelve a enamorar con ella. Tienen eso las grandes ciudades, sobre todo si uno es de fuera y ha ido viviendo en una ciudad, conociéndola, gastando la ropa y los zapatos en paseos, en la lucha por unos centímetros cuadrados en el subte o en el colectivo, en el cansancio de los caminos que uno se forja y repite día a día aunque no tenga por qué tomar un rumbo fijo. Y, con suerte, es justo cuando uno más cansado está de esos caminos que aparece ese trocito de ciudad, unas cuantas cuadras a las que uno llega más o menos por accidente, o porque tenía que hacer algo ahí y aprovechó para echar un vistazo. Así me ocurrió con la Avenida San Juan, en el trayecto de Avenida Jujuy a Avenida Entre Ríos. Nueve cuadras que me devolvieron a la primera Buenos Aires que conocí, en el 2005.

Esas cuadras de San Juan están en franca decadencia y en franco resurgimiento a la vez, como si la muerte de una ciudad trajera el nacimiento de otra. Tomé el subte A en Río de Janeiro, cambié al H en Once y volví a la superficie en la Estación Humberto 1º, que tiene salida por San Juan, justo delante del edificio de la asociación de inmigrantes japoneses. Crucé la avenida y me senté en la terraza de la Pizzería Doménica, donde me atendieron sorprendentemente bien (visto el percal del servicio en muchos establecimientos de la capital), para tomar un café y empezar a respirar el ambiente de la zona. El camarero se olvidó de traerme una cucharilla y como se dio cuenta justo antes de servirme, me preguntó si yo había traído una por casualidad. Le contesté que no hacía falta, no tomo azúcar ni edulcorante con el café.

Enfrente hay un comercio de esos que ya no quedan, o que se dejan capturar por los pijos (en argentino, chetos) que se enamoran del sitio, del ambiente, de su antigüedad y luego lo modernizan de tal manera que queda irreconocible, procediendo a la quiebra de su propio negocio seis meses después y dejándolo todo echo trizas. La Margarita es una mercería que parece que lleva ahí desde hace cien años. Por lo menos los muebles son de esa época. Y parece que la clientela también. En el rato que estuve con el café en la terraza de Doménica, sólo vi entrar a mujeres muy mayores en la tienda. Luego crucé la calle para hacerlo yo, pero me dio cierto pudor, como si sabiendo yo mismo que iba a escribir sobre el sitio me prohibiera entrar; me sentía como un delator en busca de alguien a quien delatar. Hice algunas fotos del exterior con el móvil y continué camino por la vereda impar.

Por esa vereda y caminando hacia Entre Ríos di con dos librerías de viejo bastante bien surtidas, una en el 2189 y otra en el 1911. No es el tipo de zona comercial donde uno encuentra librerías de nuevo, y menos si son de las grandes cadenas. Pero que haya un par de viejo supone que hay lectores en la zona, y eso siempre es saludable. Todavía tengo no sé si el prurito de pensar que los libros son la única barrera contra la barbarie… paso varias horas al día en el siglo XIX, quizá sea por eso. Hay una panadería-confitería con solera en la zona también, en la esquina de Pichincha, con un nombre de esos que tanto me gustan, La helvética. Es grande y está bien cuidada, parece casi de lujo, como si el cansancio de la zona no la hubiera afectado.

Más abajo queda el Hospital Santa Lucía, oftalmológico; un montón de gente en la entrada, con parches en un ojo, fumando, esperando turno. Buenos Aires tiene buenos especialistas, algunos de calibre mundial, en todas las áreas de la medicina, por lo que no me sorprende que este hospital sea bueno, eso es lo que he oído. A los lados y enfrente, claro, hay un montón de ópticas, que aprovechan el negocio generado por el hospital. Y cruzando la calle Sarandí, está el Café Miramar, un clásico.

Aquí si entré. Soy un veterano de los cafés, los bares y los restaurantes, y nada me arredra. Entré y hablé directamente con el encargado. El sitio fue una sombrerería hasta el año 50; Gardel fue uno de sus clientes, lo cuentan con orgullo todavía. Quiero escribir un artículo separado acerca de este lugar, así que ahora sólo haré un esbozo. El Miramar mantiene el ambiente de su pasado, se nota que hay placer y alegría en cómo lo llevan. La carta de vinos tiene doce páginas, y un plato habitual en el menú es el rabo de toro… tengo que ir a comer ahí.

Llegando a Entre Ríos crucé San Juan para emprender el camino de regreso por la vereda de enfrente. Ya de ida había notado que la avenida conserva edificios de principios del siglo XX, muchos en muy buen estado. Pero también hay muchas casas bajas, bastante pobres de aspecto, terrenos baldíos, y edificios altos, algunos de los años 70, otros en construcción. Es eso que decía al principio de la zona que muere y nace a la vez. Y no tiene por qué renacer en un sentido cutre, mal diseñado y construido, algo a lo que estamos habituados en todo el mundo. Este trayecto de San Juan todavía está en la cuerda floja, puede caerse de cualquier lado, o mantener el equilibrio.

De ida había pasado por delante de un cine, ahora iglesia evangelista, como es común en todas partes. De regreso, desde la acera de enfrente, lo vi en todo su esplendor, construido en ese estilo pseudo-español que algunos en los años 20-30-40 intentaron recuperar contra el afrancesamiento del resto de la ciudad. Fue una moda en otras partes de Latinoamérica, como en México, donde se construyeron verdaderos palacios en este estilo, que allí llaman “colonial californiano”.

Me llamó también la atención un local llamado Café del Biógrafo, nombre antiguo para los cines, pero el local era moderno y feo, dos categorías que no tienen por qué ir de la mano, aunque en este caso iban más bien abrazadas. Hay otros cafés, parrillas, pizzerías en la zona, algo envejecidos, oscuros. Me daban ganas de entrar, pero no quería tomar otro café (las drogas, siempre con moderación), y tenía que volver a casa a preparar la comida.

Así que llegué de nuevo a la Avenida Jujuy, que en su cruce con San Juan se convierte en la calle de los bazares. Tomé el subte E, la línea menos utilizada y peor conservada de todas, aunque a mí me gusta. En Avenida La Plata volví a la calle y caminé hasta casa. Compré pollo por el camino y lo preparé con jengibre al wok… no quedó nada mal.


4 Respuesta a "Avenida San Juan (de Jujuy a Entre Ríos)"

  1. biwrinl dice:

    3anAIc <a href=“http://vrkjaxatjoln.com/”>vrkjaxatjoln</a>, [url=http://tkgnthbkbime.com/]tkgnthbkbime[/url], [link=http://fgemgdchzcxa.com/]fgemgdchzcxa[/link], http://xsnjcwfwgotf.com/

  2. drmecha dice:

    Increíble, encontre esta página justamente buscando algún texto que hable de estas cuadras. Esta parte de San Cristobal fue mi barrio de toda mi infancia y hoy luego de 23 años vuelvo a vivir ahi!!

  3. Fernando dice:

    Como ocurre a menudo en Internet, encontré esta página buscando otra cosa. Muy buena y sensible semblanza de esta parte de la ciudad. Yo vivo en ella y me muevo diariamente por allí. Por ejemplo, escribo este comentario desde el bar El Biógrafo mencionado en la nota. Y es cierto que es feo, pero a la vez se ha vuelto querible para mi, después de años de frecuentarlo. Uno también construye su propia historia en lugares no muy favorables. Refuerzo el concepto vertido en el artículo. Las dos librerias mencionadas son muy buenas, la primera se llama Espartaco y la segunda Alien (a esta la veo mientras escribo estas lineas). Sus dueños son libreros con casi 30 años en el oficio, un placer. Ambos también venden por el portal de libros www.buscaslibros.com Un saludo grande al autor de estas lineas, volveré por aquí. Ah, y no debes perderte el Miramar, un orgullo de la zona!

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