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Anoche conocí a León Hepner, director de la revista puntoArt, dedicada a las plumas estilográficas. La conversación fue larga, de las buenas. Y como hay pocas cosas en la vida que me gusten tanto, disfruté de lo lindo con el vaivén del hablar. Luego, cuando llegué a casa, me puse a mirar el ejemplar de la revista que León me había dado y se me hizo agua la boca.

Siempre he escrito a mano, soy fanático de los buenos cuadernos, los buenos papeles y los buenos instrumentos de escritura, en lápiz y tinta. Y mirando la revista me puse a pensar en cuál sería la estilográfica ideal para mí. Así que agarré mi Moleskine y mi Delta y me puse a tomar unas notas:

No sería una pluma de gran lujo: mi miedo a perderla evitaría que la llevara conmigo a muchos sitios, o de viaje. Ya he perdido unas cuantas así, la que más añoro era una Waterman que quedó olvidada en un restaurante. No me di cuenta hasta unas horas después, y cuando volví al día siguiente a buscarla, nadie sabía nada.

Debería tener los extremos redondeados. No por alguna cuestión funcional, simplemente me gustan más así, como con ese toque aerodinámico del artdeco. Y el capuchón debería tener rosca. Si siempre estoy de un lado para otro, lo prefiero así por miedo a que se abra la pluma y me manche la camisa o la chaqueta, que ya me ha pasado.

El plumín debería de ser de oro, que es blando y en poco tiempo toma la forma más adecuada a mi mano y mi letra. Aunque tengo una Lamy Safari que va a todas partes conmigo porque su plumín de no sé qué metal nunca falla. En esa Lamy la punta es extra fina, que me viene perfecto para la letra pequeña que prefiero. Así que el plumín ideal para mi pluma ideal, además de ser de oro, debería ser lo más fino posible.

Después me gustaría que el cuerpo de la pluma fuera de metal. Así adquiere cierto peso y descansa mejor en mi mano. Pero he dicho “cierto peso”: eso no quiere decir que prefiero una pluma pesada, sino sólo medianamente.

Hace más de veinte años, cuando mi madre se dio cuenta de que yo no tenía remedio y me dedicaría a escribir pasara lo que pasara, y yo creo que para decirme que aceptaba mi decisión de no ser una persona honrada, me regaló una Montblanc que guardo como un tesoro. No tiene todas las características de mi pluma ideal, pero siempre que escribo con ella puedo hacerlo durante horas sin que la mano se me canse. Lástima que no se pueda usar para escribir en este blog. O sí se puede, pero luego hay que volver al teclado.


1 Respuesta a "A la busca de la estilográfica ideal"

  1. Sebas dice:

    Hermoso artículo, muy interesante, es algo en lo que he pensado, y de hecho, siempre quise dedicarle un poema, al menos un verso, a mi birome. Ya que no es mi lapicera ideal, ni mucho menos, pero es, al fin y al cabo, aquella que liberó en tinta lo que tantas veces otras personas me callaron.

    Sí, en efecto, no uso más que una simple birome BIC negra. Y siento justamente por ello un especial vínculo con ella, ya que al igual que yo, es una más del montón, exteriormente, no posée ningún distintivo, ninguna pretención, ninguna facilidad o desarrollo, pero encuentra en sus obras, sus palabras, la gracia de su espíritu.
    Además, si bien su inventor fue húngaro, y como siempre, la historia ha sido simplificada en un cómodo “se inventó en Argentina” (antes se patentaron varias versiones en distintos lados y.. bueno, como siempre, la verdad es más complicada), aún así, algo de mi patria le siento.

    Sé que no es lo mismo que una pluma estilográfica, pero es al fin y al cabo, el báculo en el cual apoyo mi gusto por la escritura, y quería aprovechar este espacio para compartirlo.

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