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Hace un par de eras geológicas, los nerds eran una subespecie humana dedicada a las ciencias, las matemáticas y la tecnología. Eran casi todos varones. Había algunas chicas nerds, pero les gustaba más la literatura. También había algún que otro nerd de la historia. El caso es que eran adolescentes superaficionados a su tema, que normalmente era científico: había que estudiar mucho, y eso no es fácil.

Los nerds eran ridiculizados en todas partes por su falta de destreza social. Luego, con la digitalización de la cultura, muchos se hicieron de oro y la figura del nerd adquirió su propia mística. Ahora, se eres un nerd o no existes.

Tenemos nerds de todos los temas, los fáciles y los difíciles, ligeros y pesados. Los nerds de los temas difíciles están en las universidades o en las empresas tecnológicas o incluso en bancos y fondos de inversión, cada vez más tecnologizados y más dependientes de las matemáticas de altos vuelos. Esta clase de nerds ha existido siempre. Arquímedes era uno.

En 2008, Malcolm Gladwell publicó Outliers, un libro sobre el éxito y cómo se consigue. Es una investigación, no un libro de autoayuda, aunque muchos lo tomaran como tal. Ahí da una especie de receta para el éxito que escribiré aquí como una fórmula: E = T + 10k/hp, donde la E se refiere al éxito, la T al talento y el resto quiere decir 10 mil horas de práctica. En otras palabras, hay que tener talento para lo que uno quiere hacer, y luego dedicarle años a perfeccionarlo.

Pero claro, esto se refiere a los nerds que se dedican a las cosas difíciles: a la programación, a tocar un instrumento, a cualquier deporte, a cualquier artesanía. Mucha gente pensó que Gladwell decía que con dedicar diez mil horas al nerdismo de su elección se convertirían en estrellas de lo que amaban. Parecía muy democrático: tiempo, paciencia, dedicación: lo puede hacer cualquiera. Se olvidaban de algo esencial: el talento. Sin talento, puedes dedicar toda tu vida al violín, o al fútbol o a lo que sea, y nunca llegarás adonde te gustaría. Puede incluso que seas tremendamente infeliz al cabo de años de fracaso.

Ese es el nerdismo de lo difícil. Pero existe un nerdismo más democrático, más asequible: el que me interesa aquí. Es una nueva clase de nerd, que probablemente existió siempre también, pero no de forma tan extendida como ahora: el nerd de lo fácil. Siempre me hizo gracia la figura del cinéfilo, el nerd del cine. Yo, con todo mi esnobismo literario, les decía que saber de cine no era ser culto. Lo mismo me pasaba con los nerds gastronómicos y enológicos de los 90, que son como los padres de los actuales foodies. A mí me gusta escribir con pluma estilográfica, y eso hay que hacerlo en buen papel; me he dado cuenta de que existen nerds de las plumas y de los papeles y los cuadernos. Está todo en internet.

Y es probable que internet sea la culpable de esta enorme explosión de expertos amateurs. Ahí está toda la información. Así que si te interesa cualquier cosa, te pones a leer, mirar videos, escuchar podcasts, y en dos meses eres un experto. Y si te metes de lleno, activamente, en el tema, eres un verdadero nerd.

Intento una definición: un nerd es un experto activo en cualquier tema. Activo significa que no solamente se dedica a absorber información, sino que también la produce, o produce algo con esa data. Un nerd del apio (no sé si existen) sabrá todo lo que hay que saber acerca de ese vegetal, las mejores condiciones para plantarlo, el tipo de tierra, cuanta luz necesita, esas cosas; tendrá semillas de todas las variedades, publicará videos en la red en los que explique todo lo que sabe, lo escribirá en un blog, lo moverá por las redes sociales: será una estrella del apio.

Mi ejemplo es un poco ridículo, pero me interesa llevarlo a ese extremo para aclarar la cuestión del gusto y la libertad en cuanto a los intereses que uno tiene. El prestigio social que los nerds han adquirido, a pulso, en las últimas décadas ha servido para abrir el campo, para que uno se pueda dedicar a aquello que le apasiona, y hacerlo sin vergüenza, sin que vengan los demás a burlarse. Y si alguien se burla, no queda otra que preguntarle en qué planeta vive.

Hay nerds que se dedican a asuntos pesados, a las ciencias, a las matemáticas, a la música, a la literatura o la filosofía, temas que llevan años y años de estudio. Y hay nerds que se entregan a cosas más ligeras, el apio, como en mi ejemplo un tanto extremo. Y a mí me encantan los nerds, pesados o ligeros, no importa. Me encanta este afán de hacerse experto en algo, en lo que sea. Pero hay que recordar una cosa: el nerd ya no es sólo una persona que sabe mucho acerca de un tema, es alguien que también produce, y produce información acerca de su tema, o suma cosas nuevas, ideas nuevas a aquello que le interesa.

Lo principal que hay que saber y decir es que el futuro pertenece a los nerds.

(Por cierto, esto es lo que en la Biblioteca Popular Ambulante llamamos elitismo popular).



Ahora, al parecer, hay que llevar Doc Martens. O me estoy haciendo viejo o es realmente incomprensible. (De las imitaciones no digo nada porque tengo más cosas que hacer). Quiero decir, si nos vamos a poner hipsters de verdad, o sólo imitadores de las ideas de otros, a menudo fallidas. Y es que para ser hipster hay que probar, y probar implica fallar. Y las ideas que hay que probar son las que van por lo menos un poquito a la contra, o resultan algo inesperadas.

Lo esperado es que uno se ponga lo que está de moda, dependiendo del nivel económico y el lugar donde uno vive. El problema con lo que está a la moda es que ya viene dado y probado—o no estaría de moda, no lo llevarían tantos. Las cosas llegan un poco manoseadas y cansadas a estar de moda.

Vuelvo a las Doc Martens, que ya estaban al borde del colapso, de tan cansadas, hace veinte años (sí que me estoy haciendo viejo). Las cosas, las modas, vuelven, usted dirá; y estoy de acuerdo. Pero la idea es que hayan tenido tiempo para descansar y no vuelvan con el agotamiento que ya tenían cuando pasaron de moda hace dos décadas.

Así que yo diría que hay que probar. Por ejemplo, sabemos que las Doc Martens eran botas de trabajo, que con la desindustrialización británica de los 70 y 80, los punks la usaban como gesto de clase y como protesta. Ahora, incorporadas a la moda de la clase media desindustrializada, siguen siendo un gesto de clase, pero han dejado de ser protesta. Como gesto de clase son una mera demostración de poder adquisitivo. Existen pocas maneras de aburrirse mejor.

¿Pero qué pasaría si mantuviéramos algo de esa antigua protesta? ¿Y si probáramos arriesgar un poquito nuestra imagen, aunque sea sin salir del barrio? A mí me encantaría ver a esas chicas de Palermo sin las Doc Martens, pero sí con unas Ombú, o unas Pampero.

Esas botas inglesas sólo me cuentan que la persona que las lleva es seguidista; las argentinas, bueno, podrían contarme otras cosas: que a lo mejor la persona que las lleva decidió llevar un poco la contraria, o experimentar un poco con su imagen, y que, en lugar de dedicarse a imitar, se atrevió a probar, incluso a fallar. Es cuestión de ver qué pasa, ¿no?


Conocimiento ficción

oct 24, 10:17

Por un conocimiento popular

La economía es global. Por mucho que nos concentremos en lo local, nunca podremos aislarnos lo suficiente como para tener una economía potente, satisfactoria para casi todos. Pero esa economía global exige un crecimiento constante, no sólo de la productividad, sino de las habilidades y conocimientos de los agentes que en ella funcionan. En otras palabras, una educación constante, incesante.
Nunca me ha gustado la imposición de intereses, típica de la cultura del pasado. Si a usted no le gusta la ópera, no vaya; y no pasa nada, habrá otras cosas que le interesen más. Y creo que el aprendizaje, lo que hace falta para acceder a cualquier objeto cultural, tecnológico, científico, y para unos cuantos, poder hacer cosas, innovar, con ese objeto, se puede lograr más allá de las escuelas y universidades, aunque sin excluirlas.
Y es como un sueño que no para de venirme a la mente, dormido, despierto: un país donde el conocimiento, no el consumo, sea el mayor fetiche.
Para llegar ahí se me ocurre la creación de clubes. Clubes de matemáticas, de computación, de poesía, de física, de lo que a usted se le ocurra. Clubes sociales, sí, pero dedicados a un tema. Usted puede unirse a todos los que el tiempo y sus intereses le permitan.

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Está claro que deambular por Buenos Aires es una de nuestras actividades favoritas, ¿no? Y tanto flanear, vemos posibilidades para la creatividad, para armarnos la vida aprovechando circuitos que no son los del consumo típico, ni del turismo.

Carolina y yo siempre estamos jugando: viendo si podemos hacer un cuaderno mejor que los que se pueden encontrar en las tiendas, dibujando escenografías para el teatro, haciendo carpetas de presentación personalizadas, totalmente fuera de lo común, diseñando bisutería: todo es un juego. ¡Y ya se sabe que no hay nada más serio que el juego!

Por eso decidimos poner en marcha un blog paralelo a Buenos Aires Ideal, en el que podamos ir contando y mostrando estas cosas que hacemos. Digamos que es un instante más en nuestra vida creativa, en nuestro jugar diario. Creemos que el juego es la mejor manera en que se puede expresar la persona… y eso es lo que queremos compartir.

Y lo mejor es que también estamos dispuestos a jugar con otras personas, diseñando juntos, o diseñando a partir de las necesidades de expresión y presentación de los demás.

Así que ahí está, nuestro nuevo blog… BUENOS AIRES IDEAL: estética para la vida diaria.