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Mercurio en la City IV

sep 11, 19:21

Entrando en la Galería Güemes por la calle San Martín, llegando a los primeros ascensores a la izquierda, se encuentra dos estatuas flanqueando la puerta, una de Mercurio y otra de Venus, su esposa, y diosa de la fertilidad, principalmente de la tierra, aunque luego se le hayan dado tintes eróticos.

Esta Venus sostiene el caduceo, la vara con las serpientes, emblema de Mercurio, con la mano derecha. Nunca había visto una Venus sosteniendo el caduceo, eso fue lo primero que me llamó la atención de esta pareja. Si la fertilidad de la tierra y el comercio están casados, como indica esta pareja mitológica, en Argentina, calculo que el comercio de granos, principalmente el trigo en 1915, cuando se construyó esta galería, debía ser toda una declaración de intenciones casi políticas: la agricultura sin comercio no es viable, el comercio depende principalmente de la agricultura. O por lo menos esa es la versión que les interesaba a los bancos y a las empresas de exportación de granos, la mayoría de capital extranjero, ya que el local no quería saber nada de esto.
Los grandes capitalistas del campo argentino se dedicaban principalmente a la ganadería vacuna y ovina. Alquilaban parcelas a los chacareros, pero no se involucraban ellos mismos en la agricultura. Como tampoco se molestaron en invertir en la exportación de granos, llegaron, a finales del siglo XIX, varias empresas que se dedicaban a eso, como Louis Dreyfus y Bunge & Born.
Mercurio, en lugar del caduceo sostiene otra vara cuyos detalles cuesta ver desde el nivel del suelo. Hice fotos pero iba tan cargado de cafeína y al no encontrar un punto de apoyo, con el tembleque de la mano, la imagen de Mercurio quedó algo borrosa. De eso me di cuenta cuando, ya en casa, la descargué en el ordenador y la amplié. Pero parece que no se trata de una vara sino de una antorcha. Yo confundí, a primera vista, el mango de la antorcha con la capa que cae de cierta manera, para interpretar que aquello era una vara. Si de eso se trata, entonces, tenemos un Mercurio que sostiene en su mano la luz del conocimiento, de la abstracción.
Como ya comenté antes (Mercurio en la City I, II, III), muchos emblemas mercuriales en la City tienen una iconografía similar, dando a entender que el comercio, la conversión de las cosas, sobre todo de los frutos de la tierra, en dinero, es una operación hacia lo abstracto. Y no hay nada más abstracto que el dinero, sobre todo, cuando se lo separa del patrón oro. Hoy en día el dinero se ha vuelto tan abstracto que se mueve más por redes electrónicas que de mano en mano.


Plaza Hotel

ago 24, 18:29

El Hotel Plaza cumple 100 años de servicio ininterrumpido. Hay muchos hoteles en el mundo que tienen esa edad o más, pero son pocos los que no tuvieron que interrumpir el servicio, ya sea porque se encontraban en zonas de guerra o por algún mal económico del que fueran rescatados después. (Aquí hay un artículo anterior en BAI).
Para celebrar este aniversario, el Hotel se ha puesto en contacto con la gente de Eternautas para que hagan un libro y den unas visitas guiadas de las instalaciones. El libro está terminado e impreso, pero todavía no sale a la venta; las visitas tienen buen público y son bien interesantes, porque el arquitecto Eduardo Masllorens no sólo conoce bien el hotel sino también la historia de Buenos Aires y la de los edificios de Plaza San Martín.

Yo ya había hecho, con él, el tour de la París de Sudamérica diseñado por Eternautas (de eso hará cosa de un año) y lo encontré no sólo divertido sino bien cargado de información. Fue ahí cuando me enteré del libro que sacaron, Buenos Aires tiene historia: once itinerarios guiados por la ciudad, que ha sido una de las obras de referencia más útiles que he utilizado haciendo este blog.

La visita al Plaza comienza en el Grill, que es el único de los cuatro restaurantes originales que tuvo el hotel. Hay que recordar que hace 100 años la oferta gastronómica y social que había en la ciudad era infinitamente menor a la de hoy. El Grill siempre fue un restaurante de hombres de negocios y de la política. Cómo la etiqueta antigua no permitía hablar de esas cosas delante de las mujeres, este espacio se convirtió, de facto, en un espacio para hombres. Hoy, por suerte las mujeres pueden hablar de todo y participar en la vida pública sin tapujos (al menos en los países avanzados, de los que éste es uno, aunque algunos de mis lectores lo nieguen), y el Grill se ha convertido simplemente en un restaurante más, pero de los buenos.

Tiene una especialidad que no se encuentra en otros sitios y que la curiosidad me mueve a probar. Lo haré en cuanto mi bolsillo deje de quejarse. Se trata del pato a la prensa. Funciona de la siguiente manera: El pato se marca a la parrilla, luego se meten los trozos en la prensa, junto con algún vino generoso y especias, se prensa (el artilugio se ve en la foto) para que suelte todo el jugo y ese jugo es llevado a la cocina para hacer una salsa; el pato vuelve a la parrilla donde se lo termina de asar; cuando están listos el pato y la salsa, cosa que pide simultaneidad, se lleva a la mesa. Esta es cocina francesa antigua, como la que comentaba Brillat-Savarin en su ineludible Fisiología del gusto.

La decoración del Grill es de reminiscencias Tudor, que le da cierta cercanía e intimidad como muy de invierno. Un sitio para comer bien y beber bien, algo que en verano resulta más pesado.

La visita incluye una de las suites principales, de las que es la única que retiene cierto aire de lo que eran las habitaciones originales del hotel. Cuestiones de seguridad y otras tecnologías del confort han obligado a reconstruir la mayoría de las habitaciones. Eso además de las exigencias del viajero contemporáneo, normalmente más preocupado por el presente que por la historia. Y también es verdad que la oferta hotelera de lujo se incrementado en Buenos Aires notablemente en los últimos 5 años, con lo cual este hotel tiene mucha más competencia.

En todo caso, vale la pena ir a echar un vistazo, aprender algo de historia y, si el bolsillo lo permite, quedarse a cenar. Cómo parte de los festejos de su centenario, el hotel ofrece un menú Belle Epoque que dará una visión de cómo y qué se comía en los mejores restaurantes de lujo de hace un siglo. Eso también puede ser bien interesante.


Mercurio en la City III

may 28, 22:04

La especulación

La generación de 1880, siguiendo a Sarmiento, buscaba crear en América y en el Sur no una nueva Europa, sino una nueva capital europea. Esto parece un poco raro: inventar en otro país, en otro continente, una capital para el país perdido, pero hacerlo, en realidad, sin país. Porque la Argentina no era todavía un país, gran parte era apenas territorio por conquistar, recién conquistado o todavía sin poblar: un desierto. Aunque en realidad no estuviera desierto, había pueblos y ciudades, estaban los distintos grupos indígenas, los gauchos, etc. Pero no era un país como a la generación de 1880 le hubiera gustado; la dicotomía civilización/barbarie dice mucho. Dice todo o nada, verdad o mentira, valioso o carente de valor.

Con las nuevas tecnologías (británicas) del siglo XIX, el frigorífico y el ferrocarril, de repente parece posible y resulta necesario tomar todo ese territorio sin valor y convertirlo en algo valioso. La ganadería y la agricultura serán el camino a la creación de la nueva capital europea en el Sur. Esta ambición tendrá un emblema: el Pabellon Argentino de la Exposición Universal de 1889 en París.

Hay que notar que mientras que México y Brasil utilizaron artistas y artesanos de sus países para diseñar y construir sus pabellones, Argentina cedió ese trabajo a los franceses. Había dinero y había que gastarlo en el verdadero proyecto de la ya oligarquía porteña: la reinvención de París en América.

La marca de la casa de esa nueva París sería la Avenida de Mayo. Para abrirla y construir además el edificio del gobierno de la ciudad, no se dudó en derribar una parte del antiguo Cabildo. Había que deshacerse de la herencia retrógrada hispánica, la que recordaba otros tiempos y otras culturas, pero sobre todo, otro país, aquel que no era la Europa por la que tanta nostalgia se sentía. Había que especular con otro futuro y otra identidad.

Y aquí entramos en materia.

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Mercurio en la City II

may 26, 15:39

El Banco Francés

En Perón y Reconquista hay un edificio del Banco Francés (actual BBVA), aunque no he podido averiguar gran cosa sobre él. Lo que me interesa aquí, sin embargo es ese grupo escultórico que preside sobre la esquina y sobre este post. Ahí vemos a Ceres y Mercurio con el antiguo escudo de Buenos Aires entre ellos. A Ceres se la reconoce por el trigo, las hojas de vid, los frutos de la tierra: era la diosa de la agricultura. Mercurio lleva sus atributos clásicos, que ya comenté en el post anterior, el caduceo, el pétaso y las talarias. Lo que los une es esa especie de cadena de frutos de la tierra, como una cornucopia pero sin el cuerno de la abundancia, que no hace falta. Me llama la atención que esa cadena de frutos los une casi sexualmente, pasando por la ingle de los dos. Aquí el tema es la convertibilidad de un tipo de riqueza en otro: de la agricultura al comercio y por tanto al dinero constante y sonante. Es como si la diosa de la agricultura se ofreciera por medio de Buenos Aires al dios del comercio. Más abajo se ven las cabezas de Vulcano, del que podemos decir que representa a la industria y a Minerva, diosa del conocimiento. Estos dos ocupan un sitio menor, como parece que lo siguen haciendo hoy mismo. Este grupo indica que lo que importa, la verdadera fuente de riqueza, es la agricultura y el comercio; industria y conocimiento están ahí también pero apenas, como si fueran los testigos del matrimonio de los otros dos.

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Mercurio en la City I

may 25, 15:10

A modo de introducción

Lo bueno de caminar por las ciudades (aparte del ejercicio) es que uno encuentra motivos de sorpresa a montones. A veces, uno se sorprende por cosas que no deberían sorprender, algo que a mí me ocurre a menudo y no sé si será la principal razón de ser de este blog.
El caso es que no hace mucho, iba yo andando por la City, (para los forasteros, el distrito financiero de Buenos Aires), y me di cuenta de que había muchísimas de representaciones de Mercurio, más que nada en bancos o edificios que originalmente fueron bancos, casi todos de finales del siglo XIX y principios del XX.
Mercurio (Hermes para los griegos, Tot para los egipcios), era el mensajero de los dioses. Lo interesante, sin embargo, es el resto de los empleos que tenía: claramente era un pluriempleado. Se dice que era guía de los muertos y protector de mercaderes, pastores, ludópatas, mentirosos y ladrones. Que aparezca tantas veces en la City y además sea el emblema de la Bolsa de Comercio, entonces, no debe sorprender a nadie.
Sus símbolos son el pétaso, un sombrero redondo de ala corta, con alas; las talarias, esas sandalias aladas que eran de oro y podían transportar al que las usara a toda velocidad por el aire; y el caduceo, una vara con dos serpientes que era símbolo de los heraldos y fue regalo de Apolo a Hermes. Este cayado no se debe confundir con la vara de Asclepio, que sólo lleva una serpiente y es símbolo de la medicina, aunque ya hablaremos de esto más adelante.
Hasta bien entrado el siglo XX, la educación consistía en gran medida de los clásicos griegos y latinos. Los símbolos que aparecen en los edificios de hace cien años eran más o menos legibles por cualquiera con estudios secundarios. El uso de símbolos clásicos para ocupaciones mundanas como el comercio y las finanzas, entre otras, era una forma de naturalizarlas, de ablandar su dureza, escudándose en la antigüedad. Muchos edificios y estructuras de la Revolución industrial adoptan motivos clasicistas por esa razón: servía para darle a lo más nuevo un aire de artisticidad antigua que lo hiciera más aceptable para la mayoría.
Así, los bancos del siglo pasado y el anterior enmascaraban la usura (gran pecado para el cristianismo) con emblemas y símbolos de la antigüedad grecorromana. Las repúblicas americanas tomaban como modelo a Roma; el Congreso argentino tiene precisamente esa cúpula que lo asocia con el Capitolio romano. En el subte A, también, los capiteles de las columnas de hierro imitan los de las columnas de mármol en los templos de la antigüedad. Ejemplos de esto se ven muchos por Buenos Aires.
Esta semana haré una serie sobre Mercurio en la City, abordando el tema desde distintos ángulos, algunos críticos, otros más bien lúdicos. Examinaré algunos emblemas del comercio, grupos escultóricos y hablaré brevemente sobre la relación simbólica del dinero y la arquitectura del centro de Buenos Aires. Espero que sea de interés.


La casa del fantasma

abr 10, 22:12

Así la llaman. Y yo diría que es más por su estilo que por otra cosa. También es conocida como El Castillo de La Boca. No hay muchos edificios extravagantes en La Boca, que suele ser y siempre fue de casas bajas, un barrio obrero, industrial y portuario. La construyó un arquitecto francés, Gustavo Lignac (en aquella época se traducían los nombres), en 1908, terminándola un año después, y ganando el premio municipal en 1910. Se encuentra en la cuchilla formada por las calles Benito Pérez Galdós y Wenceslao Villafañe sobre la Avenida Almirante Brown. En algún lado leí que la torre esconde un tanque de agua y que fue el primero de la ciudad, pero viéndolo de cerca parece que la torre se puede habitar, así que no sé bien dónde guardan el agua.
En todo caso, el edificio es singular no sólo en el barrio sino en la ciudad. Buenos Aires tiene eso, muchos edificios singulares. Supongo que se debe a que fue, a principios del siglo XX, una ciudad imán que atrajo aventureros de todas clases, unos que hicieron fortuna, otros que no. Pero también arquitectos que quizá en Europa no hubieran tenido nunca la oportunidad de levantar edificios como los que se pueden encontrar aquí: por el academicismo, el peso de la tradición. En América siempre ha habido sitio para reinterpretar la tradición europea, darle otra vuelta de tuerca.
Sí existe, sin embargo, una historia medio de fantasmas relacionada con este edificio.

Hay una leyenda medio de fantasmas, o más bien un misterio, relacionada con esta casa. No sé muy bien cuándo se supone que ocurrió. El caso es que una pintora llamada Clementina (la leyenda no cita su apellido) vivía en la casa y tenía su taller ahí también. Un día fue a verla un periodista para entrevistarla, y sacó fotos de ella y de sus cuadros. A los pocos días, el hombre volvió y le mostró asombrado las fotos de los cuadros y del taller, porque en ellas parecía que había unos hombrecitos (he leído también que eran duendes) que bailaban. En la foto estaban fijos, en posición como de bailar, no es que se movieran en ella. La pintora se puso mal y echó al periodista de la casa diciendo algo así como “¡Usted no debió verlos!” Poco tiempo después de eso, los vecinos al parecer oyeron algo que parecía un disparo. Llamaron a la policía y cerraron las puertas del edificio para evitar cualquier huida de un criminal. Esto último me parece demasiado. Se oye un disparo, se llama a la policía, pero ¿se tiene la calma de cerrar todas las vías de escape? En cualquier caso, cuando llegó la policía, fueron al departamento de Clementina, entraron y no encontraron nada. Es decir, que ni ella ni los cuadros estaban ya. Y no se ha vuelto a saber nada desde entonces.

No sé si alguien se habrá puesto a investigar en los periódicos que guardan en la Biblioteca del Congreso, a ver si esta historia tiene algo de cierto. La cuestión es que la leyenda quedó y algunos viejos de la zona todavía la recuerdan.

La foto proviene del blog Crónicas de mundos ocultos


Un sueño argentino

mar 16, 15:23


Llevé a mis alumnos norteamericanos a la Escuela Técnica Raggio a ver el único gran grupo escultórico que queda del Pabellón Argentino de la Exposición Universal de París de 1889, la misma en la que se inauguró la Torre Eiffel. La escultura es una alegoría de la Argentina cuyo sentido era promocionar el país en términos simbólicos igual que el Pabellón lo hacía en otros más mundanos y concretos.
En el centro, la mujer semidesnuda representa a la Argentina; era típico en la época representar una república de esta manera. El gorro frigio debía hermanarla con Francia y los valores de su Revolución, que cumplía el centenario ese año. El toro manso, o amansado por la república, se refiere a la industria ganadera, que era la gran fuente de riqueza del país, al menos para la oligarquía, que al fin y al cabo era el grupo social en el poder y el que encargó tanto el Pabellón como esta escultura. A la derecha, el joven desnudo que siega está rodeado de atributos agrícolas, otra gran fuente de riqueza. Y a la izquierda, el hombre europeo (que sí lleva pantalones) va rodeado de atributos industriales, representando un país moderno, con toda la última tecnología.
El gobierno de la época gastó millones y millones en el Pabellón y la representación argentina en París. Tenían la ilusión de atraer capitales que financiaran sus proyectos de modernidad e inmigrantes europeos para poblar el país, siguiendo el sueño de Sarmiento.
Claro, la “Campaña del Desierto” del General Roca se había ocupado diez años antes de despoblar el país de indígenas y, en menor medida, de gauchos. La idea era abrir el terreno a la ganadería, porque hacía poco que se había inventado un método de congelación que permitía la exportación de carne a Europa (sin tener que llevar las vacas vivas) y hacía falta más terreno (mucho) para criar ganado en suficiente cantidad como para sacarle el máximo provecho al invento. El ferrocarril también había acortado las distancias y permitía acercar todos los productos del campo al puerto de Buenos Aires.

La idea de crear una París de Sudamérica, como se llego a llamar a la ciudad, surge en esta época también. Es esa generación la que empieza a traer arquitectos franceses. Y es esta idea que me ha dado por llamar el Sueño Argentino de 1880.
El Pabellón se me aparece como un emblema de ese sueño, su representación en la realidad. Una vez terminada la Exposición Universal, sin embargo, la delegación argentina en París intentó venderlo. Era de hierro, como la Torre Eiffel, y se podía desmontar. No hubo compradores, así que decidieron traerlo a Buenos Aires.
Algunas partes se perdieron en una tormenta durante la travesía transatlántica, pero llegó más o menos entero a Buenos Aires. Luego se hizo un concurso de licitación para ver quién quería armarlo y explotar la concesión: lo hizo un inglés, que utilizó el pabellón para diversos tipos de exposiciones hasta 1910, cuando con el Centenario, fue recuperado por la Nación para montar ahí el Museo Nacional de Bellas Artes.
En 1934, el Pabellón fue desmontado y vendido como chatarra, una especie de colofón a ese Sueño de tres generaciones atrás que nunca se terminó de cumplir. Ahora ya sólo quedan el grupo escultórico de la Escuela Raggio y algunos mástiles repartidos por la ciudad.

(Hace falta agradecer a Carlos Morales por permitirnos la entrada al recinto de la escuela, y por mostrarnos el museo que él y otros profesores están montando, dedicado a la historia de la enseñanza en ese centro.)


La ventana de Andrés

feb 3, 15:51


Una casa misteriosa

ene 15, 17:39

Paseando por Boedo con mi buen amigo Andrés Prieto, se nos ocurrió hacer algunas fotos del espacio que será dedicado a la primera y, al parecer, única plaza del barrio. Pero lo que nos llamó la atención fue que al final de la cuadra había una extraña casa construida encima de un lavadero de coches. Andrés, que llevaba una cámara mil veces mejor que el teléfono móvil que utilizo para las fotos de este blog, enseguida hizo una foto.
Me recordó a esa casa que el dueño de una mueblería construyó encima de un edificio de no sé cuantos pisos sobre la Avenida 9 de Julio; era para hacer publicidad de su negocio, aunque me dicen que la casa está habitada. Durante unos momentos, pensé que esto podía ser algo por el estilo. Pero decidimos investigar.
Conforme avanzábamos por Sánchez de Loria, nos iba cambiando la perspectiva y nos dimos cuenta de que la casa no estaba encima, sino detrás. De todas maneras, nos pareció un edificio singular y lleno de misterio, del que valía la pena conseguir imágenes.
Decir que se trata de un pastiche, no nos sirve de gran cosa, porque si esa es una crítica, tendríamos que eliminar buena parte de lo construido en la Ciudad durante los últimos cien años. A mí lo que me interesa de un edificio como éste es imaginar al tipo que lo mandó construir.

Aquí había alguien que quería vivir de una cierta manera, aunque el espacio que se podía pagar era inferior al que sus deseos le pedían. O quizá él, o dueños subsiguientes, fueron vendiendo el espacio que estaría dedicado a jardín. Ni idea.
La casa me recuerda a las que he visto en tebeos frances/belgas dedicados a una especie de siglo XIX apocalíptico e hipertecnológico. Los japoneses también han copiado esa idea en alguna ocasión.
En todo caso, una restauración no le vendría del todo mal. Seguro que por dentro es igual de extraña, llena de rincones y recovecos difíciles de explicar. No nos atrevimos a tocar el timbre para preguntarlo.


Siempre se discute acerca de la propiedad privada en cuanto se habla de destrucción de patrimonio: si es mío, ¿por qué no puedo hacer con ello lo que me de la gana? Un aspecto de esta difícil cuestión que hay que tomar en cuenta es que el patrimonio es de todos. Y una parte importante de ese patrimonio es el placer de caminar por, o vivir en calles bordeadas por edificios bellos, o por lo menos, interesantes. Esto afecta directamente al ánimo de los ciudadanos, a su orgullo, a su placer, a su manera de estar y vivir en la ciudad. Si no respetamos este aspecto de la vida ciudadana, tarde o temprano nos tendremos que enfrentar a la disolución de otras relaciones, y los valores siempre son relacionales (que no significa relativos).
Nos relacionamos de muchas maneras con nuestro entorno. Cómo lo hacemos se traduce en los valores que todos aceptamos como válidos para la convivencia. Si se permite la destrucción del entorno arquitectónico, del ambiente en el que nos relacionamos, no cuesta mucho empezar a destruir otras relaciones. Después nos quejamos de la falta de diálogo, de la violencia, de la desconfianza, de la inseguridad en sus varias facetas: la jurídica, la personal, la económica.
Como hombre de teatro sé que se puede actuar sobre cualquier tipo de escenario. Pero también sé que unos escenarios propician la actuación mejor que otros. De nuevo, estoy hablando de la relación con el entorno físico y entre las personas. Un actor no trabaja de la misma manera en el subte que en un anfiteatro romano. Las cosas se dicen de manera distinta en un sitio y otro. La ciudad es el escenario que construimos con el tiempo para poder decir nuestras vidas.
Si entendemos la ciudad como red, queda claro que no se puede romper algo así como así. Que cualquier ruptura afectará la manera en que nos enlazamos dentro de nuestra propia red y entre las innumerables otras redes que la ciudad crea.
Cuando hablamos de patrimonio siempre estamos enfrentando el conflicto entre lo público y lo privado. Un edificio que ocupa espacio en mi ciudad es privado en los términos que conocemos (pertenece a una o varias personas), pero también es público en el sentido de que está en la ciudad y todos entramos en alguna clase de contacto con él, aunque sólo sea visual. El arquitecto es responsable de las relaciones que crea a base de la estructura que ha diseñado. Esto se olvida a menudo, y los arquitectos diseñan y construyen solamente para quien les paga y para su propio ego. Hay acciones más destructivas de lo urbano y de lo ciudadano, pero esta siempre será una de las principales.
De la misma manera que nos preocupamos por el medio ambiente (en cuanto naturaleza), también debemos preocuparnos del ambiente urbano. Cómo vivimos depende de ello.


La Cervecería Munich

ene 9, 15:49


Construida en 1927, a instancias del empresario catalán Ricardo Banús, por el arquitecto húngaro, afincado en Buenos Aires desde 1921, Andrés Kálnay, la Cervecería Munich fue el punto neurálgico de la vida veraniega y paseante de los porteños en la Costanera Sur, donde nueve años antes se había inaugurado el Balneario Municipal. Esa era la playa de Buenos Aires. Todo se fue al carajo en los años 60 por culpa de la contaminación extrema del río. Ahora el edificio de la Munich, en bastante buen estado, es la sede de la Dirección de Museos de la Ciudad.
Vale la pena notar que la “playa de Buenos Aires” permanece en la memoria colectiva como lugar de esparcimiento. Los domingos y festivos, la Costanera se llena de gente que va a pasar el día, a comerse un choripan o un lomito y tomarse una cerveza a la sombra. Lo que falta es la posibilidad de meterse en el agua. A mí me da la impresión de que es como volver a un lugar de donde se han ido todas las personas queridas que uno conoció ahí. No por nada dicen que una de la principal característica de Buenos Aires es su mutabilidad, que a la vez es la fuente de la nostalgia y la melancolía que también se le atribuyen.

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Sobre Colombo ya he escrito en otras ocasiones: uno de los arquitectos más interesantes de Buenos Aires a principios del siglo XX. Reconocido, pero demasiado famoso, lo suficiente como para atraer a alguien como Alejandro Machado, que se ha convertido con el tiempo en el gran experto en la obra de este arquitecto. Y esto de experto lo digo con cariño y respeto; y más en el sentido del amateur que del profesional, del amateur decimonónico, el que de verdad hacía las cosas por amor.
Me ha llegado un mail de Alejandro en el que propone la atribución de otra casa, en Venancio Flores 113-17-31 (Caballito), a Colombo. No es una casa tan barroca como otras que le conocemos, pero Alejandro alega que la ornamentación es idéntica a la de otra casa de este arquitecto. Y si él lo dice, yo le creo. Aunque tengo una duda: ¿no podría ser que el taller que fabricó esos elementos ornamentales se los vendiera de nuevo a otro constructor? En otras palabras, el diseño seguiría siendo de Colombo, pero la intención de ponerlo donde está, no.
En todo caso, parece que faltan pruebas. ¿Se pueden conseguir?