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El Imperio de la Pizza

jul 19, 08:57

Con un par de amigos tenemos la idea de hacer un tour de las grandes pizzerías clásicas de Buenos Aires: paradas breves, una porción y un vaso de cerveza en cada una, todo en un sólo día. Como una saturación de pizza, prolongada durante horas, pero sin convertirla en un concurso, ni una búsqueda de la pizza perfecta—más bien es dar rienda suelta a la curiosidad… y a la gula.
Mientras no llega ese día, con su promesa de magia e indigestión, voy probando pizzerías por mi cuenta. En esta ocasión tocó una cuyo nombre me encanta: El Imperio de la Pizza. Suena, eso de imperio, un pelín totalitario—totalitario light, como en la Guerra de las Galaxias, esa saga de lo simple.
Fui con Fabiana, un día en que andaba ella por Buenos Aires. Coincidimos en la impresión general del lugar: es un sitio clásico, de los de antes, enorme, preparado para atender a mucha gente. Fabi dice que también en Mar del Plata las hay, y no me sorprende. Esa ciudad es como una continuación de Buenos Aires por otros medios.
Pedimos una Pizza Bretona: Muzzarella, roquefort y cebolla. Buenísima. Al molde, como es la verdadera pizza de Buenos Aires. Fabi la prefiere con menos pan, a la piedra; a mí me gusta de las dos maneras.
Un pequeño apunte de especulación histórica. Yo diría que las tres capitales mundiales de la pizza son Chicago, Nueva York y Buenos Aires, ciudades con una gran inmigración italiana. No cuesta imaginar que cuando los italianos llegaban a estos lugares, se asombraban con la abundancia barata de la leche, la harina y el queso. Y la tradición continúa en la pizza de molde, abundante, que hay que comer con tenedor y cuchillo, para evitar que el queso se desborde.
Era mediodía y la pizzería, frente a la Estación Lacroze, estaba llena. A nuestro lado, tres ancianos discutían de fútbol, desde el mundial hasta los destinos del club de su barrio, el Chacarita.
El servicio es mediocre, pero a eso, en Buenos Aires, ya estamos acostumbrados. Es como si los camareros supieran que, traten bien o mal a la clientela, van a vender lo mismo. Creo que se equivocan, pero tampoco me voy a poner vehemente al respecto. En todo caso, la pizza es buena, y el local no es bonito pero sí un clásico.


Un día normal

jul 15, 09:49

Por si no se han dado cuenta, vivo en Buenos Aires, capital, en un sitio llamado La Barraca Vorticista, una casa privada en la que existe un gran archivo de arte-correo y de poesía visual. En mi casa siempre es posible una conversación sobre algún tema artístico. No teníamos tele, hasta que llegó el mundial y nos prestaron una. No la he usado más que para ver partidos, incluida la final, que por suerte ganó España. Ya era hora.

Ayer, miércoles 14 de julio, fue un día normal para mí. Y es eso lo que quería contar. Me levanté a eso de las 7, hice café y leí la prensa por internet. Habitualmente leo el New York Times, El País, Página 12 y La Jornada, además de Libro de Notas y algunos blogs. Luego leo y contesto el correo electrónico y echo un vistazo a Facebook.

Más o menos a las 9 me puse con un artículo para Arsómnibus, donde escribo sobre arte. Este era sobre la nueva etapa de la galería de Alejandra Perotti, y aparecerá en breve en la revista, que sólo es digital y es muy probable que, en los próximos meses, con los cambios que estamos efectuando, se convierta en la principal referencia del arte contemporáneo argentino.

A las 11 o por ahí, terminado el artículo, me duché y salí a comprar cigarrillos, de camino a mi bar habitual, en San Cristobal, a pocas cuadras de casa. En él, la conexión wi-fi es buena y tienen un gran salón fumador. La camarera que me atiende ya se acostumbró a verme desplegar mis papeles, el i-pod touch, el móvil y el cenicero en una mesa para 4, y no se molesta si me quedo más tiempo del garantizado por el café que pido.

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Apuntes del natural 10

may 12, 10:05

San Telmo, una tarde como a las 7. Estaba esperando para cruzar Piedras, por Carlos Calvo, cuando un hombre bajó de un taxi. No le presté mucha antención, pero sí que me pareció raro que viniera y se pusiera detrás de mí, luego pensé que como escondiéndose. En eso el taxista saca el cuerpo del coche y le grita: “¿Qué me mirás así? ¡Ibas a pasarme un billete trucho, gil! ¡Garca!”
El hombre, relativamente bien vestido y con una mochila cara colgada del hombro, cruzó la calle sin mirar atrás. El taxista se metió de nuevo en el coche y arrancó, pero se detuvo en medio de la intersección y volvió a gritar “¡Garca!” varias veces.
Unos obreros que estaban sentados en la esquina tomándose unas cervezas, las clásicas del fin del día de trabajo, hicieron de coro, a risas, gritando también: “¡Garca!” “¡Garca!”

Traducción para los extranjeros: “garca” significa oligarca, y según me he podido enterar, se llama así a alguien que abusa de los demás, sin que le importe nada. En este caso el garca, al pasar un billete falso, estaba abusando del taxista, descargando sobre él una deuda irrecuperable, a menos que el taxista fuera un garca también y le pasara la deuda implícita en el billete a otra persona.




Últimamente voy con alguna frecuencia a La Plata. Al principio utilizaba el servicio de colectivos que tiene parada en Lima e Independencia (también hay combis), pero pronto opté por tomar el tren, que puede tardar 20 ó 30 minutos más en llegar, pero me gusta más y en realidad es más cómodo… si no me toca viajar de pie. Admito que esto de preferir el tren es puro romanticismo: me gustan más las estaciones, el ambiente de sus alrededores, la vista desde el tren, que siempre tiene una mayor relación con las poblaciones que la autopista.
Una tarde de lluvia, no hace mucho, de regreso a Buenos Aires, saliendo de la estación de Constitución por la calle Lima, me dio la impresión de haber entrado súbitamente en Blade Runner. El gentío, los comercios iluminados, los puestos de venta en la calle, el vaho en los ventanales de restaurantes y cafés, el humo de autos y colectivos, el agua vaporizada en el aire. Era de día pero estaba oscuro. Esa sensación de haber entrado en otra realidad, una imaginada en parte por Philip K. Dick y Ridley Scott, tardó horas en abandonarme.
Desde ese día, siempre que llego a Constitución me encamino a casa a pie. Pero no he vuelto a sentir eso tan raro de estar en otro mundo.


Apuntes del natural 9

mar 26, 09:18

  • A un amigo le llego el siguiente mensaje al móvil: “Tenés una onda para hacer una movida?”
  • “Voy a tardar más en hablar que ustedes en sacar la plata.” Un vendedor ambulante en un tren de Buenos Aires a La Plata.
  • Pizzería El Gordo. Márketing antiguo en Sarmiento al 4100.
  • Carlos Calvo al 1400, 9 de la mañana. Un travesti borracho, hirsuto después de lo que habrá sido una noche muy larga, con una botella de cerveza en la mano, en cuclillas con la espalda recargada en un taxi estacionado, los pantalones en los tobillos, las sandalias de tacón a un lado, se pone a mear. A mí me toca pasar por delante justo cuando se levanta, mostrándolo todo.

La ola de Palermo

mar 24, 13:02

El mes pasado, una tormenta terrorífica inundó partes de la ciudad. Este video es impresionante.


Para Pep Izquierdo

No sé bien si en los tiempos que corren (como siempre buenos y malos a la vez, según quien los viva) tenga sentido o sea buena o mala idea comentar que una de mis aficiones favoritas es sentarme en la terraza de un café a mirar—no a la gente, así en general—sino a las mujeres que pasan. Con el tiempo que llevo en Buenos Aires, creo haber descubierto que uno de los mejores sitios para mi humilde vocación de flanêur, o simplemente de mirón, es la esquina de Tucumán y Rodríguez Peña. Ya ahí, me acomodo ante una de las mesas del café Mar Azul, me pido un carajillo y dejo que se me salgan los ojos de la cabeza… como en los dibujos animados.
Por esta esquina pasan mujeres para todos los gustos. Hombres también, supongo, pero no he prestado atención. Como se trata sólo de observar, sin molestar, sin fijar la mirada en nadie, sin decir nada, puedo practicar mi afición sin prejuicios. Me puede llamar la atención alguna parte de un cuerpo, o una forma de caminar, o un estilo al vestir, o un rostro particularmente bello, o un gesto, una actitud, incluso una voz.

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Alegrías y lluvia

feb 6, 14:32

Tengo que coser la tela a dos varillas de mi paraguas casi desechable. Estos días ha estado lloviendo de lo lindo.

El otro día tenía más que suficiente trabajo como para quedarme delante del ordenador hasta la noche, pero ya había quedado con un librero por Mercado Libre en que pasaría a buscar Explicación de Buenos Aires, de Ramón Gómez de la Serna. Así que desenterré mi paraguas de un solo uso, y me lancé a la batalla no sólo contra la lluvia, sino también contra toda esa gente que, por muchos años que lleve haciéndolo, no termina de aprender a circular con el paraguas abierto.
El tráfico siempre se vuelve caótico cuando llueve—aquí y en todas partes, sólo hay que volver a ver Blade Runner para confirmarlo. Hay gente que utiliza el auto como paraguas. En lugar de tomar un colectivo, opté por el subte: Línea E hasta Independencia, Línea C hasta Diagonal Norte/Pellegrini, Línea B hasta Lacroze. Increíblemente, sólo tarde poco más de media hora.
En la esquina de Corrientes y Lacroze está El Imperio de la Pizza, nombre soberbio en todos los sentidos. Entré a desayunar: café con leche (cargado) y dos medias lunas (croissants para los extranjeros). Aviso a quienes lean esto extraporteñamente que en Buenos Aires hay habitualmente dos tipos de medias lunas, de mantequilla y de grasa. En El Imperio tienen, sin embargo, un tercer tipo, también como de grasa, más hojaldrado y con una forma ligeramente distinta—parece más un puño cerrado en una especie de figa, que una luna menguante/creciente—y más salado que las de grasa normales. Los llaman cuernitos, que es como se llama a los croissants en México. Son excelentes, y más con mantequilla y mermelada. El camarero me dijo que salen del horno todos los días a las 7 de la mañana.

Si no hubiera estado lloviendo, lo más probable es que hubiera tomado un colectivo que me hubiera dejado más cerca de donde tenía que ir a buscar el libro, y no hubiera entrado en El Imperio de la Pizza: no habría conocido los cuernitos. No me cabe la menor duda de que uno toma decisiones distintas, y hasta cambia de comportamiento, según el tiempo que haga. Y son esos pequeños cambios los que lo llevan a uno por otros caminos, y al descubrimiento de cositas, situaciones, lugares, tal vez nimios, tal vez no, pero en todo caso, descubrimientos y si hay suerte, alegrías.
A mí la lluvia siempre me pone de buen humor.


Apuntes del natural 8

feb 1, 08:17

  • El otro día me encontré con esta pintada a media cuadra de mi casa. El esclavo de amor, esa figura inventada por los trovadores hace 800 años, sigue existiendo y manifestándose en las paredes de la ciudad, modernizada por la pintura en spray. Si yo fuera el dueño del comercio cuya persiana ha servido de papel para este poema, no lo borraría. Me gusta también la premura heredada de la escritura en SMS con el + y el q. El amor en los tiempos post-alfa.
  • Iba caminando por Viamonte, a la altura de Rodríguez Peña, un día normal a eso de la una de la tarde, cuando de repente oí a un tipo cantando “Cielito lindo” a voz en grito, una canción que yo me sabía entera cuando era niño y con los años llegué a detestar. Lo extraño no fue que un tipo la cantara en el centro de Buenos Aires, sino que se le sumaran otros. Al cabo de un momento, había cuatro tipos gritando “Cielito lindo”, pero como por falta de solidaridad, cada uno a su bola, sin cuadrarla con los demás. El desafine era ideal, como para una obra de Tatanian.
  • Me tumbé en la cama a leer. De pronto me entraron unas ganas increíbles de tomarme un whisky. Hace tiempo que dejé los alcoholes fuertes, aunque de vez en cuando me tomo algo, con mucha moderación. Ahí echado en la cama, con el libro en la mano, me puse a imaginar el whisky: cómo me quemaba la boca y la garganta con el primer trago; ese escalofrío que te da; como se va diluyendo el alcohol en el agua del hielo que se derrite; el frío en la mano; el último trago del whisky ya aguado. ¡Era como si me lo hubiera tomado de verdad! Lo jodido vino después: me apetecía OTRO.
  • Entre las ciencias que no triunfaron, está (mi favorita) la frenología, según la cual, los bultos y formas que uno tiene en el cráneo aportan información fidedigna de su carácter. Es algo así como la astrología, pero portátil. A menos que a uno le dé por no llevar la cabeza consigo, o por tenerla tan grande y pesada que, de hecho, debe dejarla en casa cada vez que sale. Cuando estaba en la universidad, monté un club de frenología, del cual, como cabe esperar, yo era el único miembro. Pero el club era oficial y recibía, cada semestre, una pequeña subvención, igual que cualquier otro club. Esta foto es del escaparate de un anticuario en San Telmo. No tengo dinero, y no suelo ya comprar tarugadas, ni no tarugadas, pero en este caso haría una excepción.
  • Fui con Alber Méndez a tomar un café, pero antes lo acompañé a hacer unos pagos en una oficina del Banco Ciudad. No había mucha gente. Mientras él iba a la ventanilla, yo me quedé sentado en la zona de espera. En otra ventanilla había un anciano, medio hecho polvo, cobrando la mensualidad de la jubilación, o eso me imaginé al verlo contar los billetes. El viejo se dio cuenta de que lo miraba, vino directo hasta mí y con un acento claramente italiano se puso a contarme una historia. Bueno, tenía acento y además problemas físicos con el habla, probablemente secuelas de una embolia. Al parecer, él, de joven trabajaba de mecánico en Villa Martelli. Ahí había un carterista chileno al que por su destreza llamaban Manita. Un turista fue a la comisaría a denunciar el robo de su billetera. El comisario ordenó que le trajeran inmediatamente a Manita. El carterista, presionado, devolvió la billetera con todo dentro. El comisario le sugirió que no robara a los pobres (o a la clase media) sino a los que tenían dinero de verdad: ese altruismo. Pero no soltó a Manita. El comisario le mostró que se guardaba la billetera en el bolsillo de atrás del pantalón y le dijo al carterista que no se podía ir hasta que no le sacara la cartera a él. Una broma, ¿no? El comisario andaba por la comisaría, arreglando un asunto y otro, y cuando llegó la hora de comer, le dijo a uno de los agentes que fuera a buscar unas pizzas; se llevó la mano a la billetera y descubrió que no la llevaba. Llamó a Manita, que estaba sentado en la recepción y le dijo que se la devolviera, con rabia. Le preguntó si tenía algo que decir a su favor, y Manita dijo, “Es mi oficio, comisario.” El viejo mecánico que me contó la historia en el banco llevará, ¿cuánto?, ¿50 años riéndose de esto?
  • Caminando por Recoleta, me encontré con la verdad absoluta. O al menos con parte de ella. Un ingeniero que se apellidaba Dagnino, dañino. Sólo cabe esperar que su hermano no fuera médico.

Una de las grandes desgracias de Buenos Aires ha sido la pérdida de sus mercados. Y no sólo pasó aquí, toda ciudad respetable tiene unos cuantos mercados reconvertidos en otra cosa. Hay que culpar a esas olas de modernidad y comodidad que al final conducen al malestar, al aburrimiento, al todo igual para todos. (Así perdieron también el alma muchos cafés de Corrientes).
Pero en Buenos Aires sobreviven unos cuantos mercados. El de San Telmo todavía conserva puestos de comida, aunque la mayoría han caído en manos de la industria del turismo. Sin duda el mejor mercado de esta ciudad es el del Progreso, en Primera Junta. Ahí hay como un orgullo en un saber recuperado, el de la buena comida bien presentada y el trato humano en el comercio: todo mejor que ir al impersonal supermercado de cadena, o al almacén chino de enfrente (siempre hay uno), donde lo habitual es el mal rollo.
Cerca de mi casa, en la esquina de Independencia y Entre Ríos, está el Mercado de San Cristóbal. En ese cruce se encuentran los barrios de Constitución al sudeste, el de Monserrat al noreste, el de Balvanera al noroeste y el de San Cristóbal al suroeste. Pero el mercado está en la esquina de Monserrat, no en la de San Cristóbal, vayan ustedes a saber por qué. Será otro de esos pequeños detalles que tiene toda ciudad, y Buenos Aires en especial.
El mercado conserva buena parte de su función como tal, aunque ya no del todo. Hay carnicerías, pollerías, fiambrerías, dos pescaderías, puestos de frutas y verduras, otros donde venden teléfonos móviles, un par de librerías de viejo, un zapatero, un par de bares. Pero parece que la gran mayoría de los puestos han caído en manos de anticuarios, sobre todo los del piso de arriba, y de algunas tiendas de ropa. En ese sentido, este mercado se asemeja al de San Telmo, pero con menos turismo y, me duele decirlo, con menos alegría. Está como más pobre, más gastado por el tiempo y más oscuro. Y sin embargo, mantiene su vitalidad.
Muchos puestos tienen todavía los mostradores de mármol y las cámaras frigoríficas de madera, algunas auténticamente bellas, muy bien cuidadas. Como si los comerciantes las consideraran tesoros.
El otro día, me ocurrió que una negra que supongo dominicana (por la pequeña colonia de esa nacionalidad que hay cerca, del lado de Constitución) me miró de arriba a abajo y soltó: “¡Mi amor!” Yo me quedé como un conejo encandilado por los faros de un coche en la carretera oscura. Suerte que no fui atropellado. Pero ya se sabe, todo lo que no mata al ego, lo engorda.

Un nota final: los románticos tenemos un gran aprecio por el desgaste en las ciudades, lo antiguo venido a menos. No queremos que desaparezca. Luego cuando lo arreglan y a esa zona se muda la gente de plata, nos quejamos. A mí me pasa con Palermo, que no soporto. Pero los barrios gastados vienen con problemas: la fealdad, y hasta la inseguridad. Aunque yo, que vivo en Constitución ahora, noto poca inseguridad, al menos en los últimos tiempos. En fin, la paradoja es esta: amamos estos barrios viejos, pero no queremos que los arreglen, aunque se vuelvan peligrosos. Y si no los arreglan irán cada vez a peor. ¿Qué hacemos?


Redirección temporal

ene 22, 11:27



Tengo problemas con la conexión donde vivo/trabajo. Significa que tendría que andar con el ordenador arriba y abajo, y la verdad es que no me apetece.
Lo que sí puedo hacer es ir posteando con el iPod en un blog auxiliar que abrí hace tiempo pero nunca usé. Ahora me viene bien. Es éste: PEX2.

(Lo bueno de Wordpress como editor de blogs es que tiene una aplicación para iPod Touch, que facilita la cuestión de escribir cuando uno anda errante, itinerante o, como es el caso conmigo en este momento, cabreado).

Volveré a este blog en cuanto se solucione el problema.


Pasa en todas partes, que llega el verano y mucha gente se larga de vacaciones. El vacacionismo es nuestra verdadera religión, una que promete el paraíso en la Tierra, aunque sólo sea por unos días. Con una parte importante de la población en busca del Edén, Buenos Aires se ha quedado si no vacía, sí muy tranquila, excluido el ajetreo malhumorado del resto del año. Casi me veo tentado (seguramente por el demonio de la ironía) a decir que Buenos Aires por estas fechas es cuando está más cerca de su propio ideal.

Hay menos humos de colectivos y camiones; y es como si también se hubiera reducido el nivel de contaminación publicitaria y futbolística. Por Buenos Aires siempre se puede pasear, pero ahora más y mejor. En las zonas comerciales, la clientela, no toda emigrada a las playas y otras zonas de placer espiritual, no escasea pero tampoco se aglomera, así que a quien le guste ir de compras o de escaparates, encontrará mayor comodidad e incluso amabilidad en el personal de ventas. Esto no es más que una suposición por mi parte, ya que soy una especie de anti-consumidor. Nunca he considerado salir de compras una opción de ocio, sino un trabajo en el que uno paga por trabajar. Por ejemplo, la gente que usa ropa con la marca bien visible, ¿no está pagando por hacerle publicidad a otro?

Hace casi un año que no veo la tele. Este verano espiritual prolongado, si tengo suerte, durará indefinidamente. Ayer, el calor y la humedad fueron tan agobiantes como un programa de Tinelli, con la diferencia de que en la tele hay muchas menos tormentas que reduzcan la temperatura ambiente, y rara es la brisa que proporcione un alivio, algo fresco que ayude a sobrellevar el tedio estival en el que siempre vive la caja lista. Ahora voy a ponerme lírico, o por lo menos hudsoniano: ¡ojalá y en la tele hubiera algún ombú bajo el cual sentarse a disfrutar de la sombra y unos mates con gente interesante y conversadora! Fin del lirismo.

Unos amigos tuvieron la extrema buena voluntad de invitarme a su casa en Pinamar a pasar unos días. Yo mostré mi habitual reticencia ante toda religión ajena. Además, ¿por qué salir de la ciudad cuando mejor se está en ella? Pero me evangelizaron con eficacia, diciendo que comeríamos bien, conversaríamos y podía llevarme varios libros y no sentir la necesidad de salir de ellos por mostrarme cortés. Iré en febrero.

He aquí una lista provisional de mis lecturas vacacionales:

  • Mansilla, Lucio V. Una excursión a los indios ranqueles
  • McGrath, Cambell. Seven Notebooks
  • Ortiz, Juan L. El Gualeguay
  • Rivera, Andrés. Cuentos escogidos
  • Schuyler, James. Collected Poems
  • Shell, Marc. The Economy of Literature
  • Warhol, Andy. Popism