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Pasa en todas partes, que llega el verano y mucha gente se larga de vacaciones. El vacacionismo es nuestra verdadera religión, una que promete el paraíso en la Tierra, aunque sólo sea por unos días. Con una parte importante de la población en busca del Edén, Buenos Aires se ha quedado si no vacía, sí muy tranquila, excluido el ajetreo malhumorado del resto del año. Casi me veo tentado (seguramente por el demonio de la ironía) a decir que Buenos Aires por estas fechas es cuando está más cerca de su propio ideal.

Hay menos humos de colectivos y camiones; y es como si también se hubiera reducido el nivel de contaminación publicitaria y futbolística. Por Buenos Aires siempre se puede pasear, pero ahora más y mejor. En las zonas comerciales, la clientela, no toda emigrada a las playas y otras zonas de placer espiritual, no escasea pero tampoco se aglomera, así que a quien le guste ir de compras o de escaparates, encontrará mayor comodidad e incluso amabilidad en el personal de ventas. Esto no es más que una suposición por mi parte, ya que soy una especie de anti-consumidor. Nunca he considerado salir de compras una opción de ocio, sino un trabajo en el que uno paga por trabajar. Por ejemplo, la gente que usa ropa con la marca bien visible, ¿no está pagando por hacerle publicidad a otro?

Hace casi un año que no veo la tele. Este verano espiritual prolongado, si tengo suerte, durará indefinidamente. Ayer, el calor y la humedad fueron tan agobiantes como un programa de Tinelli, con la diferencia de que en la tele hay muchas menos tormentas que reduzcan la temperatura ambiente, y rara es la brisa que proporcione un alivio, algo fresco que ayude a sobrellevar el tedio estival en el que siempre vive la caja lista. Ahora voy a ponerme lírico, o por lo menos hudsoniano: ¡ojalá y en la tele hubiera algún ombú bajo el cual sentarse a disfrutar de la sombra y unos mates con gente interesante y conversadora! Fin del lirismo.

Unos amigos tuvieron la extrema buena voluntad de invitarme a su casa en Pinamar a pasar unos días. Yo mostré mi habitual reticencia ante toda religión ajena. Además, ¿por qué salir de la ciudad cuando mejor se está en ella? Pero me evangelizaron con eficacia, diciendo que comeríamos bien, conversaríamos y podía llevarme varios libros y no sentir la necesidad de salir de ellos por mostrarme cortés. Iré en febrero.

He aquí una lista provisional de mis lecturas vacacionales:

  • Mansilla, Lucio V. Una excursión a los indios ranqueles
  • McGrath, Cambell. Seven Notebooks
  • Ortiz, Juan L. El Gualeguay
  • Rivera, Andrés. Cuentos escogidos
  • Schuyler, James. Collected Poems
  • Shell, Marc. The Economy of Literature
  • Warhol, Andy. Popism

Un tono de Buenos Aires

ene 11, 15:29

Un par de meses de introspección le hacen daño a cualquiera. Resulta preferible vivir hacia afuera, despreocuparse del paisaje interior, con sus rocas, su aridez, su arena que se mete entre los dientes en cuanto se levanta el simún de la autoconmisceración y la necesidad de consuelo. La escasez de vegetación en ese paisaje asusta a quienes se acercan, lo vislumbran desde el borde, quizá con la intención de recorrerlo, conocerlo. No es fácil el desierto, echa para atrás, por mucho que desde cualquier mirador se pueda apreciar el azul de su extensión, la lejanía del horizonte.

Marcelo Bordese ha insistido en que escriba sobre el desierto. Mi negativa hasta ahora ha tenido que ver con el pudor que produce a unos pocos escribir sobre sí mismos: no existe diferencia entre el desierto en el que crecí y lo que alguien pobre de espíritu y de vocabulario (que son la misma cosa) llamaría mi “subjetividad”. Uno suele encontrar esas palabras, ya secas, procesadas por los animales (hormigas, escarabajos) cuando sale al desierto interior. No hace falta ir demasiado lejos en ese territorio aparentemente vacío para encontrar los vestigios de unas cuantas voces similares: “personalidad” es otra.

Bueno, pero estábamos en Buenos Aires, ¿no? Cuesta poco reconocer en esta ciudad las características de un desierto, incluidos algunos oasis, uadis como la 9 de Julio, vistas desde lo alto que seducen y muchos espejismos. Hay una escena en Lawrence de Arabia en la que Peter O’Toole atraviesa un valle en su camello (esa cadencia) y va cantando por el puro placer de oír el eco de su voz rebotado en las rocas que lo circundan. ¿No es eso lo que a menudo hace uno en las grandes ciudades, y en Buenos Aires en particular? Es como el bio-sónar de un murciélago: en esta ciudad hay que tocar de oído.

Muchos españoles, nada más llegar a Buenos Aires, se sienten defraudados; puede mucho, todavía, el mito de la París de Sudamérica. Hay que acostumbrarse a Buenos Aires como hay que acostumbrarse al desierto. No se trata tanto de cambiar el punto de vista, sino de dejar de mirar y empezar a escuchar los zumbidos, las vibraciones, los ecos de la ciudad. Hay que pasar a ser un murciélago como Lawrence y prestar atención a esos sonidos. No tiene por qué ser fácil o difícil, pero se adapta uno a las condiciones del territorio—su topografía, su clima—o se agarra uno el primer avión a cualquier paraíso artificial para turistas.

Los viajeros—desde el siglo XVI hasta el XX—han descrito el mismísimo Río de la Plata como un desierto. Algunos no supieron superar la decepción, la angustia al verse rodeados de ese agua calma, plana, marrón; cabe decirlo de nuevo: hay que dejar de mirar y ponerse a escuchar. El silencio también vibra.

Este desierto de cemento que creció sobre el desierto de tierra junto al desierto de agua puede ser arduo. Si uno lo recorre y escucha con cuidado, siempre encontrará un eco, una vibración interior que armonice con la vibración exterior, aunque sea sólo por un momento. A veces, si nos enamoramos de él, ese eco tiene otro nombre: Belleza.


Paseo del 2 de enero

ene 5, 08:32

En la fiesta de fin de año, ya como a las 6 de la mañana tuve una buena conversación con Fermín Kehoe, cantante del grupo de rock Nenas, y como descubrí, un tipo de gran sensibilidad, creativo en serio, culto hasta sorprender. Digo esto último así porque hoy sorprende encontrarse con gente culta; lo que suele ocurrir es que uno se topa con especialistas que todo lo filtran for su deformación profesional, y si esa profesión les ha traído el éxito, entonces no hay otro filtro que su ego, hinchado como si retuviera líquidos.
Fermín me recomendó que me diera una vuelta por el Museo Sívori a ver la exposición de Joaquín Ezequiel Linares (1927-2001); lo hizo con tanto entusiasmo que no me quedó otra más que ir.
El mejor día del año para darse un paseo por donde sea que uno viva o se encuentre es el 1 de enero. Poca gente, casi todo cerrado, las calles vacías se abren al caminar largo y a la reflexión. Buenas condiciones para repensarse los propósitos de año nuevo, pero mejor, para perderse de la manera recomendada por Walter Benjamin.
Sin embargo, como me acosté a las 8 de la mañana, el día 1 apenas salí de casa—no tanto por la resaca, que no tenía, sino por la falta de sueño, el cansancio acumulado y muchas ganas de estar solo y quieto. Así que dejé el paseo para el día 2.
A melldia mañana de ese día, tomé el subte hasta Plaza Italia y de ahí fui andando por Avenida Sarmiento hasta el Rosedal. No he sido nunca muy aficionado a dar paseos por los bosques y jardines de Palermo, y este paseo, aunque bonito, no sirvió para hacerme cambiar de opinión. Los jardines alrededor del Rosedal y éste mismo estaban llenos de turistas, gente que sale a correr, gente que se tumba en el pasto a tomar el sol o el freso, puestos de bebidas, gente que alquila carritos a pedales para no dar el paseo a pie, gente que alquila botes a pedales para dar un paseo por el laguito. Me siento más solo entre el gentío de cualquier día de semana en el Microcentro que en lugares así.
Por suerte, no tardé gran cosa en llegar al Sívori. La entrada es gratis. La exposición de Linares ocupa casi todo el espacio expositivo y, cuadro tras cuadro, no dejó de sorprenderme. Me queda muchísimo por ver y aprender de arte argentino, y cada vez que veo algo nuevo para mí, se me renueva el entusiasmo.
Después de darme las primeras dos vueltas por la exposición (si hay tiempo, vale la pena darse unas cuantas), encontré un espacio privilegiado. Desde uno de los pasillos del museo, o desde la cafetería, se llega al jardín del museo. Hay bancos para el que simplemente quiera sentarse a consumir tranquilidad, y mesas para el que quiera tomar o comer algo. Los árboles, grandes, frondosos, echan buena sombra. y aunque pasan los trenes de la línea San Martín por un lado, el ruido no es molesto; a mí me gustó mucho verlos pasar—también soy esa especie de bicho que ama lo urbano, lo que construimos, lo que vamos tejiendo y luego (o ya desde siempre) llamamos ciudad. Ahí me pasé un buen rato, la hora de más calor, tomando un agua con gas, leyendo el catálogo de la exposición, anotando algunas ideas.
Después me di otra vuelta por la muestra y salí de nuevo al parque. Lo atrevesé a toda prisa y me metí por las calles de Palermo hasta Avenida Santa Fe, donde tomé el subte de nuevo en casa.
Con el calor y la humedad, con el cansancio acumulado de las fiestas, me tumbé a echar un sueño. No está mal para el primer sábado del año, me parece a mí.


Un paseo de sábado

dic 10, 11:48

Salí a las 7:30 de la Barraca Vorticista, donde estoy viviendo temporalmente, y agarré por Entre Ríos hacia el Congreso. Había amanecido nublado y fresco, perfecto, como más me gusta Buenos Aires. Unas cuantas personas encontré que dormían en la calle, algunas despertaban, un par me pidieron el cigarrillo de empezar el día. Entré en la tienda de una gasolinera a comprar crédito para el móvil, en la parte de cafetería los taxistas se ocupaban desayunando y, raro para ellos, no hablaban.
Doblé por Hipólito y paré en el Yrigoyen (Plaza de los Dos Congresos) a tomar un café y apuntar un par de ideas para un artículo que estoy escribiendo. Me acomodé en la terraza, donde se puede fumar. Pasó por delante de mi mesa un tipo trajeado, con coleta (ese error), que evidentemente , por el cansancio que se le veía en la cara y en la ropa, terminaba una noche larga, infructuosa quizá.
Vi a muchos obreros que se encaminaban al trabajo. Los encargados de edificio limpiaban los portales, o desperdiciaban agua lavando la vereda; algunos no hacían nada.
Por Avenida de Mayo, una camarera colgaba decoraciones navideñas (invernales, claro) en el ventanal de una confitería. Extranjeros con guía bajo el brazo, pantalones cortos y sandalias (su uniforme de gala), comenzaban su ronda monumentalizante. Delante de algunos hoteles esperaban autobuses gigantescos para llevarse a otros turistas, no sé si lejos, no sé si para siempre.
Me encanta ver despertar la ciudad.
Paré en el Iberia, antiguo bar de republicanos españoles y un favorito de mi amigo Alber, a tomar otro café, fumar (de nuevo en la terraza, o no hubiera parado), continuar con mi artículo y disfrutar del fresco. Una rubia con tetas falsas, tatuajes varios y un par de revistas de modas se acomodó con gran determinación, o con un énfasis algo desmedido (en mi humilde opinión), a dos mesas de la mía, poniéndose inmediatamente a hojear un ejemplar de Cosmopolitan que en portada anunciaba un gran artículo sobre el Kama Sutra.
Una de esas palomas invencibles que uno suele encontrar en el centro se posó sobre mi mesa, luego pasó a la de la rubia, que la espantó suavemente y sin énfasis con la mano.
Entre el café y la terraza pasaron un par de borrachos abrazados, ese gran clásico, y un tipo con mochila y gafas caras que tenía prisa. Los colectivos que circulaban por la calle Salta no iban llenos, pero sí llevaban pasajeros de pie. Al pagarle, el camarero me informó, sin que yo preguntara nada, que hacía un “viento ‘e lluvia, ¿eh?”. Ya sentía yo frío, ahí sentado. El informe meteorológico desinteresado resulto en un leve aumento de la propina que dejé.
Crucé la 9 de Julio sin que nadie intentara atropellarme (novedad). A partir de ahí, la Avenida de Mayo estaba cortada; había operarios montando varios escenarios (perdón por la rima), al parecer para la celebración del día de la constitución española.
Miré en un par de escaparates de licorerías por si había alguna botella a buen precio, pensando quizá en volver al coñac o al whisky, pero no vi nada que me apeteciera lo suficiente como para ameritar el gasto.
Crucé Bolívar y comenzó a llover. Me detuve bajo un alero con la esperanza de que escampara y cuando lo hizo, unos diez minutos después, continué hasta Perú por donde agarré hacia Carlos Calvo y El Federal bajo una leve llovizna.
Ahí me estuve un buen rato, leyendo la prensa, desayuné algo sólido, y a eso de las 10 y media, me fui para casa.
Fue una buena mañana de primavera en Buenos Aires


Perlas

nov 23, 16:34

Siempre me han gustado los nombres anticuados que algunos comercios conservan. Buenos Aires, que para algunos cambia demasiado rápido y para otros demasiado despacio, mantiene un espíritu del pasado que en otras ciudades hace tiempo que desapareció o fue convertido en un producto Disney para turistas. Una de las cosas que más me gustan de Buenos Aires es que la ciudad permanece refractaria al turismo, por mucho que se intente domesticarla, como ha ocurrido en Palermo.

Entre los nombres anticuados está La Perla. Trato de imaginar lo que pensaría un comerciante de 100 o incluso 50 años al ponerle ese nombre a su local. Está claro que tiene algo que ver con el mítico lujo de Oriente. También con la rareza y la exquisitez. Si todas las ostras contuvieran perlas, éstas carecerían de valor, claro.

Aquí hay una pequeña lista (los asiduos a BAI saben que también soy aficionado a las listas) de Perlas de Buenos Aires.

  • La Perla (bar, Don Pedro de Mendoza 1899)
  • La Perla del Once (café, Rivadavia y Jujuy) (Aquí mantenía su tertulia de los sábados Macedonio Fernández)
  • La Perla del Oeste (confitería, Guayaquil 860)
  • La Perla de Flores (panadería, Nicasio Oroño 1478)
  • La Perla de Caballito (panadería, he perdido la dirección)

Y no olvidemos, por favor, que uno de los nombres míticos de Buenos Aires es nada más y nada menos que La Perla del Plata.


Un nuevo comienzo

nov 17, 17:21

He pasado una crisis personal en las últimas semanas, tirando a seria, que me tenía sin fuerzas para escribir en este blog (he escrito otras cosas) y que me llevó incluso a pensar en la posibilidad de dejarlo. La crisis, que no viene a cuento describir aquí, precisamente porque es personal, está llegando a su fin, o a un nuevo comienzo, el de otra cosa.

Algunos lectores me han comentado, en persona o por mail, lo mucho que les gusta este blog. La verdad es que me sorprende y no me sorprende. Lo segundo es por el tema, Buenos Aires, una ciudad que nunca se acaba, aunque a veces, con el ajetreo diario, el trabajo, las obligaciones, no tenga yo tiempo para buscar temas para los posts. Lo primero, eso de que me sorprende que a la gente le guste el blog, es porque éste empezó como algo personal, un sitio donde yo me iba a ir apuntando las cosas que me gustaran de la ciudad. Lo podía haber escrito todo en uno de mis cuadernos, pero decidí hacerlo en un blog, en público. Pensé, al principio, que eso me obligaría a escribir sólo de las cosas que me gustan, sin quejarme (en todas las ciudades siempre hay miles de motivos para la queja). Escribiendo en público uno se obliga mejor a ciertas condiciones que haciéndolo en privado.

Buenos Aires Ideal ha sido hasta ahora una bitácora de mi experiencia de ciertos aspectos de la ciudad, no de todos. No está todo lo bueno y no hay prácticamente nada de lo malo, ni de lo más personal. Esa ha sido mi intención hasta ahora, y pienso mantenerla. Ahora, después de la crisis, retomo el blog.

Antes de terminar este post, quisiera agradecer a las personas que me han alentado últimamente. Especialmente a Tali, que me ha hecho pensar en el blog desde otra perspectiva, sin abandonar las ideas originales.

Ahora vuelvo a sacar mi libretita y a salir por la ciudad a apuntarme todo lo que me llama la atención. Espero que lo que vamos ahciendo en BAI, Andrés y yo, les siga pareciendo de interés.



Vendedores & mendigos

oct 30, 17:51

Hace un par de semanas, entré en un sitio en la calle Florida y me compré un sandwich (había 2 × 1) y una botella de agua. Me fui a comer a la Plaza San Martín. Y ahí estaba, sentado en un banco, masticando y leyendo, cuando se me acercó un tipo que me pidió unas monedas. No sé por qué los mendigos en Buenos Aires piden monedas, un bien tan escaso que es más fácil soltar un billete de dos pesos que una moneda de uno. De otra manera, el riesgo de no poder viajar en colectivo cuando haga falta es demasiado alto. Le digo al chico que no tenía monedas. Entonces, me preguntó si compartiría mi sandwich, del cual yo ya iba por la mitad, y aunque no tengo ningún problema en decir que no, le di lo que quedaba.
Debo explicar que nunca me siento mejor, ni aliviado, ni nada cuando le doy algo a un mendigo. Se lo doy y ya está, me olvido. Y en esté caso también me olvidé, me fumé un cigarro, terminé de leer el poema en el que estaba cuando fui interrumpido, me levanté y seguí adelante con las cosas que tenía que hacer por el centro.
Me olvidé hasta el martes pasado, cuando de nuevo estaba con un sandwich, o varios pero de miga, un agua y un libro, esta vez en la barranca que baja de la Plaza San Martín al monumento a los soldados de la Guerra de las Malvinas. Ahí se me acercó un tipo que vendía bolígrafos, marcadores, lápices. Yo no quería nada y no le compré. Entonces me dijo que tenía hambre y si no le daba uno de los sandwiches de miga, y se lo di. Me acuerdo que le dije “Sí, claro” mientras lo sacaba de la bolsa.
Ahí me acordé del otro chico que me había pedido comida. Ahí se me ocurrió una cosa: que un mendigo y un vendedor son el mismo tipo de bicho. Quizá las alas sean de un color distinto pero tienen la misma forma.
Mi familia eran comerciantes, y yo crecí entre vendedores. Los vendedores tenían una frase que se ha quedado conmigo: “Que no se nos vaya ninguno vivo.” Traduzco: a todo el mundo hay que venderle, sea lo que sea, por un peso o por mil, pero que compren. Reconocí que los mendigos tienen el mismo credo: que te den algo, una moneda, un sandwich, un cigarro, lo que sea, pero que no se escapen sin soltar nada. No sé por qué no se me había ocurrido antes.
Quizá las empresas que necesitan buenos vendedores deberían reclutarlos entre los mendigos que, más que experiencia, tienen la mentalidad necesaria. ¿No se dice que los buenos vendedores son capaces de vender lo que sea?


Los clubes

oct 24, 06:06

Alejandro Lipszyc
Fotogalería del Teatro San Martín
Hasta el 29 de noviembre

Sé de buena fuente que Alejandro Lipszyc es un gran aficionado al fútbol, pero no si es un nostálgico. Si sus fotos presentan un enigma es precisamente éste de la nostalgia. El Casares dice que la nostalgia es el “pesar que causa el recuerdo de algún bien perdido”. Nostos es el regreso a casa; algos, el dolor: un dolor por volver al hogar perdido. Pero no estoy tan seguro de las fotos que Alejandro ha hecho para su serie Los Clubes provoquen más dolor por el pasado que por el presente. Supongo que depende de cada uno. Mi experiencia de Buenos Aires se remonta al 2005, a la primera vez que la visité, y aunque soy capaz de leer con alguna soltura el palimpsesto de esta ciudad, me falta información y vida en ella como para poderme abandonar al lujo de la nostalgia por algunos de sus tiempos pasados, sin que eso parezca una impostura por mi parte.
Así, mi ojo y mi experiencia son ajenos a esa vía de retorno que parecen ofrecer las fotos de Lipszyc. Según me han contado, en Buenos Aires hubo innumerables clubes de barrio—sociales y deportivos—de los que sobreviven unos cuantos. Hay que recordar que a menudo esos clubes pertenecían a asociaciones de inmigrantes, o a sindicatos, pero también a grupos que se formaban por amor al deporte. Algunos crecieron y se convirtieron en los grandes clubes de fútbol que llaman la atención en todo el mundo. Otros fueron perdiendo fuerza y socios; pasó el tiempo, los hijos de los inmigrantes se asimilaron, los de los obreros fueron a la universidad: la estructura social (o como quieran llamarla) cambió, los viejos vínculos desaparecieron o pasaron a ser otros u otra cosa.
Muchas de las personas con las que hablo en Buenos Aires se quejan de la “disgregación social”, una especie de sálvese quien pueda que invade las consciencias, los actos, las relaciones. El destino de los clubes de barrio es una buena metáfora de este fenómeno. En ese sentido, supongo que la nostalgia tiene cierta justificación.
lo primero que llama la atención de las fotos de Alejandro Lipszyc es su belleza. Cada club tiene sus colores, claro, y Alejandro ha sabido aprovechar esa condición objetiva para sacar jugo subjetivo. Alejandro pone la cámara en lugares donde no sólo se capten los colores de cada club, sino que éstos, esa pintura vieja, o incluso de diseño antiguo, sirva para establecer el camino al pasado del que hablaba antes.
Las fotos son todas interesantes, y la mayoría de una gran belleza, incluso abstracta. La que más me llamó la atención es una del Club Sportivo Barracas (creo, porque escribo de memoria, no sé que hice con mis notas), en la que aparece una foto de siete nadadores de los años 20 sobre un muro en proceso, al parecer permanente, de reparación. En esta foto domina el gris, como en otras el azul o el rojo. Y con el gris, una sensación del paso de un tiempo que no sé si fue mejor, pero que pasó. Hay otra foto, la de una piscina cubierta, que con el reflejo del agua apunta a esa abstracción y belleza formal que digo. Esta interpretación de los clubes por medio de la belleza y la forma apunta al amor con el que está hecho este trabajo: a un amor por la ciudad y sus viejos clubes.



Los murales de Weber

oct 9, 18:36


Así como siempre digo que soy mal turista, debo añadir que soy mal periodista. Ambas figuras tienen mucho en común: nacen con la Revolución Industrial, suelen ser fenómenos urbanos, están como de paso por la realidad, o por esa que visitan momentáneamente: unos por placer, otros por trabajo. No sería descabellado decir que el periodista es un turista asalariado.
Como mal turista, tiendo a no ir a los sitios turísticos. De hecho, hace dos años y medio que apenas he salido de Buenos Aires. Y como periodista, detesto ir a las ruedas de prensa, siempre las evito. Aunque esta vez no pude, simplemente porque me interesa lo que está haciendo la empresa Weber con su proyecto de los murales.
Se trata de un proyecto que recupera espacios públicos, una pared, un piso, una calle, una plaza o parte de ella, por medio de murales creados por artistas reconocidos y ejecutados por empleados de la empresa misma, en algunos casos, empleados municipales en otros, o voluntarios. Los materiales los pone Weber, ya que como explica Axel Plesky, director de comunicación de la empresa, esto para ellos no es sólo un proyecto comunitario, sino también un proyecto comercial: hacen murales de cerámica porque les sirven como demostración práctica de la calidad de sus pegamentos y morteros para la construcción.
Los fragmentos de cerámica son donados, muchas veces, por empresas de cerámica: una forma de reciclaje de material que, de otra manera, iría a parar a un basural.
El método que se utiliza en los murales es el trencadís, inventado por los modernistas catalanes y hoy de uso bastante frecuente en Catalunya y Valencia, que consiste en ir dibujando sobre la superfice con fragmentos de cerámica de distintos colores.
Uno de los proyectos más famosos de esta colaboración entre Weber y los artistas es el del Pasaje Lanín, de Marino Santa María, una calle de Barracas llena de colorido y como reencontrada. Digo esto último en el sentido de que si no fuera por los mosaicos, nadie le prestaría la menor atención. En Buenos Aires Ideal, ya escribí yo algo sobre otro mural recién inaugurado, en San Telmo.
El primer artista en colaborar con Weber fue Rodolfo Sorondo, que hizo un banco en Palermo siguiendo las ideas de Gaudí. Y Florencia Delucchi ha estado viajando por toda la Argentina dirigiendo o colaborando en otros murales.
Estos tres artistas, Santa María, Sorondo y Delucchi, estuvieron presentes en la rueda de prensa que mencioné al principio. Y es porque se presentaban los murales que se mostrarán en la próxima Expotrastiendas.
Este programa de Weber ha servido para crear ya 98 murales, repartidos por todo el país, y la aventura continúa. Todos tenemos derecho al arte y a vivir en un entorno más bello, y este proyecto parte de la conjunción de esa idea y otra, comercial, que es la competencia por arriba, esa que implica hacer cosas mejores y no peores pero más baratas. John Ruskin estaría de acuerdo.


Domingo ocioso

oct 8, 04:22