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Tengo que coser la tela a dos varillas de mi paraguas casi desechable. Estos días ha estado lloviendo de lo lindo.

El otro día tenía más que suficiente trabajo como para quedarme delante del ordenador hasta la noche, pero ya había quedado con un librero por Mercado Libre en que pasaría a buscar Explicación de Buenos Aires, de Ramón Gómez de la Serna. Así que desenterré mi paraguas de un solo uso, y me lancé a la batalla no sólo contra la lluvia, sino también contra toda esa gente que, por muchos años que lleve haciéndolo, no termina de aprender a circular con el paraguas abierto.
El tráfico siempre se vuelve caótico cuando llueve—aquí y en todas partes, sólo hay que volver a ver Blade Runner para confirmarlo. Hay gente que utiliza el auto como paraguas. En lugar de tomar un colectivo, opté por el subte: Línea E hasta Independencia, Línea C hasta Diagonal Norte/Pellegrini, Línea B hasta Lacroze. Increíblemente, sólo tarde poco más de media hora.
En la esquina de Corrientes y Lacroze está El Imperio de la Pizza, nombre soberbio en todos los sentidos. Entré a desayunar: café con leche (cargado) y dos medias lunas (croissants para los extranjeros). Aviso a quienes lean esto extraporteñamente que en Buenos Aires hay habitualmente dos tipos de medias lunas, de mantequilla y de grasa. En El Imperio tienen, sin embargo, un tercer tipo, también como de grasa, más hojaldrado y con una forma ligeramente distinta—parece más un puño cerrado en una especie de figa, que una luna menguante/creciente—y más salado que las de grasa normales. Los llaman cuernitos, que es como se llama a los croissants en México. Son excelentes, y más con mantequilla y mermelada. El camarero me dijo que salen del horno todos los días a las 7 de la mañana.

Si no hubiera estado lloviendo, lo más probable es que hubiera tomado un colectivo que me hubiera dejado más cerca de donde tenía que ir a buscar el libro, y no hubiera entrado en El Imperio de la Pizza: no habría conocido los cuernitos. No me cabe la menor duda de que uno toma decisiones distintas, y hasta cambia de comportamiento, según el tiempo que haga. Y son esos pequeños cambios los que lo llevan a uno por otros caminos, y al descubrimiento de cositas, situaciones, lugares, tal vez nimios, tal vez no, pero en todo caso, descubrimientos y si hay suerte, alegrías.
A mí la lluvia siempre me pone de buen humor.


  • El otro día me encontré con esta pintada a media cuadra de mi casa. El esclavo de amor, esa figura inventada por los trovadores hace 800 años, sigue existiendo y manifestándose en las paredes de la ciudad, modernizada por la pintura en spray. Si yo fuera el dueño del comercio cuya persiana ha servido de papel para este poema, no lo borraría. Me gusta también la premura heredada de la escritura en SMS con el + y el q. El amor en los tiempos post-alfa.
  • Iba caminando por Viamonte, a la altura de Rodríguez Peña, un día normal a eso de la una de la tarde, cuando de repente oí a un tipo cantando “Cielito lindo” a voz en grito, una canción que yo me sabía entera cuando era niño y con los años llegué a detestar. Lo extraño no fue que un tipo la cantara en el centro de Buenos Aires, sino que se le sumaran otros. Al cabo de un momento, había cuatro tipos gritando “Cielito lindo”, pero como por falta de solidaridad, cada uno a su bola, sin cuadrarla con los demás. El desafine era ideal, como para una obra de Tatanian.
  • Me tumbé en la cama a leer. De pronto me entraron unas ganas increíbles de tomarme un whisky. Hace tiempo que dejé los alcoholes fuertes, aunque de vez en cuando me tomo algo, con mucha moderación. Ahí echado en la cama, con el libro en la mano, me puse a imaginar el whisky: cómo me quemaba la boca y la garganta con el primer trago; ese escalofrío que te da; como se va diluyendo el alcohol en el agua del hielo que se derrite; el frío en la mano; el último trago del whisky ya aguado. ¡Era como si me lo hubiera tomado de verdad! Lo jodido vino después: me apetecía OTRO.
  • Entre las ciencias que no triunfaron, está (mi favorita) la frenología, según la cual, los bultos y formas que uno tiene en el cráneo aportan información fidedigna de su carácter. Es algo así como la astrología, pero portátil. A menos que a uno le dé por no llevar la cabeza consigo, o por tenerla tan grande y pesada que, de hecho, debe dejarla en casa cada vez que sale. Cuando estaba en la universidad, monté un club de frenología, del cual, como cabe esperar, yo era el único miembro. Pero el club era oficial y recibía, cada semestre, una pequeña subvención, igual que cualquier otro club. Esta foto es del escaparate de un anticuario en San Telmo. No tengo dinero, y no suelo ya comprar tarugadas, ni no tarugadas, pero en este caso haría una excepción.
  • Fui con Alber Méndez a tomar un café, pero antes lo acompañé a hacer unos pagos en una oficina del Banco Ciudad. No había mucha gente. Mientras él iba a la ventanilla, yo me quedé sentado en la zona de espera. En otra ventanilla había un anciano, medio hecho polvo, cobrando la mensualidad de la jubilación, o eso me imaginé al verlo contar los billetes. El viejo se dio cuenta de que lo miraba, vino directo hasta mí y con un acento claramente italiano se puso a contarme una historia. Bueno, tenía acento y además problemas físicos con el habla, probablemente secuelas de una embolia. Al parecer, él, de joven trabajaba de mecánico en Villa Martelli. Ahí había un carterista chileno al que por su destreza llamaban Manita. Un turista fue a la comisaría a denunciar el robo de su billetera. El comisario ordenó que le trajeran inmediatamente a Manita. El carterista, presionado, devolvió la billetera con todo dentro. El comisario le sugirió que no robara a los pobres (o a la clase media) sino a los que tenían dinero de verdad: ese altruismo. Pero no soltó a Manita. El comisario le mostró que se guardaba la billetera en el bolsillo de atrás del pantalón y le dijo al carterista que no se podía ir hasta que no le sacara la cartera a él. Una broma, ¿no? El comisario andaba por la comisaría, arreglando un asunto y otro, y cuando llegó la hora de comer, le dijo a uno de los agentes que fuera a buscar unas pizzas; se llevó la mano a la billetera y descubrió que no la llevaba. Llamó a Manita, que estaba sentado en la recepción y le dijo que se la devolviera, con rabia. Le preguntó si tenía algo que decir a su favor, y Manita dijo, “Es mi oficio, comisario.” El viejo mecánico que me contó la historia en el banco llevará, ¿cuánto?, ¿50 años riéndose de esto?
  • Caminando por Recoleta, me encontré con la verdad absoluta. O al menos con parte de ella. Un ingeniero que se apellidaba Dagnino, dañino. Sólo cabe esperar que su hermano no fuera médico.

Una de las grandes desgracias de Buenos Aires ha sido la pérdida de sus mercados. Y no sólo pasó aquí, toda ciudad respetable tiene unos cuantos mercados reconvertidos en otra cosa. Hay que culpar a esas olas de modernidad y comodidad que al final conducen al malestar, al aburrimiento, al todo igual para todos. (Así perdieron también el alma muchos cafés de Corrientes).
Pero en Buenos Aires sobreviven unos cuantos mercados. El de San Telmo todavía conserva puestos de comida, aunque la mayoría han caído en manos de la industria del turismo. Sin duda el mejor mercado de esta ciudad es el del Progreso, en Primera Junta. Ahí hay como un orgullo en un saber recuperado, el de la buena comida bien presentada y el trato humano en el comercio: todo mejor que ir al impersonal supermercado de cadena, o al almacén chino de enfrente (siempre hay uno), donde lo habitual es el mal rollo.
Cerca de mi casa, en la esquina de Independencia y Entre Ríos, está el Mercado de San Cristóbal. En ese cruce se encuentran los barrios de Constitución al sudeste, el de Monserrat al noreste, el de Balvanera al noroeste y el de San Cristóbal al suroeste. Pero el mercado está en la esquina de Monserrat, no en la de San Cristóbal, vayan ustedes a saber por qué. Será otro de esos pequeños detalles que tiene toda ciudad, y Buenos Aires en especial.
El mercado conserva buena parte de su función como tal, aunque ya no del todo. Hay carnicerías, pollerías, fiambrerías, dos pescaderías, puestos de frutas y verduras, otros donde venden teléfonos móviles, un par de librerías de viejo, un zapatero, un par de bares. Pero parece que la gran mayoría de los puestos han caído en manos de anticuarios, sobre todo los del piso de arriba, y de algunas tiendas de ropa. En ese sentido, este mercado se asemeja al de San Telmo, pero con menos turismo y, me duele decirlo, con menos alegría. Está como más pobre, más gastado por el tiempo y más oscuro. Y sin embargo, mantiene su vitalidad.
Muchos puestos tienen todavía los mostradores de mármol y las cámaras frigoríficas de madera, algunas auténticamente bellas, muy bien cuidadas. Como si los comerciantes las consideraran tesoros.
El otro día, me ocurrió que una negra que supongo dominicana (por la pequeña colonia de esa nacionalidad que hay cerca, del lado de Constitución) me miró de arriba a abajo y soltó: “¡Mi amor!” Yo me quedé como un conejo encandilado por los faros de un coche en la carretera oscura. Suerte que no fui atropellado. Pero ya se sabe, todo lo que no mata al ego, lo engorda.

Un nota final: los románticos tenemos un gran aprecio por el desgaste en las ciudades, lo antiguo venido a menos. No queremos que desaparezca. Luego cuando lo arreglan y a esa zona se muda la gente de plata, nos quejamos. A mí me pasa con Palermo, que no soporto. Pero los barrios gastados vienen con problemas: la fealdad, y hasta la inseguridad. Aunque yo, que vivo en Constitución ahora, noto poca inseguridad, al menos en los últimos tiempos. En fin, la paradoja es esta: amamos estos barrios viejos, pero no queremos que los arreglen, aunque se vuelvan peligrosos. Y si no los arreglan irán cada vez a peor. ¿Qué hacemos?




Tengo problemas con la conexión donde vivo/trabajo. Significa que tendría que andar con el ordenador arriba y abajo, y la verdad es que no me apetece.
Lo que sí puedo hacer es ir posteando con el iPod en un blog auxiliar que abrí hace tiempo pero nunca usé. Ahora me viene bien. Es éste: PEX2.

(Lo bueno de Wordpress como editor de blogs es que tiene una aplicación para iPod Touch, que facilita la cuestión de escribir cuando uno anda errante, itinerante o, como es el caso conmigo en este momento, cabreado).

Volveré a este blog en cuanto se solucione el problema.


Pasa en todas partes, que llega el verano y mucha gente se larga de vacaciones. El vacacionismo es nuestra verdadera religión, una que promete el paraíso en la Tierra, aunque sólo sea por unos días. Con una parte importante de la población en busca del Edén, Buenos Aires se ha quedado si no vacía, sí muy tranquila, excluido el ajetreo malhumorado del resto del año. Casi me veo tentado (seguramente por el demonio de la ironía) a decir que Buenos Aires por estas fechas es cuando está más cerca de su propio ideal.

Hay menos humos de colectivos y camiones; y es como si también se hubiera reducido el nivel de contaminación publicitaria y futbolística. Por Buenos Aires siempre se puede pasear, pero ahora más y mejor. En las zonas comerciales, la clientela, no toda emigrada a las playas y otras zonas de placer espiritual, no escasea pero tampoco se aglomera, así que a quien le guste ir de compras o de escaparates, encontrará mayor comodidad e incluso amabilidad en el personal de ventas. Esto no es más que una suposición por mi parte, ya que soy una especie de anti-consumidor. Nunca he considerado salir de compras una opción de ocio, sino un trabajo en el que uno paga por trabajar. Por ejemplo, la gente que usa ropa con la marca bien visible, ¿no está pagando por hacerle publicidad a otro?

Hace casi un año que no veo la tele. Este verano espiritual prolongado, si tengo suerte, durará indefinidamente. Ayer, el calor y la humedad fueron tan agobiantes como un programa de Tinelli, con la diferencia de que en la tele hay muchas menos tormentas que reduzcan la temperatura ambiente, y rara es la brisa que proporcione un alivio, algo fresco que ayude a sobrellevar el tedio estival en el que siempre vive la caja lista. Ahora voy a ponerme lírico, o por lo menos hudsoniano: ¡ojalá y en la tele hubiera algún ombú bajo el cual sentarse a disfrutar de la sombra y unos mates con gente interesante y conversadora! Fin del lirismo.

Unos amigos tuvieron la extrema buena voluntad de invitarme a su casa en Pinamar a pasar unos días. Yo mostré mi habitual reticencia ante toda religión ajena. Además, ¿por qué salir de la ciudad cuando mejor se está en ella? Pero me evangelizaron con eficacia, diciendo que comeríamos bien, conversaríamos y podía llevarme varios libros y no sentir la necesidad de salir de ellos por mostrarme cortés. Iré en febrero.

He aquí una lista provisional de mis lecturas vacacionales:

  • Mansilla, Lucio V. Una excursión a los indios ranqueles
  • McGrath, Cambell. Seven Notebooks
  • Ortiz, Juan L. El Gualeguay
  • Rivera, Andrés. Cuentos escogidos
  • Schuyler, James. Collected Poems
  • Shell, Marc. The Economy of Literature
  • Warhol, Andy. Popism

Un par de meses de introspección le hacen daño a cualquiera. Resulta preferible vivir hacia afuera, despreocuparse del paisaje interior, con sus rocas, su aridez, su arena que se mete entre los dientes en cuanto se levanta el simún de la autoconmisceración y la necesidad de consuelo. La escasez de vegetación en ese paisaje asusta a quienes se acercan, lo vislumbran desde el borde, quizá con la intención de recorrerlo, conocerlo. No es fácil el desierto, echa para atrás, por mucho que desde cualquier mirador se pueda apreciar el azul de su extensión, la lejanía del horizonte.

Marcelo Bordese ha insistido en que escriba sobre el desierto. Mi negativa hasta ahora ha tenido que ver con el pudor que produce a unos pocos escribir sobre sí mismos: no existe diferencia entre el desierto en el que crecí y lo que alguien pobre de espíritu y de vocabulario (que son la misma cosa) llamaría mi “subjetividad”. Uno suele encontrar esas palabras, ya secas, procesadas por los animales (hormigas, escarabajos) cuando sale al desierto interior. No hace falta ir demasiado lejos en ese territorio aparentemente vacío para encontrar los vestigios de unas cuantas voces similares: “personalidad” es otra.

Bueno, pero estábamos en Buenos Aires, ¿no? Cuesta poco reconocer en esta ciudad las características de un desierto, incluidos algunos oasis, uadis como la 9 de Julio, vistas desde lo alto que seducen y muchos espejismos. Hay una escena en Lawrence de Arabia en la que Peter O’Toole atraviesa un valle en su camello (esa cadencia) y va cantando por el puro placer de oír el eco de su voz rebotado en las rocas que lo circundan. ¿No es eso lo que a menudo hace uno en las grandes ciudades, y en Buenos Aires en particular? Es como el bio-sónar de un murciélago: en esta ciudad hay que tocar de oído.

Muchos españoles, nada más llegar a Buenos Aires, se sienten defraudados; puede mucho, todavía, el mito de la París de Sudamérica. Hay que acostumbrarse a Buenos Aires como hay que acostumbrarse al desierto. No se trata tanto de cambiar el punto de vista, sino de dejar de mirar y empezar a escuchar los zumbidos, las vibraciones, los ecos de la ciudad. Hay que pasar a ser un murciélago como Lawrence y prestar atención a esos sonidos. No tiene por qué ser fácil o difícil, pero se adapta uno a las condiciones del territorio—su topografía, su clima—o se agarra uno el primer avión a cualquier paraíso artificial para turistas.

Los viajeros—desde el siglo XVI hasta el XX—han descrito el mismísimo Río de la Plata como un desierto. Algunos no supieron superar la decepción, la angustia al verse rodeados de ese agua calma, plana, marrón; cabe decirlo de nuevo: hay que dejar de mirar y ponerse a escuchar. El silencio también vibra.

Este desierto de cemento que creció sobre el desierto de tierra junto al desierto de agua puede ser arduo. Si uno lo recorre y escucha con cuidado, siempre encontrará un eco, una vibración interior que armonice con la vibración exterior, aunque sea sólo por un momento. A veces, si nos enamoramos de él, ese eco tiene otro nombre: Belleza.


En la fiesta de fin de año, ya como a las 6 de la mañana tuve una buena conversación con Fermín Kehoe, cantante del grupo de rock Nenas, y como descubrí, un tipo de gran sensibilidad, creativo en serio, culto hasta sorprender. Digo esto último así porque hoy sorprende encontrarse con gente culta; lo que suele ocurrir es que uno se topa con especialistas que todo lo filtran for su deformación profesional, y si esa profesión les ha traído el éxito, entonces no hay otro filtro que su ego, hinchado como si retuviera líquidos.
Fermín me recomendó que me diera una vuelta por el Museo Sívori a ver la exposición de Joaquín Ezequiel Linares (1927-2001); lo hizo con tanto entusiasmo que no me quedó otra más que ir.
El mejor día del año para darse un paseo por donde sea que uno viva o se encuentre es el 1 de enero. Poca gente, casi todo cerrado, las calles vacías se abren al caminar largo y a la reflexión. Buenas condiciones para repensarse los propósitos de año nuevo, pero mejor, para perderse de la manera recomendada por Walter Benjamin.
Sin embargo, como me acosté a las 8 de la mañana, el día 1 apenas salí de casa—no tanto por la resaca, que no tenía, sino por la falta de sueño, el cansancio acumulado y muchas ganas de estar solo y quieto. Así que dejé el paseo para el día 2.
A melldia mañana de ese día, tomé el subte hasta Plaza Italia y de ahí fui andando por Avenida Sarmiento hasta el Rosedal. No he sido nunca muy aficionado a dar paseos por los bosques y jardines de Palermo, y este paseo, aunque bonito, no sirvió para hacerme cambiar de opinión. Los jardines alrededor del Rosedal y éste mismo estaban llenos de turistas, gente que sale a correr, gente que se tumba en el pasto a tomar el sol o el freso, puestos de bebidas, gente que alquila carritos a pedales para no dar el paseo a pie, gente que alquila botes a pedales para dar un paseo por el laguito. Me siento más solo entre el gentío de cualquier día de semana en el Microcentro que en lugares así.
Por suerte, no tardé gran cosa en llegar al Sívori. La entrada es gratis. La exposición de Linares ocupa casi todo el espacio expositivo y, cuadro tras cuadro, no dejó de sorprenderme. Me queda muchísimo por ver y aprender de arte argentino, y cada vez que veo algo nuevo para mí, se me renueva el entusiasmo.
Después de darme las primeras dos vueltas por la exposición (si hay tiempo, vale la pena darse unas cuantas), encontré un espacio privilegiado. Desde uno de los pasillos del museo, o desde la cafetería, se llega al jardín del museo. Hay bancos para el que simplemente quiera sentarse a consumir tranquilidad, y mesas para el que quiera tomar o comer algo. Los árboles, grandes, frondosos, echan buena sombra. y aunque pasan los trenes de la línea San Martín por un lado, el ruido no es molesto; a mí me gustó mucho verlos pasar—también soy esa especie de bicho que ama lo urbano, lo que construimos, lo que vamos tejiendo y luego (o ya desde siempre) llamamos ciudad. Ahí me pasé un buen rato, la hora de más calor, tomando un agua con gas, leyendo el catálogo de la exposición, anotando algunas ideas.
Después me di otra vuelta por la muestra y salí de nuevo al parque. Lo atrevesé a toda prisa y me metí por las calles de Palermo hasta Avenida Santa Fe, donde tomé el subte de nuevo en casa.
Con el calor y la humedad, con el cansancio acumulado de las fiestas, me tumbé a echar un sueño. No está mal para el primer sábado del año, me parece a mí.


Salí a las 7:30 de la Barraca Vorticista, donde estoy viviendo temporalmente, y agarré por Entre Ríos hacia el Congreso. Había amanecido nublado y fresco, perfecto, como más me gusta Buenos Aires. Unas cuantas personas encontré que dormían en la calle, algunas despertaban, un par me pidieron el cigarrillo de empezar el día. Entré en la tienda de una gasolinera a comprar crédito para el móvil, en la parte de cafetería los taxistas se ocupaban desayunando y, raro para ellos, no hablaban.
Doblé por Hipólito y paré en el Yrigoyen (Plaza de los Dos Congresos) a tomar un café y apuntar un par de ideas para un artículo que estoy escribiendo. Me acomodé en la terraza, donde se puede fumar. Pasó por delante de mi mesa un tipo trajeado, con coleta (ese error), que evidentemente , por el cansancio que se le veía en la cara y en la ropa, terminaba una noche larga, infructuosa quizá.
Vi a muchos obreros que se encaminaban al trabajo. Los encargados de edificio limpiaban los portales, o desperdiciaban agua lavando la vereda; algunos no hacían nada.
Por Avenida de Mayo, una camarera colgaba decoraciones navideñas (invernales, claro) en el ventanal de una confitería. Extranjeros con guía bajo el brazo, pantalones cortos y sandalias (su uniforme de gala), comenzaban su ronda monumentalizante. Delante de algunos hoteles esperaban autobuses gigantescos para llevarse a otros turistas, no sé si lejos, no sé si para siempre.
Me encanta ver despertar la ciudad.
Paré en el Iberia, antiguo bar de republicanos españoles y un favorito de mi amigo Alber, a tomar otro café, fumar (de nuevo en la terraza, o no hubiera parado), continuar con mi artículo y disfrutar del fresco. Una rubia con tetas falsas, tatuajes varios y un par de revistas de modas se acomodó con gran determinación, o con un énfasis algo desmedido (en mi humilde opinión), a dos mesas de la mía, poniéndose inmediatamente a hojear un ejemplar de Cosmopolitan que en portada anunciaba un gran artículo sobre el Kama Sutra.
Una de esas palomas invencibles que uno suele encontrar en el centro se posó sobre mi mesa, luego pasó a la de la rubia, que la espantó suavemente y sin énfasis con la mano.
Entre el café y la terraza pasaron un par de borrachos abrazados, ese gran clásico, y un tipo con mochila y gafas caras que tenía prisa. Los colectivos que circulaban por la calle Salta no iban llenos, pero sí llevaban pasajeros de pie. Al pagarle, el camarero me informó, sin que yo preguntara nada, que hacía un “viento ‘e lluvia, ¿eh?”. Ya sentía yo frío, ahí sentado. El informe meteorológico desinteresado resulto en un leve aumento de la propina que dejé.
Crucé la 9 de Julio sin que nadie intentara atropellarme (novedad). A partir de ahí, la Avenida de Mayo estaba cortada; había operarios montando varios escenarios (perdón por la rima), al parecer para la celebración del día de la constitución española.
Miré en un par de escaparates de licorerías por si había alguna botella a buen precio, pensando quizá en volver al coñac o al whisky, pero no vi nada que me apeteciera lo suficiente como para ameritar el gasto.
Crucé Bolívar y comenzó a llover. Me detuve bajo un alero con la esperanza de que escampara y cuando lo hizo, unos diez minutos después, continué hasta Perú por donde agarré hacia Carlos Calvo y El Federal bajo una leve llovizna.
Ahí me estuve un buen rato, leyendo la prensa, desayuné algo sólido, y a eso de las 10 y media, me fui para casa.
Fue una buena mañana de primavera en Buenos Aires


Perlas

23.11.09

Siempre me han gustado los nombres anticuados que algunos comercios conservan. Buenos Aires, que para algunos cambia demasiado rápido y para otros demasiado despacio, mantiene un espíritu del pasado que en otras ciudades hace tiempo que desapareció o fue convertido en un producto Disney para turistas. Una de las cosas que más me gustan de Buenos Aires es que la ciudad permanece refractaria al turismo, por mucho que se intente domesticarla, como ha ocurrido en Palermo.

Entre los nombres anticuados está La Perla. Trato de imaginar lo que pensaría un comerciante de 100 o incluso 50 años al ponerle ese nombre a su local. Está claro que tiene algo que ver con el mítico lujo de Oriente. También con la rareza y la exquisitez. Si todas las ostras contuvieran perlas, éstas carecerían de valor, claro.

Aquí hay una pequeña lista (los asiduos a BAI saben que también soy aficionado a las listas) de Perlas de Buenos Aires.

  • La Perla (bar, Don Pedro de Mendoza 1899)
  • La Perla del Once (café, Rivadavia y Jujuy) (Aquí mantenía su tertulia de los sábados Macedonio Fernández)
  • La Perla del Oeste (confitería, Guayaquil 860)
  • La Perla de Flores (panadería, Nicasio Oroño 1478)
  • La Perla de Caballito (panadería, he perdido la dirección)

Y no olvidemos, por favor, que uno de los nombres míticos de Buenos Aires es nada más y nada menos que La Perla del Plata.


He pasado una crisis personal en las últimas semanas, tirando a seria, que me tenía sin fuerzas para escribir en este blog (he escrito otras cosas) y que me llevó incluso a pensar en la posibilidad de dejarlo. La crisis, que no viene a cuento describir aquí, precisamente porque es personal, está llegando a su fin, o a un nuevo comienzo, el de otra cosa.

Algunos lectores me han comentado, en persona o por mail, lo mucho que les gusta este blog. La verdad es que me sorprende y no me sorprende. Lo segundo es por el tema, Buenos Aires, una ciudad que nunca se acaba, aunque a veces, con el ajetreo diario, el trabajo, las obligaciones, no tenga yo tiempo para buscar temas para los posts. Lo primero, eso de que me sorprende que a la gente le guste el blog, es porque éste empezó como algo personal, un sitio donde yo me iba a ir apuntando las cosas que me gustaran de la ciudad. Lo podía haber escrito todo en uno de mis cuadernos, pero decidí hacerlo en un blog, en público. Pensé, al principio, que eso me obligaría a escribir sólo de las cosas que me gustan, sin quejarme (en todas las ciudades siempre hay miles de motivos para la queja). Escribiendo en público uno se obliga mejor a ciertas condiciones que haciéndolo en privado.

Buenos Aires Ideal ha sido hasta ahora una bitácora de mi experiencia de ciertos aspectos de la ciudad, no de todos. No está todo lo bueno y no hay prácticamente nada de lo malo, ni de lo más personal. Esa ha sido mi intención hasta ahora, y pienso mantenerla. Ahora, después de la crisis, retomo el blog.

Antes de terminar este post, quisiera agradecer a las personas que me han alentado últimamente. Especialmente a Tali, que me ha hecho pensar en el blog desde otra perspectiva, sin abandonar las ideas originales.

Ahora vuelvo a sacar mi libretita y a salir por la ciudad a apuntarme todo lo que me llama la atención. Espero que lo que vamos ahciendo en BAI, Andrés y yo, les siga pareciendo de interés.



Hace un par de semanas, entré en un sitio en la calle Florida y me compré un sandwich (había 2 × 1) y una botella de agua. Me fui a comer a la Plaza San Martín. Y ahí estaba, sentado en un banco, masticando y leyendo, cuando se me acercó un tipo que me pidió unas monedas. No sé por qué los mendigos en Buenos Aires piden monedas, un bien tan escaso que es más fácil soltar un billete de dos pesos que una moneda de uno. De otra manera, el riesgo de no poder viajar en colectivo cuando haga falta es demasiado alto. Le digo al chico que no tenía monedas. Entonces, me preguntó si compartiría mi sandwich, del cual yo ya iba por la mitad, y aunque no tengo ningún problema en decir que no, le di lo que quedaba.
Debo explicar que nunca me siento mejor, ni aliviado, ni nada cuando le doy algo a un mendigo. Se lo doy y ya está, me olvido. Y en esté caso también me olvidé, me fumé un cigarro, terminé de leer el poema en el que estaba cuando fui interrumpido, me levanté y seguí adelante con las cosas que tenía que hacer por el centro.
Me olvidé hasta el martes pasado, cuando de nuevo estaba con un sandwich, o varios pero de miga, un agua y un libro, esta vez en la barranca que baja de la Plaza San Martín al monumento a los soldados de la Guerra de las Malvinas. Ahí se me acercó un tipo que vendía bolígrafos, marcadores, lápices. Yo no quería nada y no le compré. Entonces me dijo que tenía hambre y si no le daba uno de los sandwiches de miga, y se lo di. Me acuerdo que le dije “Sí, claro” mientras lo sacaba de la bolsa.
Ahí me acordé del otro chico que me había pedido comida. Ahí se me ocurrió una cosa: que un mendigo y un vendedor son el mismo tipo de bicho. Quizá las alas sean de un color distinto pero tienen la misma forma.
Mi familia eran comerciantes, y yo crecí entre vendedores. Los vendedores tenían una frase que se ha quedado conmigo: “Que no se nos vaya ninguno vivo.” Traduzco: a todo el mundo hay que venderle, sea lo que sea, por un peso o por mil, pero que compren. Reconocí que los mendigos tienen el mismo credo: que te den algo, una moneda, un sandwich, un cigarro, lo que sea, pero que no se escapen sin soltar nada. No sé por qué no se me había ocurrido antes.
Quizá las empresas que necesitan buenos vendedores deberían reclutarlos entre los mendigos que, más que experiencia, tienen la mentalidad necesaria. ¿No se dice que los buenos vendedores son capaces de vender lo que sea?