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Hace un par de eras geológicas, los nerds eran una subespecie humana dedicada a las ciencias, las matemáticas y la tecnología. Eran casi todos varones. Había algunas chicas nerds, pero les gustaba más la literatura. También había algún que otro nerd de la historia. El caso es que eran adolescentes superaficionados a su tema, que normalmente era científico: había que estudiar mucho, y eso no es fácil.

Los nerds eran ridiculizados en todas partes por su falta de destreza social. Luego, con la digitalización de la cultura, muchos se hicieron de oro y la figura del nerd adquirió su propia mística. Ahora, se eres un nerd o no existes.

Tenemos nerds de todos los temas, los fáciles y los difíciles, ligeros y pesados. Los nerds de los temas difíciles están en las universidades o en las empresas tecnológicas o incluso en bancos y fondos de inversión, cada vez más tecnologizados y más dependientes de las matemáticas de altos vuelos. Esta clase de nerds ha existido siempre. Arquímedes era uno.

En 2008, Malcolm Gladwell publicó Outliers, un libro sobre el éxito y cómo se consigue. Es una investigación, no un libro de autoayuda, aunque muchos lo tomaran como tal. Ahí da una especie de receta para el éxito que escribiré aquí como una fórmula: E = T + 10k/hp, donde la E se refiere al éxito, la T al talento y el resto quiere decir 10 mil horas de práctica. En otras palabras, hay que tener talento para lo que uno quiere hacer, y luego dedicarle años a perfeccionarlo.

Pero claro, esto se refiere a los nerds que se dedican a las cosas difíciles: a la programación, a tocar un instrumento, a cualquier deporte, a cualquier artesanía. Mucha gente pensó que Gladwell decía que con dedicar diez mil horas al nerdismo de su elección se convertirían en estrellas de lo que amaban. Parecía muy democrático: tiempo, paciencia, dedicación: lo puede hacer cualquiera. Se olvidaban de algo esencial: el talento. Sin talento, puedes dedicar toda tu vida al violín, o al fútbol o a lo que sea, y nunca llegarás adonde te gustaría. Puede incluso que seas tremendamente infeliz al cabo de años de fracaso.

Ese es el nerdismo de lo difícil. Pero existe un nerdismo más democrático, más asequible: el que me interesa aquí. Es una nueva clase de nerd, que probablemente existió siempre también, pero no de forma tan extendida como ahora: el nerd de lo fácil. Siempre me hizo gracia la figura del cinéfilo, el nerd del cine. Yo, con todo mi esnobismo literario, les decía que saber de cine no era ser culto. Lo mismo me pasaba con los nerds gastronómicos y enológicos de los 90, que son como los padres de los actuales foodies. A mí me gusta escribir con pluma estilográfica, y eso hay que hacerlo en buen papel; me he dado cuenta de que existen nerds de las plumas y de los papeles y los cuadernos. Está todo en internet.

Y es probable que internet sea la culpable de esta enorme explosión de expertos amateurs. Ahí está toda la información. Así que si te interesa cualquier cosa, te pones a leer, mirar videos, escuchar podcasts, y en dos meses eres un experto. Y si te metes de lleno, activamente, en el tema, eres un verdadero nerd.

Intento una definición: un nerd es un experto activo en cualquier tema. Activo significa que no solamente se dedica a absorber información, sino que también la produce, o produce algo con esa data. Un nerd del apio (no sé si existen) sabrá todo lo que hay que saber acerca de ese vegetal, las mejores condiciones para plantarlo, el tipo de tierra, cuanta luz necesita, esas cosas; tendrá semillas de todas las variedades, publicará videos en la red en los que explique todo lo que sabe, lo escribirá en un blog, lo moverá por las redes sociales: será una estrella del apio.

Mi ejemplo es un poco ridículo, pero me interesa llevarlo a ese extremo para aclarar la cuestión del gusto y la libertad en cuanto a los intereses que uno tiene. El prestigio social que los nerds han adquirido, a pulso, en las últimas décadas ha servido para abrir el campo, para que uno se pueda dedicar a aquello que le apasiona, y hacerlo sin vergüenza, sin que vengan los demás a burlarse. Y si alguien se burla, no queda otra que preguntarle en qué planeta vive.

Hay nerds que se dedican a asuntos pesados, a las ciencias, a las matemáticas, a la música, a la literatura o la filosofía, temas que llevan años y años de estudio. Y hay nerds que se entregan a cosas más ligeras, el apio, como en mi ejemplo un tanto extremo. Y a mí me encantan los nerds, pesados o ligeros, no importa. Me encanta este afán de hacerse experto en algo, en lo que sea. Pero hay que recordar una cosa: el nerd ya no es sólo una persona que sabe mucho acerca de un tema, es alguien que también produce, y produce información acerca de su tema, o suma cosas nuevas, ideas nuevas a aquello que le interesa.

Lo principal que hay que saber y decir es que el futuro pertenece a los nerds.

(Por cierto, esto es lo que en la Biblioteca Popular Ambulante llamamos elitismo popular).



Ahora, al parecer, hay que llevar Doc Martens. O me estoy haciendo viejo o es realmente incomprensible. (De las imitaciones no digo nada porque tengo más cosas que hacer). Quiero decir, si nos vamos a poner hipsters de verdad, o sólo imitadores de las ideas de otros, a menudo fallidas. Y es que para ser hipster hay que probar, y probar implica fallar. Y las ideas que hay que probar son las que van por lo menos un poquito a la contra, o resultan algo inesperadas.

Lo esperado es que uno se ponga lo que está de moda, dependiendo del nivel económico y el lugar donde uno vive. El problema con lo que está a la moda es que ya viene dado y probado—o no estaría de moda, no lo llevarían tantos. Las cosas llegan un poco manoseadas y cansadas a estar de moda.

Vuelvo a las Doc Martens, que ya estaban al borde del colapso, de tan cansadas, hace veinte años (sí que me estoy haciendo viejo). Las cosas, las modas, vuelven, usted dirá; y estoy de acuerdo. Pero la idea es que hayan tenido tiempo para descansar y no vuelvan con el agotamiento que ya tenían cuando pasaron de moda hace dos décadas.

Así que yo diría que hay que probar. Por ejemplo, sabemos que las Doc Martens eran botas de trabajo, que con la desindustrialización británica de los 70 y 80, los punks la usaban como gesto de clase y como protesta. Ahora, incorporadas a la moda de la clase media desindustrializada, siguen siendo un gesto de clase, pero han dejado de ser protesta. Como gesto de clase son una mera demostración de poder adquisitivo. Existen pocas maneras de aburrirse mejor.

¿Pero qué pasaría si mantuviéramos algo de esa antigua protesta? ¿Y si probáramos arriesgar un poquito nuestra imagen, aunque sea sin salir del barrio? A mí me encantaría ver a esas chicas de Palermo sin las Doc Martens, pero sí con unas Ombú, o unas Pampero.

Esas botas inglesas sólo me cuentan que la persona que las lleva es seguidista; las argentinas, bueno, podrían contarme otras cosas: que a lo mejor la persona que las lleva decidió llevar un poco la contraria, o experimentar un poco con su imagen, y que, en lugar de dedicarse a imitar, se atrevió a probar, incluso a fallar. Es cuestión de ver qué pasa, ¿no?



No hay por qué comparar a Tomás Saraceno y Liliana Maresca. Debería estar prohibido, por injusto, por irrelevante, pero no lo puedo evitar—es el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA) el que los ha puesto juntos, aunque claramente no revueltos. Sus muestras están en salas distintas, en pisos distintos. Uno va al MAMBA un domingo por la tarde, ve las dos muestras, alguna comparación tendrá que hacer, si es sólo por contigüidad temporal.

Esa comparación posible no es culpa del museo, ni de los artistas, y en realidad, tampoco del espectador. Pertenece al inconsciente de la institución. De ahí viene. De una serie de traumas originales de cualquier institución del arte moderno y contemporáneo: cómo aceptar las revoluciones artísticas del siglo XX, con sus héroes y villanos, sin por ello tener que seguir sus programas a rajatabla. Y peor, cómo ponerlas en el mismo edificio, al mismo tiempo, junto con obras que se adaptan perfectamente al modus operandi del arte burocrático actual.

Algo no me cuadraba de la obra de Saraceno. La obra es perfecta, de una belleza extraordinaria; luego, comparándola, me di cuenta: la obra de Maresca proyecta vida, intensidad, la pasión y el desastre de vivir al máximo. Lo de Saraceno está muerto, es una obra bella pero fría, funeraria, es puro barroco del más frío, pasado por otra frialdad, la de una suerte de minimalismo muy del gusto del capitalismo actual. La obra de Maresca es moral; la de Saraceno es moralista. Una celebra la vida, la otra es un recordatorio de la muerte.

Las instituciones del arte, en todo el mundo, hace décadas que se dieron cuenta de que para sobrevivir (y no caer en la irrelevancia, como las del siglo XIX), tendrían que dar espacio al arte que iba en contra de ellas, a todo arte revolucionario. Había que domeñar este impulso revolucionario del arte. Y para ello se fueron creando toda clase de procesos burocráticos: el auge de los curadores. Si es usted un artista distinto y con ideas, no se preocupe, lo vamos a ahogar en papeleo hasta que se calme. Incluso vamos a crear un lenguaje específico—como es el deber de toda burocracia—que usted tendrá que aprender. Cuando hablamos de la “profesionalización del artista”, eso es lenguaje institucional para decir que el artista tiene que aprender el lenguaje de las instituciones.

Saraceno domina ese lenguaje. Maresca está lo más lejos posible de él, pero podemos mostrarla porque aplicaremos, ya que está muerta, nuestro propio lenguaje a su obra. Por suerte, esa obra se defiende sola y es visible a través del prisma burocrático.


Clase #6

Durante el siglo XVIII y principios del XIX se dan una serie de cambios sociales, económicos y políticos que cambian la manera que tenía la cultura Occidental de practicar y entender las artes, sobre todo la pintura. Se pasa del gran mecenas principesco o eclesiástico al público, de los gremios a las academias, de la tradición al estilo. Y lo que exploraremos en esta clase, pensando principalmente en JMW Turner es precisamente la invención del estilo, de la idea de estilo, algo que se dio por sentado durante 200 años y hoy se cuestiona de nuevo. Me interesa explorar los orígenes de cosas que hoy parecen naturales, o normales. Mostrar cómo no lo son, abre puertas a cambios a otras maneras de pensar… en este caso, el arte.

Esto forma parte de una serie de clases que estoy dando los sábados en DON BARDO (Calle 70 Nº728 e/9 y 10, LA PLATA). En febrero repetiré toda la serie.


Sarkis

27.06.17


Restaurante armenio
Thames 1101
(Mediodía 27-6-17)

Este mediodía fui a almorzar con mi colega Aaron a un sitio que no conocía: Sarkis, un restaurante armenio. Llegamos temprano y casi no había nadie; cuando nos fuimos, cerca de las 14 h., había como 20 personas haciendo cola afuera. Y eso que el salón de Sarkis es bastante grande, ¡y era un martes a mediodía, y a fin de mes! Tengo la impresión—y no soy ninguna autoridad—de que la mayoría de los clientes eran de origen armenio: una especie de garantía de calidad, cuando una comunidad inmigrante acude a un sitio que ofrece comida de su lugar de origen.

Y la calidad está. No hubo nada que no nos gustara, o que nos pareciera que estuviera mal hecho. Pedimos medias porciones para poder probar una variedad de cosas, y pusimos todos los platos al medio, para compartir. Creo que lo que más me gustó fue el keppe crudo. Estoy seguro de que no sabíamos lo que estábamos pidiendo, o yo nunca hubiera accedido a que me trajeran carne cruda. No entendí, o no quise entender, lo que el menú ponía claramente. Pero me pareció extraordinario.
Es carne con trigo burgol todo amasado junto, luego con cebolla picada por encima. El keppe al horno, que además del trigo y la carne lleva pimiento morrón, cebolla y nueces, también estaba bueno, pero no resultó tan sorprendente para mi paladar ignorante como el keppe crudo. Cosas más conocidas como el humus, las hojas de repollo rellenas y un bollo de acelga, completaron el menú y no quedó ni una migaja en los platos.

De postre, también fuimos hacia la degustación compartida. Tienen baklava, por supuesto, como cualquier restaurante del Mediterráneo Oriental que se respete, pero decidimos probar otras cosas como la excelente finikia, hecha con sémola, esencia de naranja, nueces y almíbar. También pedimos un kadaif de ricota, más fuerte de sabor. Para bajar la comida nos trajeron un litro de Stella y dos aguas con gas.

La cuenta nos salió a 300 pesos por cabeza, más la propina. No está mal, ¿eh? Y comimos como señores.

Eso sí la decoración es medio desastrosa. Aunque hay manteles blancos sobre las mesas y las servilletas son de tela. Todo está limpio, pero es feo. Por otro lado estoy un poco harto de los sitios que dependen más de la decoración que de la comida para vender, y te cobran esa decoración como si la estuvieran pagando a plazos y este mes te tocara a ti poner la guita. Voy a comer, no a un parque temático. Supongo que hay gente que necesita que le mientan, y la decoración está un poco para eso.

Así que si hay que ir a comer bien, y la idea pasa por lo armenio, vayan a Sarkis.
(Lleguen temprano, porque se llena).


Del cuaderno de Charles Darwin, anotaciones de los días 22-27 de septiembre de 1833. Su lista de compras y otros gastos en la ciudad, antes de partir para Santa Fe.

Pan, azúcar, yerba, 2 paquetes de puros.
Sastre—arreglo de chaqueta de caza, pantalones—bolsa grande—Lindsay, calle Piedad.
Botellas grandes—navaja plegable grande.
Cera de abeja, colofonia, corchos para frascos.
Mercado—pescado—reparación de candado—papel para plantas.
Botellas pequeñas con bocas grandes.
Medias de lana—trampas para ratas y ratones—pañuelo negro de seda.
Pildoras, farmacia—Museo, ver petrificación—tabaquera.
Impermeable—cuentas de lavandería.
Semillas de pasto. Brújula prismática.
Añil—pólvora y munición—escopeta—rapé.



Tenemos muchos curadores, jóvenes y mayores, y algunos muy buenos. Pero no tenemos la infraestructura ni los presupuestos para que puedan trabajar con efectividad en el estudio, la divulgación y la promoción del arte argentino, y menos del latinoamericano.

Por eso yo crearía un centro de experimentación de la curaduría en el CCB. Ahí 12-15 curadores podrían trabajar en equipo e individualmente. Los curadores podrían participar en el programa durante un máximo de 3 años. Cada uno participaría en 3 muestras curadas en equipo el primer año; 2 muestras en equipo y una individual el segundo. El tercer año, el Ministerio decidiría quién continúa y quien no. La mitad de los curadores continuarían un año más, y el mismo número entraría como curadores de primer año. Y así sucesivamente.

Los curadores participantes recibirían un sueldo de supervivencia por su trabajo, digamos unos 7 mil pesos actuales. Cada grupo de curadores, o cada curador cuando sólo sea uno el que dirige una muestra, tendría a su alcance un presupuesto y una serie de recursos y personal técnico.

Cada equipo presentaría al Ministerio dos o tres propuestas de muestra, y el Ministerio, en conversación con el equipo, decidiría qué propuesta se lleva a cabo. Si hay que hacer tres muestras al año, una debería incluir patrimonio del país, otra arte contemporáneo y otra sería la exploración de un tema. Otros criterios, claro, se podrían sugerir.

Las muestras se harían en el CCB y luego saldrían de gira por el resto del país, de manera que, con el tiempo, el Ministerio pudiera tener toda una serie de muestras recorriendo las salas de exposición de pueblos y ciudades de toda la Argentina.

Evidentemente, el sueldo que se ofrece a los curadores no es muy amplio, y su dedicación no sería exclusiva. Pero la calidad de su trabajo sería medida en las muestras. También, es necesario que los curadores estén en contacto con distintas instituciones, galerías, talleres y demás: que estén al tanto de lo que ocurre a su alrededor, de lo que está pasando en la cultura, lo que se está pensando y lo que se está haciendo.

De esta manera, no sólo tendríamos un programa de formación de curadores, sino también uno de preparación de muestras para todo el país.

Otra cosa: los curadores que completen los 3 años, podrían pasar un cuarto año preparando un libro sobre un tema de su elección: un libro de arte, de artista, en color. Un libro que sume al arte de nuestro país, y que sirva para darlo a conocer en el resto del mundo.



En febrero haré 3 recorridos artísticos por diferentes zonas de la Ciudad. No, no iremos a galerías ni museos, sino que iremos a espacios que creo que merecen un punto de vista artístico, o psicogeográfico.

¿Cómo se explora la ciudad que uno ¿ya? conoce?
¿Cómo nos relacionamos con el paisaje urbano?
¿Cómo ver la ciudad, y sobre todo, el comercio, de otra manera?
¿Cómo crea cada uno el mito de la ciudad donde vive?
Ese mito, ¿tiene algo que ver con la magia, con el reencantamiento del espacio?

Para esto he elegido 3 zonas comerciales en distintas partes de la ciudad. Recorreremos una cada semana:

  • Avenida Warnes (jueves, 11 de febrero, 16hrs.)
  • Avenida Avellaneda (jueves, 18 de febrero, 16hrs.)
  • Mercurio en la City (jueves, 25 de febrero, 16hrs.)

Podemos dibujar, fotografiar, escribir, grabar sonido. La deriva nos puede llevar en cualquier dirección mental/emocional.

Cada recorrido dura alrededor de 3 horas (pueden ser 4, no es obligatorio quedarse con el grupo todo el tiempo).

Cupo limitado: 4 personas (podrían ir más, pero luego la conversación en la calle se vuelve insostenible.)

No es obligatorio participar en los cuatro recorridos; se puede participar en uno, o en dos o en todos. Sólo hay que notificarme un par de días antes.

Para mayor información sobre estos recorridos, aranceles, etc., se puede enviar un mensaje por el formulario de contacto.


de Gabriela Pino
en La Ira de Dios
Aguirre 1029
Buenos Aires

Gabriela Pino dice que soy su fan, y tiene razón. Estuve hace poco en la inauguración de su última obra, Naturaleza lúdica, que no me defraudó. De hecho, me gusta mucho esta instalación en la que todo brilla, dorado, excesivo.

Recorriendo la instalación, poniéndome debajo y dejándome sentir su peso, su opresión (yo que soy un poco claustrofóbico), me dejaba llevar por ese brillo, y pensaba en el oro que alguna gente lleva encima. Esto es un monumento a los grasas, pensé. Es una discoteca vista de día, cuando queda claro que la promesa del goce de la noche aún no ha llegado, o ya se ha ido, dejándonos con esa tristeza que la noche a menudo produce. No hay nada peor—estéticamente—que el oro, que ese brillo ridículo y hortera, por muy fina que sea la pieza que uno lleva encima, collar o reloj, o lo que sea. Monumentalizarlo de esta manera, dejarlo que brille, que prometa, como el oro y el brillo siempre parecen hacer, me hace reír.

Ese bosque, con frondas de latas de membrillo, es una obra cómica de lo más fino. Creo que hay que tener sentido del humor, y un poco de mala leche, para apreciarla. Por eso me extrañó, al principio, que Alberto Méndez dijera que le faltaba algo. Pero Alber tiene razón. A “Naturaleza lúdica” le falta una vuelta de tuerca.

La obra anterior de Gabriela, “Mi nombre es blancanieves”, una instalación maravillosa hecha con cajas de fruta y cientos de manzanas, tenía como soporte mítico el cuento de Blancanieves y todo el andamiaje, tan pesado, de la industria Disney. Cientos de manzanas—¿envenenadas?—que se derramaban de aquella choza de tablitas, exageraban el mito y lo ponían en perspectiva. ¡Cuántas Blancanieves quedan todavía por envenenar! O en realidad: ¡Cuántos mitos de lo femenino quedan todavía por desmitificar!

Ese soporte narrativo-poético-conceptual no está, me parece, en “Naturaleza lúdica”. Sí, a la obra le falta algo para completar su circuito. Pero me sigue pareciendo potente, un espacio, como me ocurrió a mí, para proyectar si no deseos, fobias. Está, por ejemplo, mi claustrofobia, pero también mi desprecio por el lucimiento y la ostentación, y mi desdén por la promesa de la noche. Toda esa negatividad pude proyectar en la instalación de Gabriela. Y también un placer, una alegría no surgida de lo negativo, sino más bien de la sorpresa (tan importante siempre en el arte y en la poesía), de ver ante mí, o encima mío, esta construcción absurda (en el mejor sentido) y abierta al disfrute.

Y días después, dándole vuelta a todas estas sensaciones encontradas, pensé: quizá mi placer positivo está en todo lo negativo que pude proyectar ahí, como si me limpiara de esa negatividad, como si “Naturaleza lúdica” propiciara en mí un despojamiento de sensaciones molestas que a veces tengo que apartar con una especie de manotazo virtual.

Gabriela Pino tiene razón: soy su fan.

(Fotos: Gabriela Schevach)


Ahora que llega al poder un nuevo gobierno, me gustaría apuntar a algo que no debe pasar desapercibido. Algo en lo que depende el futuro del país, y no sólo a largo plazo.

Argentina tiene que ser un paraíso para científicos y artistas, el hogar del conocimiento. Para eso, tiene que haber dineros públicos y privados, y mecanismos para que esas inversiones resulten rentables para los inversores.

Y hay que crear nuevos parámetros para lo que consideramos como rentabilidad. Por ejemplo, las redes de ferrocarriles tienden a ser deficitarias. En dinero. Pero no en la forma en la que articulan un territorio, uniendo partes de ese territorio a un costo relativamente bajo (comparado con las carreteras y el uso de vehículos individuales), y en lo que ahorran en términos de logística y, sí, también, de dinero, a empresas e individuos que los usan, tanto para transportar mercancías como para viajar. En otras palabras, la red puede que no sea sostenible para una sola empresa (o Estado), pero sí que lo es para una economía y una sociedad. Lo que ocurre es que la red hay que sostenerla entre todos, y para eso el Estado, como administrador de lo público, es el mejor agente para mantener la sostenibilidad de la red.

La ciencia y el arte se construyen, como prácticas, socialmente, o sea, en red. Uno de los beneficios de un hogar del conocimiento, o de un país que alimenta este tipo de redes, uno de sus puntos de rentabilidad, es precisamente esa construcción social, que permite que haya cada vez más ciencia y más arte. En otras palabras, una parte de la rentabilidad, una parte fundamental, es la forma en que se va creando una red cada vez más amplia, con los aumentos exponenciales correspondientes en la creación de conceptos, teorías, obras, y después tecnología, negocios y dinero.

Pero antes, debe estar la red, y la inversión para ampliarla, para crear una masa crítica de la imaginación, la investigación y la invención.


Gentrificación

11.11.15


Al parecer, un neoyorquino es alguien que siente nostalgia por Nueva York. Se entiende. Manhattan se está llenando de rascacielos de lujo mientras desaparece todo lo que hacía interesante la isla a pie de calle. Los barrios se están gentrificando a marchas forzadas. Desaparecen los comercios tradicionales. Bares y restaurantes de toda la vida cierran. Nueva York no es lo que era; se va conviertiendo en una ciudad para ricos que expulsa su famosa diversidad hacia los márgenes.

Londres más o menos lo mismo. Hay barrios tradicionalmente lujosos en los que no vive nadie; la clase milmillonaria global compra ahí casas para tener un pie en la ciudad y hasta la ciudadanía, lo que les permite operar en Gran Bretaña y la Unión Europea.

Por suerte, Buenos Aires no llega a tanto. Hemos perdido Palermo, es verdad, lleno como está el barrio de tiendas de diseño y hipsterismo y consumo de clase media bien. Ahora eso se extiende hacia Villa Crespo, pero la palermización en ese barrio todavía está verde, con galerías de arte y una movida más o menos interesante.

Se intentó palermizar San Telmo, pero los precios del metro cuadrado subieron demasiado rápido; la especulación frenó la gentrificación. ¿Quién lo hubiera dicho? No hay suficiente dinero para palermizarlo todo; o ese dinero está en otra parte. San Telmo quedó a medias, un barrio bonito para los turistas y la feria de domingo.

Hace unos años, se intentó con Barracas, que iba a ser el Distrito del Diseño. Pero Barracas queda demasiado al sur para la gente a la que le interesa el diseño. Y el Centro Metropolitano de Diseño, en el antiguo Mercado de pescado, queda demasiado cerca de la villa. Por Avenida Montes de Oca se ven algunos edificios nuevos, pero la construcción no se extiende demasiado.

Parque Patricios se está gentrificando gracias a su designación como Distrito Tecnológico. Esa designación subió los precios del metro cuadrado y frenó la creación de un verdadero distrito dedicado a la tecnología, pero va creciendo igualmente. Ayudó mucho que el Banco Ciudad se arrepintiera de su nueva sede y el Gobierno de la Ciudad la tomara para sí. Ahora empieza a haber lugarcitos medio hipsters para comer, que cierran a media tarde cuando los oficinistas de la Ciudad se van.

Eso sí, el parque está mucho mejor, más cuidado y vigilado. Las familias le sacan todo el jugo posible, cuando hace unos años no se atrevían a pasar por ahí.

Buenos Aires, a medio gentrificar, sigue siendo una ciudad intensa, sobre todo en cuestiones de cultura. Ni la Nación ni la Ciudad saben muy bien qué hacer con sus instituciones culturales, pero la gente de la cultura está más o menos acostumbrada a operar por su cuenta. El día que los políticos se den cuenta de que las instituciones culturales sirven de rompehielos para la gentrificación, puede ser que las financien como es debido.




Cada vez soy menos nostálgico en cuanto a Buenos Aires. No me cuesta nada admitir que cuando puse en marcha este blog, hace unos ocho años, yo, como muchos, sentía esa extraña nostalgia que produce Buenos Aires incluso en personas que nunca han estado en la ciudad. Sumarse al mito de la ciudad es de lo más fácil. O a sus varios mitos: la París de Sudamérica; la ciudad del tango; la ciudad que nunca duerme y Corrientes y sus librerías y cafés abiertos toda la noche; La Boca y la ciudad portuaria, aventurera. Son aspectos míticos de la ciudad que ya no existen, aunque de ellos queden vestigios, restos arquitectónicos, jirones agitados por el viento y la memoria. Las ciudades coleccionan sus propios mitos, incluso se dedican activamente a promoverlos.
Sin embargo, si se promueve demasiado el mito, casi siempre para atraer turistas, se corre el peligro de disneylandizar la ciudad, como tanto ha sucedido en Europa. Y la ciudad se vuelve inhabitable, sólo visitable; los ciudadanos se convierten en extras de una película en perpetuo rodaje, o en empleados al servicio del turista.
Con los años de vivir aquí, he ido perdiendo esa nostalgia por el Buenos Aires mítico y he ido aprendiendo a amar la ciudad real, con todos sus problemas, sus intensidades, sus embotellamientos. Lo que no amo son los cafés, donde ya no te dejan fumar; simplemente no voy, y no cuesta nada añadir que la vida en los cafés de Buenos Aires ha muerto.
Pero, ¿cómo es esta ciudad vista y vivida sin mitos? Eso es lo que me propongo explorar en esta nueva etapa de Buenos Aires Ideal, aunque el nombre del blog empiece a parecer irónico.

Fotos: Avenida Rivadavia y La Rioja en 1872 y 2004. Archivo General de la Nación, @AgnArgentina