Go to content Go to menu


En febrero haré 3 recorridos artísticos por diferentes zonas de la Ciudad. No, no iremos a galerías ni museos, sino que iremos a espacios que creo que merecen un punto de vista artístico, o psicogeográfico.

¿Cómo se explora la ciudad que uno ¿ya? conoce?
¿Cómo nos relacionamos con el paisaje urbano?
¿Cómo ver la ciudad, y sobre todo, el comercio, de otra manera?
¿Cómo crea cada uno el mito de la ciudad donde vive?
Ese mito, ¿tiene algo que ver con la magia, con el reencantamiento del espacio?

Para esto he elegido 3 zonas comerciales en distintas partes de la ciudad. Recorreremos una cada semana:

  • Avenida Warnes (jueves, 11 de febrero, 16hrs.)
  • Avenida Avellaneda (jueves, 18 de febrero, 16hrs.)
  • Mercurio en la City (jueves, 25 de febrero, 16hrs.)

Podemos dibujar, fotografiar, escribir, grabar sonido. La deriva nos puede llevar en cualquier dirección mental/emocional.

Cada recorrido dura alrededor de 3 horas (pueden ser 4, no es obligatorio quedarse con el grupo todo el tiempo).

Cupo limitado: 4 personas (podrían ir más, pero luego la conversación en la calle se vuelve insostenible.)

No es obligatorio participar en los cuatro recorridos; se puede participar en uno, o en dos o en todos. Sólo hay que notificarme un par de días antes.

Para mayor información sobre estos recorridos, aranceles, etc., se puede enviar un mensaje por el formulario de contacto.


de Gabriela Pino
en La Ira de Dios
Aguirre 1029
Buenos Aires

Gabriela Pino dice que soy su fan, y tiene razón. Estuve hace poco en la inauguración de su última obra, Naturaleza lúdica, que no me defraudó. De hecho, me gusta mucho esta instalación en la que todo brilla, dorado, excesivo.

Recorriendo la instalación, poniéndome debajo y dejándome sentir su peso, su opresión (yo que soy un poco claustrofóbico), me dejaba llevar por ese brillo, y pensaba en el oro que alguna gente lleva encima. Esto es un monumento a los grasas, pensé. Es una discoteca vista de día, cuando queda claro que la promesa del goce de la noche aún no ha llegado, o ya se ha ido, dejándonos con esa tristeza que la noche a menudo produce. No hay nada peor—estéticamente—que el oro, que ese brillo ridículo y hortera, por muy fina que sea la pieza que uno lleva encima, collar o reloj, o lo que sea. Monumentalizarlo de esta manera, dejarlo que brille, que prometa, como el oro y el brillo siempre parecen hacer, me hace reír.

Ese bosque, con frondas de latas de membrillo, es una obra cómica de lo más fino. Creo que hay que tener sentido del humor, y un poco de mala leche, para apreciarla. Por eso me extrañó, al principio, que Alberto Méndez dijera que le faltaba algo. Pero Alber tiene razón. A “Naturaleza lúdica” le falta una vuelta de tuerca.

La obra anterior de Gabriela, “Mi nombre es blancanieves”, una instalación maravillosa hecha con cajas de fruta y cientos de manzanas, tenía como soporte mítico el cuento de Blancanieves y todo el andamiaje, tan pesado, de la industria Disney. Cientos de manzanas—¿envenenadas?—que se derramaban de aquella choza de tablitas, exageraban el mito y lo ponían en perspectiva. ¡Cuántas Blancanieves quedan todavía por envenenar! O en realidad: ¡Cuántos mitos de lo femenino quedan todavía por desmitificar!

Ese soporte narrativo-poético-conceptual no está, me parece, en “Naturaleza lúdica”. Sí, a la obra le falta algo para completar su circuito. Pero me sigue pareciendo potente, un espacio, como me ocurrió a mí, para proyectar si no deseos, fobias. Está, por ejemplo, mi claustrofobia, pero también mi desprecio por el lucimiento y la ostentación, y mi desdén por la promesa de la noche. Toda esa negatividad pude proyectar en la instalación de Gabriela. Y también un placer, una alegría no surgida de lo negativo, sino más bien de la sorpresa (tan importante siempre en el arte y en la poesía), de ver ante mí, o encima mío, esta construcción absurda (en el mejor sentido) y abierta al disfrute.

Y días después, dándole vuelta a todas estas sensaciones encontradas, pensé: quizá mi placer positivo está en todo lo negativo que pude proyectar ahí, como si me limpiara de esa negatividad, como si “Naturaleza lúdica” propiciara en mí un despojamiento de sensaciones molestas que a veces tengo que apartar con una especie de manotazo virtual.

Gabriela Pino tiene razón: soy su fan.

(Fotos: Gabriela Schevach)


Ahora que llega al poder un nuevo gobierno, me gustaría apuntar a algo que no debe pasar desapercibido. Algo en lo que depende el futuro del país, y no sólo a largo plazo.

Argentina tiene que ser un paraíso para científicos y artistas, el hogar del conocimiento. Para eso, tiene que haber dineros públicos y privados, y mecanismos para que esas inversiones resulten rentables para los inversores.

Y hay que crear nuevos parámetros para lo que consideramos como rentabilidad. Por ejemplo, las redes de ferrocarriles tienden a ser deficitarias. En dinero. Pero no en la forma en la que articulan un territorio, uniendo partes de ese territorio a un costo relativamente bajo (comparado con las carreteras y el uso de vehículos individuales), y en lo que ahorran en términos de logística y, sí, también, de dinero, a empresas e individuos que los usan, tanto para transportar mercancías como para viajar. En otras palabras, la red puede que no sea sostenible para una sola empresa (o Estado), pero sí que lo es para una economía y una sociedad. Lo que ocurre es que la red hay que sostenerla entre todos, y para eso el Estado, como administrador de lo público, es el mejor agente para mantener la sostenibilidad de la red.

La ciencia y el arte se construyen, como prácticas, socialmente, o sea, en red. Uno de los beneficios de un hogar del conocimiento, o de un país que alimenta este tipo de redes, uno de sus puntos de rentabilidad, es precisamente esa construcción social, que permite que haya cada vez más ciencia y más arte. En otras palabras, una parte de la rentabilidad, una parte fundamental, es la forma en que se va creando una red cada vez más amplia, con los aumentos exponenciales correspondientes en la creación de conceptos, teorías, obras, y después tecnología, negocios y dinero.

Pero antes, debe estar la red, y la inversión para ampliarla, para crear una masa crítica de la imaginación, la investigación y la invención.


Gentrificación

11.11.15


Al parecer, un neoyorquino es alguien que siente nostalgia por Nueva York. Se entiende. Manhattan se está llenando de rascacielos de lujo mientras desaparece todo lo que hacía interesante la isla a pie de calle. Los barrios se están gentrificando a marchas forzadas. Desaparecen los comercios tradicionales. Bares y restaurantes de toda la vida cierran. Nueva York no es lo que era; se va conviertiendo en una ciudad para ricos que expulsa su famosa diversidad hacia los márgenes.

Londres más o menos lo mismo. Hay barrios tradicionalmente lujosos en los que no vive nadie; la clase milmillonaria global compra ahí casas para tener un pie en la ciudad y hasta la ciudadanía, lo que les permite operar en Gran Bretaña y la Unión Europea.

Por suerte, Buenos Aires no llega a tanto. Hemos perdido Palermo, es verdad, lleno como está el barrio de tiendas de diseño y hipsterismo y consumo de clase media bien. Ahora eso se extiende hacia Villa Crespo, pero la palermización en ese barrio todavía está verde, con galerías de arte y una movida más o menos interesante.

Se intentó palermizar San Telmo, pero los precios del metro cuadrado subieron demasiado rápido; la especulación frenó la gentrificación. ¿Quién lo hubiera dicho? No hay suficiente dinero para palermizarlo todo; o ese dinero está en otra parte. San Telmo quedó a medias, un barrio bonito para los turistas y la feria de domingo.

Hace unos años, se intentó con Barracas, que iba a ser el Distrito del Diseño. Pero Barracas queda demasiado al sur para la gente a la que le interesa el diseño. Y el Centro Metropolitano de Diseño, en el antiguo Mercado de pescado, queda demasiado cerca de la villa. Por Avenida Montes de Oca se ven algunos edificios nuevos, pero la construcción no se extiende demasiado.

Parque Patricios se está gentrificando gracias a su designación como Distrito Tecnológico. Esa designación subió los precios del metro cuadrado y frenó la creación de un verdadero distrito dedicado a la tecnología, pero va creciendo igualmente. Ayudó mucho que el Banco Ciudad se arrepintiera de su nueva sede y el Gobierno de la Ciudad la tomara para sí. Ahora empieza a haber lugarcitos medio hipsters para comer, que cierran a media tarde cuando los oficinistas de la Ciudad se van.

Eso sí, el parque está mucho mejor, más cuidado y vigilado. Las familias le sacan todo el jugo posible, cuando hace unos años no se atrevían a pasar por ahí.

Buenos Aires, a medio gentrificar, sigue siendo una ciudad intensa, sobre todo en cuestiones de cultura. Ni la Nación ni la Ciudad saben muy bien qué hacer con sus instituciones culturales, pero la gente de la cultura está más o menos acostumbrada a operar por su cuenta. El día que los políticos se den cuenta de que las instituciones culturales sirven de rompehielos para la gentrificación, puede ser que las financien como es debido.




Cada vez soy menos nostálgico en cuanto a Buenos Aires. No me cuesta nada admitir que cuando puse en marcha este blog, hace unos ocho años, yo, como muchos, sentía esa extraña nostalgia que produce Buenos Aires incluso en personas que nunca han estado en la ciudad. Sumarse al mito de la ciudad es de lo más fácil. O a sus varios mitos: la París de Sudamérica; la ciudad del tango; la ciudad que nunca duerme y Corrientes y sus librerías y cafés abiertos toda la noche; La Boca y la ciudad portuaria, aventurera. Son aspectos míticos de la ciudad que ya no existen, aunque de ellos queden vestigios, restos arquitectónicos, jirones agitados por el viento y la memoria. Las ciudades coleccionan sus propios mitos, incluso se dedican activamente a promoverlos.
Sin embargo, si se promueve demasiado el mito, casi siempre para atraer turistas, se corre el peligro de disneylandizar la ciudad, como tanto ha sucedido en Europa. Y la ciudad se vuelve inhabitable, sólo visitable; los ciudadanos se convierten en extras de una película en perpetuo rodaje, o en empleados al servicio del turista.
Con los años de vivir aquí, he ido perdiendo esa nostalgia por el Buenos Aires mítico y he ido aprendiendo a amar la ciudad real, con todos sus problemas, sus intensidades, sus embotellamientos. Lo que no amo son los cafés, donde ya no te dejan fumar; simplemente no voy, y no cuesta nada añadir que la vida en los cafés de Buenos Aires ha muerto.
Pero, ¿cómo es esta ciudad vista y vivida sin mitos? Eso es lo que me propongo explorar en esta nueva etapa de Buenos Aires Ideal, aunque el nombre del blog empiece a parecer irónico.

Fotos: Avenida Rivadavia y La Rioja en 1872 y 2004. Archivo General de la Nación, @AgnArgentina


para Agustina

Dice un poeta favorito: “En el campo
se puede salir a pasear sin gastar dinero.
En la ciudad no es tan fácil.” Y aquí estoy
en mi cuarto de Constitución, pensando
en salir a dar una vuelta y quizá escribir
un poema caminando, como tantas veces
como tantos que imaginé sin escribir
por el puro placer de caminar y dejarme
atravesar por las palabras.

Pero sale un dineral pararse a tomar algo.
Y a uno siempre le da por parar, sentarse
en un bar, tomar un café y ver pasar
a la gente, siempre tan ocupada, siempre
de camino a algún sitio importante, con la idea
de hacer algo importante.
Nada menos importante que detenerse
a ver pasar, es una forma de parar
el tiempo sin detenerlo, es casi usar
la mano para hacer un dique al vaciar
la bañera. ¿Cuánto hace que no me doy
un baño de sentarme en el agua y dejar
pasar una hora hasta que se enfríe?

Tengo en mente un café de Almagro—caminar
las 40 ó 50 cuadras hasta él y dejarme estar
ahí, probablemente leyendo, como tantas veces
tantas lecturas que luego me han salvado la vida
o por lo menos me han ayudado a ganármela
hablando.

También podría escribir. Pero para escribir
tengo que bajar los brazos, dejar
de lado las ganas de hacer, de decir y dejar
que las palabras me atraviesen.
Hace tiempo que no escribo. Todavía tengo
en la boca el sabor de la última excusa.

Celebro que llueva esta mañana. Le Corbusier
estaba equivocado. Buenos Aires vive
de la lluvia, aunque no lo sepa.
Cuando el día brilla, es como si fuera otra—
más apagada, parecida a las demás.
Con sol, no hay un afuera, y los umbrales se borran.
Con lluvia, uno siente el umbral, y el paraguas
se convierte, al caminar con él abierto
en el umbral móvil que mueve el afuera
y el adentro para que uno siempre quede
entre ambos, ni adentro ni afuera.

LEER TODO EL ARTÍCULO









El sensor

18.04.14

Cuando uno ha vivido un tiempo en una ciudad, uno se hace con algo así como un sensor de los humores de esa ciudad. El ritmo del tráfico, el tipo de gente que hay en la calle (más familias, o más ancianos, o más niños, o más hombres con corbata), el tiempo, el nivel de ruido: es como si el cuerpo supiera que algo pasa mucho antes que el intelecto.
Ayer me pasó, y por pura estupidez.
Caminaba por calles no muy lejos del centro, más tarde por Boedo y luego por Almagro, y sentía algo raro en el ambiente de las calles. No sabía si era el tiempo, nublado, tirando a fresco, el principio del otoño. Había calles sin un sólo coche. Mucha gente mayor. Muchos cafés y restaurantes llenos, la gente haciendo cola para conseguir una mesa.
¿Qué pasa? ¿Qué es este ambiente tan raro para un día de semana?
Luego, alguien lo dijo, lo oí de refilón: era jueves santo.
Y es que ni me doy cuenta de los festivos, ni los seculares ni los religiosos.


Apareció la semana pasada un artículo en La Nación acerca de una línea de transporte público ilegal en la Villa 31. Inmediatamente me llamó la atención ese énfasis en la ilegalidad—todo titular es un énfasis. Al leer el artículo, vi que en ningún momento, su autor hace referencia a la autogestión, a la iniciativa, a la identificación de ciertas necesidades que conduce a la creación de una nueva empresa. Y La Nación no es anti-capitalista, ni anti-empresa. Pero puede que sea anti-Villa 31.
Las villas, según el lugar común, son espacios de miseria, de violencia, de venta y consumo de drogas. Pero también son espacios de oportunidad para personas y familias que empiezan sin nada, o con muy poco: inmigrantes de otros países o de otras provincias. Y eso es lo que hay que enfatizar, creo, la villa como espacio de oportunidad, de crecimiento, de comercio y de trabajo.
El artículo hacía referencia a un problema grave de circulación que hay en esa villa: una parte queda del otro lado de las vías y no hay otra salida, la gente tiene que cruzarlas a pie, con riesgo de ser atropellada por un tren. Hace poco, cuando se empezó a levantar un muro que bloqueaba ese paso, la gente de la villa puso un piquete en las vías, y en diciembre pusieron uno en la autopista que pasa por un lado.
¿No es esta una gran oportunidad, para la Ciudad, de negociación con la Villa 31? Evidentemente toca poner un puente peatonal, por lo menos, en ese lugar de paso. También se puede regularizar ese nuevo transporte público que ha surgido ahí. Hay cosas que hacer, y siempre que las hay, si se le da la vuelta a la moneda, aparecen como una gran oportunidad política. El Ing. Macri, puede aprovechar esa oportunidad de mejorar la vida en la Villa y acumular con ello capital político, o lo puede hacer el gobierno de la Nación. O puede que no lo haga nadie.
Eva Perón decía que una necesidad es un derecho. Visto del otro lado, una necesidad es una oportunidad.


Por un conocimiento popular

La economía es global. Por mucho que nos concentremos en lo local, nunca podremos aislarnos lo suficiente como para tener una economía potente, satisfactoria para casi todos. Pero esa economía global exige un crecimiento constante, no sólo de la productividad, sino de las habilidades y conocimientos de los agentes que en ella funcionan. En otras palabras, una educación constante, incesante.
Nunca me ha gustado la imposición de intereses, típica de la cultura del pasado. Si a usted no le gusta la ópera, no vaya; y no pasa nada, habrá otras cosas que le interesen más. Y creo que el aprendizaje, lo que hace falta para acceder a cualquier objeto cultural, tecnológico, científico, y para unos cuantos, poder hacer cosas, innovar, con ese objeto, se puede lograr más allá de las escuelas y universidades, aunque sin excluirlas.
Y es como un sueño que no para de venirme a la mente, dormido, despierto: un país donde el conocimiento, no el consumo, sea el mayor fetiche.
Para llegar ahí se me ocurre la creación de clubes. Clubes de matemáticas, de computación, de poesía, de física, de lo que a usted se le ocurra. Clubes sociales, sí, pero dedicados a un tema. Usted puede unirse a todos los que el tiempo y sus intereses le permitan.

LEER TODO EL ARTÍCULO


El otro día, un amigo, actor en el Teatro San Martín, me contó que hace tiempo que no cobra. El TSM, al parecer, carece del presupuesto que merece como la institución que debe ser. Me contó también mi amigo que el SM sobrevive del dinero que recibe por el alquiler de algunas de sus salas para fiestas y eventos privados. El Gobierno de la ciudad no considera que el Centro Cultural San Martín sea rentable.

Pensar que una institución de este tipo de ser rentable en términos de dinero, es no entender siquiera el concepto de rentabilidad. Si sólo se piensa a corto plazo—mala idea para el gobierno de una ciudad—sí, hay que interpretar la rentabilidad en términos del dinero que entra ya. Pero en cuanto se empieza a pensar en la ciudad, su crecimiento social, cultural y económico, que van de la mano, hay instancias en las que es mucho más rentable construir, programar y mostrar, por ejemplo, la gran producción simbólica de la que Buenos Aires es capaz. El prestigio cultual y simbólico de una ciudad es una forma, no menor, de rentabilidad. Y sirve para promover la ciudad, sus otras industrias, el valor de vivir en ella, o por lo menos, de tener propiedades en ella.

El GCBA piensa, como todo gobierno conservador, en términos inmobiliarios. No en el valor añadido de la circulación de ideas y personas por su territorio. Otro ejemplo de esto, ya no en la cultura, sino en la tecnología, es el caso del Distrito Tecnológico de Parque Patricios. Aparte de nombrarlo así, de abrir una comisaría de la Policía Metropolitana y contratar a Norman Foster para que diseñe el nuevo edificio del Banco Ciudad, no se ha hecho gran cosa para que ese distrito sea verdaderamente tecnológico. Simplemente, se ha llevado a cabo otra operación inmobiliaria, con la subsiguiente subida de precios del metro cuadrado.

Sin embargo, había, o hay una manera de convertir una sección de la ciudad en un distrito tecnológico de verdad. Una que abre las posibilidades de rentabilidad a medio y largo plazo, y amplía por mucho, incluso, las de la rentabilidad inmobiliaria: instalar fibra óptica, internet a altísima velocidad. Otras ciudades del mundo lo han hecho, y han visto como inmediatamente llegan a ellas empresas de tecnología, y además, toda clase de negocios y comercios que les surten insumos y servicios. El precio de las propiedades, por supuesto, se dispara.

Buenos Aires—y Argentina—necesita instituciones culturales fuertes que ayuden a proyectar su gran producción simbólica al mundo. Y no sólo eso, sino infraestructura para todas sus industrias simbólicas, desde las que producen teatro a las que producen software. Tenemos una población formada y ávida no sólo de consumir, sino también de producir. Hay que aprovechar esa enorme energía que ya tenemos. La balanza de pagos del país nos lo está pidiendo a gritos.

Si los gobiernos, en todos los niveles, construyen y mantienen las infraestructuras necesarias, surgirán miles de pequeñas y medianas empresas que las aprovechen, las rentabilicen, generando ingresos importantes para el país y, lo que es más importante, su población. La idea, creo, es pensar en términos de ciudades dinámicas, imaginativas, con potencia simbólica. Eso sí que puede ser rentable.