Go to content Go to menu









El sensor

18.04.14

Cuando uno ha vivido un tiempo en una ciudad, uno se hace con algo así como un sensor de los humores de esa ciudad. El ritmo del tráfico, el tipo de gente que hay en la calle (más familias, o más ancianos, o más niños, o más hombres con corbata), el tiempo, el nivel de ruido: es como si el cuerpo supiera que algo pasa mucho antes que el intelecto.
Ayer me pasó, y por pura estupidez.
Caminaba por calles no muy lejos del centro, más tarde por Boedo y luego por Almagro, y sentía algo raro en el ambiente de las calles. No sabía si era el tiempo, nublado, tirando a fresco, el principio del otoño. Había calles sin un sólo coche. Mucha gente mayor. Muchos cafés y restaurantes llenos, la gente haciendo cola para conseguir una mesa.
¿Qué pasa? ¿Qué es este ambiente tan raro para un día de semana?
Luego, alguien lo dijo, lo oí de refilón: era jueves santo.
Y es que ni me doy cuenta de los festivos, ni los seculares ni los religiosos.


Apareció la semana pasada un artículo en La Nación acerca de una línea de transporte público ilegal en la Villa 31. Inmediatamente me llamó la atención ese énfasis en la ilegalidad—todo titular es un énfasis. Al leer el artículo, vi que en ningún momento, su autor hace referencia a la autogestión, a la iniciativa, a la identificación de ciertas necesidades que conduce a la creación de una nueva empresa. Y La Nación no es anti-capitalista, ni anti-empresa. Pero puede que sea anti-Villa 31.
Las villas, según el lugar común, son espacios de miseria, de violencia, de venta y consumo de drogas. Pero también son espacios de oportunidad para personas y familias que empiezan sin nada, o con muy poco: inmigrantes de otros países o de otras provincias. Y eso es lo que hay que enfatizar, creo, la villa como espacio de oportunidad, de crecimiento, de comercio y de trabajo.
El artículo hacía referencia a un problema grave de circulación que hay en esa villa: una parte queda del otro lado de las vías y no hay otra salida, la gente tiene que cruzarlas a pie, con riesgo de ser atropellada por un tren. Hace poco, cuando se empezó a levantar un muro que bloqueaba ese paso, la gente de la villa puso un piquete en las vías, y en diciembre pusieron uno en la autopista que pasa por un lado.
¿No es esta una gran oportunidad, para la Ciudad, de negociación con la Villa 31? Evidentemente toca poner un puente peatonal, por lo menos, en ese lugar de paso. También se puede regularizar ese nuevo transporte público que ha surgido ahí. Hay cosas que hacer, y siempre que las hay, si se le da la vuelta a la moneda, aparecen como una gran oportunidad política. El Ing. Macri, puede aprovechar esa oportunidad de mejorar la vida en la Villa y acumular con ello capital político, o lo puede hacer el gobierno de la Nación. O puede que no lo haga nadie.
Eva Perón decía que una necesidad es un derecho. Visto del otro lado, una necesidad es una oportunidad.


Por un conocimiento popular

La economía es global. Por mucho que nos concentremos en lo local, nunca podremos aislarnos lo suficiente como para tener una economía potente, satisfactoria para casi todos. Pero esa economía global exige un crecimiento constante, no sólo de la productividad, sino de las habilidades y conocimientos de los agentes que en ella funcionan. En otras palabras, una educación constante, incesante.
Nunca me ha gustado la imposición de intereses, típica de la cultura del pasado. Si a usted no le gusta la ópera, no vaya; y no pasa nada, habrá otras cosas que le interesen más. Y creo que el aprendizaje, lo que hace falta para acceder a cualquier objeto cultural, tecnológico, científico, y para unos cuantos, poder hacer cosas, innovar, con ese objeto, se puede lograr más allá de las escuelas y universidades, aunque sin excluirlas.
Y es como un sueño que no para de venirme a la mente, dormido, despierto: un país donde el conocimiento, no el consumo, sea el mayor fetiche.
Para llegar ahí se me ocurre la creación de clubes. Clubes de matemáticas, de computación, de poesía, de física, de lo que a usted se le ocurra. Clubes sociales, sí, pero dedicados a un tema. Usted puede unirse a todos los que el tiempo y sus intereses le permitan.

LEER TODO EL ARTÍCULO


El otro día, un amigo, actor en el Teatro San Martín, me contó que hace tiempo que no cobra. El TSM, al parecer, carece del presupuesto que merece como la institución que debe ser. Me contó también mi amigo que el SM sobrevive del dinero que recibe por el alquiler de algunas de sus salas para fiestas y eventos privados. El Gobierno de la ciudad no considera que el Centro Cultural San Martín sea rentable.

Pensar que una institución de este tipo de ser rentable en términos de dinero, es no entender siquiera el concepto de rentabilidad. Si sólo se piensa a corto plazo—mala idea para el gobierno de una ciudad—sí, hay que interpretar la rentabilidad en términos del dinero que entra ya. Pero en cuanto se empieza a pensar en la ciudad, su crecimiento social, cultural y económico, que van de la mano, hay instancias en las que es mucho más rentable construir, programar y mostrar, por ejemplo, la gran producción simbólica de la que Buenos Aires es capaz. El prestigio cultual y simbólico de una ciudad es una forma, no menor, de rentabilidad. Y sirve para promover la ciudad, sus otras industrias, el valor de vivir en ella, o por lo menos, de tener propiedades en ella.

El GCBA piensa, como todo gobierno conservador, en términos inmobiliarios. No en el valor añadido de la circulación de ideas y personas por su territorio. Otro ejemplo de esto, ya no en la cultura, sino en la tecnología, es el caso del Distrito Tecnológico de Parque Patricios. Aparte de nombrarlo así, de abrir una comisaría de la Policía Metropolitana y contratar a Norman Foster para que diseñe el nuevo edificio del Banco Ciudad, no se ha hecho gran cosa para que ese distrito sea verdaderamente tecnológico. Simplemente, se ha llevado a cabo otra operación inmobiliaria, con la subsiguiente subida de precios del metro cuadrado.

Sin embargo, había, o hay una manera de convertir una sección de la ciudad en un distrito tecnológico de verdad. Una que abre las posibilidades de rentabilidad a medio y largo plazo, y amplía por mucho, incluso, las de la rentabilidad inmobiliaria: instalar fibra óptica, internet a altísima velocidad. Otras ciudades del mundo lo han hecho, y han visto como inmediatamente llegan a ellas empresas de tecnología, y además, toda clase de negocios y comercios que les surten insumos y servicios. El precio de las propiedades, por supuesto, se dispara.

Buenos Aires—y Argentina—necesita instituciones culturales fuertes que ayuden a proyectar su gran producción simbólica al mundo. Y no sólo eso, sino infraestructura para todas sus industrias simbólicas, desde las que producen teatro a las que producen software. Tenemos una población formada y ávida no sólo de consumir, sino también de producir. Hay que aprovechar esa enorme energía que ya tenemos. La balanza de pagos del país nos lo está pidiendo a gritos.

Si los gobiernos, en todos los niveles, construyen y mantienen las infraestructuras necesarias, surgirán miles de pequeñas y medianas empresas que las aprovechen, las rentabilicen, generando ingresos importantes para el país y, lo que es más importante, su población. La idea, creo, es pensar en términos de ciudades dinámicas, imaginativas, con potencia simbólica. Eso sí que puede ser rentable.


De pequeño, mi abuela, cuando me encontraba agitado, aburrido, de malhumor, me sacaba a dar una vuelta a la manzana. Mi abuela que merendaba con un trozo de pan y una copa de coñac. Creo que fue ese el principio de mi extrañeza, mi perplejidad, mi amor por las ciudades.

Más tarde, fue mi abuelo, el que me enseñó a caminar. Uno aprende a caminar cuando es pequeño, y después se aprende a caminar de verdad; igual que no es lo mismo saber leer que saber leer. Mi abuelo también me enseñó a leer en el segundo sentido, y desde entonces, leer, escribir y caminar han sido partes del mismo proceso.

Así, vivir en una gran ciudad—en mi caso actual, Buenos Aires—es como vivir en una enorme máquina de leer-escribir-caminar. No hay ciudad en la que haya vivido, o pasado un tiempo, en el que no haya sido ese el caso, pero ésta es la más grande, y creo que la que más me ha fascinado, dislocado, abierto a ella.

Hace unos meses di un paseo desde Parque Patricios a Caballito, pasando por Boedo y Almagro, con unos urbanistas norteamericanos. Me interesaba que vieran los matices, los cambios sociales, económicos y hasta culturales que se pueden percibir en un trayecto como ese. Si se pasa rápido no se ve; hay que ir despacio y prestar atención a la variadísima gama de tonos, tanto en el sentido del color como del sonido y el lenguaje, sin salir nunca del ámbito de la arquitectura y lo urbano: las viviendas,los comercios, la publicidad, los graffiti y hasta el tipo de basura (o no) que se encuentra por las veredas.

Creo que quedaron fascinados por los detalles que íbamos descubriendo por el camino. Para mí, la clave está en darse cuenta que caminando así, la ciudad no se termina nunca. Sin que aparentemente no haya cambiado nada en esta cuadra o aquella, siempre hay algo nuevo, siempre existe alguna revelación, algo que lo cambia todo y desaloja lo preconcebido. El matiz, algo que se encuentra en el medio, tiende a cambiar, a veces incluso de manera radical, los extremos. Siempre hay un gris cuya sutileza cambia nuestra idea del blanco o del negro.


De nuevo

19.02.13

Al principio de vivir en una ciudad, uno se fija sobre todo en las diferencias, grandes y pequeñas, entre esa ciudad y el lugar donde uno vivía antes. También se presta atención a la historia, los monumentos, los edificios importantes. Ese ha sido el punto de vista de Buenos Aires Ideal. Ahora toca cambiarlo.

Siempre seguí una regla: escribir en positivo sobre la ciudad, no quejarme. Ahora que retomo el blog, pienso mantener esta regla, pero con algunos matices. Evidentemente, hay cosas que no funcionan y que conozco mejor que al principio, por pura proximidad. A veces hay ideas, proyectos de ciudad, que funcionan mejor que otros, aunque se implemente el menos propicio; también escribiré sobre estas cuestiones. Lo que se me ocurre no es hacer un blog para turistas, aunque sean locales, sino para las personas que vivimos en Buenos Aires.

Se ha lamentado, por ejemplo, la desaparición de los antiguos coches de la Línea A del Subte. Yo también lo lamento, eran hermosos, por viejos y desgastados que estuvieran. Al mismo tiempo, reconozco que hacía falta cambiarlos. Los interiores de esos coches son de madera, que, en caso de un accidente, podría astillarse y lesionar a muchas personas. Por seguridad había que cambiarlos.

La línea de Metrobus de la 9 de Julio me parece menos necesaria. El Subte C ya cubre ese recorrido. Y levantar los árboles, por muy bien que se los trasplante, no tiene sentido, en una avenida con tanto tráfico y la contaminación que éste genera.

Ayer me reía con unos amigos de que tengo suerte de vivir en Constitución. En este barrio todavía se ve mucha basura por la calle. Buena parte de mi trabajo como artista tiene que ver con la basura y con objetos encontrados en la calle, así que me va bien vivir en este barrio. No deja de sorprenderme, cuando voy por otras partes de la ciudad, lo limpias que están las calles. Como artista, lo lamento; como ciudadano, lo aprecio.

Puede parecer una tontería esto último, pero creo que sirve para ejemplificar el tipo de ambivalencias con las que nos encontramos los habitantes de cualquier gran ciudad. Lo privado y lo público, el interés personal y el general, no siempre coinciden. De eso también quiero escribir en los meses venideros.

Hay partes de la ciudad que me interesan más que otras, por supuesto: el sur más que el norte, el este más que el oeste. Con todo, siempre que vaya por esas secciones que tiendo a recorrer menos, intentaré contar algo sobre ellas. Sigo caminando mucho, aunque mis ocupaciones me limiten el tiempo que tengo para pasear y las zonas por donde voy. Y eso es lo que nos ocurre a la mayoría, ¿no? Las mil y una cosas que tenemos que hacer nos limitan las rutas que seguimos a diario, nos empequeñecen la ciudad.

Retomar este blog es, también, un esfuerzo por ir más allá de mis rutas habituales, por ampliar mi ciudad, mi experiencia de la ciudad.


Salgo a la calle a dar una vuelta, un paseo. Es cuestión de respirar, de pensar. Pienso mejor cuando tengo el cuerpo y los sentidos ocupados. A veces salgo a “caminar un texto”, y el ritmo de un poema depende del ritmo de mis pasos por la ciudad. A veces salgo a dar ese paseo con un amigo, sirve para hablar, para negociar una idea, un proceso artístico. Así, últimamente con Leonello Zambón, amigo, socio y vecino.

Hace unas semanas teníamos que hablar de La Expedición que estamos haciendo juntos. El paseo nos llevó desde Constitución, atravesando San Cristobal, hasta Boedo y de vuelta. Luego ha habido mucho trabajo, y hace unos días, Leo me envió un mail diciendo que echaba de menos nuestros paseos. Sugerí que hiciésemos algo parecido a la vez anterior pero con una cámara, así que las fotos son del segundo paseo, mientras que las impresiones se mezclan entre uno y otro.

Le sugerí desayunar en mi bar habitual (esquina de San Juan y Rincón, ver mapa de bares para fumadores) y luego, para seguir hablando enfilamos por San Juan hacia arriba, al oeste.
Una tienda de ropa con las vidrieras, los espejos, las puertas y otros apliques art nouveau, que siempre me llamó la atención ha desaparecido. Esos elementos decorativos siguen ahí, pero ahora hay una ferretería.

Cerca de Avenida Jujuy, vimos la torre de una iglesia y propuse investigar, llegando hasta ella por el otro lado, como para verla de otra manera, así que tomamos por Saavedra y luego Cochabamba. Sobre Jujuy y sus calles existen un montón de bazares gastronómicos (para los españoles: comercios donde venden equipamiento de hostelería). Antes de llegar a la iglesia, nos detuvimos a mirar en el escaparate de uno de estos bazares, y le comenté a Leo que no entiendo por qué la gente se compra cocinas de uso doméstico cuando se puede comprar una de uso comercial, industrial, restaurantero o como se diga. Son mucho más bonitas éstas, ¿no? De repente y por un impulso, entramos a preguntar precios, y sí, son más caras, pero mucho depende también de la importancia que uno le dé a cocinar y a cierta estética industrial que a mí, particularmente, me seduce más que todo eso que se llama “diseño”.

LEER TODO EL ARTÍCULO

Vivir lejos

23.01.11

Buscando otra cosa entre papeles viejos (y aprovechando para tirar muchas cosas de una vida pasada), encontré una servilleta en la que había escrito unas notas para cosas de las que quería tratar en este blog. Calculo que son de 2007. Era esto:

La otra tradición
la emigrante
la marítima
la portuaria
la tradición porteña

Buenos Aires Ideal

El BsAs ideal era el que estaba en la imaginación de los viajeros que emprendían el mar, desesperados o por placer, hacia el Río de la Plata.

Y en efecto, esta fue una ciudad mítica en la imaginación de muchos europeos. Un puerto en el que resguardarse después de atravesar un mar de dificultades.
En cambio, las letras de los tangos cuentan otro mito, el del desengaño. Sí, los inmigrantes se encontraban aquí con posibilidades que no tenían en su país de origen; pero no con facilidades, había que trabajar duro, nadie te regalaba nada. La poesía tanguera se podría leer como una crónica de la dureza de la vida en ese sentido.

Yo mismo la he sufrido, lejos de mi red de conocidos y familiares, lejos de todo. Y una de las cosas que he aprendido en esta ciudad es a vivir sin demasiadas cercanías. A vivir lejos.


Cuando digo novedades, es evidente que lo son para mí. Si algo demuestra internet es que cuando uno piensa que ha visto algo nuevo, un montón de gente lo considera ya viejo. Con suerte a ustedes no les sorprenderá nada de lo que viene a continuación .

“Cuidado con la mochila, porque las mujeres se la pulguean.” Fue lo que me dijo uno de esos amigos que uno siempre debe tener en el centro de las ciudades: camareros, vendedores, kiosqueros—gente que conoce bien la zona, por estar ahí a diario, oye y ve lo que pasa. Son los puntos de entrada en la red de información de cualquier ciudad.

A lo mejor mi informador sólo quería congraciarse conmigo, quedar bien, ofrecer una información—falsa o verdadera, no importa—para sacar algo a cambio… no sé qué podría ser.

En este caso, me sorprendió que me avisara de las mujeres. ¿Será la nueva moda entre ladrones y carteristas? Será que las mujeres, aprovechando que provocan menos desconfianza que los hombres, se pueden acercar a una mochila y llevarse lo de dentro con menos resistencia. Sin embargo, no sabía que esta división por género del trabajo se hubiera institucionalizado tanto que la información tuviera un valor particular.

Pero lo que más me llamó la atención fue el verbo pulguear, nuevo para mí. O a lo mejor lo que dijo, y yo, como siempre, oí mal fue punguear. Según el diccionario lunfardo de Athos Espíndola, punga es un “hurto de dinero o efectos de los bolsillos de las personas.” Pero estoy seguro de que oí pulguear. Es porque después de la L, la g es más suave que después de la N.

En todo caso, bajando por la definición de punga en el diccionario encontré esto:

Café de la punga. Nombre que se le daba a un conocido ‘café con camareras’ que existía antiguamente en el barrio de La Boca.”

¿Alguien sabe qué café podría haber sido, y dónde estaba?

Hace un par de años, caminando por Avenida de Mayo, enfrascado en una de nuestras conversaciones épicas con mi amiga Juli, un tipo intentó abrirme la mochila. Yo lo venía vigilando de reojo desde hacía unos metros y cuando me pareció que estaba demasiado cerca, me di la vuelta y lo saludé. Sonrió y cambió de dirección, desapareciendo entre el gentío. Mi única experiencia en Buenos Aires con un punguista.

Al terminar con mis negocios en el centro, me metí en la London, que tiene grandes ventanales y salón fumador, a tomar un café y ver pasar al personal. De manera invariable, la gente que parecía de aquí llevaba el bolso bien agarrado. Los turistas, o sea la gilada, se lo colgaban a la espalda o lo llevaban de cualquier manera, carne de punga.

Estoy practicando con mi palabra nueva. Gracias por su paciencia.


Este año he pasado mucho tiempo en La Plata, por razones laborales y personales. Y aunque es otra ciudad, siempre se me ocurren cosas para escribir aquí, cosa que voy a empezar a hacer. Para eso he abierto una categoría.

La otra es para la Provincia de Buenos Aires, adonde el trabajo también me lleva de vez en cuando y donde también hay mucho de interés.

Lo otro que me he propuesto es escribir posts más cortos, algunos sólo con infomación, menos literarios quizá. Y también colgar información de la que me llega por mail y otros medios.

Es buena la idea, ¿no? Como no tengo tiempo de escribir, amplío mi radio de acción. En todo caso, espero que lo que sí vaya saliendo siga siendo de su interés.