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Me acaba de llegar un mail de Basta de demoler, en el que cuentan que hay un plan para demoler el viejo hospital, cuando existe la posibilidad y la capacidad para mantener un edificio histórico a la vez que se mantiene la función hospitalaria. Es lo que pego aquí:

Sorpresa nos causa la noticia aparecida en el diario La Nación del sábado 21, donde se informa sobre la demolición del Hospital Rivadavia y la construcción de un centro asistencial de alta complejidad.
Queremos destacar que el edificio tiene un alto valor patrimonial y su demolición implicaría una pérdida irrecuperable para la ciudad, no solamente por el valor del arquitectónico del edificio en sí, sino porque conserva las características peculiares de la arquitectura hospitalaria del fines del 1800, que contempla una integración entre la salud y la naturaleza para formar un todo que armoniza un concepto integral de salud de la persona.
El edificio está enmarcado dentro de un bellísimo parque de cinco hectáreas diseñado por el paisajista Eugene Courtois, y donado por Torcuato de Alvear, el primer intendente de la Capital Federal.
Desconocemos qué organismo especializado o profesional competente ha realizado la evaluación del estado del edificio para determinar que “es irrecuperable” , según se declara en la nota. Sí podemos afirmar que el edificio se encuentra en un grado de deterioro que es consecuencia de décadas de falta de inversión edilicia, situación que se repite en gran cantidad de edificios públicos (hospitales, escuelas, sedes de organismos del gobierno porteño) y que no por esta razón deberían demolerse.
Frente a esta circunstancia en que se propone la construcción de un centro asistencial, lo que se debería contemplar es la restauración del edificio existente, y, si fuera necesario, adecuarlo, adaptarlo y ampliarlo, conforme a las necesidades de la medicina actual, respetando y poniendo en valor el edificio y el parque actualmente en funcionamiento.
Por las razones expuestas, Basta de demoler solicitará a la Comisión de Patrimonio Arquitectónico de la Legislatura la catalogación para proteger al edificio y el parque del Hospital Rivadavia de cualquier intervención que atente contra la integridad de los mismos.
Reseña histórica del Hospital Rivadavia (por arq. Marcelo Magadán)
El Hospital General de Agudos “Bernardino Rivadavia”, con el nombre “Hospital de Mujeres”, fue inaugurado oficialmente en 1774, en la calle Piedad (actual Bartolomé Mitre al 800), en la misma cuadra donde se encuentra la Iglesia de San Miguel Arcángel.
Fue denominado Hospital de la Caridad en 1801 y Hospital de la Caridad de Mujeres en 1807. Por 1811 se lo conocía también como Santo Hospital de San Miguel, por contar con el patrocinio de dicho arcángel. La Sociedad de Beneficencia tuvo a su cargo el hospital desde 1852 hasta 1946 en que se lo nacionalizó.
En 1887 se lo trasladó al actual emplazamiento, pasando a denominarse “Hospital General de Mujeres Rivadavia”. Ocupa desde entonces un predio equivalente a cinco manzanas. La piedra fundamental se había colocado a fines de 1880, con la presencia de Fray Mamerto Esquiú, obispo electo de Córdoba.

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A contrapelo

18.06.08

Tengo que abandonar esta costumbre mía de cortarme el pelo en peluquerías antiguas. Desde que estoy en Buenos Aires voy perdiendo 4-0. Y no es que lo mío sea complicado: sólo se trata de pasarme la maquinilla al uno. ¿Puede haber algo más fácil?
En la primera a la que fui, el hombre se empeñó en que cortar al uno era demasiado, así que puso el artilugio al dos. Luego, en lugar de dejármelo todo igual, me dejó la cubierta de la parte superior del cráneo un poco más larga, con lo que estuve dos semanas oyendo las burlas de Carolina, que decía que parecía un militar. No hubo manera de hacerle entender al peluquero que así no era.
La segunda fue en casa. Esto no es una peluquería antigua, pero la costumbre de que el peluquero venga a casa sí lo es. Caro había quedado con un amigo suyo para que viniera a cortarle el pelo, y ya que estaba, decidí aprovechar yo también. Y me lo dejó perfecto, pero me cobró el doble. No voy a decir cuánto por no escandalizar a nadie.
La tercera fue en una peluquería antigua, pero de postín. Primero me regañaron porque no había pedido cita. Segundo, argumenté que como no había otro cliente más que yo, bien podían pasarme la maquinilla. A regañadientes me atendieron, y de nuevo se negó el peluquero a cortar al uno. Por lo menos me lo dejó bien. Lo malo es que tampoco es barato, y me niego a decidir con dos días de antelación lo del maldito corte de pelo.
Odio cortármelo. Siempre me lo dejo lo más corto posible para no tener que volver a pensar en ello en tres meses.
Esta mañana fui a otra peluquería antigua, en la Avenida La Plata. Llegué, me senté, el peluquero me puso el delantal, le dije lo que quería y cuando empezó a pasar la maquinilla, me di cuenta de que el pobre hombre ¡sufre de Parkinson’s! ¿Qué le iba a decir? Ya era demasiado tarde. Ya me faltaba pelo en la mitad del lado derecho de la cabeza. Tuvo que utilizar tres maquinillas distintas, cada una con dos peines, para hacer lo que un peluquero hace con una y uno. Y me lo dejó fatal. No me atreví a decirle que utilizara las tijeras en ciertas partes. No me hacía gracia lo de morir desangrado en una peluquería. Ahora estoy esperando a que llegue Caro para que termine la faena.
Creo que la próxima vez iré a una peluquería de señoras, como hacía en Valencia, a ver si esto deja de ser un problema.


Como habrá quedado claro por lo poco que he escrito aquí últimamente, estoy bastante ocupado. Me estoy armando un aprendizaje a marchas forzadas del arte contemporáneo argentino. Es por trabajo y por placer… no sé dividir, si no me gusta no lo hago, o lo hago mal, que es peor.
En ArteBA estuve haciendo un relevamiento de galerías, tratando de hacerme una idea del rumbo general que sigue el arte en Argentina y del particular de cada galería. No deja de sorprenderme que a estas ferias siempre va mucha gente. Luego les preguntas si durante el resto del año van a las galerías y muchos, muchos, te dicen que no. Las razones son varias: falta de tiempo, no saben donde están las galerías o les quedan a trasmano, y la que más me llamó la atención: timidez. Y es verdad que muchas galerías no ayudan, parece como si no quisieran que el público entrara a ver lo que exponen. A veces no dan a la calle, o hay que llamar al timbre; una amiga me decía no hace mucho que cuando tiene que llamar ya ni se acerca. En ese caso, le contesté, lo que hay que decir es simplemente que te gustaría ver la muestra. No hay contraseñas ni nada por el estilo.
La que sigue es una lista de siete galerías que a mí me gustan y que creo que están marcando tendencias. Vale la pena ir.

1/1 Caja de Arte: Una galería pequeñita en Villa Devoto, pero con muestras de lo más interesante, desde arte conceptual hasta libros de artista.

713 Arte Contemporáneo: Trabaja primordialmente con artistas jóvenes y lo hace con mucha energía. Todavía no le he visto una muestra que no me gustara aunque, claro, unas me han gustado más que otras.

Braga Menéndez: Para mí, esta es la mejor galería de Buenos Aires. Arriesgada y muy seria. No estoy completamente de acuerdo con todo lo que exponen, pero ese es un gaje del oficio del riesgo.

Massotta-Torres: Galería nueva, con mucha energía, muchas ganas. Suelen hacer tres muestras a la vez; tienen el espacio. También están trabajando con gente joven. Aquí hay futuro.

VVV Gallery: Dedicada exclusivamente a la fotografía. Las exposiciones tienden a ser muy sólidas. Lleva un año, pero creo que el buen gusto y la inteligencia de sus directoras ya se nota.

Wussmann: La más tradicional de la lista. El espacio expositivo es extraordinario y las muestras siempre están bien colgadas. Al fondo hay una librería de lujo, con material de escritorio de primera calidad y libros de arte.

Zavaleta Lab: Galería muy seria que acaba de abrir un espacio en San Telmo, donde el público está más abierto al arte nuevo que aquí se expone.

Después, si quieren profundizar en esto del arte, recomiendo que echen un vistazo a ArsÓmnibus, donde encontrarán información de todas las muestras que se pueden ver. Vale la pena suscribirse y recibir la hoja semanal en la que cuentan lo principal de la semana que empieza.


Horterada

7.06.08

No me había dado cuenta, pero ahora que hago memoria, lo he visto en otros lugares, en otros países. En algunos restaurantes, si pides el vino barato te ponen una copa pequeña, la normal de diario. Si pides un vino caro te ponen una copa enorme, de vidrio mucho más fino.

Lo hablaba el otro día con un escritor al que conocí en la inauguración de una exposición. Me contó que él interrogó al dueño de un restaurante caro del centro de Buenos Aires, y éste, como avergonzado, le dijo que las copas grandes son caras y se rompen con facilidad, así que sólo las arriesgan con un cliente que paga. Aquí la clave es esa vergüenza al contestar; apunta que hay otra razón.

La que a mí se me ocurre es la presión social. Si vas a cenar y pides el vino barato, y en la mesa de al lado piden otro más caro, notarás la diferencia enseguida, la verás en las copas. Así, la próxima vez, para no ser menos, te pedirás un vino de mayor precio: para no quedar mal frente a los demás. Una especie de publicidad subliminal; una forma de sacarle dinero a los inseguros; una horterada si lo haces y otra si dejas que te lo hagan.

Hortera, creo, se traduce al argentino como “grasa”. Y sí, es muy grasa caer en este juego. Lo que sería divertido sería empezar a pedir copas pequeñas. Que cambien las grandes, tan molestas, que se meten entre uno y la persona con quien se cena, por pequeñas, y así dejar de anunciarle los vinos caros al restaurante.

Carolina dice que a los del restaurante les daría igual. Que el juego no surtiría efecto. Y es posible que incluso se sientan aliviados de no tener que arriesgar las copas caras. Pero si es así, entonces ¿por qué tienen esas copas y por qué diferencian?

Por último debo añadir que a mí las copas grandes me molestan. Ocupan demasiado espacio en la mesa, que no suele ser demasiado grande. Estorban cuando uno pide platos para compartir, molestan durante la conversación. Además, no me hago ilusiones de catador, el paladar no me da para tanto, no necesito la copa grande.

Ahora que lo pienso, las copas de los catavinos son pequeñas, de boca estrecha. ¿De dónde salió, entonces, esta moda de las copas hiperinfladas?



De vez en cuando, por la calle, saco fotos de los letreros que muchos comerciantes utilizan para anunciar lo que venden. Aparte de que no están diseñados ni hechos por profesionales, estos letreros no tienen nada de especial. Sin embargo, no dejan de llamarme la atención. ¿Significa esto que funcionan?


















































Me faltan unos cuantos de las verdulerías. Pensé que los tenía, pero miré en mis archivos y no los encontré. Habrá que salir con la cámara a la calle y ver qué se vende por ahí.


Nunca se sabe. Nunca se sabe lo que espera a la vuelta de la esquina. Creo que si tengo una ideología, o una idea que me guía por la vida, es esa. Y como todo creyente, soy de la opinión de que quien no piensa como yo está profundamente equivocado y/o es tonto. Soy de la opinión de que mi idea-guía conduce a la humildad ante las cosas que ocurren, tanto los grandes eventos como los pequeños y cotidianos; y que la humildad sirve para mantener la mente abierta a las posibilidades que ofrecen esos eventos. La función del arte, arriesgo, es crear oportunidades de apertura.

Ayer tuve la ocasión de acompañar a tres jóvenes galeristas mexicanos por ArteBA. Lo que pretendían era establecer conversaciones con galeristas argentinos y, con suerte, llegar a intercambios que pudieran ser fructíferos para todos. Este tipo de alianzas son comunes en el mundo del arte, y yo diría que esenciales si queremos que el arte latinoamericano llegue a un reconocimiento global no-colonizado por las necesidades y obligaciones de los galeristas y coleccionistas norteamericanos y europeos—aunque excluirlos resultaría más bien contraproducente.

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Las ferias de arte son eventos comerciales, y desde su inicio en Colonia (la de Alemania) en 1967, siempre lo han sido. Se puede decir que en una feria cualquier obra presentada que no parezca comercial, o fácil de vender, va contra la corriente. Pero yo he cambiado de opinión acerca de esto en los últimos meses: esa obra aparentemente fuera de mercado no va contra el espíritu de la feria, busca ampliarlo, abrir un mercado nuevo. Hay quien se enoja con esto, claro, y piensa que el artista debe mantenerse puro. Y eso es verdad, hasta que nos damos cuenta de que así condenamos al artista (por amor) al hambre. O decidimos, de facto, que sólo los que ya son ricos pueden hacer arte que eluda la cuestión de mercado.
En todo caso, en los últimos meses, me he enterado de unas cuantas iniciativas para renovar el interés y el mercado del dibujo, y que no tratan el dibujo como hermano menor de la pintura, sino como un arte en toda regla. Dos de esas iniciativas no están en la feria: “La línea piensa” y Ni un día sin una línea. Y dos de ellas sí lo están: SAPO y El club del dibujo (de Rosario).

Anoche estuvieron dibujando en El club del dibujo dos amigos míos: Ral Veroni y Diego Bianki. No sé si uno puede aprender mucho sobre el proceso creativo en esta clase de eventos, pero sí que resulta divertido ver a grandes dibujantes en pleno trabajo.












Y éste es el calendario de dibujantes para toda la feria:


ArteBA

27.05.08

Últimamente no he aparecido por este blog, y pido disculpas. He estado ocupado en cuestiones de trabajo que me han impedido mis habituales exploraciones de la ciudad. Ese trabajo tiene que ver con el arte contemporáneo: escribir sobre lo que me interesa, explicárselo a quien se interese y también participar en el aspecto comercial: vender obra. Y como se viene ArteBA, la feria de arte contemporáneo de Buenos Aires, pues he estado a mil preparándome para poder dar el mejor servicio a mis clientes.

La feria empieza mañana, miércoles a las 13 horas, y dura hasta el lunes a las 10 de la noche. Vale la pena darse una vuelta. Los artistas muchas veces, algunas individual y otras colectivamente, están a la vanguardia de cómo veremos y entenderemos el mundo en los años venideros, tanto en lo intelectual como en lo espiritual o, incluso, en lo comercial. No quiero decir que sean una especie de chamanes, pero sí que su trabajo es detectar lo que fluye por debajo de la piel de la sociedad y mostrarlo.

En los próximos días iré colgando aquí algunas sugerencias sobre lo que me parece que hay que ver en la feria. En Paseante Extranjero, mi otro blog, escribiré de manera más específica sobre los artistas que me más interesen.

Espero que esto les sea de alguna utilidad si visitan la feria.


Anoche conocí a León Hepner, director de la revista puntoArt, dedicada a las plumas estilográficas. La conversación fue larga, de las buenas. Y como hay pocas cosas en la vida que me gusten tanto, disfruté de lo lindo con el vaivén del hablar. Luego, cuando llegué a casa, me puse a mirar el ejemplar de la revista que León me había dado y se me hizo agua la boca.

Siempre he escrito a mano, soy fanático de los buenos cuadernos, los buenos papeles y los buenos instrumentos de escritura, en lápiz y tinta. Y mirando la revista me puse a pensar en cuál sería la estilográfica ideal para mí. Así que agarré mi Moleskine y mi Delta y me puse a tomar unas notas:

No sería una pluma de gran lujo: mi miedo a perderla evitaría que la llevara conmigo a muchos sitios, o de viaje. Ya he perdido unas cuantas así, la que más añoro era una Waterman que quedó olvidada en un restaurante. No me di cuenta hasta unas horas después, y cuando volví al día siguiente a buscarla, nadie sabía nada.

Debería tener los extremos redondeados. No por alguna cuestión funcional, simplemente me gustan más así, como con ese toque aerodinámico del artdeco. Y el capuchón debería tener rosca. Si siempre estoy de un lado para otro, lo prefiero así por miedo a que se abra la pluma y me manche la camisa o la chaqueta, que ya me ha pasado.

El plumín debería de ser de oro, que es blando y en poco tiempo toma la forma más adecuada a mi mano y mi letra. Aunque tengo una Lamy Safari que va a todas partes conmigo porque su plumín de no sé qué metal nunca falla. En esa Lamy la punta es extra fina, que me viene perfecto para la letra pequeña que prefiero. Así que el plumín ideal para mi pluma ideal, además de ser de oro, debería ser lo más fino posible.

Después me gustaría que el cuerpo de la pluma fuera de metal. Así adquiere cierto peso y descansa mejor en mi mano. Pero he dicho “cierto peso”: eso no quiere decir que prefiero una pluma pesada, sino sólo medianamente.

Hace más de veinte años, cuando mi madre se dio cuenta de que yo no tenía remedio y me dedicaría a escribir pasara lo que pasara, y yo creo que para decirme que aceptaba mi decisión de no ser una persona honrada, me regaló una Montblanc que guardo como un tesoro. No tiene todas las características de mi pluma ideal, pero siempre que escribo con ella puedo hacerlo durante horas sin que la mano se me canse. Lástima que no se pueda usar para escribir en este blog. O sí se puede, pero luego hay que volver al teclado.


Son esas cosas que se nos escapan en el trajín de la vida diaria entre las toneladas de información que se nos vienen encima como si hubiéramos tropezado justo detrás de un camión de la basura enloquecido. Para salvarnos vamos filtrando, olvidando, dejando estas pequeñas averiguaciones para la semana que viene.
No recuerdo en qué lugar supe que José de San Martín había muerto en Boulogne sur Mer. Sabía que había sido en Francia, pero no le había dedicado más atención al asunto. Así que tenía dos informaciones que no crucé por lo que decía arriba de ir posponiendo. Y uno pospone hasta que llega el accidente feliz.
Daniel, en un comentario a la pregunta del viernes, dice que lo descubrió en un libro. Es posible que yo lo haya visto en algún monumento, o en la wikipedia. O que alguien lo haya mencionado de pasada en una conversación sobre otro tema. No lo sé.

[La segunda imagen es un daguerrotipo de 1848, sacado dos años antes de la muerte de San Martín.]

[Otra pregunta que se me ocurrió el otro día tendría que ver con cuántos próceres, jefes, líderes del pasado se refugiaron de la angustia de su fracaso en una hija. Sanmartín es uno, Rosas es otro. Habría que preguntárselo, quizá, a un psicólogo historiador, o historiador psicólogo. Seguro que hay más.]


¿Alguna vez os ha ocurrido que pasáis por una calle y os llama la atención el nombre, y os hacéis una nota mental de investigarlo pero nunca os acordáis de hacerlo, hasta que un día os dais de bruces con la respuesta? A mí me pasó con la calle Boulogne sur Mer. Yo me preguntaba qué tendrá que ver ese pueblo francés con Buenos Aires. La respuesta está clara para cualquier argentino, claro, pero como extranjero me tocó aprender.

Así que esta semana pregunto:

¿A qué se debe que en Buenos Aires haya una calle denominada Boulogne sur Mer?

Respuesta (fácil) el lunes.


No hace mucho hablaba con el artista Daniel Juárez y en la conversación apareció el tema de las revistas de arte, de cómo aquí no se produce ninguna que sea atractiva, crítica e informativa todo a la vez. Entonces me recordó de un sitio que yo había olvidado, pero donde se encuentra material extranjero de la mejor calidad, sobre todo en revistas de arte y de diseño. Es el kiosco que hay delante del Hotel Alvear en la avenida del mismo nombre, esquina con Ayacucho.
Ahí estuve hablando con el dueño, Romeo Leandro, cuyos padres establecieron el kiosco hace 43 años. Romeo, que tiene 35, lleva trabajando ahí desde los 14, ¡21 años! Así que conoce el negocio de las revistas de importación al dedillo.
Evidentemente son caras, pero según los intereses de cada quien, o su trabajo, en realidad vale la pena invertir en conocer lo que está pasando en otras partes del mundo. Lo que a mí más alegría me dio fue encontrar dos de mis revistas favoritas: The New Yorker, que es la cartelera de Nueva York, a la vez que una revista literaria, y Artforum, revista de actualidad sobre el mundo del arte, pero también con un contenido crítico y teórico bastante serio. Lo bueno de vivir en una gran ciudad es que si uno busca, encuentra lo que necesita.